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De alguna manera, me había convencido de que podía correr.
Llevaba años sin intentarlo, pero pensé que quizá mis piernas se moverían con fluidez, como si no hubiera cambiado nada. Fue un pensamiento ilusorio.
Nada más salir del edificio, pisé con fuerza con el pie derecho...
y me desplomé en la acera. Ninguna sorpresa.
Al menos no me dolía la pelvis, pero me había hecho una buena rascada en la rodilla.
Los transeúntes me dirigieron miradas de perplejidad mientras me ponía en pie y echaba a caminar hacia la estación para encontrar un taxi.
Al poco, sus miradas me indicaron que lo habían comprendido: «Oh, tiene una minusvalía».
El accidente ocurrió durante mi segundo año en la universidad.
Mi hermano estaba al volante y yo ocupaba el asiento del acompañante.
Un coche se saltó un semáforo y mi hermano apretó el freno con fuerza, pero no pudo evitar el choque.
El otro conductor y mi hermano salieron ilesos.
Yo llevaba puesto el cinturón de seguridad, así que no salí disparada hacia delante, pero mis rodillas golpearon el salpicadero y mi pelvis recibió todo el impacto.
«Fractura de pelvis. La típica lesión de salpicadero —dijo el médico, haciendo que sonara como otro caso práctico—. Necesitará rehabilitación, pero la fractura no es muy grave, así que debería poder volver a caminar».
Correr, en cambio... Eso estaba fuera de toda discusión.
Me quedé devastada, pero mi hermano se lo tomó peor incluso.
Fue extraño, porque ver la manera en que se culpó a sí mismo me ayudó a mantener la calma.
El accidente no había sido por su culpa, pero parecía ser incapaz de olvidarlo.
Y, de esa manera, yo decidí que no me quedaba más opción que recuperarme —por completo, a ser posible— para anular cualquier rastro de remordimiento que él pudiera arrastrar.
Tal y como había dicho el médico, recuperé la capacidad de andar. La cojera hasta mejoró con el tiempo. Pero nunca volví a ser la misma. Era evidente que no caminaba como los demás. Cada vez que me compraba zapatos nuevos, la suela del derecho se gastaba antes.
Al salir a la avenida tuve la suerte de ver un taxi equipado con puertas corredizas, que eran mejores para la parte inferior de mi cuerpo, ya que no tenía que agacharme tanto para entrar. Le di al conductor la dirección de Lucky Storage Asaka y me limpié la rodilla rascada con un pañuelo.
En cuanto al episodio que Shogo mencionaba en el documento de texto —el de Yashiro y el asiento reservado—, no lo recordaba.
Si alguien me decía que había sucedido yo no tenía ningún problema en creérmelo, pero no guardaba un recuerdo claro de él.
Yo quería sentarme siempre que fuera posible, pero había aprendido a las malas que se veía con malos ojos que una joven ocupara un asiento reservado.
Una vez incluso me gritaron en público y, después de eso, dejé de hacerlo.
Puesto que Shogo decía que había pasado, era probable que así hubiera sido. Tsubasa debía de haber ocupado el asiento reservado para que no me sintiera culpable por hacerlo yo. Sentí una punzada de remordimiento al darme cuenta de que había dado por sentada su amabilidad.
Después de leer el mensaje de Shogo, al fin recordé lo que Kuga había definido como «el incidente del decantador».
Esa noche, los seis habíamos decidido salir a beber.
Yashiro había recomendado un bar izakaya con estilo que conocía.
Morikubo se había encargado de la reserva, pero algo se perdió por el camino y lo que debía ser una comida ligera con una bebida o dos se convirtió en una barra libre de alcohol por 6. 800 yenes las dos horas.
No descubrimos lo caro que iba a ser hasta que llegaron Hakamada y Morikubo. Como es natural, quisimos cancelar, pero los responsables del bar se negaron. Morikubo se desplomó en una silla, desesperado; era tal su agitación que parecía a punto de tirarse de un acantilado.
Por eso, Hakamada se volvió hacia mí, Shogo y Yashiro en la puerta.
—Chicos, hacedme un favor. Al entrar, que parezca que os estáis muriendo por echar un trago.
Yashiro enarcó una ceja.
—¿Por qué?
—Morikubo se siente fatal porque tengamos que pagar tanto por su error. Así que montemos este pequeño número para él.
—A mí no me importa —dijo Shogo—. Pero Shima, tú no bebes, ¿verdad?
Por suerte, había visto algo en la carta: Welch’s. Como cabía esperar de una barra libre de calidad, había varias opciones sofisticadas. Si pedíamos un decantador lleno de zumo de uva, podría pasarme toda la noche bebiéndolo y hacer como que se trataba de vino tinto.
—Eso servirá —dije, mostrándoles los pulgares hacia arriba a los demás.
—De acuerdo, a por ello —dijo Hakamada—. Todo el mundo a beber, y que sea convincente. Morikubo lo está pasando mal.
Nadie puso ninguna objeción. No es que intentáramos salvar la noche, sino que quisimos salvar a Morikubo. Y acabamos pasándolo muy bien.
Kuga me preguntó más tarde si mis impresiones sobre los demás habían cambiado después de ocho años. Supuso que seguirían siendo las mismas personas egoístas y espantosas. Debería haber corregido esa impresión, pero no lo hice.
Años después, me encontré con Hakamada un sábado en un parquecito de Atsugi.
Había familias por todas partes, gente que holgazaneaba en la hierba.
La mayoría de los adultos, incluida yo, intentamos ignorar al grupo de niños que se había puesto a jugar al béisbol.
Pero, cuando casi le dan con la pelota a una señora mayor que estaba sentada en un banco, Hakamada se puso en pie.
Parecía que se disponía a regañarlos con severidad.
Pero entonces, en vez de ahuyentarlos, los reunió y les explicó con paciencia que las reglas son importantes, que jugar de manera temeraria puede ser peligroso.
Se tomó su tiempo, a cambio de nada, para asegurarse de que lo entendieran.
Luego les compró un helado a todos y les dijo:
—Prometedme que no volveréis a jugar al béisbol en un lugar que no sea seguro. Y, si queréis aprender a jugar como es debido, venid a verme.
Yashiro seguía usando el mismo bolso Hermès que tenía en la universidad. Estaba cubierto de remendones, y reconoció sin problemas que necesitaba uno nuevo, pero el hecho de que lo haya conservado durante tanto tiempo indica una ligazón emocional hacia sus pertenencias.
La empresa que ha fundado se dedica a los proyectos de infraestructura hidráulica en países en vías de desarrollo en el sudeste de Asia y en África. Ha tenido problemas para mantener sus patrocinios, pero el folleto que me mostró estaba lleno de gente sonriente.
Morikubo me explicó cómo funcionan los fraudes de la inversión en propiedades y dijo que había sido un idiota al caer en uno. Habló de sus propios errores con tanto desdén que tuve que interrumpirle y decir:
—No hiciste nada malo. A ti también te timaron. Eres una víctima.
Su respuesta fue inmediata:
—No. Si picas en un timo, la culpa es tuya. Si te dejas atraer por el dinero fácil, la culpa es tuya. Me lo merecí.
Seguía arrastrando esa culpa.
Kuga, igual. Se acordaba de mi minusvalía y siempre trataba de evitarme complicaciones: aparcando en lugares accesibles, citándome en cafeterías que estuviesen en una planta baja para que yo no tuviera que subir demasiadas escaleras...
Hizo algo imperdonable, pero juzgarle como alguien malo del todo era demasiado simplista.
Y luego estaba Shogo.
«En el mensaje dices que te faltaba carácter, que no tenías sentido de la responsabilidad. Pero eso no podría estar más alejado de la realidad.
»Mientras que yo me he pasado ocho años negándome a confiar en la gente, tú te reconstruiste por creer en ella. Mientras que yo no he dejado de hundirme, tú saliste de la oscuridad depositando tu fe en los demás. Debería haber hecho lo mismo. Quise hacer lo mismo.
»¿Que no tenías sentido de la responsabilidad?
No me hagas reír. Cuando escribiste eso, estabas a punto de comenzar a trabajar en la principal empresa informática de Japón.
Lo diste todo en el trabajo, te esforzaste al máximo hasta el final, incluso mientras el linfoma devoraba tu cuerpo.
Si hubo alguien que tuviera un sentido inquebrantable del deber, ese alguien fuiste tú.
»El día de la discusión grupal, le dijiste a todo el mundo que el sobre estaba vacío, aceptaste la culpa y te fuiste para que yo no tuviera que pensar en lo que había dentro de él.
Y, ahora, a través del mensaje que has dejado, has vuelto a salvarme.
Nunca llegaré a darte las gracias como es debido.
Cuando alguien como tú dice que soy luminosa, ¿cómo no iba a alegrarme? ».
Al bajar del taxi me recibió una montaña de contenedores de transporte marítimo.
No me había percatado de que la empresa de trasteros ocupaba un solar inmenso.
Atravesé el terreno y vi que en la parte trasera había un trastero exterior más pequeño, con varias filas de taquillas como las que se encuentran en un vestuario deportivo.
Miré el número de la llave y me dirigí hacia la taquilla señalada. La hice girar con dedos temblorosos hasta que se oyó un clic.
Dentro había muchas más cosas de lo que esperaba. Pensé que debía informar a Yoshie más tarde, pero, antes de que pudiera entretenerme demasiado con esa idea, un objeto llamó mi atención: un sobre que estaba encajado en el estante interior de la puerta.
Para Shogo Hatano.
Lo toqué medio convencida de que iba a evaporarse, como un espejismo. El papel se había puesto algo amarillento por el paso del tiempo, pero era inconfundible: se trataba del mismo sobre de tantos años antes.
Intenté deslizar un dedo por debajo de la solapa, pero estaba pegada, intacta. Tal y como me había dicho Shogo, no se había abierto nunca.
Lo sujeté con fuerza y cerré los ojos, esforzándome por decidir lo que debía hacer a continuación.