2 #5
Si mi jefe se hubiera encargado de ellas, al menos podríamos haber pretendido que el proyecto pasaba a un nivel superior.
Pero dárselo a una empleada de primer año...
y que para colmo seguía en proceso de formación...
Pues claro que los clientes se mostrarían escépticos.
Los hospitales se conducían según una jerarquía tan rígida que el asunto casi escaparía a su comprensión.
Cada pequeña tarea implicaba a un número absurdo de gente.
La cantidad de aprobaciones que había que conseguir para tomar la más pequeña decisión era absurda.
Me daba vueltas la cabeza con solo mirar la pila de tarjetas de visita que había recopilado a lo largo de los meses anteriores.
¿Cómo era posible que considerara en serio pasarle el trabajo a ella? La misma chica que tardaba una hora y media en preparar un correo que dijera «Hemos recibido su solicitud de presupuesto y se lo enviaremos a la mayor brevedad»... ¿De verdad pensaba que podía encargarse de algo tan delicado?
—Ha mejorado con rapidez y voy a apoyarla —dijo mi jefe con la voz cargada de un consuelo vacuo—. Será una gran oportunidad para ella.
Suzue asintió con la cabeza, sonriendo como si de verdad le creyera.
Intenté replicar, pero ya estaba decidido.
—Venga, no me lo ponga difícil. Hágame ese favor, ¿de acuerdo? ¿Sí?
Antes de poder darme cuenta, la conversación había llegado a su fin. Me quedé mirando sus espaldas mientras se alejaban.
Aquello iba a ser un desastre. Eso estaba claro.
¿Cuánto tiempo había pasado desde que me puse en contacto por primera vez con esos hospitales?
Cuanto más lo pensaba, más me aplastaba el peso del asunto.
No me importaba lo más mínimo que otra persona se apuntara el tanto.
Tampoco es que fuera a recibir un incentivo inmenso en caso de que se cerrara un acuerdo. Esa no era la cuestión.
No, el problema era que, a ese paso, todo el mundo acabaría lamentando la decisión. Mi jefe. Suzue. Y yo, por supuesto.
Estuve a punto de permitirme pensar en algo que Kogami me había dicho pocos días antes, pero bloqueé el recuerdo llevada por el pánico. No. En ese momento no. No podía arriesgarme a pensar en ello.
Al poco rato, mi jefe me reenvió un correo con el horario de las entrevistas de trabajo a las que debía asistir, junto con una sesión previa de formación en Recursos Humanos.
Y, en ese instante, lo vi. Me vi sentada en la silla de entrevistadora, mirando la fila de universitarios esperanzados como la jueza que va a dictar su destino.
Me acordé de las palabras de Kuga: «Entonces comencé a sentir rabia de verdad. No tienen la menor capacidad para juzgar a las personas, pero se comportan como si así fuera».
Empezaron a temblarme las manos. Me fui corriendo al baño, me aferré al fregadero y me enfrenté a la mujer abatida del espejo mientras me obligaba a respirar.
«Todo irá bien. Has llegado hasta aquí. Mantén la calma, no pierdas los nervios.
Tú puedes con esto». Pero la imagen que me devolvía la mirada no parecía muy convencida.
«Oh, por favor, como si tuvieras la menor idea de lo que estás haciendo».
Y entonces entornó los ojos, cargada de un desdén amargo y silencioso.
No falla: cuando peor estás es cuando te obligan a hacer algo para lo que careces por completo de energía. Resultó que esa noche se celebraba, con retraso, la fiesta de bienvenida de Maki Suzue.
Se suponía que comenzaba a las siete, pero yo tenía muchísimo trabajo y no logré llegar al restaurante hasta casi las nueve.
A esas alturas, todos debían de haber decidido que no iba a aparecer, así que, en cuanto entré, los borrachos se pusieron a lanzar vítores como si yo fuera algún tipo de invitada especial. Hasta la propia Suzue aplaudió.
No quería cortarles el rollo, así que sonreí hasta donde me fue posible, me disculpé por haber llegado tarde y tomé asiento en un extremo de la mesa. Pedí solo un té.
Siempre había sido torpe para sumarme a las conversaciones en marcha. Supuse que podía limitarme a asentir con la cabeza y esperar a que se acabara todo. Pero entonces mi jefe preguntó qué tipo de música escuchaban «los jóvenes de hoy en día», y la charla fue de mal en peor.
Suzue, la estrella de la velada, anunció que adoraba a Haruki Sagara y se lanzó a realizar un interminable discurso sobre lo maravillosa que era su música, y él como persona.
Sí, aceptó, había tenido un problema de drogas en el pasado, pero la gente había empezado a entender al fin que no se le podía culpar por ello.
Según su relato, todo comenzó cuando estudiaba música en el extranjero, en Nueva York.
Algunos colegas músicos le habían metido presión diciéndole que no podían ser amigos si no fumaba marihuana con ellos.
Él se negó, pero al hacerlo molestó a las personas equivocadas.
Una noche, después de un concierto, estando él borracho y dormido en un sofá, alguien le inyectó cocaína en las venas.
Fue el inicio de su adicción. Con la cocaína, una vez puede bastar para que te enganches.
Los supuestos amigos que le habían tendido esa encerrona siguieron insistiendo en que se drogara, siempre con una sonrisa, y, en su esfuerzo por escapar al dolor, el ciclo de la adicción quedó asentado.
Después de regresar a Japón siguió drogándose en secreto...
hasta que le pillaron y la prensa le hizo trizas.
Eso había sido diez años antes. Pero ahora había vencido la adicción y se había convertido en un portavoz de la lucha contra la droga.
Mientras hablaba, Suzue no dejaba de mirarme. Aunque se dirigía a todo el mundo, sus palabras estaban destinadas a mí, la persona que una vez había puesto en duda el carácter de Sagara.
En cualquier otro momento podría haberle seguido el juego. «Oh, vaya. No tenía ni idea. Lamento el malentendido». Me había encontrado en esa situación más veces de las que podía recordar.
Pero esa noche fui incapaz.
En cuanto dijo:
—Y de hecho es una persona bondadosa y apegada a su familia. Cuando su hermana pequeña, que tiene una discapacidad, se mudó a Tokio para ir a la universidad, decidió irse a vivir con ella para apoyarla...
Yo estallé.
—¿De dónde ha sacado todo eso? ¿De alguna revista? —dije, antes de poder detenerme.
Me arrepentí de inmediato, pero había alcanzado el límite. Como cuando la ramita que has estado doblando acaba por romperse, las palabras salieron a chorro, sin que pudiera detenerlas, sin que pudiera revocarlas.
—No ha coincidido nunca con él, ¿verdad? Él no le ha contado ninguna de esas cosas. Y no estaba usted en Nueva York cuando se supone que pasó el incidente, ¿o sí?
El ambiente en la mesa no se había agriado... todavía. Era posible salvarlo. Aún podíamos hacer pasar mi reacción por una charla inofensiva, la burla de una compañera de trabajo con más antigüedad a una recién llegada.
Pero algo en mis palabras debía de haberle tocado la fibra sensible, porque Suzue frunció el ceño, contrariada.
—Pero es cierto. Se mire por donde se mire, es una buena persona. No me da miedo afirmarlo. No creo que sea justo juzgar a alguien basándose en una impresión sesgada.
—¿Y qué quiere decir eso de que es buena persona?
Debería haberlo dejado estar. La parte serena y analítica de mi ser fue consciente de ello.
Pero me noté sonriendo con suficiencia, oí el tono áspero de mi propia voz.
En parte me odié por lo que estaba haciendo, detesté atacar a alguien que no se lo merecía.
Pero en parte —una parte igual de fuerte, quizá más— no soportaba la manera en que hablaba, no pude contener las palabras que me subían por la garganta.
—Por mucha información que se afane en recopilar, solo conoce las partes de él que están a la vista.
«Ha tomado los fragmentos que tienen sentido para usted, los ha cosido y ha creado una historia sencilla y pulcra, ¿y por eso cree conocerle?
Diez años atrás, la gente hizo exactamente lo mismo...
, solo que, por entonces, solo se aferraron a su adicción a las drogas.
Y lo arrastraron por el barro. ¿No ve el parecido?
No tiene ni idea de cómo es él entre bambalinas.
Quizá haya engañado a una de sus parejas.
Quizá la haya obligado a abortar. Una puede pasarse días con una persona, reírse a su lado, hablar con ella, pensar que la comprende...
, solo para darse cuenta de que nunca la conoció de verdad.
Así funciona el mundo. ¿Cuánto sabe en realidad sobre él?
¿Sinceramente cree que las personas son tal cual las ve? No diría eso ni sobre mí misma».
Es probable —no, no tengo dudas al respecto— que no dijera todo lo que pensé. De haber sido así, Suzue no habría dirigido al grupo esa sonrisa tensa y forzada antes de salir del bar como si no hubiera pasado nada.
Yo esbocé mi propia patética imitación de una sonrisa, la vi marcharse y me subí a un taxi sintiéndome muy desdichada.
—Como estoy segura que les habrán comentado en las sesiones de capacitación, aquí, en Spiralinx, llevamos cuatro años puntuando las entrevistas de grupo según cinco criterios de evaluación.
La responsable de Recursos Humanos era una mujer de unos treinta y cinco años. Spiralinx era una empresa pequeña, así que reconocí su cara pese a que no habíamos interactuado nunca. Nos pasó a todos los que estábamos sentados a la mesa una hoja de control y se embarcó en su explicación.