Los seis finalistas 2 #3
77%

2 #3

—Antes de poder darme cuenta había llegado a la ronda final de Spiralinx, la misma empresa que había rechazado a Kawashima.

Esa circunstancia, por sí sola, me pareció una demostración de que el sistema de contratación hacía aguas.

Pero entonces una parte de mí pensó: «Bueno, espera un momento.

Quizá no debería sacar conclusiones precipitadas».

Quizá debía mirar más de cerca, ¿sabes? Y ahí aparece la entrevista final.

Claro, cuando nos encontramos en las oficinas de Spiralinx en Shibuya todos parecían muy elegantes.

E incluso al hablar con ellos no estaban demasiado mal.

Pero, en lo personal, no creía que ninguno fuera mejor que Kawashima.

Y entonces, y se trató de una absoluta casualidad, acabé cenando con un viejo amigo del instituto.

Como es natural, la conversación giró en torno al tema de la búsqueda de empleo, y le comenté que estaba preparándome para realizar una discusión grupal con los demás finalistas de Spiralinx.

Debí de dar nombres. En ese momento, mi amigo se quedó pálido.

«Espera, ¿te refieres al tipo del fraude?

», me preguntó. Me pilló desprevenido. Pero, a la vez, me sentí reivindicado de manera enfermiza.

«¿Lo ves? Lo sabía. Sabía que tenía que haber algún parásito en el grupo».

Y entonces me di cuenta. No era solo él: yo también era escoria.

Tal y como dijo el hombretón ese del equipo de béisbol...

Hakamada, ¿verdad? Yo era un idiota y un insensato.

Un puto asesino. Al principio intenté no prestarle atención, pero, cuanto más lo pensaba, más me enojaba.

El equipo de contrataciones había pasado por encima de alguien con verdadero talento, como Kawashima, y por alguna razón habían dejado llegar a la ronda final a dos auténticos mierdas...

Y supe que el sistema entero era un chiste cuando tuvo lugar el incidente del decantador.

—¿El incidente del decantador?

—Venga, no me digas que lo has olvidado...

La vez que salimos a beber después de una de las reuniones de preparación...

No recuerdo todos los detalles, pero sí que llegué tarde porque tenía algo que hacer antes.

Y recuerdo que no estábamos en algún bar barato de estudiantes, sino en un restaurante español elegante, ¿verdad?

Había supuesto que la gente se alborotaría un poco, pero al entrar me encontré con algo infame.

Mira, no me importa que la gente beba y se lo pase bien.

Pero no solo bebían: te habían puesto delante un decantador inmenso y te dijeron que tenías que acabártelo.

Cuando ya les habías dicho que no podías beber.

No dije nada en ese momento pero, con sinceridad, yo tampoco tolero el alcohol.

Así que me quedé allí, aturdido. Por la absoluta inmadurez del asunto.

Por su ordinariez. Por su estupidez. Esas personas se ponían unos trajecillos y fingían ser «prometedores jóvenes profesionales», pero después de todo no eran más que una panda de payasos beodos.

—¿Eso pasó?

—No puede ser que lo hayas olvidado —dijo Kuga con tono burlón—.

Si no lo recuerdas se debe solo a que te hicieron beber tanto que perdiste el sentido.

Fue asqueroso. El caso es que esa misma noche recibimos el correo electrónico que decía que el proceso de selección iba a cambiar.

En ese momento me decidí. Llámame ingenuo, pero pensé: «A la mierda, se van a enterar.

Voy a darles una lección». Quise demostrarles que los seis, los seis, éramos una completa basura.

Que ninguno debería haber llegado tan lejos.

Y con «demostrarles» me refiero a los idiotas del Departamento de Recursos Humanos de la empresa.

O, qué demonios, al sistema entero. O a toda esta maldita sociedad.

Se recostó contra la silla y soltó una risita seca.

—No exagero al decir que pensaba que Recursos Humanos estaba formado por lo más granado.

En plan que solo los mejores y más brillantes empleados se asignaban a ese departamento.

Lo pienso ahora y me parece casi ridículo.

Fíjate solo en su actitud condescendiente hacia quienes buscan empleo.

Era la única explicación que tenía sentido.

Pero, después de que me contrataran..., me costó creer que Recursos Humanos fuera tamaño chiste.

No es que fuesen un departamento alejado de la élite...

, es que eran peor que eso. No voy a decir en voz alta lo que pienso de verdad sobre ellos.

Y esa es la gente que tiene el poder de hacer que nos elevemos o nos rompamos.

Entonces comencé a sentir rabia de verdad.

No tienen la menor capacidad para juzgar a las personas, pero se comportan como si así fuera.

Pasé mucho tiempo intentando averiguarlo: ¿qué era lo que buscaban?

Al principio pensé que la cosa tendría su truco, que habría una fórmula infalible, como las que aparecen en los cómics de manga.

Una manera de asegurarse de que no la caguen del todo. Pero no existía. Nunca existió.

Exhaló con brusquedad.

—Es un ciclo enfermizo. Los universitarios mienten para entrar en una empresa.

Las empresas mienten para atraer a los universitarios.

Recursos Humanos no puede evaluar de verdad a nadie, así que se les cuelan idiotas sin cualificación.

Esos idiotas son contratados y se dan cuenta de que la empresa no es lo que esperaban.

Recursos Humanos se da cuenta de que han contratado a las personas equivocadas.

Y el ciclo no deja de repetirse, día tras día, para siempre.

Una mentira tras otra, que crea un sistema cada vez más grande de fracasados.

No solo en lo que se refiere a la búsqueda de empleo, sino en todo Japón, en la totalidad de esta sociedad rota.

Estaba furioso. Más que furioso. Por eso hice lo que hice.

Su voz adoptó una calma inquietante.

—Por supuesto que sabía que con ello no cambiaría nada.

No logré más que asustar al responsable de Recursos Humanos de Spiralinx y a vosotros un poquito.

Pero debía hacerlo. Era joven y estaba enojado, desilusionado.

Ya había perdido cualquier interés en Spiralinx cuando rechazaron a Kawashima, y tenía otras cuatro ofertas de trabajo a mano.

Y, en cuanto comencé a escarbar..., bueno, allí estaba.

Todos teníais pasados turbios. Usé las redes sociales para encontrar vuestros trapos sucios, alenté a una víctima de fraude para que se presentara en la universidad de Morikubo, alteré las fotos añadiendo la distorsión y los puntos negros, y que pareciera que se habían tomado un día para el que Hatano no tenía coartada...

Hice todo tipo de cosas. Y, durante la reunión, no removí la olla directamente.

En su lugar os seguí el juego, haciendo como que pensaba que había que tirar los sobres.

De esa manera, quienes insistieran en que había que conservarlos quedarían peor.

Y, claro está, todos, todos menos Hatano y tú, perdieron la cabeza.

Pensándolo ahora, sí, fui un estúpido. Me doy cuenta de ello.

Pero en ese momento no pude verlo. Pensé que, si nadie más iba a exponer las fallas de este sistema desastroso, tenía que hacerlo yo.

Esa fue mi idea de justicia. Así que dime, Shima, ¿qué piensas ahora?

Yo no había dicho una sola palabra, pero tenía la sensación de que me faltaba el aire.

Me sequé el sudor del cuello con un pañuelo, en silencio.

Quería contestarle con normalidad, pero me temblaba la garganta.

Intenté ocultarlo tomando un sorbo de café...

, pero entonces recordé que la taza estaba vacía.

Me sentía ridícula, alterada por completo.

—¿Sobre qué?

—Te has reunido de nuevo con ellos, ¿verdad? Con los demás candidatos de la última ronda.

—Sí. ¿Y qué?

—¿Ha variado la opinión que tenías de ellos?

—Kuga sonrió, y fue una de esas sonrisas espontáneas y encantadoras que podrían ser propias de un actor de cine—.

Ocho años después, ¿los miraste y pensaste: «Oh, quizá fueran buenas personas desde el principio»?

Seguro que no. Ni por asomo. Porque los seis, yo incluido, éramos escoria.

Sí, puse la foto de la Fiesta de los Cerezos en el sobre de Hatano para inculparle, pero seamos sinceros...

Él tenía sus propios demonios. Cada uno de nosotros estaba podrido hasta la médula.

Y, por supuesto... —hizo una breve pausa, esbozando de manera fugaz la misma sonrisa de extraña alegría—, eso te incluye a ti también.

Debía decir algo.

Pero mi voz se negó a salir. Era como si tuviera una bola de goma alojada en la garganta.

Necesitaba decirle muchas cosas, pero las palabras no cobraban forma.

Tragué saliva, intenté comenzar, pero no me salió más que aire.

Una y otra vez abrí la boca, inspiré, la cerré de nuevo.

Aquello iba mal. Me obligué a mirarle a los ojos.

—Mi sobre... —Intenté sonar lo más normal posible—. Mi sobre...

—Me sorprendiste, ¿sabes? —me interrumpió Kuga mientras cogía el vaso vacío de su café helado y lo hacía girar entre las manos, como si estuviera inspeccionándolo—.

Nunca pensé que fueras el tipo de persona capaz de hacer algo así.

Pero es evidente que sabes a la perfección lo que contenía tu sobre, ¿verdad?

—Yo no...

—No estaba vacío, en realidad, claro. Hatano insistió en ello por alguna razón, pero te garantizo que no fue así.

Sigo recordando hasta el último detalle.

Incluso tengo las fotos guardadas en casa.

Si hubieran visto la luz..., ¿quién sabe?

Igual no habrías recibido la oferta. ¿Y entonces qué?

¿Quién crees que habría sido el afortunado?

—Dámela...