Los seis finalistas 5
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—¿Qué opina de mi hermano, Shima?

Sin esperar una respuesta, Yoshie Hatano se bajó del coche de alquiler. Mientras yo abandonaba el asiento del conductor me fijé en la expresión de su rostro, que no era provocadora, sino de curiosidad genuina.

Comencé a contestar, pero, antes de poder decidirme, cerré la boca. Y acabé admitiendo:

—A estas alturas, la verdad es que no lo sé.

Me dirigió un asentimiento de cabeza ligero y comprensivo.

—¿Sabe?, me di cuenta. Al ver el vídeo tuve la sensación de que usted le gustaba.

—¿En serio?

—Sí. La manera en que le miraba... y siempre se esforzaba un poco más en parecer interesante cuando usted le miraba a él.

—Entiendo...

—Estoy segura. Y no dejó de votar por usted, ¿no?

—¿Y qué?

—¿No fue esa discusión, en esencia, una encuesta clandestina sobre gustos? La línea entre el «creo que eres genial» y el «me gustas» es bastante difusa, ¿sabe?

Era una aportación perspicaz. Al llegar al trastero, saqué la llave del bolso y se la entregué. Ella me dio las gracias y abrió la puerta metálica del espacio de almacenaje que su hermano había alquilado durante tantos años.

—Vaya, está lleno de cosas.

El día después de recoger el sobre, llamé a Yoshie para contarle que la llave de la carpeta de plástico había resultado ser de un trastero que su hermano había alquilado.

Puesto que contenía todo tipo de cosas, además del sobre, pensé que debía darle la oportunidad de que las revisara debidamente.

Podría haberle dado la llave y haberlo dejado ahí, pero deseaba ayudarla.

Aunque solo fuera un pequeño gesto simbólico, quería hacer algo por Shogo.

Era una tranquila tarde de domingo.

Yoshie se puso unos guantes de trabajo y examinó el interior del espacio de almacenaje.

—¿Y si encontramos unos DVD sórdidos, o algo así? —preguntó en broma.

—Esperemos que no sea el caso.

—Sí, sería embarazoso. —Soltó una risita—.

Vale, primero lo sacaré todo. Me sabría mal obligarla a cargar cosas pesadas.

Si ve algo que con claridad debe ir a la basura, tírelo en esta bolsa.

Ya me desharé de ella luego. Si no está segura, pregunte.

Aunque creo que la mayor parte de todo esto es porquería.

—Entendido.

Una tras otra, fuimos sacando las cosas: un bolso esmaltado, un bolso Boston, una bolsa de tela doblada con pulcritud y que parecía no haberse usado nunca.

Había un montón más de bolsas, muchas más de lo que hubiera esperado.

Entonces, enterrados debajo, comenzaron a aparecer libros: de negocios en tapa dura, cómics manga, viejos títulos de bolsillo con las páginas amarillentas.

Me parecía mal husmear de esa manera en las posesiones de otra persona, así que me limité a tirar lo que estaba claro que era basura: bolsas de plástico, rotuladores gastados, trozos de papel que había por las esquinas...

Al fondo de todo encontramos un maletín plastificado de gran tamaño. Yoshie lo sacó arrastrándolo con ambas manos, y soltó un leve grito ahogado al abrirlo.

—Oh, vaya... Esto me trae muchos recuerdos.

Dentro había una enorme colección de viejos cartuchos de videojuegos.

Ella se quedó mirándolos, perdida en sus pensamientos. Con toda probabilidad no iba a jugar con ellos, pero tirarlos parecía erróneo, y venderlos, algo demasiado frío. Murmurando para sí, cogió un trapo y se alejó un poco para quitarle el polvo al maletín.

Al cabo de unos instantes lo abrió de nuevo.

—Hum... ¿Qué es esto? —Sin mirarme, sacó un cartucho—. ¿Quién es Yoichi?

—¿Yoichi?

—Hay un nombre escrito en la parte trasera. —Se volvió y me mostró el cartucho.

En efecto, escrito con letra torpe e infantil, se leía el nombre «Yoichi».

—Debió de olvidarse de devolverlo. Siempre fue así, incluso de niño.

Me reí. Pero, por alguna razón, no podía desprenderme de una débil pero molesta sensación de inquietud. Se levantó un poco de viento y, al no tener nada más que hacer, dejé vagar la mirada hacia el interior del trastero. Ya lo habíamos sacado todo, no me quedaba nada por hacer en él.

Pero entonces me di cuenta: había algo raro al fondo.

Me acerqué a unas tablas de madera. En un primer momento había pensado que el suelo estaba hecho de ese material, pero no era el caso.

Llevada por la curiosidad, me puse en cuclillas, vigilando la cadera, y estiré el brazo para tocar una.

No estaban pegadas. Las aparté sin mucho esfuerzo, y una pequeña nube de polvo se levantó por los aires.

Bajo los tablones, escondido, había un sobre blanco de tamaño A4.

Miré por encima del hombro. Yoshie seguía ocupada limpiando una mancha difícil de la tapa de una cinta de casete, de espaldas a mí.

Era consciente de que no debía hacerlo, pero el sobre parecía reclamarme, el nombre en su parte frontal era casi un desafío para que lo recogiera del suelo.

A: Tatsuaki Kogami, Departamento de Recursos Humanos de Spiralinx, Inc.

Tenía sello, pero no matasellos. Y tampoco estaba cerrado.

Después de comprobar de nuevo que Yoshie no se hubiera fijado en mí, saqué poco a poco su contenido... y, al mirarlo, el tiempo pareció detenerse de golpe.

Querido Tatsuaki Kogami:

Espero que esta carta le encuentre bien.

Le escribo en relación con la ronda final del proceso de selección para la contratación de recién licenciados; en concreto, por la parte de la discusión grupal. Me gustaría solicitar formalmente que esta se repitiera.

Durante su transcurso se me acusó de haber saboteado a los demás candidatos. Esa acusación fue del todo falsa. Puedo demostrar que el verdadero culpable fue Sota Kuga, no yo. Lamento profundamente no haberme defendido en ese momento, y me he sentido avergonzado desde entonces.

Me imagino que tanto usted como sus colegas deben también de estar preocupados por cuál era la acusación que se lanzaba contra Iori Shima, quien entiendo que ya ha recibido una primera oferta de trabajo.

Adjunto aquí el sobre que me llevé ese día a casa para que lo revisen.

Para serle sincero, acepté cargar con la culpa aposta para poder llevarme el sobre sin levantar sospechas.

Si, después de evaluar su contenido, determinan que Iori Shima no está capacitada para ocupar ese puesto, le ruego que reconsidere la decisión de contratarla y lleve a cabo una nueva ronda de...

Dejé de leer y le di la vuelta al sobre en las manos. No mostraba ninguna fecha.

¿Cuándo había escrito Shogo esas palabras?

¿Y cuándo había decidido no mandar el sobre?

¿Me había dejado la memoria USB antes o después?

¿Lo preparó antes o después de entrevistar a los amigos de los demás finalistas?

Tuve la sensación de estar desentrañando un secreto prohibido del universo.

Esa idea me provocó un escalofrío, y me abstuve de seguir leyendo.

En el momento de comenzar a leer, me había preparado a medias para que mi corazón se rompiera en mil pedazos diminutos, como un cristal delicado cuando alguien lo pisa.

Pero el momento pasó, desapareció sin dejar rastro.

En su lugar, me sorprendió mi serenidad.

No me vinieron lágrimas a los ojos. Más bien, mis labios esbozaron una sonrisa ligera.

Sí, por primera vez en lo que parecía toda una vida podía sonreír con naturalidad.

Volví a meter la carta en el sobre y lo tiré con suavidad en la bolsa de la basura.

—Acerca de la pregunta que me ha hecho antes... —comencé a decir.

—¿Hum? —Yoshie dejó lo que estaba haciendo y se volvió hacia mí.

Sin dejar de sonreír, le dije:

—Me ha preguntado qué pensaba de su hermano.

—Ah, sí.

—Me gustaba.

Por una décima de segundo, abrió mucho los ojos. Entonces sonrió, como si la respuesta no hubiera tenido la menor importancia para ella.

Así que, una vez más, le di las gracias, dondequiera que estuviese: «Gracias, Shogo».

No fue ironía. No fue adulación. Ni siquiera fue nostalgia.

Fue un agradecimiento sincero.

Shogo Hatano. Mi rival en la selección definitiva. El joven que me pasó una manta por los hombros mientras lloraba. Un tipo majo por fuera, un señor de la oscuridad por dentro.

Poco después de que acabara de comer en la cantina de la empresa y regresase a mi mesa, mi jefe y Maki Suzue, que justo llegaban de sus respectivas visitas, se acercaron a mí.

No tuve más que ver la expresión petulante de mi jefe, y la sonrisa incómoda que a Suzue tanto le costaba reprimir, para hacerme una idea bastante aproximada de lo que estaban a punto de decir.

—Los dos hospitales han aceptado, en principio —anunció él sonriendo—. Todo gracias a Suzue, nuestra Cenicienta, y su brillante labor.

Le reconocí el mérito y aproveché la oportunidad para disculparme por lo irritable que había estado con ella en el pasado. Suzue, no obstante, se mostró confundida.

—Todo ha sido gracias a que dejó usted unas notas muy detalladas —insistió—. Me he limitado a seguir el proceso que marcó. Y el jefe me ha mostrado un apoyo increíble también. Se lo debo a los dos. Gracias.

—Salgamos a comer algo un día —sugerí.

—¿En serio? ¡Me encantaría! —A Suzue se le iluminó la cara—. ¡Hace siglos que quiero hablar con usted!

—Gracias. ¿Le importa si llevo a mi hermano?

—Hum... ¿Su hermano?

—Conózcalo, no es un mal tipo.

Suzue vaciló un poco ante la extraña propuesta, pero insistí, haciéndome pasar por la empleada de mayor antigüedad que no acepta un no por respuesta.

Un poco de buena voluntad nunca ha hecho daño a nadie.

De otro modo, podría acabar sufriendo un mal karma.

Además, mi hermano me la debía. Por muy ocupado que estuviera, podría dedicarnos una hora o dos.

Ese mismo día, a las tres de la tarde, participé en la segunda ronda de entrevistas de contratación. Frente a mí se sentó una universitaria a la que me pareció reconocer.

Por supuesto, no conocía a ningún estudiante. Debía de haberme recordado a alguien; a una famosa, quizá, o a una deportista. Aun así, la sensación era tan intensa que no podía quitármela de encima.

Quizá fuera la cajera de una tienda que solía frecuentar. O una familiar lejana.