Capítulo 1 #3
»Solo estoy mencionando a ese capullo a modo ilustrativo para que no te preocupes tanto, Trey. Además de que no se dará por vencida, cuando pones a Sonya entre la espada y la pared se defiende con uñas y dientes. Lo de anoche fue un error.
Cleo apuntó con el dedo hacia arriba para indicar que se refería a la guarida de Hester Dobbs, el salón dorado.
—Ella cometió un tremendo error.
—¿Por qué especialmente? —Owen hizo una pausa mientras cargaba el lavaplatos.
—Lo que hizo en el pasado, a las siete novias, tiene que pagarlo.
Hay que pararla. Pero eso sucedió hace tiempo.
Aunque Sonya haya atravesado el espejo y presenciado todo, ya pasó.
Lo de anoche… Anoche Dobbs hizo daño a aquellos a los que todos hemos llegado a tomar cariño.
Eso ha sido ahora, eso ha ocurrido en el presente.
—Lo único que necesita es sacudirse la tristeza y sacar la mala leche de nuevo.
Cleo sonrió a Trey.
—Cómo la conoces. Solo estoy diciendo esto porque la conozco y la quiero desde hace más tiempo que tú: no se derrumbará. Y no se detendrá.
—Hay veces en las que eso es precisamente lo que me preocupa.
—Necesita esta casa y a todos aquellos que residen en ella (con una excepción) en la misma medida que esta casa y todos aquellos que residen en ella la necesitan. Tenemos la luz de nuestra parte, y he de confiar en eso.
—¿Me haces un favor? No te despegues de ella hoy.
—Claro. Oye, dejad entrar a Yoda y a Pye antes de marcharos, ¿vale? Voy a recuperar el resto de mi sueño reparador.
De camino a la puerta, Cleo deslizó un dedo por la mejilla de Owen.
Observándola mientras salía de la cocina, Owen negó con la cabeza.
—Esa mujer me tiene pillado hasta las trancas. Y tiene razón en todo lo que ha dicho, Trey.
—Lo sé. Lo gestionaré. Tú también.
—Sí, yo también. Mándame un mensaje cuando estés listo para ir a por la comida y nos vemos allí.
Cuando Sonya se dio una larga ducha caliente, se encontró a Yoda en el dormitorio. Unas mallas a media pierna y una camiseta holgada yacían sobre la pulcra cama.
Mientras sujetaba con fuerza la toalla que la envolvía, reprimió las lágrimas.
—Gracias, Molly. Este conjunto es perfecto para hoy.
La joven interna irlandesa continuaba sirviendo desde hacía mucho tiempo. Sonya no es que tuviera la impresión, sino la plena convicción de que era más por devoción que por obligación.
Al igual que Jack, el niño que había muerto en la casa solariega antes de cumplir los diez años, aparecía para jugar con Yoda cuando nadie lo veía. Y Jerome, que se ocupaba de las labores de jardinería, y Eleanor, de las plantas de la galería.
Sus espíritus, y el de otra a la que no podía nombrar, continuaban allí, formando parte de Lost Bride Manor en la misma medida que la madera y el cristal.
Ella había contraído un compromiso con ellos, y con las siete novias. Con Astrid, Catherine, Marianne, Agatha, Lisbeth, Clover y Johanna. Por ellas, más si cabe que por ella misma y por Cleo, se aseguraría de conservar la casa a toda costa.
Que continuaría siendo Poole Manor, tal como siempre había sido.
Por ellas, pensó mientras se vestía, permanecería allí, trabajaría, lucharía y, fuera como fuera, recuperaría los siete anillos robados y rompería la maldición.
Si eso significaba despertarse a las tres de la madrugada —la hora a la que Hester Dobbs se había arrojado al vacío desde el acantilado para sellar el maleficio—, se despertaría a las tres de la madrugada.
Si eso significaba atravesar el espejo una y otra vez con el fin de ser testigo de alguna escena espantosa, atravesaría el cristal.
Y, fuera como fuera, encontraría la manera de quitarle esos anillos de los dedos a una bruja muerta.
Aunque no se lo había secado, Sonya se recogió el pelo castaño en una cola de caballo. En el caso de que recibiera una llamada para una reunión virtual, bueno, tenía el maquillaje de emergencia en el escritorio.
Cuando se disponía a salir, Yoda se incorporó de un salto y la siguió por la salita de estar y el largo pasillo. Vio que la puerta del dormitorio de Cleo estaba entornada para dejar que Pye entrara y saliera a su antojo.
Dado que conocía de buena tinta a su antigua compañera de habitación en la universidad, supuso que Cleo podía dormir como un tronco hasta casi el mediodía.
Ojalá ella tuviera la misma facilidad.
Se encaminó hacia la biblioteca, en la torrecilla del fondo, donde había instalado su oficina.
Tras echar un vistazo al panel de ideas, continuó hasta el escritorio, que miraba a la ancha puerta.
«Que tranquilidad se respira ahora», pensó mientras Yoda se agazapaba bajo el escritorio para hacerle compañía.
Alcanzó a oír el tempestuoso mar, cuyo sonido al batir contra las rocas había llegado a adorar.
El sol de la mañana entraba a raudales a través de las ventanas.
En el alféizar, Xena, la violeta africana que Cleo le regaló el primer día en la universidad, lucía esplendorosa, con sus flores rosas absorbiendo los rayos del sol.
Allí, en la biblioteca de dos pisos, los libros, la belleza y la historia la rodeaban.
Había sido productiva allí, y continuaría siéndolo. Había hecho un buen trabajo, y no podía pedir más.
Tenía esa habitación, esa mansión, junto con todo su contenido —además de una disparatada cantidad de dinero para vivir la vida que quería y dedicarse a lo que quería— porque Collin Poole decidió legar todo eso a la hija de su hermano gemelo.
Su muerte le había proporcionado a ella esa vida, y no podía olvidarlo.
Encendió el ordenador.
Primero, leer los correos electrónicos y responder. Realizar cualquier actualización o cambio en los proyectos anteriores antes de pasar a los proyectos actuales.
Apretó las yemas de los dedos contra los ojos.
—Ay, Dios, Clover. Necesito decir todo esto, y espero que me escuches.
Siento mucho lo que te hizo pasar. Lo siento por todas, pero especialmente por ti.
Te quitó la vida, y Charlie se quitó la suya.
Ella te robó, no solo la alianza, sino todos tus sueños.
El hogar que tú y Charlie deseabais crear aquí.
El arte que él deseaba crear, los jardines que querías plantar.
Todos los hijos que podríais haber tenido.
—Sonya respiró hondo para recomponerse—.
Y anoche, el hecho de oír, presenciar y sentir cómo todo sucedía al mismo tiempo me caló hondo.
Si nada de eso te hubiera pasado, a ti y a todas tus predecesoras hasta Astrid, y posteriormente a Johanna, yo no estaría aquí.
»No tendría esto. Es imposible cambiar lo que ya ha pasado, pero te juro que encontraré la manera de compensarlo. Cueste lo que cueste, lo compensaré por ti, por todas vosotras. Tú eres la razón. Eres la madre de mi padre. Eres de mi familia. Voy a compensarlo por mi familia.
En la tableta empezó a sonar Invisible String [«Hilo invisible»] de Taylor Swift.
Sonya se dio un toquecito con el dedo para secarse una lágrima al tiempo que juraba que sería la última que derramaría ese día.
—Sí, sí, eso es. Nos une. A todas. Y te prometo que no lo romperé. Sigue poniendo música, ¿vale? Lo que te apetezca. Creo que la música nos hace bien a las dos.
Y cuando se calmó, cuando finalmente se calmó de verdad, Sonya abrió el primer correo electrónico y se puso a trabajar.