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—La próxima entrevista se realizará el lunes de la semana que viene. Gracias de nuevo por su tiempo.
Tenía la sensación de que me hubieran aplastado el alma hasta dejarla en la mitad de su tamaño habitual.
No me atreví a volver directamente a mi mesa.
En su lugar, me acerqué sin prisas hasta el extremo de la cafetería de la oficina, me desplomé en una silla y me dediqué a beber a sorbos un café mientras esperaba a que mi espíritu se recuperara.
Pero fue inútil: era como intentar curar una herida profunda y sangrante con una pequeña siesta.
No había cantidad de café que fuera a solucionarlo.
Resignándome, regresé al escritorio..., donde noté que el corazón casi se me detenía.
Me recorrió un escalofrío, fue como si los fluorescentes hubieran pasado de repente a ser de color azul.
Allí, encima de mi teclado, colocado de manera que fuese imposible pasarlo por alto, había un sobre blanco.
Contuve el aliento, intenté conservar la calma, pero mi mente era un torbellino.
Cuanto más lo miraba, más se adueñaba de mí la certeza: era ese sobre, el que Shogo se llevó consigo el día de la discusión grupal. El que yo estaba desesperada por ver. El que deseaba olvidar con tanta fuerza que podría haberme echado a gritar.
¿Por qué estaba allí?
Me estrujé el cerebro intentando hallar una explicación lógica. Quizá Yoshie lo había encontrado en la casa familiar y me lo había enviado... Quizá Kuga lo había traído... Me recorrió una náusea venenosa, mi cuerpo se enfrió y se entumeció.
Allí estaba. Mi salvación. No: mi ejecución.
Lo cogí con manos temblorosas, extraje su contenido con cuidado, los dedos vacilantes.
PARQUE ACUÁTICO MAXELL DE SHINAGAWA ENTRADA PARA DOS PERSONAS.
Había una nota adjunta:
Un pequeño regalo de parte de un cliente. No estabas en tu mesa, así que te lo dejo aquí. Suzue.
Deseé reírme de mi imaginación hiperactiva, pero no tenía fuerzas ni para poner buena cara.
Me desplomé en la silla y hundí la cabeza entre las manos. Entonces, sin pensarlo, rompí el sobre. Una. Dos. Tres veces. Y, pese a saber que no era en absoluto necesario, una cuarta... antes de tirar los trozos a la basura.
Necesitaba saber lo que había dentro de ese sobre.
Puesto que tenía la certeza de que no iba a conseguir nada de Kuga, solo me quedaba una manera de averiguarlo: debía encontrar la contraseña del archivo comprimido de Shogo.
No tenía ni idea de lo que me encontraría en él. Quizá no fuera más que una sucesión de páginas en las que me maldecía. Quizá no guardara ninguna relación con el sobre.
Pero era la única esperanza que me quedaba.
Contraseña: Lo que más le gusta a la persona culpable. (Quedan 2/3 intentos).
¿Qué era lo que más me gustaba a ojos de Hatano?
Una vez más, me obligué a encarar la pregunta de frente, pese a que ya había dedicado decenas de horas a bregar con ella.
¿Serían «las mentiras»? ¿«El engaño»? Había recopilado una lista de casi cien palabras en mi libreta, pero, quedándome solo dos posibilidades, ninguna de ellas tenía a mi juicio un fundamento lo bastante sólido.
¿Debía hacer un acto de fe y escoger las dos que me parecían más probables?
Pero, si me equivocaba, la respuesta se perdería para siempre.
Tenía que desbloquear ese archivo. Tenía que ver lo que escondía.
Era lo único que podía llegar a salvarme.
Una y otra vez, mis dedos se quedaban flotando encima del teclado, tocaban con suavidad alguna tecla, se retiraban.
En cuanto me las arreglaba para escribir algunas letras, las borraba de inmediato.
¿Cómo era posible que me costara tanto comprender algo que estaba relacionado conmigo misma?
Estaba atascada, incapaz de avanzar, incapaz de retroceder.
En un arrebato de frustración, tiré la botella vacía de té contra la pared. Hizo mucho más ruido de lo que esperaba y se alejó repiqueteando por el suelo.
Qué patético, tener esa pataleta de niña pequeña. El odio hacia mí misma me asaltó como un tsunami y me dejó con el deseo de hacerme un ovillo y morirme.
En el momento en que me ponía en pie para ir a recoger la botella, me di cuenta... Fue como la sensación que te asalta al resolver un problema matemático cuando la solución resulta ser un número entero y puro.
¿Cómo no había caído antes? Cuanto más lo pensaba, más evidente me parecía.
Había estado ante mí en todo momento, era tan palmario que nunca me lo había planteado.
Pero tenía que ser eso. Entre esa época y el momento presente, era lo único que me había gustado de manera consistente, lo único que la gente siempre había asociado conmigo.
Con cuidado, asegurándome de no cometer ningún error, escribí: «té de jazmín».
Me temblaban las manos.
Ahí estaba. Pero ¿qué habría dentro? ¿Cambiaría algo cuando tuviera acceso al documento? ¿O seguiría todo igual? Estaba tan convencida de haber dado con la contraseña que durante unos segundos no logré procesar lo que veía en la pantalla.
Contraseña: Lo que más le gusta a la persona culpable. (Queda 1/3 intentos).
¿Se había extraído el documento y lo tenía en el escritorio? ¿O el destino de la extracción era una carpeta predeterminada que yo no sabía encontrar?
Después de varios desvíos inútiles acabé por comprender lo que había pasado.
Había perdido uno de los intentos que me quedaban.
La contraseña era errónea.
Estaba tan segura de que se trataba de la respuesta que no podía procesar siquiera el hecho de que me había equivocado. Me inundó el pánico. ¿Y si era solo «jazmín»? ¿Y si en realidad era «té»? Antes de poder detenerme, ya había comenzado a escribir:
«jazm»...
Me detuve.
Al instante, mientras apretaba con fuerza la tecla de retroceso, me llevé la mano a la boca.
Me quedaba un solo intento.
Me inundaron los remordimientos. Me había precipitado. Si introducía otra respuesta equivocada, se habría acabado. Mi última oportunidad habría desaparecido para siempre.
Me obligué a alejarme del portátil, a poner algo de distancia entre ambos. Comencé a pasearme por la habitación, intentando calmar la respiración.
Cuando recuperé la tranquilidad al fin, mis ojos se posaron en la carpeta de plástico transparente que estaba sobre la mesa de centro, la que contenía el folleto de la campaña de contratación.
Había accedido a la memoria USB que contenía montón de veces, había examinado la llave diminuta en numerosas ocasiones pero, por alguna razón, nunca había mirado dentro del folleto.
Ya lo había repasado bastante cuando buscaba trabajo, o eso pensaba.
Lo cogí, en parte para calmar los nervios, creyendo que lo hojearía un poco y volvería a dejarlo en su sitio. Pero no pude. Me quedé mirándolo, perpleja..., más que perpleja. Un escalofrío me recorrió la espalda.
Al entrar en Spiralinx estuve tan agobiada de trabajo que me pasé siglos sin pensar en él.
Pero, en ese momento, al mirarlo de nuevo, lo vi con claridad.
El documento estaba repleto de mentiras.
Cada una de sus páginas centelleaba como si alguien la hubiera rociado con arena de los colores del arcoíris.
Un equilibrio perfecto entre vida y trabajo, las tardes entre semana libres para entregarte a tus aficiones. Un equipo que parece una familia. Salas de reuniones en las que hay dardos y juegos de mesa para las sesiones de tormenta de ideas.
«La vida profesional definitiva te está esperando».
Sí, había una diana para dardos en una de las salas de reuniones.
Incluso entonces, después del traslado a Shinjuku, habían mantenido una versión más pequeña en una esquina de la sala principal.
Pero nunca había visto a nadie jugar a los dardos durante una reunión.
Yo ni siquiera había llegado a tocarlos.
Al pensarlo me di cuenta, aunque parecía evidente: nadie podría mantener una conversación productiva mientras tiraba los dardos o participaba en un juego de mesa.
No era más que propaganda.
La empresa de mis sueños no había existido jamás.
«En Spiralinx no dejarás de crecer y te convertirás en una persona nueva».
No me molesté en volver a meter el folleto en la carpeta. Me limité a tirarlo encima de la mesa y que cayese donde cayera.
Después de verlo revolotear en su descenso, me derrumbé en el sofá. Deseaba cerrar los ojos y sumirme en el sueño, pero mi mente se negaba a desconectar. Cuanto más me esforzaba por pensar en algo diferente —lo que fuera—, más se aclaraban mis ideas, llenándose de todo aquello que intentaba evitar.
Me encontraba al límite.
Quizá lo más sencillo habría sido desaparecer, como esas canciones que se desvanecen con suavidad.
La idea me asustó. El torbellino de mi mente estaba yendo demasiado lejos.
En ese momento me zumbó el móvil: era un correo de Maki Suzue.
Al gerente, Shima
Suspiré. Admiraba la dedicación de Suzue, sobre todo teniendo en cuenta que, como era evidente, trabajaba desde casa, pero mandar un correo con ese asunto era inaceptable.
Mi cerebro se puso de manera automática a dar un sermón imaginario.
Se supone que el asunto de un correo debe resumir el contenido, y este solo decía que el correo iba dirigido al jefe y a mí.
No proporcionaba ni la más mínima pista sobre su contenido.
¿Por qué no enseñaba Recursos Humanos este tipo de cosas durante su formación?
Pero, en ese momento, una oleada de inquietud me recorrió el cuerpo.
Me incorporé en el sofá y volví a fijarme en el asunto.
Al gerente, Shima
Nadie que leyera esa frase pensaría que yo, Iori Shima, era el gerente. Pero, de no haber coma, si solo dijera «Al gerente Shima», se daría una ambigüedad.
Volví a coger la carpeta de plástico, la que dejó Shogo. En efecto, las palabras escritas en rotulador negro decían «Para Iori Shima, culpable...».
Había estado tan segura de que el mensaje se dirigía a mí como si yo fuera la culpable. Pero ¿y si lo había leído mal? ¿Y si en realidad quería decir «Para Iori Shima y el culpable»? ¿Acaso era posible?