Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3) Prólogo
1%
Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3)

Los siete anillos (La maldición de las siete novias 3)

Por Nora Roberts

© inepub.com

Prólogo

Prólogo

Trabajó, aprendió y prosperó.

Este joven ambicioso y visionario levantó los cimientos de una empresa de construcción naval. Con el fin de enriquecer y expandir el negocio, se casó por interés, buscando el dinero y el estatus social.

Con el paso del tiempo, el amor floreció como las flores en un campo en barbecho.

Pensando en las generaciones venideras, construyó su empresa con miras al futuro.

Y sobre los acantilados contra los que ese mar embravecido batía construyó una casa señorial, una que perduraría, con muros de piedra, revestimientos, torrecillas y un imponente portón doble de la madera de la caoba más exquisita.

Como buen amante del mar, incorporó un mirador, donde a menudo se apostaba para contemplar sus barcos navegando por las imprevisibles aguas del Atlántico.

Sus hijos tomaron su primer aliento en el interior de esos muros, jugaron en los jardines, corretearon por los amplios pasillos, deambularon por el bosque de las inmediaciones, aprendieron a montar a caballo y a navegar.

Arthur Poole se consideraba un hombre de éxito; no solo un próspero empresario, sino un hombre que había alcanzado la riqueza desde el umbral de la pobreza y que vivía en los acantilados que se alzaban sobre un pueblo que llevaba su nombre. También un esposo y padre de éxito. Un hombre de familia.

El hombre de familia se enorgullecía enormemente de sus hijos, y del primogénito de sus gemelos, que había cortejado y conquistado a una encantadora (y rica) mujer.

Collin Poole se casaría con Astrid Grandville, no por interés, ni por dinero, ni por su posición social, sino por amor.

El último día de su vida, Arthur Poole cabalgó por el bosque mientras soplaba una fresca brisa otoñal, con la mente puesta en el futuro, como de costumbre.

Se entretuvo pensando en los preparativos de la boda —el enlace más bonito y elegante que jamás se hubiera celebrado en Poole’s B ay— , en sus planes de ampliar la casa solariega, en habilitar más espacio para los futuros nietos.

Sin embargo, no asistiría a la boda de su hijo. Jamás conocería a sus nietos. Aquel fresco día de otoño fue víctima de la magia negra de una bruja loca que codiciaba lo que él poseía.

No su familia, ni el negocio, ni siquiera su riqueza: la casa solariega.

Nada detendría a Hester Dobbs, ciertamente no el asesinato, con tal de convertirse en la señora de Poole Manor.

Y todos aquellos que conocían y apreciaban a Arthur Poole lloraron su muerte, que atribuyeron a un trágico accidente, a una caída del caballo.

Como su muerte no proporcionó a Hester Dobbs lo que ansiaba, asesinó a Astrid Grandville Poole el día de su boda.

Y con ese perverso acto, con sus manos y su lengua manchadas de sangre Poole, con la alianza de Astrid ahora en su dedo, conjuró una maldición para el futuro de la casa solariega.

Una novia de cada generación de los Poole moriría en la casa a manos de ella.

Pese a que eludió la horca, en su locura regresó a la casa Una noche, cuando el reloj marcó las tres y la luna llena surcaba el cielo sobre el agua, selló el maleficio con su propia sangre.

Y se arrojó desde la escollera a las implacables aguas.

Durante más de dos siglos, la casa solariega permaneció, con su piedra, madera y cristal, observando la inmensidad del mar.

En el interior de sus muros fue testigo de los primeros y últimos alientos de generaciones de Poole.

Tal y como Arthur Poole había imaginado, la casa se amplió y albergó a sus nietos, a los hijos de estos y a su vez a los de estos a lo largo de varias generaciones.

Y cada generación vivió una tragedia: la pérdida de una novia víctima de la codicia retorcida de Hester Dobbs.

Hasta que hubo siete novias perdidas y siete anillos en los dedos de la bruja que las asesinó.

Así pues, en el interior de aquellos muros permanecían sus espíritus, al igual que el de Dobbs, al igual que el de otros que decidieron quedarse o que aún debían encontrar su camino más allá de aquellos muros.

Allí iban y venían, trabajaban y observaban.

Mientras aguardaban a la que podía romper la maldición.

Y llegó. Una mujer de sangre Poole que hasta entonces desconocía ese vínculo familiar. Que hasta entonces desconocía la existencia del hermano gemelo de su padre y el despiadado complot de separarlos cuando la madre de estos fue víctima de la maldición de Dobbs al traerlos al mundo.

Ni sabía nada de fantasmas, de maldiciones o del papel que debía desempeñar.

Pero aprendió.

Llegó sola a la casa solariega —aunque no estaría sola— con el fin de conocer a la parte de su familia cuya existencia acababa de descubrir, conocer su historia, averiguar cómo y por qué su padre había sido separado de su hermano.

¿Cómo era posible que él, un artista, pese a que jamás estuvo en la casa antes de su trágica muerte, la dibujara?

¿Cómo era posible que, aunque fuera ajeno a la existencia de su hermano gemelo, hubiera dibujado un espejo con un marco tallado con depredadores donde él y un niño casi idéntico a él aparecían en sendos lados del cristal?

Y, mientras lo averiguaba, iba y venía por la casa y trabajaba.

Cuando sentía la llamada del espejo, lo atravesaba. Presenció la muerte de siete novias, y lloró su pérdida. Presenció el robo de las siete alianzas, y juró recuperarlas.

Con esta realidad que antaño consideraba inconcebible, Sonya MacTavish entendió que los anillos eran la clave para romper la maldición y desterrar a Hester Dobbs de la casa solariega para siempre.

Por todos sus predecesores, por la casa a la que había convertido en su hogar, por esas siete novias perdidas, hizo la promesa de quedarse, buscar los anillos y luchar.

Incluso cuando la estampa de la muerte cobró vida a su alrededor.