Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

S onya se empleó a fondo a lo largo de la semana, haciendo malabares con encargos de trabajo, realizando reuniones virtuales y ultimando un panel de ideas para el proyecto adicional para Ryder.

El viernes se hallaba de pie examinándolo cuando Cleo subió.

—Acabo de echar un vistazo a la salsa para los espaguetis que he puesto a fuego lento. Hay de sobra para la cena, así que servirá para mañana a mediodía si… —Se fijó en el panel—. Vaya, te ha cundido.

—Necesitan las ideas básicas de las poses para preparar el vestuario. La atmósfera y la actividad revisten la misma importancia que las tallas.

—Tienes a este tío pertrechado con la indumentaria para esquiar, esquís incluidos, y mogollón de nieve.

—Es que quieren algunas imágenes de deportes de invierno. Van a buscar a un modelo y a contratar a un fotógrafo. Uno de los Ryder tiene un chalet en Suiza, de modo que quieren esquí, trineos, muñecos de nieve y demás. Y mis comentarios.

—Primero, respetan muchísimo tu trabajo y tu cerebro. Segundo, van a echar la casa por la ventana.

—Así es, y sí.

—Y esta sería yo sujetando la caña del timón de un pequeño velero y, de nuevo, practicando yoga en un jardín.

—Exacto.

—Te doy el visto bueno.

—Bien, lo mismo que los mandamases.

Funcionaría, pensó Sonya. No solo encajaría a la perfección con la campaña ya iniciada, sino que le daría un empujón.

—En teoría terminarán con el vestuario la semana que viene, y lo enviarán aquí. Corrine y yo lo revisaremos. Oye, voy a terminar de trabajar pronto. Tengo previsto subir al desván, empezar la batida por toda la casa desde arriba.

—Dame media hora y te echo una mano. Mientras buscamos igual encontramos lo que nos gustaría colocar en el despacho para invitados.

—Eso pensaba, me has leído el pensamiento. —Sonrió al oír el sonido de la pelota rebotando en el pasillo de la planta baja, y a Yoda saliendo en su persecución—. Y parece ser que Yoda está entretenido, gracias a Jack. Voy a coger unos pósits. Así puedo pegarlos en los muebles que ya he registrado.

—Un plan organizado y eficiente, como de costumbre. Tengo unas cajas para archivos en el estudio. Podemos montar un par de ellas por si acaso.

Sonya cogió los pósits y un bolígrafo. Subieron a la segunda planta juntas, y Sonya se detuvo en el descansillo para mirar en dirección al salón dorado, más allá del estudio de Cleo.

—Ha estado tranquila desde lo del lobo feroz.

—Estará ahí dentro tejiendo sus telarañas —masculló Cleo—. Como buena araña venenosa que es. Desde hace uno o dos días apenas he oído ruido. Bueno, entonces nos vemos dentro de media hora más o menos.

Mientras Cleo enfilaba hacia el estudio, Sonya continuó hasta el desván.

«Intimidante» fue la primera palabra que le vino a la cabeza al observar con atención el amplio y atestado espacio. Pero ¿acaso no había estado postergando la tarea por esa misma razón?

—Elige algo —se dijo a sí misma—. Ponte manos a la obra.

Escogió lo que pensó que Cleo denominaría un armario chifonier. Un enorme mueble cuya época y tipo de madera, sin duda, Owen identificaría.

Abrió las puertas primero. Y no encontró absolutamente nada.

En un costado albergaba cajones. Todos vacíos. Al igual que los dos cajones de la parte inferior, más grandes.

Cerró los cajones y pegó un pósit en una de las puertas.

No obstante, tal vez bajara el mueble a uno de los dormitorios. Una vez que la potestad de la casa fuera completamente suya… sin la presencia amenazadora de Hester Dobbs.

—Aportará muchísima personalidad.

Continuó con mesillas de noche, una pequeña cómoda y un pequeño y elegante buró.

Volvió sobre sus pasos y, en vez de dejar notas adhesivas sin más, anotó las posibles ubicaciones para cada mueble.

A continuación, empezó a avanzar entre los baúles para cambiar de ritmo y retiró otro guardapolvo.

Otro escritorio. Bonito, pensó, y un pelín femenino por la forma en que se curvaba. Con cajones a ambos lados, y otro en el centro. Sería preciso que Owen identificara el tipo de madera, pero en su opinión tenía una especie de acabado en dos tonos.

Como Yoda.

Abrió un cajón y, para su sorpresa, encontró una caja con papel de carta. Las hojas, de una tonalidad rosa pálido, tenían un membrete con una tipografía fluida.

Srta. Lisbeth Anne Poole

—Lissy —susurró—. Este era tu escritorio. Te sentabas aquí, justo aquí, a escribir cartas. Y seguramente soñando con el día de tu boda.

Sonya sacó el papel de correspondencia, lo dejó encima del escritorio y abrió otro cajón.

—¡Oh! Owen y Moira no llegaron a vaciarlo. Supongo que les resultaba insoportable.

Encontró papel para notas, donde Lisbeth había dibujado corazones con su nombre y el de Edward dentro. Con sus iniciales dentro, y había practicado escribiendo en una pulcra letra cursiva «Lisbeth Poole Whitmore, señora de Edward Whitmore».

Encontró horquillas y pasadores, lápices, una pluma estilográfica y un frasco de tinta, además de una pequeña caja con entradas de teatro, carteles de obras y una bonita piedra rosa.

Y acto seguido fotografías. Una enmarcada de Lisbeth y el joven al que Sonya reconoció como Edward con un marco de plata deslustrado.

Una de Lisbeth con sus padres, otra con sus amigas.

Sonya reconoció a la mujer entre las que había visto la noche que presenció la escena en la sala de música, a la mujer del vestido azul.

—Conservaremos tus cosas, Lissy. Abrillantaremos el marco de la foto y lo pondremos a la vista. Y usaremos el escritorio. Irá al despacho para invitados.

Lo anotó en el pósit y continuó avanzando.

Uno de los guardapolvos cayó suavemente al suelo.

—Ya veo. Gracias. —Fue sorteando muebles hasta la silla, con el mismo acabado que el escritorio y tapizada con motivos florales en rosa y azul pastel—. Es perfecta, claro que sí. Es la silla de su escritorio.

Al deslizar la mano por el respaldo, sintió la atracción.

Y comprobó que ahora se encontraba delante del espejo. Distinguió colores difuminados en el cristal, y oyó música. Un sonido metálico y muy muy lejano.

—¿Ahora? ¿Aquí? —Miró hacia atrás, pensando que ojalá estuviera allí Cleo, pero la atracción le resultó demasiado irresistible—. Está bien, está bien. Busco respuestas, de modo que…

Respiró hondo; atravesó el cristal.

Alguien cantaba que escuchaba el canto de un ruiseñor.

Sonya se sintió mareada, desorientada, la imagen seguía borrosa, pero la voz continuó entonando: «I’ll be warbling love’s old sweet tune» .

A continuación, oyó una voz joven y alegre que se unió a la otra.

«In the valley of the moon».

Y se le despejó la vista.

Vio el escritorio y la silla, pero no en el desván. Y a Lisbeth Anne Poole. A Lissy, cantando al compás de un pequeño gramófono mientras recargaba de tinta su pluma estilográfica.

Llevaba puesto un vestido verde, quizá de te rciopelo, de manga larga y corte entallado.

El pelo, en un recogido flojo con un lazo verde, le caía por la espalda y se hallaba sentada junto al escritorio en un dormitorio empapelado con un estampado de grandes flores de color rosa que miraba al jardín y al bosque.

Pero al otro lado de las ventanas caía una nieve gruesa y constante; el fuego crepitaba alegremente en el hogar.

Al aproximarse, Sonya percibió la fragancia de Lisbeth —juvenil, dulce y floral— al tiempo que esta empezaba a escribir.

Queridísima Dina:

¡No te lo vas a creer! Casi ni yo misma me lo creo.

¡Me he comprometido!

Edward me llevó a dar un paseo en trineo por la tarde. Aquí está nevando a mansalva. ¡Qué bien lo pasamos con las cabriolas de los caballos y el tintineo de los cascabeles! Todo estaba muy blanco y bonito.

Entonces él detuvo el trineo, agarró mis manos y las besó.

¡Oh, Dina, me dio un vuelco el corazón!

Dijo que me amaba, que yo tenía su corazón en mis manos. Prometió amarme hasta su último suspiro y más allá.

¿Te lo imaginas?

Después sacó el anillo del bolsillo —oh, es una cucada, Dina— y dijo: «Por favor, cásate conmigo, Lissy. Creo que me moriré si no lo haces».

Yo, entre risas y lágrimas, me quité el guante.

¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! No sé cuántas veces dije que sí, pero no podía parar. Al menos hasta que me besó.

Mientras la nieve caía a nuestro alrededor, me besó. ¡Oh, mi corazón, Dina, mi corazón!

Lo quiero muchísimo.

Edward, por supuesto, ya contaba con el beneplácito de mi padre. Cuando llegamos a casa, Madre y Padre aguardaban para brindar con champán por nosotros. Ellos también adoran a Edward. ¡Soy la chica más afortunada del mundo!

Van a organizar una fiesta de compromiso por todo lo alto aquí, en la casa solariega. Tienes que venir. Dime que vendrás a mi banquete nupcial, te lo ruego. Ay, se me va a hacer eterna la espera hasta convertirme en la esposa de Edward.

Anda, ven a la fiesta, mi queridísima amiga, y quédate al menos unos cuantos días.

¡La fiesta será dentro de tres semanas y no puedes faltar! Escríbeme pronto.

Tu feliz amiga y futura novia,

L ISSY

Cogió un sobre, puso un nombre y una dirección, y, tarareando por lo bajo, dobló la carta y la metió en él.

Con gesto risueño, levantó la mano izquierda para contemplar el destello de su anillo de compromiso.

—Oh, Edward. —Suspiró y apretó la mano derecha contra el corazón—. Seremos muy felices, para siempre.

Seguidamente, se rebulló en la silla, echó un vistazo a su alrededor y miró en dirección a Sonya.

—¿Quién hay ahí? ¿Hay alguien ahí?

Y, con un estremecimiento, se frotó los brazos como si le hubiera dado un escalofrío.

«No me ve —constató Sonya—, a diferencia de aquella noche en la sala de música. Pero siente mi presencia, la percibe».

Y algo más.

Algo frío, algo tenebroso, como tinieblas que de pronto envolvieron la habitación como un manto.

De alguna manera, Dobbs se hallaba allí, observando, pensó Sonya, al tiempo que ella también observaba.

—¡Hoy no vas a asustarme! Ni un pelo.

No obstante, Lissy se levantó rápidamente y, tras coger la carta, se dispuso a salir de la habitación a toda prisa.

Las tinieblas permanecieron, y, junto con ellas, el frío. A continuación, parecieron salir por la puerta de la habitación.