2 #6
—Las entrevistas comienzan a la una de la tarde.
Los candidatos llegarán en grupos de cuatro.
Cada sesión dura treinta minutos. Después de que se presenten, Hayashi, Iwata, Shima...
, ustedes, en ese orden, se turnarán para hacerles preguntas.
Tienen la libertad de preguntar lo que quieran siempre y cuando resulte apropiado, pero, si no se deciden, pueden escoger algo del formulario.
Los cinco criterios de evaluación son «Actitud», «Inteligencia», «Sinceridad», «Impresión» y «Flexibilidad», y la puntuación de cada uno es sobre cinco.
Escriban las puntuaciones en la hoja de control.
Si se encuentran a un candidato que a su juicio debe pasar a la siguiente ronda suceda lo que suceda, señálenlo con un doble círculo y avanzará de manera automática.
Pero solo pueden usar el círculo doble tres veces.
Por otro lado, si creen que un candidato no debe avanzar, señálenlo con una cruz.
Eso implica un rechazo automático. En el caso improbable de que coincidan un círculo doble y una cruz, la cruz tiene prioridad.
Ese es el resumen a grandes trazos. ¿Alguna pregunta?
Solo me apetecía preguntar algo: «¿Cómo se puede reconocer la verdadera naturaleza de una persona?». Pero no dije nada.
A Spiralinx le encantaba usar una terminología sofisticada, pero, a la que la analizabas, no era nada especial. «Actitud», «Inteligencia», «Sinceridad», «Impresión» y «Flexibilidad». Solo tenía que calificar a cada entrevistado en una escala del uno al cinco. Era de una sencillez insultante.
¿Había alguna otra tarea en el mundo que fuera tan simple y a la vez tan imposible?
El corazón me latía con tanta fuerza que me temblaban los hombros. La botella de té de jazmín que había dejado sobre la mesa ya estaba vacía. Necesitaba beber algo. Tenía que ir al baño otra vez.
—Estoy cansadísimo.
—Sí, yo igual.
—Oye, ¿no metieron la pata con la retransmisión de la partida de anoche?
—Vaya que sí. Todos los representantes de ventas menos yo se afanaron en corregirlo. En serio, ni siquiera tendría que estar aquí.
—Me muero de aburrimiento.
—Sí, es un tostón.
Los otros dos entrevistadores eran de departamentos distintos; uno de Linx, el otro de Ventas de la aplicación de juegos.
Parecían conocerse, pero yo no creía tener visto a ninguno de los dos.
Al principio hicieron un esfuerzo por incluirme en la conversación, pero, con mi enésima respuesta apagada, dejaron de intentarlo.
Yo había estado sentada al otro lado de esa mesa... en más ocasiones de las que podía contar. Por entonces pensaba que cada minúsculo movimiento que hiciera sería escudriñado con detenimiento y sería puntuado. Pensaba que debía mantenerme en alerta máxima en todo momento.
Y, sin embargo, desde la perspectiva del evaluador..., no teníamos más que una hojita de papel con cinco criterios de evaluación. Eso era todo.
Al final, todo se reducía a una cuestión de instinto. Una sensación, ni más ni menos. Y de las bocas de las otras personas a las que se les había encomendado esa pesada responsabilidad no salían más que quejas por cansancio o aburrimiento.
El bolígrafo que tenía en la mano se me resbalaba ya entre los dedos pringosos de sudor. En el momento en que pensaba que debería haber ido al baño cuando tuve la oportunidad, oí pasos que desfilaban al unísono al otro lado de la puerta. Había llegado el primer grupo.
Guiados por la responsable de Recursos Humanos, entraron en fila: cuatro varones, todos vestidos con pulcros trajes negros, todos con el pelo corto, la piel clara y los cuerpos enjutos.
Era como uno de esos pasatiempos en los que tienes que identificar las siete diferencias.
La tensión endurecía sus expresiones, como si estuviera a punto de entrevistarlos la Gestapo, y noté que se me contagiaba esa ansiedad.
Siguieron dos horas del peor infierno.
—Soy alumno de Psicología Social en la universidad, donde he aprendido mucho. Estoy convencido de que la capacidad para comprender el comportamiento humano que he desarrollado a lo largo de mis estudios será de gran utilidad para su empresa.
Sonó como si estuviera leyendo un cuento antes de irse a dormir.
Su discurso había carecido de cualquier naturalidad, se había limitado a recitar las palabras que traía aprendidas de memoria.
No tuve problemas para ponerle un uno en «Flexibilidad» y en «Inteligencia», y con los demás parámetros tampoco le iría mucho mejor.
—He dedicado la mayor parte del tiempo que he pasado en la universidad a las actividades extracurriculares.
Fui presidente de un grupo de alumnos que organizaba eventos como concursos de belleza.
Organicé y dirigí más de cincuenta actos, perfeccionando en todo momento el proceso a través del enfoque Planificar-Hacer-Verificar-Actuar.
Gracias a esa experiencia, estoy convencido de que puedo contribuir en gran medida a la empresa desde el primer día.
Era un orador hábil y tenía un sentido decente del estilo, pero todo me pareció de una falsedad increíble.
¿De veras podía haber planeado y dirigido más de cincuenta eventos?
¿Iba soltando conceptos de moda como «Planificar-Hacer-Verificar-Actuar» para impresionar?
¿Y podía de verdad confiar en un joven que se había pasado sus años universitarios organizando concursos de belleza?
Antes de darme cuenta le había puesto un uno en «Sinceridad».
Entonces decidí que su arrogancia era otro punto en contra y le puse también un uno en «Actitud».
—Fui encargado de los turnos en un bar izakaya y ejercí como presidente de un club de voluntariado. El liderazgo es sin duda uno de mis puntos fuertes...
¿Cuántos presidentes de clubes llevábamos?
Era para echarse a reír. No todos los universitarios en esa habitación podían haber sido líderes.
Ya estaba harta de esos currículos hinchados de manera evidente y, cuando añadió «encargado» y «presidente de un club de voluntariado», me entraron ganas de desconectar.
Mi mano se movió de manera automática. Un uno aquí, otro allí... , uno, uno, uno.
Durante la pausa, la responsable de Recursos Humanos recogió las hojas de evaluación.
—¿Cree que podría puntuar un poco más alto, Shima?
—¿Más alto?
—Sí. Hay una diferencia bastante grande entre sus puntuaciones y las de los otros entrevistadores.
Me mostró las otras dos hojas. Me quedé perpleja. Estaban plagadas de cuatros y cincos. Algunos candidatos habían recibido el círculo doble, lo que implicaba que pasarían de manera automática a la siguiente ronda.
¿Qué habían visto ellos que se me hubiera escapado a mí? Ni un solo candidato me había parecido excepcional. ¿Habíamos estado en la misma habitación?
—Bueno, esto ya está. Pero, en la segunda parte, intente puntuar con un poco más de generosidad, ¿de acuerdo? Ya le irá pillando el tranquillo.
Es probable que lo dijera para animarme, pero el comentario me dolió en el alma.
«Esto ya está. Ya le irá pillando el tranquillo».
Sí, podía seguir el juego. Pero ¿y los candidatos?
Los que entraran a partir de ese momento tendrían carta blanca sin motivo.
¿Y los anteriores? ¿Mala suerte para ellos?
¿En qué mundo era justo cambiar de parámetros a mitad del proceso solo porque aún no me había acostumbrado a la tarea?
Yo tenía el futuro de esos jóvenes entre las manos. En cuanto escribía un número, este cobraba el poder de modelar los siguientes treinta o cuarenta años de sus vidas.
—La chica de Gakushuin... era agradable, ¿verdad?
—No. Me parece que te van las mujeres con curvas, Iwata.
—Calla. A ver, es posible, pero no digas eso.
¿De verdad no les importaba? Jugábamos a ser Dios con las vidas de esos universitarios y, sin embargo, allí estaban ellos, haciendo bromitas.
¿Acaso no tenían orgullo? ¿Ni sentido de la responsabilidad?
¿Ni respeto hacia sí mismos? Ellos habían superado uno de los procesos de contratación más duros que había en la industria.
¿No sentían ninguna obligación por mantener los valores de la empresa en la que tanto les había costado entrar?
Yo sí.
En ese momento, no obstante, trozo a trozo, me estaban arrebatando esa fe; era como arrancarle la corteza a un coco con las manos desnudas. La verdad me miraba a la cara: esa era la prueba que tanto me había esforzado en superar, la que me había llevado a sentir que me había ganado el estar allí.
Las piezas del puzle empezaban a encajar, demostrando que Kuga había tenido razón desde el principio.
«Entonces comencé a sentir rabia de verdad. No tienen la menor capacidad para juzgar a las personas, pero se comportan como si así fuera».
Había hecho todo lo posible por olvidarlo, pero de repente recordé la entrevista con Kogami.
«De hecho —le había dicho—, el otro día me pidieron que ayudara con las entrevistas de contratación. Rechacé la invitación, así que es probable que no lo haga. Pero... ¿tiene algún consejo? ¿Existe algún truco para conocer la verdadera naturaleza de un candidato?».
Él me sonrió antes de contestar.
Entrevista n.º 1: Kogami Tatsuaki, exjefe de Recursos Humanos de Spiralinx, Inc.
12 de mayo de 2019 (domingo), 14.06
Escenpario: Una cafetería cerca de la estación de Nakano
... Oh, bueno, qué pregunta tan interesante. De hecho, la respuesta es muy simple..., tan simple, en realidad, que quizá se ría usted. Pero ¿le importa si antes pido algo dulce? Me pirro por la nata. ¿Le sorprende? Bueno, la gente está llena de sorpresas.
Déjeme que le diga que nunca habría adivinado quién estuvo detrás de todo aquello.
Oh, disculpe: una ración de tortitas, por favor. Sí, no pasa nada. Cuando estén listas.
Bien, ¿qué decíamos? Consejos para ser una buena entrevistadora y la manera de reconocer de inmediato la naturaleza de un candidato. Es fácil.
Eso no existe. Y no hay nada más que añadir.