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Hubiera lo que hubiese dentro, no era más que un pequeño fragmento de mi pasado. No importaba lo que dijera, pues se trataba solo de un trozo minúsculo de mi ser. ¿Existía una necesidad real de abrirlo? ¿Por qué no romperlo y dejarlo allí? Quizá esa sería la mejor manera de pasar página.
Sí, podía limitarme a romperlo y poner fin a aquello de una vez por todas.
Pero, mientras me armaba de valor, me di cuenta de que no tenía la fuerza necesaria.
Ocho años después, el pegamento apenas ofreció resistencia.
Una pequeña presión de las yemas de mis dedos y cedió.
¿Qué iba a encontrar? ¿Qué había permanecido todo ese tiempo sellado en su interior?
La respuesta que tenía la sensación de haber buscado desde siempre se encontraba allí mismo, en ese mismo instante.
¿Qué tipo de persona era yo?
¿Qué había hecho?
¿Qué tipo de villana había sido?
En cuanto acabé de sacar el papel, dejé escapar un largo suspiro.
Era una imagen. Solo una. Salía yo, con la mano sobre la puerta del apartamento, a punto de entrar. Cuando era estudiante viví con mi hermano, así que él también aparecía en la foto, ofreciéndome la mano para ayudarme.
El hermano de Iori Shima es un drogadicto. Es el cantante Haruki Sagara. Los dos viven juntos en la actualidad.
(Nota: El documento acerca de Shogo Hatano está dentro del sobre dirigido a Tsubasa Yashiro).
Eso...
¿Había dejado que eso tomase el control de mi vida durante cerca de una década?
En ese momento, casi nadie hablaba ya mal de mi hermano.
Pero por entonces las cosas eran diferentes.
Si la gente se hubiera enterado de que era la hermana de Haruki Sagara, no solo me habría juzgado, sino que habría puesto en duda mi reputación.
Quizá por eso se esforzó Kuga en señalar que vivíamos juntos.
Quizá quiso sembrar la idea de que yo también tomaba drogas.
El círculo se había cerrado.
La gente que había despedazado a mi hermano cuando se supo lo que había hecho cambió de idea de la noche a la mañana al enterarse de que la historia no acababa ahí, y de repente se mostró cargada de compasión. Yo era igual. Había hecho lo mismo. Me había pasado la vida haciendo eso mismo.
Las lágrimas que llevaba reteniendo casi una década comenzaron a derramarse, imparables.
La brisa me acarició la espalda. Por un breve instante tuve la sensación de que alguien me había tapado con una manta. La calidez de esa ilusión me hizo reír.
Eché la cabeza hacia atrás y miré el cielo.
La belleza de la luna era inverosímil.
Yuhei Araki, antiguo compañero de equipo de Hakamada.mp3
Sí... Si quiere verlo de esa manera, supongo que es cierto.
En los tiempos en que Hakamada era el capitán del equipo, uno de sus miembros se quitó la vida. Fue a causa del acoso que sufría. No importan las vueltas que le dé, que esa parte es cierta. Pero el malentendido sigue molestándonos muchísimo, porque las cosas no fueron como dijeron todos.
Soy consciente de que en un primer momento no tendrá sentido, pero deje que me explique.
El chaval que murió... se llamaba Yuya Sato.
Estaba un curso por encima de mí. Eso quiere decir que, cuando Hakamada estaba en último año, Sato estaba en penúltimo y yo acababa de entrar en la escuela secundaria superior.
Y Sato..., bueno, al menos desde nuestro punto de vista —permítame aclararlo desde el principio—, era el mayor gilipollas que haya conocido en la vida.
En serio, es que no quiero ni acordarme de su cara.
Sí, por fuera era encantador. Tenía cara de bebé y se le daba a la perfección esbozar sonrisas falsas. Hasta parecía caerle bien al entrenador. Tenía una capacidad horrible para hacerles la pelota a quienes estaban por encima de él.
Pero, con los que estaban por debajo, la historia era diferente.
Podía mostrarse dominante y cruel. Ser arrogante es una cosa, pero él no se detenía en eso.
Había creado su propio programa delirante de entrenamiento y obligaba a los novatos a seguirlo.
Lo llamaba «el rito de paso», sin quitarse esa sonrisa de suficiencia de la cara.
En cuanto el entrenamiento oficial llegaba a su fin y los alumnos de tercero se iban a casa, hacía que el resto nos quedáramos para el entrenamiento extra.
Carreras sin fin y sin sentido. Levantamiento de pesas hasta donde comenzaba a ser peligroso.
Sentadillas hasta que nos desplomábamos.
Pero lo peor era lo que llamábamos «golpes infernales».
Intente imaginarlo. Nos colocábamos a solo cinco metros de distancia, justo frente a él, y nos tiraba la pelota de béisbol con todas sus fuerzas.
Y no era una pelota blanda. Estábamos en un equipo de verdad, con pelotas duras.
Nos turnábamos como diana de sus lanzamientos hasta que se aburría.
A un tipo le dio con tanta fuerza que le rompió la cuenca del ojo.
Por supuesto, Sato nos amenazó para que mintiéramos sobre lo sucedido.
La cuestión es que era un chaval enclenque.
De haber querido, cualquiera de nosotros podría haberle noqueado.
Y le odiábamos. Si le hubiéramos saltado encima todos juntos, no habría tenido la menor oportunidad.
Pero los deportes de equipo no funcionan así.
Los jugadores mayores son como dioses. No se los cuestiona.
Hasta que no tienes más remedio, claro.
Todos sabíamos que, si dejábamos que las cosas siguieran así, alguien iba a morir. De modo que trazamos un plan. Algunos grabamos en secreto una de esas sesiones de golpes infernales. Y le llevamos la cinta a Hakamada.
Recuerdo su cara. No solo pareció conmocionado, es que se puso pálido.
Dijo que teníamos que denunciar a Sato ante la escuela.
Le rogamos que no nos obligara porque, si se corría la voz, el equipo entero quedaría eliminado de la competición.
No era justo: Sato era el único culpable.
Hakamada y los demás se habían partido el culo para llegar hasta donde estaban.
Queríamos que tuvieran su oportunidad en el torneo.
—Pero debe enfrentarse a las consecuencias de sus actos.
Eso dijo Hakamada. Así que ordenó a Sato que repitiera todos los ejercicios que nos había obligado a hacer a nosotros.
Al acabar el entrenamiento, Sato tuvo que correr de más, levantar pesas, las sentadillas... Pero —y esto es importante— no fue ni por asomo algo tan brutal como lo que él nos había hecho pasar a nosotros. Todo estuvo dentro de los parámetros de entrenamiento normales.
Hakamada se encargó del ejercicio de lanzamientos infernales. Pero, una vez más, no fue lo mismo. Le lanzó pelotas rasas sencillas entre el plato y la tercera base. Fue algo del todo normal. Le dijo a Sato:
—Vas a seguir haciendo esto cada día. Sin excepción.
Y sí, no le mentiré, fue agradable verlo. Sato parecía aterrorizado. No dejaba de repetir «Por favor, por favor, lo siento» una y otra vez.
Al día siguiente se ahorcó.
No nos lo pudimos creer. Debió de pensar que no podría volver a aparecer por el club. Pero, aun así..., ¿que hiciera eso? No tendría que haber pasado nunca. Uno no espera que alguien se quite la vida de esa manera.
A partir de ese momento, todo se precipitó. El equipo se suspendió de forma indefinida. Nos expulsaron del torneo. La escuela decidió que Hakamada había sido el cabecilla y le obligaron a dejar el equipo. Fue muy injusto.
Unas semanas más tarde, cuando la familia de Sato se hubo calmado un poco, los alumnos de primero firmamos una petición.
Le contamos a la escuela con exactitud lo que había pasado, que Hakamada no solo era inocente, sino que nos había salvado.
Por suerte, teníamos el vídeo. Eso hizo que todo cambiara.
Anularon su expulsión, le dejaron volver al club y exoneraron su nombre.
Así que..., bueno, no diría que fue un final feliz. Hubo una muerte. Pero lo que sé es lo siguiente: le estoy agradecido a Hakamada. Y no temo decir que no hizo nada malo.
Quizá sea un poco intimidante, sí. Pero es buena persona.
Cuando fuimos a visitar la tumba, el otro día, llegó a sonreír. De verdad. Pese a que debía de estar afligido.
Un momento... ¿No se había enterado?
Durante el terremoto, sus padres... Sí, eso es. Es alguien muy fuerte. Tiene una fortaleza increíble.
Siempre ha sido de los que preguntan «¿Qué opina todo el mundo?» o «¿Qué queréis hacer, chicos?». Incluso cuando se muestra contundente, te das cuenta de que, en lo más hondo, es un líder nato.
Dicho lo cual, piensa que ir repartiendo aperitivos y helados es la manera de alegrar a la gente. Lo cual..., bueno, no estoy muy convencido. Además, a veces no tiene tapujos.
Pero ¿sabe qué? Me cae bien. Me cae bien de verdad.
Tae Satonaka, compañera de instituto de Yashiro.mp3
No sé cómo explicarlo. Tsubasa es sin duda una persona con una gran curiosidad..., como superinquisitiva. Pero, por encima de todo, detesta perder. Es un poco rarita, ¿sabe? Lo digo con amor, pero es así.
El caso es que no tolera la idea de que haya cosas en el mundo que desconoce, o lugares que no haya visitado, o culturas y costumbres de las que nunca haya oído hablar.
Es como si fuera una afrenta personal. No sé cómo expresarlo de otro modo, pero es como si dirigiera su espíritu competitivo hacia el mundo entero.
Esa es la impresión que me ha dado siempre.
No es solo que quiera aprender cosas nuevas...
, es que quiere batir al resto del planeta en un concurso de conocimientos.
Sí, me parece que es una descripción bastante acertada.