Capítulo 1 #2
—Es probable que el padre de Sonya nunca lo averiguara, pero Collin tuvo que llegar a esa conclusión a raíz de que tu padre rastreara el árbol genealógico de los Poole.
Cuando se enteró de que tenía un hermano gemelo al que habían entregado en adopción, no tuvo más remedio que llegar a esa conclusión.
—Y, para cuando lo hizo y decidió ponerse en contacto con Andrew MacTavish, este había fallecido.
—La situación es esta —añadió Owen—. Collin deja en herencia la casa solariega a la única hija de su hermano.
Tú te enamoras de ella. Su amiga se muda aquí con ella, y yo me enamoro de ella.
Hay una especie de paralelismo. No sé qué diablos significa, pero, tío, encaja.
—Oyó la algarabía de los perros corriendo por la casa—.
Veamos si está tan colada por mí como para hacer esas tortillas.
Hasta que siguió los pasos de Sonya y se trasladó de Boston a Maine, las únicas veces que Cleopatra Fabares recordaba haber visto el amanecer eran cuando trasnochaba, por trabajo o por diversión.
En cuanto a preparar un desayuno —o cualquier otra cosa— como Dios manda, eso quedaba relegado a un ámbito prácticamente inexistente en su vida.
Pero eso era antaño, y esto era el presente.
Había aceptado el ofrecimiento de Sonya a afincarse allí, a apropiarse del estudio de Collin Poole, en la torrecilla, sin pensárselo dos veces. Pero con la condición de encargarse de la compra y la cocina.
Eso supuso una larga y amplia curva de aprendizaje para la artista e ilustradora oriunda de Luisiana, si bien es cierto que —sorpresa— aprendió. Es más, le había encontrado el gusto.
Y dado que la llamada de las tres de la madrugada, junto con todo lo que aconteció, le había abierto el apetito a Cleo, a Owen no le costó mucho convencerla para que hiciera tortillas.
Se recogió improvisadamente su mata de rizos del color de la miel tostada y mandó a Owen al huerto de hierbas aromáticas a por perejil y estragón. Y se puso manos a la obra.
Le sirvió para distraerse, además de para concederle a Sonya más tiempo para serenarse.
Su amiga aún albergaba mucha rabia, y Cleo era una firme partidaria de dar rienda suelta. Pero, además, parecía que Sonya seguía un poco pálida y sus ojos acusaban un cansancio que reflejaba bastante más, mucho más que el sueño interrumpido.
Sonya llevaba un gran peso sobre los hombros y, aunque los demás pudieran ayudar, cosa que hacían, no podían liberarla de él.
«Esto ayuda», pensó Cleo. No solo la comida, sino la compañía, la rutina. Trey y Sonya dando de comer a las mascotas, Owen sacando platos y cubiertos.
El simple movimiento, la vida —y la unidad— ayudaban.
Cuando sonó el temporizador del horno, Sonya se acercó y sacó el beicon. Trey puso pan en la tostadora… y observó a Sonya.
«Teme que se venga abajo», pensó Cleo mientras depositaba la cuarta tortilla en una fuente y la metía en el calentador de alimentos.
Pero no lo hizo.
En la misma medida que tampoco lo hicieron Trey y Owen tras ser testigos de la muerte de un hombre al que querían y respetaban.
Ninguno de ellos se vendría abajo.
Cuando la última porción de mantequilla que había fundido en la sartén empezó a burbujear, Cleo vertió la mezcla de huevo batido, queso y hierbas aromáticas.
—Me parece que hoy voy a pintar en la parte trasera, a hacer un estudio del jardín. De la glicinia que cubre la pérgola.
—No hay necesidad de que te quedes cerca de la casa por mí, Cleo.
—Puedo hacerlo si quiero, pero lo que quiero es pintar ahí detrás. A menos que prefieras tomarte el día libre y que salgamos a navegar por la bahía en mi bonito velero.
—Tengo que intercalar un par de encargos con el proyecto para Ryder Sports. No puedo tomarme el día libre.
—El próximo fin de semana.
Sonya sonrió, pero la sonrisa no se reflejó en sus ojos.
—Por mí bien el fin de semana que viene.
Con la última tortilla en la fuente junto con beicon y tostadas, se sentaron a la mesa mientras las cuatro mascotas echaban una cabezada antes del amanecer.
—Tienen una pinta increíble, Cleo.
—Me convencerás de ello, Son, si comes un poco.
—Lo haré. Y siento ser una lata en todo.
—No lo eres —repuso Trey, y le sirvió una tortilla con toda la intención.
—Así me siento. Es que… he visto fotografías de él, de Collin, y era mayor que mi padre cuando murió, pero, a pesar de ello, en cierto modo no estaba preparada para ver hasta qué punto se parecían.
Seguro que el trago ha sido peor para ti y para Owen, pero no consigo quitarme esa escena de la cabeza.
Y Clover no ha dado señales de vida desde el instante en que todo cesó.
Ella siempre tiene mucho que decir y me preocupa que esté…
Mientras hablaba, en la tableta que yacía sobre la encimera de la cocina empezó a sonar I’m Still Standing [«Sigo en pie»] de Elton John.
Cuando a Sonya los ojos se le empañaron de lágrimas de pronto, Trey alargó la mano hacia ella.
—No, no, es de alivio. Es justo lo que necesitaba oír. Nosotros también, Clover. —Acto seguido pinchó un trozo de tortilla y la probó. Y, cuando sonrió, lo hizo de verdad—. Y esto está tan increíble como la pinta que tiene.
Desayunaron mientras tres perros y una gata dormían, mientras la música sonaba en la tableta. Por acuerdo tácito, no mencionaron lo ocurrido, aún no. Ya llegaría el momento, pero por ahora dejaron que reposara también.
—Qué buena maña tienes, Lafayette. —Owen apuró el resto de su tortilla.
—Eso creo.
—Puedes dejar que tu buena maña descanse esta noche. ¿Qué os parece si traigo algo de cenar del pueblo? —preguntó Trey.
—No me ofenderías en lo más mínimo —respondió Cleo—. Así dispongo de más tiempo para pintar, una vez que me decida entre una acuarela evocadora o un óleo dramático.
—¿Cómo lo decides? —preguntó Owen.
—Según se me antoje. —Le lanzó una elocuente mirada con sus ojos ámbar—. Me encanta vivir como se me antoje.
—Me alegro de que te tomes el verano libre para pintar por gusto. —Sonya se reclinó en la silla con el café en la mano—. Y en otoño tu exposición en Bay Arts va a ser la bomba.
—Ya veremos, pero estoy contenta. Cuando llegue el otoño será hora de continuar ganándome la vida con las ilustraciones. Ah, olvidé decirte que Burt Springer me mandó una nota de lo más cariñosa después de enviarle un ejemplar del libro favorito de su nieta firmado por mí y por la autora.
—Es muy cariñoso. Me hace mucha ilusión trabajar con él de nuevo. Yo no vivo ni trabajo a mi antojo, pero trabajar por mi cuenta me está abriendo muchos horizontes desconocidos. Hace un año me resultaba impensable dirigir mi propia empresa de diseño gráfico.
—Estás arrasando con ella.
Sonya sonrió a Trey.
—Sí, así es. Me parecía impensable, igual que vivir en una preciosa mansión victoriana encantada en la costa de Maine.
O tener un primo favorito —añadió, levantando la taza de café en dirección a Owen—.
O estar contigo, un abogado de tercera generación que traerá la cena y que me dice que arraso.
—Sonya se echó el pelo hacia atrás y suspiró—.
Nada de lo que pueda hacer Dobbs cambiará nada de eso.
Y no nos va a detener. Cleo lo ha dicho antes, y es verdad: aportamos luz y vida a la casa y vamos a continuar haciendo justo eso.
—A mitad de año no es demasiado pronto para empezar a planificar un fiestón por todo lo alto en la casa.
Sonya apuntó con el dedo hacia Cleo.
—Ahí le has dado.
—Tío, nos van a poner a acarrear muebles otra vez. —Owen se levantó—. Me voy, pero antes recogeré los platos. Seguramente Molly también habrá pasado una noche movidita.
Cleo se levantó con él y tomó su cara, con la barba incipiente de esa mañana, entre las manos y lo besó con ganas.
—Aunque eres más bien salado, Owen, tienes el punto justo de dulzura ahí dentro. Puede que haya amanecido, pero yo voy a volver a la cama.
—Después de un desayuno en regla y… ¿qué más? ¿Dos tazas de café?
—Nada impide que Cleo duerma cuando tiene ganas de dormir —afirmó Sonya.
—A diferencia de mi amiga, que, aunque no sean ni las seis de la mañana, se pone a trabajar.
—Hay cosas que hacer y gente a la que complacer.
En la tableta empezó a sonar Time’s a Wastin’ [«El tiempo pasa»] de Johnny Cash y June Carter Cash.
—Ese tema no guarda relación con el trabajo. —Impulsivamente, Owen agarró a Cleo, la inclinó y la besó, también con ganas.
—Bueno, si esto es lo que tienes en mente…
—Siempre tengo esto en mente, pero Jones y yo también tenemos cosas que hacer y gente a la que complacer.
—Añádeme a esa lista. —Trey se levantó—. Voy a echar una mano a Owen antes de que Mookie y yo nos marchemos. Me daré una ducha y me cambiaré en mi casa. Volveré para la cena. ¿Alguna petición?
—Sorpréndenos —le dijo Sonya.
—Hecho.
Seguidamente, Sonya tomó su cara entre las manos y escudriñó esos ojos de un azul intenso.
—Habría manejado la situación sin ti, porque eso es lo que debo hacer, pero me alegro mucho de no haberme visto en esa coyuntura. —Lo rodeó con sus brazos durante unos instantes—. Muchísimo. —Apretó los labios contra los de Trey—. Voy a subir a adecentarme y ponerme a trabajar.
—Llámame si me necesitas.
—Lo haré.
—Voy a dejar salir a Yoda y a Pye unos minutos antes de volver a acostarme. Subiremos pronto.
Las cuatro mascotas, cómo no, salieron a la desbandada cuando Cleo les abrió la puerta trasera. Ella permaneció en el umbral durante unos instantes.
—Hace un día precioso para pintar en plein air.
Sonya estará bien —añadió, contemplando el césped, el jardín y, más allá, el bosque—.
Se ha comprometido a esto y, cuando Sonya se compromete a algo, menuda es para hacerla desistir.
—Se dio la vuelta—. Por eso siguió con Brandon pese a todas las dudas que albergaba sobre casarse con él.
Cuando lo encontró retozando desnudo con su prima en su propia cama, listo.
—Cleo chascó los dedos—. A lo mejor lo habría perdonado si él se hubiera arrepentido, pero bajo ningún concepto habría vuelto con él.