Los seis finalistas 2 #4
79%

2 #4

Kuga dejó el vaso de papel sobre la mesa y me miró con la cabeza ladeada, como si me hubiera dirigido a él en un idioma que no había oído nunca.

—La información —continué—. Si aún la tienes, la quiero. Si no me la das, dime al menos lo que había en el sobre de Hatano.

Él soltó una risita.

—Ya... Supuse que era lo que buscabas.

Contuve el aliento, mirándole, suplicándole en silencio que contestara.

Pero él se quedó allí sentado, comportándose como si hubiera sufrido un súbito ataque de amnesia y se hubiese olvidado de mi existencia.

Limpió la condensación del vaso y alisó las arrugas de la pajita de papel.

Entonces cerró los ojos y se frotó las sienes como si le doliera la cabeza.

Al fin, después de limpiarse una pelusa de los dedos, soltó un suspiro y miró el reloj.

Justo cuando me disponía a insistir...

—No hagamos esto —dijo.

Sentí que algo cedía en mi interior. El mundo se volvió borroso por un instante, mi cuerpo tuvo que hacer un esfuerzo por mantener la compostura, por evitar que me deslizara por la silla y cayera al suelo.

—¿Sabes? —Kuga se puso en pie, con el vaso en la mano—.

Conseguiste ese trabajo gracias a mí. Aireé los trapos sucios de todo el mundo, pero tú...

Tú saliste indemne de la discusión grupal.

Esos sobres te dieron la oportunidad... Así que déjame disfrutar de esto.

Deja que juegue un poco contigo. Es lo más justo, ¿no te parece?

Y, con eso, comenzó a alejarse.

Fue un movimiento tan desenfadado que supuse que iba a tirar el vaso de papel a la basura y regresaría. Pero, en su lugar, siguió caminando, de vuelta a la oficina.

Tenía que decir algo antes de irse. Despedirse, cuando menos. Seguí aferrada a esa esperanza incluso cuando se había alejado ya diez metros.

Pero ni siquiera volvió la vista.

Había querido dejarlo ahí.

Debería haberle llamado, haber corrido tras él, pero no pude. Me faltó la fuerza, la energía o un plan para recuperar lo que hubiera en ese sobre. El pecho me ardía de frustración; era un dolor crudo, abrasador, que me dejó paralizada por completo.

Y entonces, atravesando ese silencio pesado:

—Se podría decir que tengo un gran sentido de la perspicacia y que se me da bien el análisis de mis propios actos.

La voz sonó con claridad, nítida, como si la hubiera amplificado un micrófono.

Supe quién era su dueña antes incluso de volver la cabeza: pertenecía a uno de los universitarios a la caza de trabajo, una joven que vestía el traje negro de rigor.

Pese a la distancia, distinguí a la perfección el lunar en su cara; la vi sentada en la silla, con la espalda recta, rebosante de confianza, mientras proseguía:

—Si abres tu mente y echas un buen vistazo a la empresa y a ti mismo, podrás aprender cosas nuevas sobre los dos. No creo que los responsables de selección de personal estén ahí para engañarnos, ni nada, y no creo que el de buscar empleo sea un proceso tan escalofriante como parece.

No pude más que quedarme sentada, observándola. Esos ojos muy abiertos, ansiosos, y el pequeño lunar de debajo.

Seguí mirándola, en silencio.

Apenas recuerdo lo que pasó cuando regresé a la oficina.

Nadie pareció preocuparse por mí y no me regañaron por volver tarde, así que debí de mantener bastante bien la compostura.

Pero todo está borroso. Mi cabeza comenzó a aclararse solo hacia las once de la noche, y para entonces me encontraba en el asiento trasero de un taxi que iba camino de la estación.

Aún podía coger el último tren, pero debí de pensar que no llegaría a tiempo si iba a pie.

Esas ideas atravesaron distantes mi mente, casi como si no fuesen parte de mí.

De repente me asaltó un sentido del deber: tenía que ponerme en contacto con Yoshie Hatano.

Saqué el móvil. Solo cuando atendió me di cuenta de que llamar a alguien a esa hora tan tardía era con toda probabilidad una falta de respeto.

Me apresuré a disculparme por molestarla de noche, pero ella no pareció irritada.

—Soy una especie de ave nocturna, así que no se preocupe —dijo—. ¿Ha conseguido abrir ese archivo protegido con contraseña?

—Ah, no... No se trata de eso.

En su lugar, le conté que el verdadero culpable había sido Sota Kuga. Pensándolo ahora, es probable que no le importara la identidad del responsable siempre que no se tratara ni de su hermano ni de mí. En realidad no había razón para que la llamara.

Como esperaba, su reacción fue tibia.

—Entiendo. Así que fue él... ¿El chico guapo?

Y así fue. De repente me sentí ridícula por haber hecho esa llamada.

Es probable que intuyera que la conversación estaba a punto de apagarse, porque se apresuró a añadir:

—Al menos ha encontrado al culpable.

—Gracias. He pensado que debía contárselo. Perdón de nuevo por llamar tan tarde.

—¿Ha conseguido recuperar lo que había en el sobre?

—¿Qué?

—Su voz suena un poco apagada.

Una oleada de inquietud me recorrió ante la idea de que pudiera mostrarme tan transparente.

—Eso es lo que tenía en la cabeza en realidad, ¿no es así, Shima?

—prosiguió, con tono reconfortante, al ver que no contestaba—.

Sabe lo que había en el sobre y quiere recuperarlo.

No hay ninguna otra razón para que se haya involucrado de esta manera en algo que pasó hace años.

¿Qué contenía? ¿De verdad es algo tan condenatorio que necesita recuperarlo después de tanto tiempo?

—No lo sé.

Quizá no me oyó, o es posible que no me entendiera. Guardó silencio unos instantes.

—No es que me dé miedo saber lo que contiene —dije al fin—. Me da miedo porque no tengo ni idea. No sé de qué puede tratarse, y eso me aterroriza.

Me había esforzado al máximo por vivir con honestidad.

Desde pequeña, me había ganado más elogios que reprimendas.

Trabajé duro para entrar en un buen instituto, y luego en una buena universidad, y luego en una buena empresa.

El proceso de contratación sin duda había traído consigo un dramatismo inesperado, pero al final conseguí un trabajo genial y hacía todo lo posible por ser una buena empleada.

Siempre había querido ser una persona decente. En lo más hondo, pensaba que lo era.

Pero ahí fuera había alguien que no me veía de esa manera.

Si el sobre que Shogo se llevó consigo no estaba vacío, ¿qué contenía?

Me había hecho esa pregunta más veces de las que lograba recordar.

Algunas noches no podía dormir porque no dejaba de darle vueltas en la cabeza: ¿qué había hecho?

Pero siempre acababa intentando tranquilizarme, me decía que todo iba bien, que, si Shogo había dicho que el sobre estaba vacío, entonces estaba vacío. No había hecho nada mal.

En ese momento, no obstante, ya no podía seguir albergando esa fantasía.

En aquella época, mi admiración y respeto hacia los demás finalistas fue sincera.

Así que, cuando al fin vi su verdadera cara, quiénes eran en realidad, fue como si mi mundo se pusiera patas arriba.

Cada vez que se rompía el sellado de un sobre era como si me cortaran con un cuchillo. Y, cuando Shogo acabó confesando que era el culpable, algo en mi interior se quebró por completo.

En el curso de esas dos horas y media, mi vida cambió de arriba abajo. Al salir de esa sala de conferencias había perdido la capacidad para confiar en los demás. Peor aún, había perdido la capacidad para confiar en mí misma.

En lo más profundo, todos cargan con su propio sobre, ocultan algo que no quieren que sepa el resto de la gente. Y se limitan a fingir que no es así.

Yo no era ninguna excepción.

—¿Shima?

El sonido de la voz de Yoshie me devolvió a la realidad con una sacudida.

Al darme cuenta de que seguía al teléfono, me apresuré a llenar el silencio murmurando:

—Lo siento.

Y colgué.

El taxi seguía avanzando por las calles nocturnas.

Me dio miedo, en caso de cerrar los ojos, la posibilidad de seguir dando vueltas a la cuestión, así que mantuve la vista puesta en el paisaje urbano que pasaba veloz al otro lado de la ventanilla.

A la mañana siguiente, nada más llegar y dejar las cosas en la oficina, una voz dijo a mi espalda:

—Escuche, Shima, ¿tiene un momento?

Me volví. Claro, era mi jefe... y se había traído a Maki Suzue consigo.

—Sobre ese panel de entrevistas...

«Ese panel de entrevistas». Lo dijo como si la conversación fuese reciente, pero habían pasado varias semanas.

¿Cómo era posible que no lo hubieran solucionado a esas alturas?

Noté un chispazo de irritación, pero también fui consciente de que no podía seguir negándome; habría parecido que tenía una pataleta.

No obstante, cuando intenté explicarle de nuevo que estaba hasta arriba de trabajo en mi esfuerzo por conseguir que el contrato con el hospital pasara...

—Bueno, esa es la cuestión —dijo mi jefe.

—¿A qué se refiere?

—He tenido una idea fantástica —prosiguió, sonriendo como si hubiera descubierto el no va más—. He pensado en darle a Suzue algunas responsabilidades de verdad y hacer que se encargue de dos de los tres clientes que tiene usted entre manos.

Me quedé demasiado aturdida para hablar. Tenía que tratarse de una broma.

Desde luego que no pensaba llegar tan lejos como para afirmar que era la única que podía llevar a cabo esas negociaciones.

Pero sí era la persona que había erigido esas conexiones desde cero.

Y entonces, en su momento más crucial, ¿iban a entregárselas a otro?

Eso sin duda dejaría una mala impresión en los clientes.