Capítulo 3 #4
Le dio un beso en la nariz.
—Vayamos a componer el nuevo panel de ideas juntos. Y, tranquilo, la casa ha sobrevivido a infinidad de tormentas. —Levantó la vista fugazmente mientras salía del cuarto con el perro en brazos—. Y va a seguir sobreviviendo.
En contraste con el aguacero vespertino, la velada transcurrió plácidamente. Y terminó con risas y suspiros mientras pasaban los créditos de una ingeniosa y frívola comedia romántica.
Cómoda en pijama, Sonya soltó otro suspiro.
—Justo lo que necesitaba. ¿Tú qué tal?
—Hemos acertado de pleno. Me encantan los hombres, y les tengo un especial cariño a los dos que suelen venir por aquí, pero no hay nada como una noche exclusivamente para chicas. Esta ha batido todos los récords.
—Falta uno más por batir. —Sonya alargó la mano hacia la botella de vino y vertió lo que quedaba en las dos copas—. ¿Qué te parece si cogemos el vino y a nuestros fieles compañeros y salimos a dar un paseo?
—El colofón perfecto para la velada.
Yoda se levantó con ímpetu cuando apagaron el televisor, bajó al trote las escaleras que conducían al primer piso de la biblioteca y bailó en círculo.
Pyewacket se tomó su tiempo. Se estiró, titubeó y, a continuación, se derramó desde el sofá como el agua de una jarra.
Al llegar a la puerta principal, el perro salió como una flecha mientras la gata se escabullía con sigilo entre las sombras.
Sonya aspiró el aire de la noche.
—Qué despejado está todo ahora. Tenemos la luna, las estrellas, el mar…
—Y nuestras propias estrellitas con las guirnaldas de luces. Alegran el ambiente. Hemos tenido un buen día, Son —añadió Cleo cuando echaron a andar.
—Un día condenadamente bueno. Nos aferramos a los días buenos, y vamos a seguir acumulándolos. Me gusta saber que tenemos esa caja de fotos para que Clarice Poole las revise, y otra para los Doyle.
—Es divertido revisarlas, ver los estilos de peinados, de vestimentas. ¿Sabes qué estaría bien? Que cuando nos pongamos a registrar a fondo (en los baúles, cajones y armarios) encontráramos fotos del personal que sirvió aquí.
—¡Oh! ¡Las pondríamos en la galería! Seguro que hay al menos unas cuantas en algún sitio. Esta casa no sería lo que es sin ellos. Empezaremos a mirar.
Al llegar a la parte trasera, Sonya se detuvo.
—Hablando de mirar.
Las guirnaldas de luces brillaban en la pérgola; los farolillos y las lámparas solares resplandecían.
—Nos lo curramos aquí, Son. El entorno en sí era la caña, pero lo realzamos.
—En todos mis sueños de vivir en una gran casa antigua, jamás imaginé que tendría el océano delante y todo esto aquí detrás.
—Es una joya, y vamos a seguir dándole lustre.
Yoda dejó escapar un gruñido ronco. Pye, junto a los pies de Cleo, arqueó el lomo y siseó.
Apareció entre las sombras, con un destello rojo en los ojos.
—¡Madre de Dios! —Cleo alargó la mano para agarrar la de Sonya—. ¿Es un lobo?
Oscuro como la noche, se hallaba apostado entre ellas y la casa. Las bonitas luces proyectaron destellos en sus colmillos, largos y afilados.
—No es real —consiguió decir Sonya, porque eso era lo que quería creer.
—Sea o no real, está en medio. Retrocede despacio. Dudo que lanzarle copas de vino sirva de gran cosa. Necesitamos una piedra, una rama grande y gruesa, algo.
Mientras reculaban, el lobo, oscuro como la noche, avanzó con aire amenazante.
Los ladridos de Yoda adquirieron un tono enloquecido, gutural, que hasta entonces Sonya desconocía que tuviera.
—Hay que mantener la calma —dijo haciendo de tripas corazón para no poner pies en polvorosa—. Ella ansía nuestro miedo.
—Pues cuesta no proporcionárselo. Pero… ¿por qué no se ha abalanzado sobre nosotras por detrás sin más? A lo mejor no puede. Simple y llanamente, no puede.
El lobo la miró, pensó Sonya, con una especie de hambre feroz que le heló la sangre.
—No tengo ganas de probar esa hipótesis.
En ese momento, para su consternación, Yoda, ladrando y gruñendo, se lanzó a por él.
—¡Ay, Dios! ¡No!
Aunque salió disparada detrás de su perro, la gata la adelantó como una exhalación.
Tanto la gata como el perro se abalanzaron de un salto sobre el lobo, y este se desvaneció como el humo.
Como las piernas le fallaron, Sonya se sentó en el césped.
—Dobbs no se esperaba eso. No tuvo en cuenta ese factor.
Yoda olisqueó el humo y, tras estornudar dos veces, fue raudo al encuentro de Sonya.
—Nos han protegido. —Estrechó a Yoda entre sus brazos—. Un perrito y una gata altiva.
—Dobbs pretendía que corriéramos despavoridas.
—Cleo cogió a Pye y la acarició—. Nos ha faltado poco, pero no lo hemos hecho.
Pretendía que chilláramos y, de nuevo, hemos estado en un tris, pero no lo hemos hecho.
Y tienes razón, no se esperaba que un dulce perrito y una gata sigilosa le plantaran cara.
—Pero lo han hecho. —Más recompuesta, Sonya se puso de pie—. Un día condenadamente bueno.
—Y tanto que sí. —Cleo dio un paso al frente y chocó su copa con la de Sonya—. Por nosotras y por nuestros fieros guardianes.
Con un asentimiento de cabeza, Sonya apuró el resto de su copa.