Capítulo 3 #2
Sonya cerró los ojos y se sumió en la quietud.
Por la mañana, la decisión de Sonya de usar el gimnasio fue debida en parte a la necesidad de ceñirse a la rutina y, en parte, a una pura actitud desafiante.
No obstante, agradeció que Yoda y Pye quisieran acompañarla.
Cuando abrió la puerta del pasadizo, entraron y bajaron las escaleras con ella. Torció en el pasillo, dejando atrás las zonas de almacenamiento y la sala de cine, en dirección al gimnasio, bien equipado.
Pensó que su tío supo cómo diseñar a la perfección la casa, imprimiéndole su estilo personal y al mismo tiempo respetando su historia.
—Y eso es justo lo que yo estoy haciendo.
Echó un vistazo al soporte de mancuernas y asintió con la cabeza.
—Vamos a mantener los músculos tonificados.
Puede que esta lucha sea más mental que física, pero todo está conectado, ¿no?
Al menos eso es lo que esa entrenadora tan sumamente dicharachera y con una musculatura imposible repite hasta la saciedad.
De modo que hoy voy a realizar una sesión de nivel avanzado.
Encendió el televisor y seleccionó la aplicación y el programa.
—¿Cincuenta y seis minutos? ¡Madre mía! Igual es un poco ambicioso para…
Mientras hablaba, una campanilla del servicio empezó a sonar sin cesar.
La del salón dorado.
—¡Adelante! —exclamó—. Adelante, pierde tiempo y energía, que yo voy a sacar partido de los míos.
Inició la sesión.
—A lo mejor lo lamento —masculló—, pero voy a hacerlo.
Al cabo de veinte minutos, empapada de sudor, lo lamentó. Sin embargo, continuó, en parte —reconoció mientras los músculos le ardían— debido a ese sonido incesante.
Al cabo de media hora, hizo una pausa para beber agua a grandes tragos como un camello y secarse un poco el sudor con una toalla. Y se percató de que el sonido había cesado.
Motivada por el hecho de haber vencido a Dobbs, pulsó el botón de reproducción, se concentró y puso fin al entrenamiento.
Puede que tuviera que tenderse en el suelo sudando tinta y gimiendo, pero lo había conseguido.
Yoda se aproximó a ella para tumbarse a su lado. La gata se hizo un ovillo encima de un banco de pesas y la observó con cierto desdén.
—¿Quién de vosotros me va a ayudar a levantarme?
En vista de que ninguno se ofreció voluntario, Sonya se incorporó, se sentó y se obligó a finalizar con diez minutos de estiramientos.
Al subir las escaleras sin renquear, se consideró una amazona.
Cuando enfiló hacia la cocina para rellenar la botella de agua, se sorprendió al ver a Cleo sentada junto a la isla con un café y un strudel con glaseado.
—Has madrugado.
—No tanto como tú, evidentemente. ¿Te has duchado vestida?
—Mi rutina para ponerme cachas. —Aún un poco jadeante, Sonya apretó la mano contra el pecho—. Ha sido brutal. Dobbs no ha parado de hacer sonar la puñetera campanilla, pero se ha dado por vencida. Yo no.
—Así me gusta. Yo, por mi parte, estoy levantada porque siento el deseo irrefrenable de salir a navegar. Podías venir conmigo.
—Ojalá pudiera, pero ya voy tarde para ponerme a trabajar, dado que tengo intención de darme una ducha de un par de horas.
—Qué responsable. Yo, por mi parte de nuevo, me voy a navegar en La Sirena. Hay previsión de tormenta bien entrada la tarde, así que sacaré mi velero, pasaré por el súper, haré unos cuantos recados y estaré de vuelta para pintar en el estudio antes de que estalle la tormenta.
—Que sepas que esa es una actitud responsable, empezando por la travesía. —Tras decidir que se merecía una recompensa, Sonya abrió la nevera y cogió una Coca-Cola—. Sería una irresponsabilidad tener un pequeño sunfish y privarse de navegar en él.
—Tienes razón. Somos chicas responsables y, en vista de que Owen y Trey tienen trabajo esta noche, se me ha ocurrido un plan solo para chicas.
—Cuéntame el plan antes de que este sudor siga goteando y forme un charco en el suelo.
—Una ensalada grande, gigantesca, para cenar y un rato clasificando las fotos como Dios manda. Luego, una montaña grande, gigantesca, de palomitas con mantequilla y sal, una botella de vino y una película para chicas con el pijama puesto.
—Y esta tan solo es una de la infinidad de razones por las que somos amigas. Me apunto. Bueno, me voy pitando a la ducha. Que disfrutes de la navegación.
Después de una maravillosa ducha, Sonya se puso unos pantalones de deporte y una camiseta, pensó: «A tomar por saco el pelo», y se lo recogió, aún mojado, en una cola de caballo.
Cuando se acomodó delante del escritorio y Yoda se metió raudo debajo, rotó los hombros, ligeramente doloridos.
—Me siento fuerte y a tope. Vale, Clover, dale caña.
En la tableta empezó a sonar el ritmo pop de Independent Women Part I [«Mujeres independientes, primera parte»] de Destiny’s Child.
—Esa es una verdad como un templo. Lo soy.
Cuando se disponía a encender el ordenador, recibió un mensaje de texto.
Era de la empresa Ryder Sports. Con una petición para una videollamada a las diez.
—Vaya, mierda.
Respondió que sí y, acto seguido, sacó el maquillaje de emergencia para videollamadas.
—Independiente sí, pero nada de reuniones de trabajo con la cara lavada.
Como disponía de algo de tiempo de sobra, respondió a los correos electrónicos y comenzó el diseño de una propuesta de campaña publicitaria para una empresa local.
—Vale, Clover, apaga la música de momento.
Y, tras rotar los hombros de nuevo, se conectó a la reunión.
Burt Springer fue el primero en saludar.
—¡Buenos días! Gracias por tu disponibilidad con tan poca antelación.
—Nunca tengo inconveniente. Me alegro de veros a todos.
Y todos, se percató Sonya, incluía a la fría e impasible Miranda Ryder, al frente de la compañía.
—Tenemos que comentar algunos informes de seguimiento, pero, antes de entrar en materia, nos gustaría tratar contigo un tema para ver qué opinas.
Los elementos visuales que diseñaste usando a gente normal y corriente en vez de modelos con el equipamiento deportivo de Ryder, con los artículos de Ryder en el día a día, son el pilar de la campaña. Nos gustaría desarrollar eso.
—De acuerdo.
—Por ejemplo, el joven trajeado que va camino del trabajo en la bicicleta de Ryder, ¿es de la zona? ¿Está disponible?
—Eddie… Trabaja de pasante en el bufete de los Doyle.
En cuanto a su disponibilidad, desde luego que puedo ponerme en contacto con él.
Dispongo de algunas fotos más de él. —Puede que ciertamente el cuerpo y la mente estuvieran conectados, pensó Sonya, al tiempo que dilucidaba el siguiente paso—.
Pero no sería conveniente transmitir la misma imagen, sino usar una indumentaria diferente, en un día diferente, realizando otra actividad, ¿verdad? ¿Es eso lo que buscáis?
—Has dado en el clavo a la primera.
—Con ropa informal, saliendo a reunirse con unos amigos para tomar una pizza. ¿O en bicicleta para pasar la velada (al atardecer) con una chica? Me gusta esa idea.
—¿Un paseo al atardecer para quedar con una chica? —Livvy, que se ocupaba de las relaciones públicas, posó los dedos índices en las sienes—. Esa es una apuesta ganadora.
—Nos gustaría que llevara calzado e indumentaria de Ryder. Consigue su talla y su número de pie, y se los proporcionaremos —le dijo Burt—. Luego está tu encantadora y generosa amiga, Cleo.
—Puedo hablar por ella, y se prestará gustosamente a posar en más posturas de yoga, en diferentes poses, con diferentes conjuntos. A lo mejor se puede organizar algo al aire libre. Tiene un velerito muy chulo. Ya dispone de un chaleco salvavidas de Ryder, pero podríais incorporar más artículos.
Se empezaron a oír porrazos procedentes de la planta de arriba. Sonya apretó un puño bajo el escritorio al tiempo que Yoda se apretujaba entre sus pies.
Miranda Ryder enarcó las cejas súbitamente.
—¿Pasa algo, Sonya?
—Hay previsión de tormenta.
—Da la impresión de que la tormenta se ha desatado dentro de tu casa.
—La verdad es que sí. Permitidme que os diga que me parece una idea fantástica. Estoy segura de que puedo contratar a la misma fotógrafa, y me pondré en contacto con Eddie. Os puedo decir directamente la talla de Cleo. ¿Con quiénes más os gustaría contar?
El ruido cesó de repente cuando comenzó a elaborar la lista. Y empezó a sonar el dong del timbre.
—Disculpadme un momento.
Se levantó rápidamente. Aunque dio por sentado que era cosa de Dobbs, se asomó a la ventana por si las moscas. A continuación, fue a cerrar las puertas correderas de la biblioteca.
Al menos el ruido se amortiguó.
—Os pido disculpas de nuevo —dijo cuando volvió a tomar asiento—. Es un fallo eléctrico que he de reparar sin falta. Lo típico de las casas antiguas —dijo con una sonrisa.
—A lo mejor está encantada —comentó Burt entre risas.
—Uy, de eso no cabe duda. —A lo cual añadió su propia risa en tono desenfadado—. Realza el ambiente.
Tomó notas y aportó ideas propias y su visión de la campaña. Y, cuando en la casa se hizo el silencio de nuevo, sintió lo mismo que en el gimnasio.
Que había vencido a Dobbs.
La reunión duró alrededor de una hora, en el transcurso de la cual hubo un par de portazos con mala leche, pero capeó el temporal. Y, en su opinión, sin perder la concentración prácticamente ni un segundo.
Cuando colgó, se recostó en el asiento y cerró los ojos.
Clover la felicitó con Rain on Me [«La lluvia cae sobre mí»] de Lady Gaga y Ariana Grande.
—Sí, he capeado el temporal. —Se agachó y acarició a Yoda—. Los dos. Ahora tengo un montón de trabajo imprevisto. ¡Bien por mí! Primero las llamadas, Clover. Necesito reclutar a la madre de Trey con su cámara.
Pero permaneció tal y como estaba, con los ojos cerrados, durante unos instantes más. Porque la visualizaba. Veía cómo articularía la serie.
«En los deportes y en la vida, Ryder está contigo».
Abrió su agenda de contactos y se puso a realizar llamadas.
Cuando estaba a medias, Yoda le lanzó «la mirada».
—Vale, te dejaré salir. De todas formas, necesito otro chute de cafeína.
Tras abrirle la puerta principal, se dirigió al fondo de la casa.
Le hizo gracia ver que la pelota yacía sobre la isla de la cocina.
—Por mí bien, Jack.