Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

—Me parece genial. Primero purificaría el salón con salvia blanca, tres veces. Luego lo limpiamos, ponemos allí todo lo que queramos de las zonas de almacenamiento y montamos una galería. Y convertimos en luz la oscuridad.

—Ya sé que mi padre no vivió aquí, pero nació aquí. Voy a colgar algunas fotos de él, de pequeño, y otra de la boda de mis padres.

—Más genialidad —empezó a decir Cleo, incluso mientras Clover reproducía You’re Simply the Best [«Eres la mejor»] de Tina Turner a todo volumen.

—Llevemos unas cuantas cajas al comedor. A la mesa grande. —Sonya sacó otra—. Nos tomaremos un vino mientras clasificamos las fotos. Meteremos en una caja las que creamos que tal vez usemos y, las que no, en otra.

—Me apunto, especialmente al vino. Sin embargo, no identificaremos a todos.

—Lo que no tengamos claro lo metemos en la primera caja. Puede que Owen, Deuce o uno de los primos Poole más mayores los reconozcan.

—Es un buen plan, un plan en toda regla. Y una forma más de darle un zasca por el numerito que montó anoche.

Para cuando llegaron los hombres, Sonya y Cleo tenían fotos extendidas encima de la mesa, otras en sus correspondientes cajas, y acababan de servirse la segunda copa de vino.

—¿Qué es todo esto? —preguntó Trey.

—Se trata de una idea genial de Sonya. Una vez que mandemos a Dobbs al infierno de una patada, vamos a montar una galería de fotos de la familia Poole y de sus amistades en el salón dorado.

—Mira esta, Trey. —Sonya sacó una de la caja para la galería—. Es tu padre con Collin, calculo que bien entrados en la adolescencia o a los veintipocos años. Te pareces mucho a él. Están en la playa.

—Menudo par de cachas —comentó Cleo mientras Trey sonreía mirando la foto de Collin y Deuce en bañador, de pie en la arena delante del océano.

—Solían hablar de este viaje. Debió de ser en la época de la universidad, cuando un verano fueron en coche a las Outer Banks, creo. Intentaron aprender a surfear, sin éxito, pero se lo pasaron pipa.

—Supongo que todavía no tienes ni remota idea de por qué hay tantas fotografías guardadas en esta casa. —Owen examinó las que yacían sobre la gran mesa—. ¿Hasta dónde os estáis remontando?

—Hasta Arthur Poole.

Owen se rascó la mandíbula.

—¿Sois conscientes de que en aquel entonces no existían las cámaras?

—Hacían miniaturas, y apuesto a que encontraremos algunas. Además, hay ferrotipos. Pero vamos a necesitar que nos ayudéis a identificar las caras.

Owen se encogió de hombros.

—Echaré una mano en lo que pueda, pero no sin antes cenar. Hemos traído rollitos de langosta.

—Una elección excelente. —Cleo se levantó—. Deberíamos cenar en el porche. ¿Qué habéis comprado de acompañamiento?

—Ensalada de patatas —respondió Trey—, col y, ante la insistencia de nuestra chef favorita, pastelillos de limón.

—Bree sí que sabe. —Cleo le dio unas palmaditas en la mejilla a Trey al pasar junto a él—. ¿Dónde está el resto de nuestra familia de chuchos?

—Están fuera, incluida la gata. —Dado que Owen no estaba dispuesto a conformarse con una palmadita en la mejilla, tiró de ella y la besó.

—Mmm… En vista de que tienes tanta hambre, puedes ayudarme a poner la mesa en el porche.

—Nos lo estamos pasando de fábula haciendo esto. —Sonya se levantó y estrechó a Trey entre sus brazos buscando tanto el abrazo como el beso—. De hecho, hemos empezado (bueno, después de trabajar) a revisar y despejar el despacho de Collin para que Cleo pueda usarlo.

—Qué bien. —Él la condujo a la cocina, donde cogió una cerveza para él y otra para Owen.

—Espero que pienses lo mismo cuando te diga que tenemos una voluminosa caja de papeles que, como no sabíamos bien qué hacer con ellos, hemos decidido endilgársela a los abogados Doyle.

—Estupendo. Nosotros nos ocuparemos.

—He revisado los archivos del ordenador.

Te pondré al corriente durante la cena. Más que nada es algo entrañable, y Owen debería estar presente también.

Pero cuando terminemos voy a borrar el disco duro y vamos a montar una especie de despacho para invitados en una de las salas de estar.

Así cualquiera que se aloje aquí puede usarlo si lo necesita o le apetece.

—Otro estupendo. —Mientras la escudriñaba, Trey bebió un sorbo de cerveza—. Has estado ocupada.

—Hoy necesitaba estar ocupada. Y terminar el día con los planes para las fotos, como dijo Cleo con tanta elegancia, fue como restregarle por la cara a Dobbs el numerito que montó anoche.

—¿Sabes cuál es una de los miles de cosas que a simple vista más me atraen de ti?

—Cuenta, cuenta.

Él deslizó la mano por las puntas de su cabello, que le recordaba al sirope de arce.

—Que siempre pasas página. Que, pase lo que pase, pasas página y sigues adelante.

—Y yo que pensaba que era mi gran sentido del estilo y mi arrolladora personalidad…

—Esas cosas figuran en la lista.

En ese momento, algo en su manera de mirarla hizo que se estremeciera.

Owen irrumpió en la cocina.

—Se niega a usar los envases de comida para llevar. Quiere boles y esas gilipolleces.

De pronto, se percató de la escena y dirigió la mirada del uno al otro mientras sacaba boles para servir la comida.

—¿Qué pasa?

—Nada, estaba admirando a la dama.

Ante la interrupción del momento, Sonya sonrió rápidamente.

—Harán falta cucharas para servir. Y, conociendo a Cleo, querrá alguna salsa caliente.

Y, dado que conocía a Cleo, Sonya añadió servilletas de tela.