Los seis finalistas 1 #7
67%

1 #7

—Ya ha visto el vídeo. La clave de la coartada es el día 20. Pero, más allá..., la verdad es que no lo sé —dije, pasándole la hoja de papel en la que había enumerado las coartadas de todos en una tabla sencilla.

El momento capturado en el vídeo era el mismo exactamente que yo había resumido en mis anotaciones. Puesto que había testigos fiables para cada una de las coartadas, en cuanto mirabas el gráfico quedaba claro quién había sido el responsable. No había más opción que la de Shogo Hatano.

En cierto sentido, pensé que acababa de soltarle una verdad cruel. Creía que iba a darse cuenta de que su hermano era el culpable, que aceptaría esa faceta hasta entonces desconocida de él y que se marcharía en silencio.

Mientras buscaba algunas palabras con que reconfortarla, Yoshie se puso a hojear con indiferencia las notas que le había pasado.

A partir de la segunda página estaban grapadas: eran las copias de las solicitudes que habíamos presentado todos.

Y eran confidenciales, no podía verlas nadie ajeno a la empresa. Había cometido un descuido.

Estuve a punto de espetarle: «¡No mire eso!», pero, puesto que yo se lo había dado en un primer momento, no podía gritarle. En su lugar, estiré la mano para indicarle con suavidad algo así como «Lo siento, pero ¿me lo devuelve?».

Ella siguió hojeando las solicitudes y dudó.

—¿Sabe...?

—Lo siento, pero no puedo dejar que vea estos documentos. Si me los pasa...

—No, no hablo de eso. —Volvió a mirar la tabla de las coartadas—. Esto no encaja.

—¿No?

—Es imposible que alguien hubiera tomado las tres fotos el mismo día. Son lugares muy alejados entre sí.

Recuperé al fin las notas y los documentos de las solicitudes, y volví a mirarlos por encima.

—No creo que sea imposible —acabé diciendo—. Hitotsubashi está en Kunitachi, Keio está en Mita, y la última foto se tomó en Kinshicho. Es un triángulo bastante pequeño en términos de distancia.

—Pero aquí dice que el tal Kuga estaba en la Facultad de Gestión Política.

—¿Y?

—Que ese campus se encuentra en la prefectura de Kanagawa.

Me quedé callada un instante, incapaz de procesar lo que acababa de decirme.

—Es el campus Shonan Fujisawa —me aclaró—. Estoy segura. Una amiga del instituto estudió allí.

Fue como encontrar la pieza perdida de un puzle que creía irresoluble.

Mi familiaridad con el campus Mita de Keio me había hecho un flaco favor. Había pasado algunas veces por delante en taxi, y había visto algunos de sus edificios, lo que me había llevado a albergar ideas preconcebidas sobre él.

Cogí la tableta de la mesa y abrí una aplicación de mapas.

Una búsqueda rápida me mostró que, en caso de salir del campus Kunitachi a las dos de la tarde, necesitarías casi dos horas de tren y autobús para llegar al campus de Kanagawa.

Pero ese no era el problema. Estar a las dos en Kunitachi y haber sacado la foto de Kuga a las cuatro implicaba un horario ajustado, pero en teoría factible.

El verdadero problema consistía en llegar a continuación hasta Kinshicho en menos de una hora. La aplicación estimaba que había una hora y cuarenta minutos de trayecto en autobús y en tren. Incluso en coche, tomando la autopista, se tardaría una hora y media. Era imposible.

No había manera de que las tres fotos se hubieran tomado así.

Alguien había mentido.

Pero eso planteaba otra pregunta.

Ya había considerado la posibilidad de que las fechas y horas en que se tomaron las fotos fueran incorrectas.

Quizá la premisa entera fuese errónea. Pero había descartado la idea casi de inmediato, porque ¿qué sentido tendría?

Mentir sobre ese horario solo beneficiaba al verdadero culpable, no a quienes hubieran hecho afirmaciones falsas.

Si alguien más había mentido, solo existía una razón lógica: la de proteger al culpable.

—¿Y si estaban conchabados?

La pregunta de Yoshie me provocó un escalofrío.

¿Podían Kuga, Yashiro y Morikubo haber conspirado en secreto contra Shogo? ¿Podían haber planeado aquello, conscientes de que el 20 no tenía nada en la agenda, para endosarle el crimen?

La mera idea me provocó náuseas. Pero, por lógica, no encajaba.

Si hubiesen planeado lo de los sobres por anticipado, habrían tenido un control mucho mayor de la reunión.

Y si su objetivo era conseguir el empleo —aunque no sabía con seguridad a cuál de los tres querían impulsar—, podrían haberse limitado a votar a su candidato sin meterse en todo ese jaleo.

Siendo seis personas en total, sus tres votos habrían bastado para decantar la decisión en paz y con eficacia.

Era demasiado retorcido. Tenía que tratarse de una sola persona que hubiera actuado por su cuenta.

Pero, entonces, ¿por qué habrían mentido los tres con la cronología?

En ese momento, de repente recordé algo que me había dicho Yashiro.

—¿Y si los había amenazado? —le dije a Yoshie.

—¿Amenazado?

—El culpable...

Arranqué el cable que conectaba el portátil a la televisión y acerqué el ordenador hacia mí. Me desplacé por los archivos de audio y encontré lo que buscaba: uno llamado «yashiro20190524».

Con su consentimiento, había grabado en el móvil las entrevistas que les había hecho a los cinco.

El archivo empezó a sonar y lo revisé en busca del momento exacto que necesitaba.

A los tres minutos lo encontré por fin.

«Cuando comenzaron las amenazas, mentí para proteger su identidad.

O... espera, ¿eso llegó a pasar? Juraría que recuerdo haber oído algo así como “Si no lo haces, enviaré tus fotos al resto de las empresas a las que has mandado solicitudes”.

Pero, ahora que lo pienso, ¿cuándo pudo pasar eso?

Quizá solo me lo he imaginado. Tengo una memoria pésima...

, ya casi no recuerdo los nombres de la gente».

No había razón para alinearse con el culpable.

De hecho, lo más inteligente y ético habría sido que todos trabajaran en equipo para exponerle.

Pero, si te estaba chantajeando, eso lo alteraba todo.

No habrías tenido otra opción que obedecer...

, al menos hasta cierto punto. Y, en ese caso, la razón de la extorsión se encontraba dentro del sobre.

Si el culpable hubiera amenazado con filtrarlo al resto de las empresas a las que te habías ofrecido, habría tenido tu futuro en las manos.

La teoría tenía sentido. Pero entonces otra pregunta asomó la cabeza: exactamente, ¿cómo había presentado su amenaza el culpable?

No existía la posibilidad de que fuera en persona.

Mandar un correo durante el encuentro habría sido demasiado arriesgado.

Además, nadie tocó el móvil hasta que tuvo que demostrar su coartada.

Así que ¿cómo había obligado el culpable a los otros a mentir sobre la fecha sin revelar su verdadera identidad?

En cuanto volví a reproducir la grabación de la discusión en busca de una respuesta...

—Espera...

La respuesta me cayó encima.

Y, cuando reparé en ella, su sencillez hizo que casi me entraran ganas de reír.

Me concentré en el momento en que Kuga abrió el primer sobre, pero la grabación no lo había capturado con claridad. Se le notaba que hacía algo, pero el momento crucial no era visible. ¿Estaba equivocada? Pero mis dudas se desvanecieron en cuanto vi a Morikubo abrir su sobre.

—Esto... es extraño, ¿no cree?

—Tiene razón. —Yoshie se inclinó hacia la pantalla y asintió con la cabeza—. Ha sacado dos hojas de papel.

Morikubo había abierto él mismo su sobre, preparando el terreno para la caída de Kuga.

Sacó una hoja de papel y la dejó sobre la mesa...

, pero, mientras todos se aprestaban a leerla, debió de notar que aún quedaba algo dentro.

Se le veía bajar la mirada, apenas un instante.

Era sutil, podías pasarlo por alto a menos que prestaras mucha atención.

Pero ahí estaba: sus ojos se posaban con fugacidad en el contenido del sobre.

Entonces, con un movimiento rápido, sacó un segundo papel, más pequeño, del tamaño de una tarjeta de crédito.

Le di al avance rápido y le vi echar ojeadas al papel, mirándolo cuando nadie le observaba. En el momento en que Yashiro declaró resuelta que solo había un sospechoso, debió de acabar de leerlo, porque de repente cerró el puño y estrujó el papel.

La filmación no me permitía identificar las palabras que contenía, pero no costaba adivinarlas:

Si sale tu foto, di que se tomó el 20 de abril sobre las dos de la tarde. Si no lo haces, se la mandaré a todas las empresas a las que hayas presentado una solicitud.

El sobre de Yashiro contenía la prueba contra Shogo, y lo había abierto hacia el final de la reunión. Al comprobar las imágenes, vi que ella también se guardaba en silencio un segundo papel en el bolsillo.

Al cabo de unos instantes, como si le preocupara quedarse sin tiempo antes del final de la discusión, coló de manera abrupta lo de la fecha de su propia foto, ignorando el flujo natural de la conversación.

No había razón para que sacara el asunto en ese momento.

La acusación contra ella se había revelado un rato antes.

¿Por qué había recordado de repente más detalles? Lo entendí al fin.

Kuga, Morikubo y Yashiro..., los tres habían sido víctimas de un chantaje para que mintieran sobre la hora y la fecha. Por un breve, fugaz instante me permití creer que estábamos cerca de solucionar el misterio, pero la realidad me golpeó al cabo de unos segundos.

Por desgracia, no había descifrado los siguientes pasos del culpable.

Continuaba sin tener ni idea sobre su identidad.

Ni siquiera podía señalar con seguridad quién era inocente.

Era tentador pensar que Hakamada lo había orquestado todo desde las bambalinas, pero, por lógica, no podía descartar la posibilidad de que uno de los tres individuos chantajeados hubiera fingido en todo y hubiese colado ese papel extra en su propio sobre para hacerse pasar también por víctima.

Solo había una certeza: Shogo era a todas luces inocente.