Capítulo 2
S onya hizo el primer descanso cuando la gata entró, se sentó y se quedó mirándola.
—¿Es hora de salir? Bueno, el ingeniárselas para enseñar a una mascota a hacer pis es digno de respeto. Y me vendría bien un chute de cafeína. Vamos, chicos.
Se dirigió a la planta baja y dejó salir a Yoda y a Pye por la puerta principal. Permaneció unos instantes bajo los maravillosos rayos del sol contemplando el mar y los barcos que lo surcaban.
Dio media vuelta en dirección a la cocina a por una Coca-Cola, donde se asomó a la puerta trasera para contemplar el césped, el huerto y, al fondo, el denso bosque verde.
Y se giró al oír pasos.
—He fallado en mi estimación del mediodía por poco más de veinte minutos. Y vas vestida y pertrechada sin haber tomado café.
Cleo dejó en el suelo el maletín de madera con los materiales, el caballete plegable y el taburete.
—Todavía tengo cafeína en el organismo de nuestro desayuno a horas intempestivas.
Lista para pasar el día con un sombrero de ala ancha, un pantalón pirata y una camiseta holgada, Cleo llenó una botella de agua.
—Yoda y Pye pueden hacerme compañía. Les abriré la puerta si quieren entrar.
—De acuerdo. Puesto que hace un día precioso, que disfruten también. ¿Y bien? ¿Dramático o evocador?
—Sé que mi instinto innato se inclina por lo dramático, pero me parece que hoy lo suyo es algo evocador.
—Ya hemos tenido nuestra dosis de drama por hoy.
—Y que lo digas. Hasta luego.
Sonya le sujetó la puerta.
—Que disfrutes.
—Uy, cada minuto.
Dando sorbos a la Coca-Cola, Sonya observó cómo su amiga se encaminaba hacia la pérgola mientras Yoda daba brincos y Pye se aproximaba con sigilo a ella para saludarla.
A Sonya le pareció un rincón de lo más agradable para un día de lo más agradable. Era inconcebible que la maldad vengativa existiera allí.
—Pero me consta —murmuró.
En la quietud de la casa, se dirigió a la biblioteca, donde sonaba la música.
Se sentó y abrió el siguiente archivo.
A media tarde, el cerebro empezó a echarle humo.
—Vale, igual necesito una hora de descanso y un poco de aire fresco.
Dado que hacía un día radiante, cogió las gafas de sol y una gorra con visera. No tan romántica y coqueta como el sombrero que Cleo usaba para pintar, pensó mientras se recogía el pelo en una cola de caballo y la introducía por el hueco de detrás, pero se apañaría.
Salió por la puerta principal en dirección a la escollera. El viento soplaba lo bastante fuerte como para sacudirle la cola de caballo y despejar su mente embotada. El mar, picado por el viento, hacía que los barcos escoraran, y las olas batían con fragor contra las rocas.
Atisbó algo mar adentro y, acto seguido, a una manada de delfines emergiendo y zambulléndose.
Era consciente de que su vida había cambiado, completa e inevitablemente, desde aquel gélido día de invierno en Boston en el que Oliver Doyle II llamó a su puerta con el fin de ponerla al corriente de que su tío paterno, cuya existencia desconocía, le había dejado en herencia todo eso.
Y más.
Quería más de lo que jamás hubiera imaginado aquella magnífica y antigua casa señorial y todo cuanto albergaba. Fantasmas incluidos.
Se giró para contemplarla, su porte imponente, su diseño fantasioso. Y vio varias ventanas abiertas.
«Cosa de Molly, que está ventilando», pensó con una sonrisa. En su profunda necesidad de cuidar de Lost Bride Manor y protegerla, no estaba sola.
Tenía la certeza de que una manera de hacer eso era sencillamente vivir, hacer lo que tocara a continuación.
Echó a andar y rodeó la casa hasta los jardines que habían plantado a finales de la primavera y que ahora, en verano, se encontraban en pleno esplendor. Allí el viento soplaba como una brisa cálida y fragante con las flores que había ayudado a plantar.
La gata se repantigó en el techo de la caseta para perros victoriana —con torrecilla incluida— que Owen había construido para Yoda.
Mientras Sonya caminaba, Yoda, con su cuerpo de perro salchicha y el arnés puesto, se estiró.
Los dos animales fueron a su encuentro cuando se encaminó hacia donde Cleo estaba pintando.
En el lienzo, las ramas retorcidas ascendían y se entrelazaban sobre la pérgola, desde donde se derramaban como una esplendorosa cascada. Por detrás, el intenso verdor del bosque se le antojó un secreto misterioso. Por debajo había pétalos marchitos esparcidos.
Todo bajo un cielo tan azul y resplandeciente que Sonya se emocionó.
Con un suspiro, dijo:
—Cleo.
—Lo evocador funciona.
—Qué preciosidad. Se me ha hecho un nudo en la garganta.
—Cuando las hortensias estén en pleno esplendor, voy a pintar un bodegón. Con la misma técnica. Primero, uno del lecho donde pusimos la estatua de la diosa. Y creo que unos pequeños de flores individuales. Bueno, me parece que está casi listo.
—Desayunamos hace un siglo. Voy a preparar algo para picar.
—Me vendría bien comer algo.
—Bien. Te avisaré cuando esté listo. Podíamos tomar el tentempié en la terraza.
La gata y el perro la siguieron y observaron con avidez cómo preparaba una bandeja con fruta y queso.
—Vosotros también tendréis lo vuestro.
Mientras colocaba vasos con hielo y una jarra de limonada en una bandeja, una puerta dio tres portazos que sonaron como disparos arriba.
En el teléfono de Sonya empezó a sonar Rude [«Maleducada»] de Magic!
—Y tanto que sí. Pero no nos acobardamos.
Tras poner una galleta para perros y un puñado de chucherías para gatos en la bandeja, la cogió.
La puerta se abrió cuando se disponía a salir.
—Gracias.
Después, se cerró con suavidad.
«Cuánta bondad hay aquí», pensó. Mucha más bondad que maldad.
Dejó la bandeja encima de la mesa de la terraza y, cuando hizo amago de llamar a Cleo, esta ya estaba cerrando el maletín con los materiales.
—Buena sincronización. La zorra está dando portazos.
Cleo se sacó las gafas de sol del bolsillo de camino a la terraza.
—Seguro que la mata (metafóricamente) vernos trabajar y disfrutar. Y, madre mía, anda que no lo he hecho.
Tras dejar todo sobre la mesa, Cleo se sentó y soltó un largo suspiro de satisfacción. Y el esmalte azul cerúleo de las uñas de los pies que asomaban en las sandalias de Cleo le recordó a Sonya que llevaba demasiado tiempo sin hacerse la pedicura.
—Al final del verano echaré de menos mis ilustraciones y tendré ganas de un encargo de envergadura, interesante y divertido. Pero, de momento, para mí esto es el paraíso.
Alargó la mano hacia una galleta salada y la untó con camembert.
—Picar algo en la terraza en una tarde de verano ideal tampoco es moco de pavo.
—Pues no. —Cleo levantó la copa que le sirvió Sonya—. Por más momentos como este.
—Por muchos más momentos como este.
—Por lo visto Jack tampoco ha podido resistir la tentación.
Sonya se incorporó de un respingo.
—¿Lo has visto?
—No, pero estaba ahí fuera. La pelota pasó volando por mi lado, y Yoda persiguiéndola.
Pero cuando me giré (tardé un par de segundos en reaccionar), no había nada.
Sin embargo, durante…, en fin, no sé cuánto tiempo, alcancé a oír las carreras de Yoda y la risa de Jack. Fue inquietante, pero al mismo tiempo…
—Te hizo sonreír.
—Así es. Y me obligué a no volver a girar la cabeza porque es obvio que no está preparado para dejarse ver. Fíjate, un niño que murió hace más de un siglo riendo y jugando en el jardín a lanzarle la pelota al perro. Dice mucho sobre el hecho de que estemos aquí.
Sonya probó el queso picante.
—Y sobre por qué estamos aquí. No solo yo. Sí, hubo incidentes antes de que te mudaras aquí, antes de que Trey y Owen pasaran noches aquí.
—Pero desde entonces han ido en escalada.
—De manera intermitente, pero sí. Ella ha ido a más, y más espíritus se han dado a conocer.
En ese sentido, al principio no fui receptiva en absoluto.
Pensaba que me estaba volviendo loca cuando me encontraba la cama hecha, los platos limpios, cuando escuchaba los interludios musicales de Clover, etcétera.
—Los retratos en el armario.
Menudo susto, pensó Sonya mientras daba un sorbo a la limonada, y menuda alegría encontrar esos retratos enmarcados en el armario de los materiales del estudio.
—Algunos pintados por Collin, otros por mi padre. Y eso nos lleva a Marianne Poole, la tercera novia.
—Eché un vistazo en el armario al levantarme y ni rastro de Catherine. Todavía.
—Pero el día menos pensado abriremos ese armario y encontraremos su retrato. Y si Owen no se equivoca, aparecerán más. El de Astrid, otro retrato de Astrid. El que hay en el vestíbulo no forma parte de la serie.
—Aparte de eso —Cleo cogió una frambuesa—, primero, Owen está en lo cierto. Y parte de la razón es que uno de los dos, tu tío o tu padre, tiene que pintarla y hay que colgar su retrato junto al de las otras seis novias.
—Sé (o tengo que asumir) que los encontraremos a su debido tiempo. Entretanto, estoy pensando en registrar la casa de arriba abajo, cosa que, teniendo en cuenta sus dimensiones, la gran cantidad de armarios, cajones, baúles y demás, podría llevar siglos.
—Me apunto, ya lo sabes. —Tras escoger un pequeño racimo de uvas verdes, Cleo se puso a mordisquearlas—. Podemos reclutar a los chicos, así que con ellos somos cuatro. ¿Qué vamos a buscar, Son? ¿Crees que encontrarás los anillos así?
—No, sería demasiado fácil. Además, ella los lleva puestos, los siete. Pero quizá, si buscamos a conciencia, encontremos…
—¿Una pista?
Sonya no tuvo más remedio que echarse a reír.
—Suena muy Scooby-Doo , pero sí. La casa, el espejo, los residentes (del pasado y del presente) siguen proporcionando piezas. Quizá encontremos más, y quizá la forma de encajar el puzle.
—Repito: me apunto. Esta casa está repleta de tesoros y, cada vez que curioseamos, encuentro algo que me chifla. Pero…
—Vas a aplicar la lógica, ¿verdad?
—A mi estilo. Tenemos una casa llena de personas que vivieron y murieron aquí a lo largo de un par de siglos. Y Dobbs ha estado coleccionando los anillos desde entonces. ¿Y si alguna de ellas supiera cómo encontrar los anillos y recuperarlos?
—Ya habrían encontrado la manera de decírnoslo.