Los seis finalistas 2 #2
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Pero eso era todo. No me quedaba ninguna otra carta que jugar.

Sospechando ya la identidad del culpable, al ver el vídeo de nuevo varios detalles nimios me habían llamado la atención.

Primero estaba el paquete misterioso que había aparecido de repente en la sala de conferencias. Cauteloso como era, Kuga podría haber llamado a Recursos Humanos por la línea interna para pedirles que entraran a buscarlo. Pero, en su lugar, había decidido abrirlo.

¿Por qué? Pues porque los sobres debían abrirse siguiendo un orden muy específico.

Al ver el mensaje de «El documento acerca de Sota Kuga está dentro del sobre dirigido a Kimihiko Morikubo», Morikubo se habría sentido impulsado a abrirlo.

De manera similar, en cuanto Hakamada fuera acusado, no tendría nada que perder al abrir el suyo.

Y, cuando Yashiro quedara expuesta, ella también querría venganza.

A la que apareciera un número suficiente de fotos inculpatorias, todos comenzarían a insistir en que se abriera el resto de los sobres, y el único paso lógico sería proceder a ello.

Pero ¿qué habría pasado si el orden hubiera sido distinto, si la foto de Hatano bebiendo antes de ser mayor de edad hubiera sido la primera en aparecer?

Nada. La reunión habría acabado entre risas reprimidas. Hatano no habría sufrido un gran impacto y los demás se habrían limitado a sonreír ante lo absurdo de la acusación y habrían descartado los sobres por ser inútiles.

Pero Kuga había calculado todos los detalles.

Y luego estaba el momento en que abrió su propio sobre.

A diferencia de Morikubo y de Yashiro, cuyos sobres contenían instrucciones para que anunciaran horas y fechas, en el de Kuga había únicamente un papel.

Él no necesitaba instrucciones. Él solo había sacado el tema sobre el momento en que se tomaron las fotos.

De hecho, había sido el primero en señalar la distorsión en la parte superior derecha de la imagen y el punto negro en su parte inferior izquierda.

Aunque en todo momento hubiera dirigido la discusión según sus necesidades, había dos razones por las que todavía me costaba aceptar que fuera el responsable.

Primero, era el líder firme al que ya admirábamos todos antes de la reunión.

Segundo, el impacto negativo de la acusación contra él fue tan contundente que todos nos quedamos convencidos de que era imposible que consiguiera la oferta de trabajo.

Kuga no tenía nada que ganar. O eso pensaba yo.

Pero, por mucho que reexaminara la situación, todos los enfoques apuntaban a él como el único culpable posible.

Y, a la vez, todas esas teorías no eran más que eso: teorías.

La única prueba concluyente que tenía era el lapsus que acababa de cometer.

No era mentira que ya hubiera tendido trampas similares a Hakamada, Yashiro y Morikubo.

Cada uno de ellos había reconocido que Smirnoff era Smirnoff...

y, como es natural, que era alcohol. Se trataba de un hecho innegable pero, al mismo tiempo, muy vago.

Y era la única evidencia de la que disponía.

Al cabo de un largo silencio, Kuga acabó por descruzar los brazos.

A continuación, con un movimiento enérgico, tomó un sorbo de café helado por la pajita —lo necesario para humedecerse los labios— y abrió los brazos con una amplia sonrisa en la cara.

Sus palabras siguientes, con tono animado, fueron:

—¿Quién sabe?

Esperé a que prosiguiera.

—No sé cómo contestar... Me has puesto en una posición difícil —admitió.

Dio otro sorbo a su café helado y se quedó mirando al frente.

En un primer momento pensé que solo descansaba la vista, pero, cuando seguí la dirección de su mirada, me encontré con el grupo de universitarios a la caza de empleo.

Era probable que estuvieran en su cuarto año de estudios.

Pese a estar juntos en una cafetería, no gritaban ni hablaban de manera animada; en su lugar, su tono era siniestro, por protocolario, y apilaban todo tipo de formas honoríficas, casi como si se tratara de un juego.

—Creo entender por qué estás aquí, Shima.

Yo esperaba un sí o un no..., un asentimiento de cabeza que me permitiera saber si iba por el buen camino. Me dio un vuelco el corazón. En un esfuerzo por ocultar la incomodidad, me aparté con cuidado el flequillo que el viento me había soplado sobre la cara. Entonces...

—No me estarás pidiendo que me disculpe con Hatano ahora que está en el cielo, ¿verdad?

«No te precipites...».

Me dije a mí misma que debía tranquilizarme, escoger con cuidado mis palabras.

Eso representaba casi una confesión. Cruzar esa primera barrera supuso un alivio, pero las preguntas de verdad —y mi auténtico objetivo— seguían ante mí.

Aclarándome la garganta con suavidad, sujeté la copa entre las manos y acabé por preguntarle:

—¿Por qué lo hiciste? Esa estrategia no podía ayudarte a conseguir el empleo.

—Como te decía, me estás poniendo en una situación difícil.

—¿Qué quieres decir?

—Si te he de ser sincero, ya había renunciado a obtener esa oferta. No estaba para nada en mi cabeza.

—Entonces, ¿tu único objetivo fue acabar con Hatano?

—Venga, para. No fue así en absoluto. A ver, cómo te lo diría... Por entonces yo era joven. Ni siquiera puedo comenzar a explicarlo como es debido, pero, si tuviera que decir algo, estaba muy pero que muy cabreado.

Parecía casi aliviado, esbozó una sonrisa fugaz de timidez, como si acabara de quitarse un peso de encima.

—Como te dije el otro día, buscar trabajo es un caos.

Hoy en día seguramente mostraría un poco más de contención, pero por entonces era un imprudente.

Cuando se me ocurría una idea, mi cuerpo se ponía en marcha de un salto.

Ahora, desde la perspectiva de los años, me doy cuenta de que no fue algo de lo que sentirse orgulloso.

Si pudiera volver al pasado y darle un consejo a mi yo de juventud, le diría casi con total seguridad que se calmara un poco.

Pero no reniego de la rabia que sentía, para nada.

Estoy convencido de que la indignación que experimenté durante la época de la búsqueda de empleo (¿qué fue, hace ocho, nueve años?) estuvo del todo justificada.

Demonios, es posible que ese fuego siga en mi interior.

—¿Qué pasó para que te pusieras tan furioso? —le pregunté.

—Todo. Todo lo que pasó. Como te conté en su momento, puse la mira en Spiralinx con uno de mis mejores amigos. Por desgracia, se lo cargaron en la segunda ronda.

Kuga hizo una pausa y levantó el índice. Supuse que se trataba de un gesto enfático, pero resultó no ser así. Comenzó a mover la mano de arriba abajo, como invitándome a que mirara por encima de su cabeza. Allí, elevándose sobre nosotros, había un edificio inmenso.

—Las oficinas de la empresa para la que trabajo ahora están en el piso veintisiete de ese edificio.

Llevamos cuatro años en el negocio, y ya tenemos más de 230 empleados.

Aunque no estamos en el Nikkei 225, sí que cotizamos en bolsa.

El año pasado tuvimos ventas por valor de más de 35.

000 millones de yenes. ¿Sabes quién la fundó?

Kazuya Kawashima. No hace falta que recuerdes su nombre, pero el tipo es fantástico.

Ya en la universidad estaba muy por delante del resto.

Compartimos grupo de seminario y sus presentaciones, su enfoque lógico a la hora de alcanzar conclusiones...

Era un monstruo, jugaba en una liga aparte.

Que alguien de humanidades diseñe aplicaciones e incluso tenga nociones de programación...

Es brillante. Es que no te puedes comparar con él; si lo haces, acabas sintiéndote fatal.

Cuando me preguntó si quería trabajar a su lado me sentí honrado de verdad.

Al fin y al cabo, tanto da a dónde llegues, que los hombres siempre terminan comparándose entre sí, no dejan de evaluar sus victorias y sus derrotas.

Todos los compañeros de clase son rivales.

Pero él fue la excepción: tendrá mi admiración eterna. No hay nadie a quien respete más.

Yo transmitía confusión, no estaba muy segura de lo que quería comunicarme.

—¿Sigues sin pillarlo? —Kuga sonrió, asintió dos veces con la cabeza antes de tomar un sorbo de café y apoyar los codos sobre la mesa—. Mi amigo, el que rechazaron en la segunda ronda de Spiralinx..., era él.

Aparté la vista. Allí no había nada, pero miré a derecha e izquierda y, con un gesto ausente, me toqué la nariz.

—No podía creerlo. —Kuga suspiró—. Pero, en cierto sentido, fue el principio de todo.

En ese momento se oyó un sonoro:

—¡Vaya!

Por supuesto que no estuvo dirigido a Kuga; era uno de los universitarios de la mesa contigua.

No logré entender el resto de su conversación, pero vi que uno de los chicos explicaba algo muy animado y que una de las chicas le dirigía una sonrisa en exceso dramática, casi falsa, mientras asentía con entusiasmo.

Me tragué el café, como si hacerlo fuera a ayudarme a escapar.

—Lo que de verdad me voló la cabeza —prosiguió Kuga— fue que, mientras Kawashima era rechazado, por alguna razón yo seguí avanzando hacia las siguientes rondas.

A ver, claro, podría haberme dicho a mí mismo que siempre había sido mejor que él, pero habría sido un delirio.

Al fin y al cabo, Kawashima era un genio.

Cuando le hablo a la gente de él, asumen que debe de ser una especie de Steve Jobs, superinteligente pero con toda probabilidad también un poco gilipollas, ¿no?

Pues no. Es una persona increíble. Pero, bueno, no hablemos más de él.

La cuestión es que en ese momento me hice la pregunta de verdad: las empresas, ¿escogen de hecho a los mejores candidatos?

O, si ahondamos un poco más, ¿en serio funciona este proceso de búsqueda de empleo?

Se bebió el resto del café de un trago.