Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Capítulo 1
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Capítulo 1

L a casa solariega se sembró de muerte, pero no con los espíritus a los que Sonya se había acostumbrado, con los que incluso se había encariñado. Se sembró de cuerpos ensangrentados y mutilados, de agonía y desesperación.

Sintió su dolor y miedo en carne propia al bajar la vista a Astrid Poole y la mancha roja que se extendía sobre su vestido blanco.

Al levantar la mirada hacia el primer Collin Poole, cuyo cuerpo se balanceaba sobre el de su esposa colgado del nudo de horca que había elaborado en el transcurso de su duelo por ella.

Y, junto a la primera novia, la última, Johanna Poole, cuyo cuerpo ensangrentado y deslavazado yacía al pie de la escalera.

Y junto a esta, con la mano posada encima de ella, el último Collin Poole, el esposo que la había sobrevivido durante décadas hasta su fatídica caída por esa misma majestuosa escalera.

A pesar de que Collin había vivido más años y envejecido, Sonya vio a su padre reflejado en ese rostro. En ese momento la pesadumbre, instantánea y a flor de piel, se sumó a la aflicción y el miedo.

Con necesidad de vida, de consuelo, se aferró a la mano de Trey.

—Es Collin. Es el hermano gemelo de mi padre.

—Sí, tal y como lo encontré.

Para Oliver Doyle III —abogado y su pareja—, Collin Poole había sido como de la familia. Al recordarlo, Sonya lo rodeó con sus brazos.

—Lo siento. Lo siento. —Seguidamente cerró los ojos con fuerza—. Dios, ¿los oyes? ¿Los oyes a todos?

—Los oigo. Owen. —Él se volvió hacia su amigo, un primo de Sonya de la rama de los Poole.

—Cuesta oír cualquier otra cosa, con la excepción del aullido de los perros.

—Bájame. —Cleo le dio con el codo a Owen en el pecho para que la dejara en el suelo—. Se me ha caído una copa al suelo. Como todos vamos descalzos, ojo por dónde pisáis.

Se acercó a Sonya y, al agarrar a su mejor amiga de la mano, notó que la tenía tan helada como la suya.

—Voy a limpiarlo.

Al oír a Owen, Cleo lo fulminó con la mirada.

—Ni se te ocurra ir a ninguna parte. Ni pensarlo.

—Hay que parar esto. —Incapaz de evitarlo, Sonya se tapó los oídos—. Los está torturando. Tenemos que parar esto.

—Se alimenta de miedo —les recordó Cleo—. Estoy intentando con todas mis fuerzas no proporcionarle ni una pizca, pero… —Dejó la frase inacabada y levantó la vista hacia la escalera—. Oh, Dios mío.

Johanna se hallaba en el descansillo, junto a la figura fantasmal. A pesar del estrépito, oyeron el brusco crujido de su cuello al girarse. Su cuerpo exangüe cayó rodando por las escaleras como en el día de su boda.

—Los está matando de nuevo. A todos. Todos están muriendo de nuevo. Tenemos que parar esto —repitió Sonya—. A la mierda el miedo. —Y su ira aplacó el pánico al tiempo que se enjugaba las lágrimas—. Está haciendo que lo revivan, atormentándolos para asustarnos.

Incluso mientras hablaba, el primer Collin Poole, con el nudo alrededor del cuello, se desplomó sobre las escaleras. La cuerda se rompió con un chasquido, lo mismo que su cuello.

—Qué brutal —masculló Owen—. Estoy cagado de miedo.

—Vamos a hacer un círculo, agarraos de las manos —ordenó Cleo.

—¿Para qué?

—Mira, Owen, soy una aficionada, pero la unidad es importante. ¿Qué hiciste tú cuando Pye salió pitando escaleras arriba hacia la puerta del salón dorado durante otro de los numeritos de esa arpía?

—Fui en busca de la gata.

—Cantaste. Así que canta, caray. A cantar todo el mundo.

—¿Que cantemos?

Cleo se encogió de hombros en dirección a Trey.

—Es mejor que quedarnos aquí como pasmarotes mirando y oyendo todo esto. Clover se comunica con nosotros a través de la música, así que, qué demonios.

—¿Qué cantamos? —preguntó Owen, y asió con fuerza la mano de Cleo y la de Sonya mientras Astrid Poole, con la mano presionada sobre la herida que sangraba, caía dando tumbos por los escalones.

—Yo no puedo pensar en todo, caramba.

—¿Estamos cabreados? —preguntó Trey, y dejó que su ira creciera mientras el hombre al que quiso como a un padre caía como un fardo escaleras abajo.

—Y tanto que sí. —Puede que derramara alguna que otra lágrima, pero Sonya repitió—: Y tanto que estamos cabreados.

—Entonces, probemos con esta. —Levantó la voz por encima de los gritos, los lamentos, los aullidos—: «Keep you in the dark, you know they all pretend ».

Su voz, que en la época del instituto había liderado una banda de garaje, transmitió verdadero sentimiento con el acompañamiento de Owen.

Haciendo memoria, Sonya se unió en la segunda estrofa junto con Cleo.

—«Send in your skeletons».

El tema venía que ni pintado al momento, pensó mientras entonaban palabras en tono desafiante y combativo. Palabras sin temor.

Las luces empezaron a parpadear; las puertas, a dar golpes. Pero lenta y paulatinamente, los sonidos del suplicio se apagaron.

Cuando llegaron al puente de la canción y entonaron que eran la mano que «vencería», lo dijo con convicción.

Para cuando terminaron, en la casa reinaba el silencio. Nadie yacía al pie de las escaleras; nadie se balanceaba ahorcado en el descansillo.

—Los Foo Fighters. —Owen chocó el puño con el de Trey—. Has dado en el clavo.

—Me figuré que The Pretender [«La farsante»] era una elección acertada porque Dobbs no es más que eso: una farsante que pretende ser la señora de la casa solariega. —Se llevó la mano de Sonya a los labios—. ¿Estás bien, guapa?

—Lo estaré. —Como Yoda había plantado las patas delanteras contra sus piernas, ella se agachó para hacerle arrumacos—. Menudo trago, ¿verdad, Yoda? Menudo trago habéis pasado todos, chicos.

—Lo mismo que mi chica —dijo Cleo mientras la gata se enroscaba entre sus piernas y seguidamente entre las de Owen—. Puede que les apetezca airearse un poco. A mí me sentaría bien.

—Deja la puerta abierta —le pidió Sonya— para que corra el aire. Voy a recoger los cristales.

—Yo me encargo —dijo Trey—. Tú quédate con Cleo.

Mientras Sonya acompañaba a Cleo y a su gata con Yoda, Mookie —el perro de Trey— y Jones —el perro de Owen—, Trey fue a la cocina a por una escoba. Cuando regresó, Owen se hallaba con la mirada gacha hacia donde habían visto el cuerpo inerte de Collin.

—Lo has visto caer.

Owen asintió con la cabeza.

—Sí, tenía la sensación angustiosa de que, cansado de vivir sin Johanna, se hubiera tirado por las escaleras. O, lo que es peor, que hubiera sido cosa de Dobbs.

—Dio un traspié. Yo tenía la misma sensación angustiosa, pero tropezó. Da la impresión de que estaba adormilado, de que perdió el equilibrio.

—Llevaba acatarrado varios días.

—Sí, se encontraba regular. No obstante, algo lo sobresaltó. Creo que vio…

—A Johanna —apostilló Owen—. Al pie de las escaleras. Con independencia de que la viera realmente, la imaginara o recordara haberla encontrado así, fue suficiente para que trastabillara.

—Dudo que fuera cosa de Dobbs. Simplemente tropezó y cayó rodando.

—Cuando lo hemos visto tenía la mano posada sobre ella. No creo que se tirara a propósito, pero desde luego que no le importaba morir. Dobbs ha cometido una equivocación al mostrárnoslo, porque ahora me siento mejor al saber que dio un traspié, pero que no le importaba morir.

—Vamos a machacarla, Owen.

—Joder, ya te digo. —Owen sonrió con malicia—. Tengo canciones de sobra.

Clover, la sexta novia y abuela de Sonya, metió baza con Don’t Stop the Music [«Que no pare la música»] de Rihanna.

—Ahí le has dado, nena. Y con esta agradable nota, quiero desayunar. De todas formas tendría que levantarme dentro de una hora. —Owen miró fugazmente hacia la puerta abierta—. ¿Qué probabilidades hay de convencer a Cleo para que prepare unas tortillas antes del amanecer?

—Tú sabrás. Tú eres el que duerme con ella.

—Apuesto que el cincuenta por ciento, y subo la apuesta si le preparo un café.

Trey llevó la escoba y el recogedor con las esquirlas de cristal a la cocina.

—Pon la cafetera —le aconsejó—. Todo el mundo necesita tiempo para recomponerse. Vivir esto ha sido diferente a saber que la casa está plagada de fantasmas. Hemos visto, oído y sentido sus muertes.

—Dobbs se ha calmado ya. Seguro que ha gastado mucha energía montando esta función.

—Su intención era hacerles daño. Todos, vivos o muertos, la queremos fuera de esta casa. Que sepamos, la única manera es encontrar los anillos y recuperarlos. Romper la maldición y desembarazarnos de ella.

—Y Sonya ya ha visto a las siete novias, cómo murieron.

—Exacto. A partir de ahora las cosas van a empeorar, Owen. —Trey se sentó junto a la isla de la cocina y se pasó la mano por su enmarañado pelo negro—. No podemos quedarnos aquí las veinticuatro horas del día. Pero ellas viven y trabajan aquí.

Con la cafetera en marcha, Owen sacó huevos, queso y beicon de la nevera. Si no podía convencer a Cleo para que hiciera el desayuno, lo prepararía él.

—Ent iendo tu preocupación. Yo siento lo mismo, pero la verdad es que… —Miró a su amigo de toda la vida desde el otro lado de la isla—. No conozco a dos mujeres, caray, a nadie, que puedan apañárselas mejor que ellas.

—Cuando el espejo aparece, Sonya no tiene escapatoria. Debe atravesarlo.

—Y tú no puedes acompañarla. —Owen, con los penetrantes ojos del verde de los Poole, le tendió a Trey una taza de café—.

Yo sí, si me pilla aquí. Pero a Cleo y a ti no os queda otra que esperar a este lado.

Eso es un trago para un tío cuya naturaleza y condición es ayudar a la gente y arreglar las cosas.

—Es una faena tener que confiar en que regresaréis.

—Míralo desde esta perspectiva. —Owen cogió su café—.

Teniendo en cuenta los depredadores tallados en el marco, da la impresión de que el espejo podría comerte vivo, pero hay que dar por sentado que está de nuestro lado porque, de lo contrario, ¿para qué mostrar a Sonya lo que necesita saber con el fin de echar a esa zorra de aquí?

—Eso es lo que digo para mis adentros. Igual que digo que, hasta donde sabemos o pensamos, Collin y el padre de Sonya lo usaban para comunicarse entre sí. A lo mejor nunca supieron exactamente cómo o por qué.