Los seis finalistas 2
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Debía escoger con mucho cuidado la manera de proceder.

Confiaba en mi deducción, pero, a fin de cuentas, no era más que eso: una deducción.

Si preguntaba directamente «¿Fuiste tú?» y no recibía más que una negativa obstinada, me encontraría en una posición terrible.

No contaba con ninguna prueba irrefutable, desde luego que no había nada parecido a unas grabaciones de seguridad o unos registros de GPS.

El hilo que me relacionaba con el culpable era tan frágil que parecía de hielo; si tiraba de él con demasiada fuerza, se haría pedazos.

Por patético que sonara, al final mi única opción real era contar con una confesión.

Debía acorralar al culpable y extraerle la información suficiente para que no encontrara una salida.

Si le dejaba la más ligera vía de escape, nunca obtendría lo que necesitaba.

Y, sin una confesión, la verdad se perdería para siempre.

Después de mucho pensarlo, me decidí por una estrategia. Volvería a hablar con todos los candidatos de esa última ronda —menos con el culpable— para que confirmaran un aspecto clave de su testimonio. Tenía que acercarme a él desde todos los ángulos, sin dejar margen para que se librara.

Después de hacer algunas llamadas al hospital con el que trabajábamos de cara a la implementación de SpiraPay, marqué el número de Sota Kuga. Aún guardaba la tarjeta comercial con el teléfono de su empresa.

—Parece que, después de todo, Hatano no fue el responsable del incidente —le dije.

Siguió un largo silencio al otro extremo de la línea. A continuación:

—¿En serio? Entonces, ¿quién fue?

—No es más que una conjetura por mi parte... —Vacilé una décima de segundo, pero al final decidí continuar—. Hakamada.

Kuga hizo una pausa, pensativo.

—Oh..., el tío del béisbol —dijo al fin.

—Sí. Hay algo que necesito que me confirmes. ¿Tienes tiempo? No será más de una hora.

—Ahora mismo estoy hasta arriba... —Soltó un suspiro—. Pero quizá tenga un hueco si vienes a la oficina a la una. Hoy estaré en la sede de la empresa, así que debería ser posible.

Miré la agenda en el ordenador. Si reorganizaba mis tareas, podía conseguirlo. Seguramente tendría que quedarme hasta tarde para ponerme al día, pero no me importó.

Cuando se acercaba la hora del encuentro, me subí a un taxi y me dirigí a la zona de oficinas de Roppongi. Cerca de mi destino me sonó el móvil: era Kuga.

—Hay una cafetería en la planta baja del edificio contiguo al nuestro. ¿Te importa esperarme allí?

Siguiendo sus indicaciones, entré y pedí un café. Había varios asientos libres en la terraza, así que fui a sentarme en uno pensando que allí le costaría menos verme. En efecto, me encontró de inmediato.

—Perdón por el cambio de última hora. Tenemos la oficina en el piso veintisiete, y no quería que tuvieras que subir hasta allí. Voy a pillar algo para beber. Ahora vuelvo.

Kuga entró en la cafetería mientras un grupo de personas vestidas de traje negro se dirigía hacia mí.

Su aspecto era tan sombrío que bien podrían haber estado disfrazados...

, pero, claro, no era así. Eran jóvenes buscando trabajo.

A juzgar por sus expresiones desenvueltas, debían de salir de una entrevista.

Los seis —tres hombres y tres mujeres— caminaban de esa manera rara y cautelosa propia de los solicitantes de empleo. Acabaron sentándose a una mesa cercana.

—Es época de contratación, ¿eh? —dijo Kuga al volver, con un café helado en la mano—. En nuestros tiempos, todo se acababa antes. Me pregunto qué será mejor, ¿lo de ahora o lo de entonces?

Debería haberle contestado con un «A saber...» desenfadado, pero no estaba de humor para ese tipo de charla.

Quizá porque había percibido mi tensión, Kuga se sentó y su expresión se volvió seria.

—Bueno, entonces, ¿Hatano no fue el culpable?

Asentí con la cabeza y le hice un breve resumen de todo lo que había pasado hasta ese momento.

Shogo Hatano había muerto. Entre sus pertenencias, su familia había encontrado una carta en la que me acusaba a mí, Iori Shima, de ser la verdadera culpable.

Pero no era cierto. Así que, al cabo de ocho años, había iniciado mi propia investigación.

Había entrevistado a las cinco personas que estuvieron involucradas en el asunto, incluido el antiguo jefe de Recursos Humanos de Spiralinx.

Y al final había identificado al responsable.

Sin embargo, necesitaba algo más para asegurarme de que confesara: el testimonio de los otros tres finalistas.

—Entonces, ¿necesitas que testifique?

—¿Puedes echarle un vistazo a esto?

Saqué la carpeta de plástico del bolso y la dejé frente a él.

En cuanto se puso a hojear los documentos, volví a meter la mano en el bolso.

Cogí la libreta, vacilé un instante y la dejé donde estaba.

Entonces saqué una botella de agua, miré dentro de la bolsa y la devolví también a su sitio.

¿Todo esto iba a salir bien? ¿Estaba tentando a la suerte?

Me obligué a conservar la calma. Me disponía a coger la libreta de nuevo cuando...

—Eh, aquí hay algo que falla.

Levanté la vista del bolso.

—¿Qué?

—Mira. —Kuga señaló la foto de Shogo en la Fiesta de los Cerezos—. Se le parece, pero esta no es la foto que apareció dentro del sobre aquel día.

Lo dijo con indiferencia, a la ligera, como si no tuviera ni idea de lo que acababa de hacer.

—Es otra bebida. Aquí no tiene alcohol.

Levanté el café, pero me temblaba la mano. Me llevé la taza a los labios, aunque no conseguí beber un trago. La dejé de nuevo sobre la mesa.

Necesité unos segundos para escoger mis palabras. Después de una pausa voluntaria, me convencí de que no había razones para que me preocupara.

Todo iría bien: iba a confesar. Si lograba mantenerme dentro de mi papel, Kuga acabaría diciendo la verdad.

—Sé que no bebes, pero me sorprende que no sepas lo que es eso.

—¿Lo que es qué?

—Es vodka. Una marca llamada Smirnoff.

Kuga seguía sin entender del todo la situación. Pensaba que me estaba burlando de él por su ignorancia, quizá como haría si no comprendiera la diferencia entre una cerveza baja en malta y otra normal. Con una risa tímida y avergonzada, dijo:

—Un momento, ¿tan famosa es?

—Sí. Al menos Hakamada, Yashiro y Morikubo la conocían.

Al oír esos tres nombres, el rostro de Kuga se ensombreció un instante. Me pareció que levantaba un poco la guardia, aunque aún no había acabado de descubrir la razón por la que yo estaba allí.

—¿Ya has hablado con los otros tres?

—Sí —asentí con la cabeza—. Eres el último.

—Y eso... ¿qué significa, con exactitud?

—Significa que te he mentido al decir que sospechaba de Hakamada. La verdad es que he pensado en todo momento que tú eras el culpable.

—Ah... Entonces me has engañado...

—Así es. Tal y como tú nos engañaste en su día.

Era como hacer un primer corte en un bloque de mármol; en cuanto comenzabas a tallarlo, ya no podías regresar a la situación original. No podríamos volver a hablar como antes, retornar al ambiente que había existido entre nosotros. Había dado el primer paso y mi única opción era seguir avanzando.

Endurecí la expresión. Tenía que ser fuerte.

—Si quieres que te explique por qué sospecho de ti lo haré... hasta el último detalle. Pero preferiría que no te hagas el tonto con lo que pasó. Quiero que seas sincero y me lo cuentes todo.

Kuga me dirigió una sonrisa irónica, casi derrotada; cruzó los brazos y se recostó contra la silla.

Parecía estar a punto de rendirse con una confesión rápida, o quizá solo se aprestaba a contestar: «Eh, que no fui yo».

Yo ya había proyectado la sombra de la duda.

Los explosivos estaban colocados. Solo quedaba observar de qué manera se derrumbaba esa torre.

Esperé, casi rezando, las palabras que diría a continuación.

Mi razonamiento había sido sencillo.

¿Por qué había escogido el culpable a propósito una foto del álbum de imágenes descartadas en vez de la que mostraba con claridad la botella de Smirnoff? Solo existía una razón por la que habría elegido la foto de la Kirin Lager: que no supiera que Smirnoff era una bebida alcohólica.

Estaba segura de que, el día de la discusión grupal, Shogo se había dado cuenta de eso mismo al ver la foto: que el culpable debía de haberla cogido de la web de su grupo de senderismo.

Pero entonces se habría preguntado por qué había elegido una imagen descartada.

Sin duda, habría establecido la misma teoría que yo...

, pero se había equivocado por completo en su conclusión.

En ese momento, fui la única del grupo que dijo abiertamente que no bebía. Así que la lógica de Shogo habría sido simple: el culpable debía de ser alguien que no estaba familiarizado con el alcohol. Y, para él, solo podía tratarse de mí, Iori Shima.

«Ya sé quién fue el culpable, pero en este momento no tengo la menor intención de ir tras esa persona».

Con eso se resolvía uno de los misterios. El error de Shogo no me resultaba precisamente agradable, pero entendía que lo hubiera cometido. De haber podido, me habría gustado explicárselo, pero no había manera de comunicarse con los muertos.

Por entonces pensaba que yo era la única abstemia, pero los hechos demostraron lo contrario: había otro miembro del grupo que no tocaba el alcohol. Dicho lo cual, me parecía un poco exagerado acusar a alguien por el mero hecho de que no bebiera.

Incluso alguien que no haya bebido nunca debería ser capaz de reconocer que Smirnoff es un tipo de alcohol.

La mayoría de la gente puede señalar las diferencias entre un coche compacto y un sedán, o entre un bajo y una guitarra eléctrica.

Pero, si esa persona era incapaz de decir en qué se diferenciaba una cerveza baja en malta de una normal, quizá sí fuera posible.

Allí sentada, la sensación molesta se había transformado en una clara certeza.

Le había tendido una trampa sutil y el comentario de pasada de Kuga casi había confirmado su culpabilidad.

«Es otra bebida. Aquí no tiene alcohol».