Los seis finalistas 1 #6
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Me dio la impresión de que quería que me riera para quitarle hierro, pero no me pareció la respuesta adecuada. En su lugar guardé silencio, animándola a proseguir.

—Me cabreaba muy a menudo. Cuando vivíamos juntos no hacíamos más que pelearnos, y yo me quejaba de él ante mis amigas.

Pero, en cuanto alguien decía: «Sí, tu hermano parece un tipo espantoso», me enojaba muchísimo.

Y tampoco me gustaba que dijeran: «Ah, me encontré con él...

¡Es muy agradable!». Supongo que no tenía sentido, pero...

era mi hermano. Nadie más podía hablar de él.

Por eso, cuando encontré la carpeta y la memoria USB entre sus cosas, creo que sentí algo raro hacia usted.

Como si fuera su rival o algo así. Y no fue justo.

Me comporté de manera grosera solo por eso.

Y lo siento mucho... Ah, y gracias por esto.

Aunque sea corto, poder ver su cara durante unos instantes significa mucho para...

—¿Quiere venir a mi casa?

—¿Perdón?

—Si viene, puedo mostrarle una versión más larga.

Me sorprendí a mí misma al hacer esa propuesta tan audaz.

No me gustaba que otras personas entraran en mi apartamento.

De hecho, eran pocas las cosas que detestaba más.

Y, sin embargo, la había invitado. No podía dejar de sentir una intensa simpatía hacia ella.

Por alguna razón, su manera de hablar —desorganizada, no demasiado articulada— me resultaba muy familiar, incluso reconfortante, como si tocara una fibra sensible en mi interior.

No es que quisiera hacerme amiga de Yoshie. Tampoco era por compasión. Solo deseaba ser lo más sincera posible. Quizá se debiera a que las dos teníamos hermanos mayores y eso había bastado para que me sintiera así.

—Deme quince minutos —le pedí—. Tengo que limpiar un poco.

Dejé a Yoshie en la cafetería, me dirigí a casa, amontoné la ropa en el armario y puse un poco de orden. En cuanto acabé de organizarlo todo para ver el vídeo, la llamé y le di mi dirección.

—Es un apartamento maravilloso. De modo que así viven quienes trabajan para una gran empresa...

—No, de verdad que no es tan maravilloso. Constantemente hay alguna luz apagada en alguna parte de la casa, así que siempre está oscuro.

—¿Qué quiere decir?

—Lo siento, me temo que eso no ha tenido mucho sentido.

No me gustaba el alcohol, así que le dije que tendría que arreglárselas con un zumo de uva.

Serví un poco de Welch’s en una copa de vino y se la di.

Cuando estudiaba trabajé en una cafetería donde servían licores y había desarrollado una especie de obsesión con la cristalería.

Aunque no bebía, tenía un juego completo de accesorios de bar.

Quizá se podría considerar una especie de afición, como quien colecciona objetos decorativos.

Entonces se me ocurrió que podría conectar el portátil al televisor del salón. No tenía a mano nada elaborado para picar, así que cogí unas galletas del armario, las puse en un plato de papel y las dejé en la mesa de centro.

Tanto daba de qué forma, Yoshie estaba allí solo porque quería volver a ver a su hermano, aunque fuera en una pantalla.

Me pareció que sentarme a su lado sería una intromisión, así que decidí ver el vídeo desde la mesa donde solía comer.

Para asegurarme de que no se sintiera obligada a hablar conmigo, puse la tableta sobre la mesa e hice como que acababa algunas cosas del trabajo.

Su primera reacción fue:

—Vaya... Se lo ve muy joven.

Fue una respuesta conmovedora. Entonces, con el inicio de la discusión, cuando Shogo comenzó a explicar con confianza las normas de la votación, Yoshie se volvió hacia mí con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

—No sabía que pudiera hablar así.

—Por lo que recuerdo, siempre habló así. ¿En casa era diferente?

—Por supuesto. No tenía ni idea de que pudiera ser tan articulado. Es como si fuera otra persona.

—Estaba en plena búsqueda de trabajo. Es probable que hiciera un gran esfuerzo.

—En casa siempre soltaba tonterías. Se pasaba todo el día tirado en el sofá, jugando a los videojuegos.

Supongo que tiene sentido. Ni siquiera la familia llega a ver todas las facetas de una persona, o quizá sobre todo es la familia la que se las pierde.

Me siento un poco mal. Debería haber prestado más atención.

Su voz se apagó. Se obligó a sonreír, intentando ocultar la pena, pero al final no pudo contener los sollozos.

Ofrecerle más zumo de uva no me pareció correcto, así que le serví un té de jazmín y lo dejé sobre la mesa de centro.

Entonces le di la caja de pañuelos de papel que tenía en un rincón de la habitación y la dejé que llorara.

Por cruel que pueda sonar, para mí el nombre de Shogo dejó de existir en el momento en que dejé de buscar trabajo.

Enterarme de que había fallecido no había contribuido, en realidad, a que su ausencia me pareciera más real.

Había una débil sensación de pérdida, sí, pero era más bien como cuando te enteras de que la banda a la que solías escuchar en el instituto se ha separado. Una tristeza distante, indirecta.

Pero para Yoshie no era así. Su hermano había muerto unos meses antes. Al verla allí sentada, sacudiendo los hombros, estiré el brazo y le froté la espalda con suavidad, tanta que quizá no lo notara. Cuando su respiración se normalizó un poco, le dije al fin:

—¿Dónde acabó trabajando Shogo?

No quería preguntarle nada demasiado emocional, que la llevara a llorar con más fuerza, pero lo cierto es que sentía curiosidad.

—En realidad se quedó un año más en la universidad para poder buscar trabajo como es debido —contestó.

Al oír eso supuse que no habría acabado en ningún lugar importante. Por eso, cuando ella nombró la principal compañía informática de Japón, me llevé una buena sorpresa. Ya estaba muerto, pero me dieron ganas de decir: «Vaya, qué maravilla».

—Nunca comprendí bien lo que hacía, pero al parecer le gustaba.

Siempre estaba trabajando. Incluso llegó a perderse algunas bodas y funerales de la familia por ello.

Mamá no dejaba de pegarle gritos por teléfono.

«Dice que es por trabajo, pero no puede ser cierto.

Seguro que está con alguna chica». Pero creo que, en el fondo, lo sabía.

Sabía que estaba trabajando de verdad. Incluso después de enfermar siguió yendo a la oficina todo lo que pudo.

No sé. Es una locura, ¿verdad? Es que no me lo imagino siendo lo bastante competente para conservar un empleo de verdad.

Me pregunto cómo sería cuando trabajaba.

Volví a poner el vídeo. Permanecimos sentadas veinticinco minutos viéndolo, hasta que lo pausé de nuevo.

—¿Eso es todo? —preguntó, y sonó un tanto insatisfecha.

—Hay más —admití, vacilando—. Pero... a partir de aquí hay un giro.

Estaban a punto de aparecer los sobres, y yo no sabía bien cómo explicarlos. Escogí mis palabras con cuidado:

—Dura dos horas y media, si quiere verlo entero. Si le parece bien, no la detendré, pero...

—Lo veré. Aunque él no salga bien parado, quiero verlo. Sé que es tarde y no quiero abusar de su hospitalidad, pero, si le parece bien, me gustaría seguir.

Asentí ligeramente con la cabeza y apreté el botón de reproducción.

En la pantalla, mi yo del pasado señaló el paquete que había junto a la puerta.

Di media vuelta y volví a sentarme a la mesa.

Clavé la vista en la tableta. No es que quisiera dejar de verlo porque estábamos a punto de enfrentarnos entre nosotros...

No pude verlo porque la chica del vídeo ya no era yo.

Esa chica creía en las personas. Confiaba en ellas.

Y se quedó conmocionada, dolida, devastada cuando surgió la verdad de los sobres.

Ingenua, no dejó de insistir en que tal cosa no podía estar pasando.

No fue de cara a la galería. Lo sentía de verdad.

Y, sin embargo, aferrada a esa fe infantil, poco a poco se vio conducida de manera inevitable hasta el borde del acantilado. No era agradable de ver.

Yo solía pensar que la diferencia entre un recién nacido y un niño de diez años era un auténtico milagro, que los cambios que se producían entre los diez y los veinte eran una revolución, pero que el salto entre los veinte y los treinta se debía a una actualización menor del sistema operativo: un par de modificaciones aquí y allá, nada drástico.

Me equivocaba.

En algún momento, esa versión antigua de mí misma había muerto.

En algún momento había dejado de creer en la gente.

En algún momento me había dado cuenta de que todo el mundo se pone máscaras, y que se las van cambiando sin preocuparse por nada.

El vídeo terminaba con la derrota de Shogo. Para entonces ya eran casi las once de la noche.

Después de verlo entero, Yoshie se quedó un rato con la mirada fija en la pantalla negra.

Si creía en la inocencia de su hermano, lo que acababa de presenciar era una auténtica tragedia.

A lo largo de dos horas y media lo había visto acusado e interrogado, hasta que Shogo había terminado abandonando la sala sin soltar ni una sola palabra en su defensa.

Si aquella mujer hubiera tenido una reacción indignada, no se lo habría reprochado.

Pero, en su lugar, soltó un suspiro prolongado, casi de alivio.

—Gracias —dijo.

No supe bien cómo debía contestar.

—Acabé haciéndome funcionaria, así que nunca pasé por el proceso tradicional de búsqueda de trabajo. ¿Siempre es así?

—Para nada —comencé a decir, pero se me atascaron las palabras en la garganta.

Quizá no fuera siempre tan evidente. Quizá no fuera siempre tan dramático. Pero por un instante me lo pregunté: quizá la búsqueda de trabajo sí era siempre así, allí a donde fueses.

—¿Quién le parece el principal sospechoso? —me preguntó.

No pude contestarle «su hermano». Después de admitir que no tenía ni idea, me esforcé por decir algo que sonara un poco más convincente.