Los seis finalistas 1 #8
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No podía permitir que Yoshie se diera cuenta de ello, pero, para mí, ese hecho por sí solo representaba ya una revelación impactante.

El mensaje de Shogo decía la verdad.

Y, si él no era el culpable, el contenido de su sobre debía de haber sido una acusación contra mí.

Me dirigí con rapidez a la cocina, intentando calmar los nervios, y engullí un poco de té directamente de la nevera.

Al apartar el cristal de los labios le eché un vistazo al reloj. Ya era casi medianoche. Yoshie había insistido en ver la grabación hasta el final, pero la larga discusión que siguió había sido cosa mía.

Le pregunté si llegaría a tiempo de coger el último tren y me dirigió una sonrisa alegre.

—No pasa nada.

Aun así, debería haber mostrado una mayor consideración hacia ella.

Me quedé allí de pie, sintiéndome culpable por haberla retenido. Yoshie recogió los platos de papel de la mesa de centro y dijo:

—Es tarde. Debería irme. Gracias por la invitación y lamento haberme quedado tanto rato.

—No, para nada. No se preocupe por los platos. Los tiraré a la basura.

—Si ya está. Yo me encargo.

Después de limpiar, se detuvo ante la puerta y se volvió hacia mí.

—Me han pasado muchas cosas por la cabeza mientras veía la grabación, pero me alegro de haberlo hecho.

—Yo también.

—Ha sido muy amable. En serio. No sé cómo darle las gracias. —Vaciló y dejó escapar una risita irónica—. Es una buena persona, Shima. No lo entiendo... ¿Cómo es posible que mi hermano llegara a sospechar que estaba usted detrás de todo?

No supe qué contestar.

—Una cosa más. ¿Puedo pedirle algo? Quizá sea un poco desconsiderada, pero siento curiosidad.

—¿De qué se trata?

—El sobre que mi hermano se llevó a casa..., el que contenía la acusación contra usted. ¿Qué cree que decía?

Me quedé paralizada. Ni siquiera logré obligarme a sonreír.

Yoshie debió de darse cuenta de que no tendría que haberlo preguntado, pues se echó atrás con rapidez.

—Lo siento. Olvide mis palabras.

Dicho lo cual, salió y se alejó por el pasillo.

Escuché desvanecerse sus pasos y a continuación cerré la puerta con cuidado, intentando olvidar su pregunta.

Después de meterme en la cama, supe que no lograría conciliar el sueño. Tenía la cabeza acelerada.

Cogí el portátil y una botella de té, y salí al jardín.

Limpié con la mano el rocío de la silla y de la mesa, y me hundí en el asiento.

Cuando me mudé, ese pequeño espacio exterior me tenía emocionadísima.

Pensaba usarlo sin parar. Pero, en realidad, se había revelado inútil por completo.

El viento transportaba el polvo, las voces procedentes de la calle llegaban por encima del seto y el número de noches cómodas de las que podía disfrutar al año resultó ser mucho menor de lo que había imaginado.

Pese a todo, tenía la costumbre de salir de vez en cuando. Aunque solo fuera para justificar las dos horas que me había pasado en la tienda escogiendo el mobiliario de exteriores. Y, en contadas ocasiones, el aire nocturno sí que me ayudaba a aclarar las ideas.

Conecté la memoria USB al portátil y abrí el archivo comprimido. Al instante apareció un mensaje en la pantalla que era demasiado brillante para la oscuridad que me rodeaba.

Contraseña: Lo que más le gusta a la persona culpable. (Quedan 2/3 intentos).

Bebí un trago de té, con los ojos clavados en la pantalla.

Solo tenía dos oportunidades para introducir la contraseña correcta.

Solo dos. El miedo a desperdiciar siquiera un intento había mantenido el cómputo detenido en ese dos de tres.

Había anotado una lista de posibles palabras, pero seguía sin encontrar una con la que quisiera arriesgarme.

Me sentí como si estuviera deambulando por un laberinto que no tenía salida. Entonces, de repente, la pregunta de Yoshie volvió a mi mente: «¿Cómo es posible que mi hermano llegara a sospechar que estaba usted detrás de todo?».

Yo quería preguntar eso mismo. Morikubo también pensaba que yo era la culpable, pero su razonamiento se reducía a una sola idea: que supuestamente yo había manipulado lo que Shogo sentía por mí.

Pero ¿y el propio Shogo? ¿De verdad se había sentido tan atraído por mí?

Quizá creía haber expresado sus sentimientos con la claridad suficiente, y de alguna manera percibió que yo manipulaba sus emociones...

¿De veras se convenció a sí mismo de que yo era tan astuta y peligrosa?

Me inundó la frustración. Aquello iba más allá de lo perturbador. Aunque, si debía ser sincera conmigo misma, no sabía demasiado bien qué me parecía tan ofensivo.

Irritada, abrí Google e introduje «Shogo Hatano» en la barra de búsqueda.

No esperaba gran cosa —solo quería distraerme navegando un poco—, pero, en cuanto pulsé la tecla de intro, se me ocurrió que su nombre no era demasiado común.

Era posible que me apareciera algo sobre él... y, en efecto, es lo que pasó.

Club de Senderismo Poppoya: Perfiles de los antiguos miembros.

La página web era antigua, nostálgica incluso, aunque no la hubiera visto antes.

Era el tipo de sitio personal diseñado por aficionados que se hubiese considerado ya una reliquia diez años antes, hecho con los conocimientos mínimos del tosco y trasnochado HTML.

Resultaba casi entrañable. Las fotos impresas no eran lo único que se desvanecía con el tiempo: la información en internet también se deterioraba, quedaba atrás en forma de fósiles digitales.

Miembro n.º 65: Shogo Hatano. Promoción de 2012. Un tipo majo por fuera, un señor de la oscuridad por dentro.

Espiré, divertida por la comicidad del apelativo dramático que alguien le había adjudicado.

Al desplazarme hacia abajo me encontré con algunas fotos tontas de él, junto con una pequeña cita que parecía una broma privada: «Gracias por los recuerdos.

Poppoya para siempre». Era el tipo de comentario que no tenía sentido desde el punto de vista de un extraño.

Puesto que era probable que coincidiera con su último año en la universidad, debían de haber colgado ese contenido por la misma época en que coincidimos.

Pero las fotos mostraban a un Shogo mucho más suelto que el que yo conocí.

No tenía el menor problema para imaginármelo relajándose en casa, jugando con la consola y haciendo el vago.