Capítulo 3
D isfrutaron tranquilamente de los pastelillos de limón y los capuchinos, y a continuación se acomodaron en el comedor.
Entre Owen y el libro del árbol genealógico de los Poole que Deuce le regaló a Collin, identificaron a algunos miembros de la familia.
—Algunas caras me hacen dudar. Casi todos murieron antes de que yo naciera. Será mejor que preguntes a Clarice o a Connor. Quizá a Mike —añadió Owen, pensativo mientras cavilaba sobre sus primos—. Quizá, pero yo probaría primero con Clarice. A ella le interesan más estas cosas.
—Podía invitarla para que les echara un vistazo. Pero hay más cajas, así que no será tarea fácil.
—Mejor dame una o dos cajas y se las llevo. Se pondrá con ellas. De eso me encargo yo.
—No hay prisa. Voy a por otra caja —dijo Sonya—. Si les echamos un vistazo, usaré una caja para las fotos de quienes identificamos, y otra para las que nos gustaría enmarcar y colgar de quienes no reconocemos para que se la lleves. Y una tercera para las que no tenemos intención de usar.
—Eficiencia Poole —comentó Trey.
—No puedo evitarlo.
—Dame una. Les pediré a mis padres que la revisen.
—Eso sería genial. Me encantaría llegar a identificarlos a todos en un momento dado, pero podemos empezar así. Voy a por otra caja.
Cuando Sonya fue al despacho a por otra caja de las que había apilado sobre el escritorio, una de ellas estaba aparte. Y reconoció a Johanna en la foto que yacía encima.
—De acuerdo, Clover, esta es la siguiente.
En su teléfono empezó a sonar It Wasn’t Me [«No he sido yo»].
—Si no has sido tú… —Cogió la fotografía—. ¿Johanna? Tal vez. Con independencia de quién haya sido, esta es la siguiente.
La llevó al comedor.
—Clover… y sigue poniendo música en mi teléfono.
—Ha puesto a Chuck Berry —observó Owen.
—Si bien es cierto que no lo habría adivinado, he pillado al vuelo lo de «No he sido yo». Esta caja estaba separada de las otras, y esta foto encima de la tapa.
—Johanna. —Trey cogió la foto—. A lo mejor ella también te va a echar una mano.
—O Collin —terció Owen.
—Buena observación. —Cleo apuntó con el dedo hacia Owen—. Si Collin siguiera aquí (cosa de la que no cabe duda), intervendría en esto. Al menos esa es mi impresión.
—Sea quien sea, quiere que esta caja sea la siguiente.
Sonya se sentó, retiró la tapa e inmediatamente vio más fotos de Johanna, de Collin y ella, y de ambos con los padres de Trey.
—Oh, ¿este eres tú, Trey? ¿Enganchado en el costado de Collin?
—Sí, mis padres tienen una copia de esta foto. Johanna lleva en brazos a Anna, y Collin a mí. Seguro que fue poco antes de su boda.
—Esta va a la galería definitivamente.
Cuando Sonya hizo amago de sacar un puñado, hurgó más hondo.
—¡Un momento! ¡Hay ferrotipos! ¡Y, sí, miniaturas enmarcadas! —Sacó más y las extendió con cuidado sobre la mesa—. Son… Dios mío.
Trey terminó la frase.
—Las siete novias. Todas van a estar aquí. Y todo esto no estaba guardado así cuando hicimos el inventario. —Examinándolas, negó con la cabeza—. Así no, porque lo recordaría. No registramos todas las cajas, tan solo identificamos las fotos, pero no había ninguna como esta.
—Puede que sea una pista o puede que no, Son, pero es un importante hallazgo y una gran baza para montar la galería.
—Es Clover —murmuró Sonya, al tiempo que cogía una foto—. Clover y Charlie, el día de su boda. Vi esto…, lo soñé, los vi en este prado, bailando en su boda.
—Parecen muy felices. Jóvenes y felices —añadió Cleo.
Y Clover puso Wedding Song [«Canción de boda»] de Bob Dylan.
—La enmarcaremos. La colocaremos en la galería, pero antes la pondremos con la foto de la boda de Collin y Johanna, y de cualquier otra que encontremos.
—Como esta. Es Lisbeth, ¿a que sí? La quinta novia. Una fotografía de boda de estudio. —Owen la sostuvo en alto.
—Sí. Dios, está radiante incluso en una foto.
—Aquí tengo a Agatha y Owen. En una pose muy formal. Una pareja atractiva —comentó Cleo—. Ah, aquí hay otra de Owen (en segundas nupcias) con Moira. ¿Sabéis qué? He de decir que ambos parecen más felices.
—Aquí hay un ferrotipo —dijo Trey— de Marianne y Hugh Poole.
—Las miniaturas. Catherine, la segunda novia. No de su boda, ya que no habría dado tiempo puesto que murió en su noche de bodas. Y Astrid… Seguramente hicieron esta foto antes de la boda, a lo mejor para regalársela a Collin, porque se aprecia bastante el vestido. Es su vestido de novia.
—Las tenemos a todas. A las siete novias.
—Y hay más —señaló Trey—. Más fotografías. Una de Clover delante de la casa.
—¿Cómo pueden las mujeres moverse con semejante volumen? —preguntó Owen—. Tiene una tripa descomunal.
—Es que tenemos columnas vertebrales de acero —respondió Cleo—. Hay nieve en el suelo, un montón. Y lleva copos en el pelo. Está riéndose.
Clover puso Cosmic Charlie [«Charlie cósmico»].
—No creo que la elección de los Grateful Dead [1] vaya con doble sentido —señaló Owen—. Magnífico tema.
—Seguro que fue poco antes de que nacieran los gemelos. Patricia Poole pasó por alto estas —dijo Trey—. Cuando intentó borrar a Clover y a tu padre de la historia de los Poole, pasó por alto estas. O quienquiera a quien enviase a la casa, ya que ella se negó en redondo a poner los pies aquí.
—No la excluiré de la galería.
—Si lo hicieras no me lo tomaría a mal —señaló Owen.
—No lo haré porque ella forma parte de la historia. Una parte desagradable, pero al fin y al cabo una parte. No obstante, voy a colgar la foto menos favorecedora de Patricia Poole que encontremos.
Trey le sonrió con malicia.
—Qué mala puedes llegar a ser.
—Y tanto que sí, caray. Pero ahora no voy a pensar en eso, en ella.
Tenemos fotografías de todas las novias aquí, y voy a buscar marcos adecuados para las que seleccionemos.
De ellas y de todos los demás. Y, cuando nos libremos de esa bruja, vamos a colgarlas y a destinar ese salón a algo bueno, a algo positivo e importante.
Varias puertas se cerraron con estrépito; la lámpara de araña se balanceó sobre sus cabezas como empujada por una fuerte ráfaga de viento.
Sonya se limitó a exclamar en dirección al techo:
—¡Sí, me refiero a ti! ¡Vas a largarte de aquí, así que vete haciendo a la idea!
Una vez más, Trey posó la mano sobre la de Sonya.
—Puede que tarde un tiempo.
—Sea esta noche, la próxima semana o el puñetero año que viene, se va. Y ahora tengo otro proyecto con estas fotos.
—Vas a necesitar un plano, las medidas y un croquis —dijo Owen—. Una vez que decidas cuántas quieres colgar, con la cantidad de tamaños y formas diferentes que hay, tendrás que decidir cómo las quieres y ubicarlas sobre plano.
—Mi empresa se llama Visual Art por una razón. Puedo plantear la distribución, aunque no estaría de más contar con tu asesoramiento. Eso va para todos los presentes. Me refiero a todos —matizó, levantando los brazos como para abarcar la casa—. Cualquier sugerencia es bienvenida.
—Yo tendré muchas, pero, de momento, me voy para arriba. —Cleo miró a Owen al levantarse—. ¿Me llevas, grandullón?
De camino a la puerta se echó a reír cuando Owen se levantó, la cogió en volandas y cargó con ella.
—Lo que estás haciendo es una pasada, Sonya. Es una pasada que te plantees hacerlo.
—Se lo debo a ellos. —Sonya deslizó la yema del dedo por las fotos—.
A todos ellos, Patricia incluida. De no haber hecho lo que hizo, mis abuelos no habrían tenido a su querido hijo.
Mi padre, mi madre y yo no habríamos tenido nuestra vida en Boston.
Incluso puede que yo no hubiera nacido o, de haber nacido, mi vida habría sido diferente.
Me gusta mi vida, así que se lo debo a ellos.
Le sonrió.
—Seguiré revisando mañana, y prepararé una caja para Clarice y otra para tus padres. Se me ha ido el santo al cielo. ¿Por qué no me acompañas arriba y me recuerdas una de las razones por las que me gusta mi vida en este preciso instante y lugar?
Se despertó a las tres, pero no caminó sonámbula. Oyó el eco de la música de piano, los tenues sollozos, los murmullos y suspiros de aquellos a los que no les era posible descansar.
Aunque no sintió la llamada del espejo, se incorporó y apretó la mano de Trey cuando este se la agarró.
—Estoy despierta. Estoy consciente. Me gustaría ver a Dobbs.
Él se levantó con ella y se dirigieron a la puerta acristalada del balcón.
Allí estaba, Hester Dobbs, apostada en la escollera. El fuerte viento del Atlántico ondeaba su vestido negro y sacudía su pelo oscuro. Ella miraba hacia ese océano, tal y como había hecho noche tras noche durante más de dos siglos.
Y, con el fin de sellar la maldición sobre la casa solariega, sobre las novias venideras, alzó los brazos hacia el cielo y se arrojó al vacío.
—¿Lo notará cada noche? —inquirió Sonya—. ¿Notará el azote del viento? ¿Notará la caída, y su cuerpo al romperse contra las rocas? ¿El dolor del impacto? ¿Ese fugaz instante de shock y el embate del agua gélida contra ella?
—Yo creo que sí. Creo que forzosamente tiene que notarlo sin más remedio.
—¿Sin más remedio?
—Para que todo continúe, Sonya, para seguir aferrándose a este lugar. A lo mejor no estaba desquiciada en la époc a en la que hechizó a Collin Poole. A lo mejor solo estaba medio desquiciada cuando asesinó a Arthur Poole.
Trey se dio la vuelta y le dio un empujoncito a Sonya en dirección a la cama.
—Pues fijo que estaba como una cabra cuando mató a Astrid y lanzó la maldición. ¿Y regresar aquí para sellar la maldición con su propia sangre? No le queda una pizca de cordura. Desde tu punto de vista, ella quiere sentirlo, cada noche. Una y otra vez.
En la cama, Trey tiró de ella hacia él.
—Sí, eso es.
—Porque, en su locura, ella lo considera un gesto de poder. Es su elección, su sangre y, por medio de ella, permanece en la casa. En su locura, eso es lo único que importa. Para ella no existe otra cosa que ser la señora de la casa, para siempre.
—Pero no lo es. —Él le dio un suave beso en la frente que a ella le infundió tanta tranquilidad como confianza—. Y jamás lo será.
—Efectivamente. La casa ha recuperado la calma. Reina la calma de nuevo.
—¿Puedes conciliar el sueño?
—Sí.