5 #2
Perseguí el recuerdo por mi mente hasta que, de repente, la pieza hizo clic.
—«Se podría decir que tengo un gran sentido de la perspicacia, y que se me da bien el análisis de mis propios actos».
No pude dejar de reparar en el pequeño lunar justo debajo de su ojo izquierdo.
Era la joven a la que había visto en la terraza de la cafetería durante mi encuentro con Kuga.
No es que se tratara de una coincidencia increíble, pero hubo algo en ella que me dio que pensar.
Al verla de cerca me di cuenta de que era en verdad atractiva.
Los ojos, grandes y expresivos. La piel, suave y brillante.
Los dedos, largos y delicados. Y su voz...
clara, firme, confiada y natural. Hablaba sin vacilar, sin nervios, como si tuviera una misión y esa misión consistiera en dejar una impresión positiva, mirándonos a los ojos con una concentración firme.
—Por ejemplo, tanto cuando conozco a alguien como cuando encaro un reto o debo enfrentarme a mis propias debilidades..., tanto da la situación, siempre confío en mi capacidad para tomar la decisión correcta. Creo que mi gran sentido de la perspicacia sería muy valioso para su empresa.
Cuando puso fin a su discurso y le planteamos las preguntas de seguimiento, las contestó de manera impecable.
El colega que se sentaba a mi lado asintió con la cabeza, impresionado de manera evidente.
Incluso el otro entrevistador había empezado a prestarle más atención.
Antes de poder darme cuenta, mi hoja de evaluación comenzó a llenarse de cuatros y cincos.
Acabamos con la valoración, pero quedaba un poco de tiempo. Al llegar mi turno, en lugar de escoger una pregunta cualquiera del listado, como en todas las ocasiones anteriores, me salí del guion por primera vez y dije lo que pensaba:
—Una percepción aguda también es una herramienta poderosa... y no solo en los negocios. Estoy segura de que sus capacidades le irán bien, ya sea aquí o en otra empresa.
—Gracias.
—No obstante... —Hice una pequeña pausa para escoger mis palabras con cuidado—.
En este mundo hay personas que por desgracia cuentan con una gran habilidad para mentir.
Por mucha capacidad que tenga para identificar el engaño, es inevitable que se encuentre con situaciones que la pondrán a prueba.
Se enfrentará a mentiras tan convincentes, tan bien elaboradas, que harán temblar sus convicciones.
La gente en la que más confíe, las organizaciones en las que crea, le mentirán sin pensárselo dos veces.
Cuando eso suceda, ¿será capaz de distinguir la verdad?
—Por supuesto —contestó ella sin vacilar. A continuación, enderezó la postura, que ya era perfecta, y dijo—: Cuando una escucha con un corazón sincero, no se deja engañar por la información no fidedigna.
Le sonreí.
—Gracias.
Asimilé sus palabras, dándoles vueltas en la cabeza. Y, entonces, dibujé una cruz enorme junto a su nombre, en la hoja de evaluación.
Dudé que fuera a verla otra vez.
Justo antes de que pudiéramos pedirle que se marchara, ella levantó la mano.
—Si es posible, me gustaría hacerles una pregunta.
La representante de Recursos Humanos asintió con la cabeza.
Con ojos infantiles, muy abiertos por la curiosidad, preguntó:
—He visto en el folleto que disponen de salas donde los empleados pueden jugar a los dardos y a juegos de mesa durante las reuniones. Me parece fascinante. ¿La gente las usa a menudo? ¿Y han surgido ideas innovadoras de esas reuniones?
Los tres intercambiamos miradas, pasándonos en silencio la carga de tener que responder a eso. Ninguno quería ser quien destrozara sus ilusiones. ¿Cómo debíamos contestar? ¿Con una mentira? ¿O desvelando que la publicidad de la empresa era falsa?
Antes de que ese silencio nos condenara, la representante de Recursos Humanos dijo:
—Ese uso depende de cada departamento, pero las salas de reuniones reflejan nuestra convicción de que una discusión libre fomenta la creatividad.
Son tan populares que a veces se reservan por duplicado.
En cuanto a las ideas que allí nacen, no puedo ofrecerle detalles por razones de privacidad, pero puedo asegurarle que...
muchos productos no existirían sin esas salas.
A la chica debió de fallarle su aguda percepción en ese momento. Se le iluminó la cara y sonrió como si acabara de enamorarse.
—¡Gracias por compartir eso conmigo!
En ese instante cambié de idea.
Justo antes de que la mujer de Recursos Humanos recogiera las hojas de evaluación, cogí la mía, taché la cruz y la reemplacé con un círculo doble.
La representante me dirigió una mirada inquisitiva ante ese cambio tan radical, pero fue comprensible.
Debió de pensar que me estaba mostrando irresponsable en mis calificaciones.
—A esta le irá bien —dije antes de que pudiera preguntar—. Conozco a alguien parecido.
—¿En serio?
—Sí. Sin duda llegará el día en que tenga que enfrentarse a sus propias batallas, pero estoy segura de que las superará. No, un momento, no es exactamente así... —Solté una risita—. Gracias a ellas se volverá más fuerte.