1 #5
No es que estuviera en contra de los romances, ni nada parecido.
Había salido con dos hombres desde que comencé a trabajar.
Pero, si debía ser sincera conmigo misma, «acabar en una relación» habría sido una manera más adecuada de describirlo que decir «me enamoré».
Alguien me había invitado a salir a cenar y yo no había encontrado ninguna razón para rechazarle.
«¿Por qué no?», me preguntaba a mí misma, y me dejaba llevar.
No los amaba, pero tampoco me disgustaban.
Así que, paso a paso, me dejaba llevar, como quien se sube a una cinta transportadora.
Las dos relaciones habían acabado de la misma manera.
Primero, «no acabas de ser la persona que pensaba que eras».
Luego, «creo que en realidad no te gusto tanto».
Y al final acabé descubriendo que me engañaban con otra. Momento en que todo se vino abajo.
No estuve muy enamorada ni nada por el estilo, pero que te traicionen siempre duele.
Hasta cierto punto era consciente de que no les había dado lo que buscaban, pero, para acabar haciendo eso, hubiera preferido que me dejaran tranquila de buen principio.
Era consciente de que se trataba de una manera de pensar egoísta, pero tampoco podía ponerle una armadura a mi corazón.
Estaba cansada de sentir que había heredado algún tipo de inversión, solo para descubrir que me habían dejado a cargo de toda la deuda.
Así que había decidido protegerme a mí misma quedándome sola, sentada en una habitación a oscuras, picoteando una ensalada lista para consumir que había comprado en el colmado de la estación.
No se trataba de poner buena cara al mal tiempo, sino de que mi vida era tranquila de verdad. Quizá mejor de lo que pensaba la gente. Quizá se debiera al trabajo. Estar ocupada implicaba al menos que la sociedad me necesitaba. Existía, y de momento eso era suficiente.
Quizá mi amiga tuviera razón y, veinte años después, me arrepentiría de todo. Pero ese era un problema para mi yo del futuro. En ese momento ya estaba bien.
Mientras me limpiaba la boca con un pañuelo de papel, la voz de Morikubo resonó en mi cabeza: «¿Cuánto cobras? ¿Te gusta? ¿Valió la pena pisotear a alguien a quien le importabas para llegar hasta allí? Seguro que sí».
A esas alturas, ya no me preocupaba que sospecharan de mis actos. La pregunta que no me quitaba de encima era otra: ¿de verdad Shogo había sentido algo por mí?
No creía que me hubiera odiado. Y yo no le odiaba a él..., al menos no le había odiado hasta esa discusión grupal. Pero lo que sentí ¿fue atracción en algún momento? ¿O se debió a que nos conocimos mientras los dos buscábamos trabajo?
A su juicio, estaba claro quién era el culpable.
Había escrito ese mensaje desde la certeza. Creyó que yo era la responsable hasta el día de su muerte.
Si de verdad había sentido algo por mí, ¿cuánto debió de dolerle pensar que alguien que le importaba le había traicionado? Intenté imaginarlo, pero no pude.
Tenía el estómago lo bastante lleno y la somnolencia volvía a adueñarse de mí.
Gracias por la invitación, pero lo siento: de momento seguiré comiendo mis ensaladas a solas y en la oscuridad.
Mandé el mensaje y abrí las cortinas. Mi apartamento estaba en la planta baja, así que delante de la ventana no había un balcón, sino un pequeño jardín. Me puse las sandalias y salí al fresco del aire nocturno. La media luna, amplia y con aspecto de estar rota, flotaba en el cielo sobre mi cabeza.
Me di cuenta de que una parte de mí deseaba que hubiera sido Shogo. Las cosas habrían sido así más sencillas, más limpias.
Esa sensación fue ganando intensidad con el paso de los días.
Si dejaba de pensar en ello por completo, no existía ninguna prueba definitiva de que Shogo Hatano no hubiera sido el culpable.
Lo único que tenía era la memoria USB que había dejado y que contenía una nota en la que aseguraba que el responsable era otra persona.
Pero, al margen de sus propias palabras, no había nada que demostrara su inocencia.
Sencillamente, me había tomado sus palabras como moneda de ley.
Cuando esa idea arraigó en mi cabeza, la obsesión con el incidente del sobre comenzó a desvanecerse.
Quizá Shogo había sido el culpable. Quizá había dejado ese mensaje final por frustración después de que le pillaran, no para convencer a nadie, sino para sentirse mejor.
Quizá había grabado ese texto en la memoria USB en un patético esfuerzo por justificarse.
No era imposible. De hecho, parecía mucho más lógico que asumir que alguna de las otras cuatro personas involucradas era la auténtica mente maestra.
Sin embargo, para ser sincera, me costaba menos aceptar esta última explicación. Si Shogo hubiese sido culpable, el sobre con su nombre debería haber estado vacío. Lo cual quería decir que la acusación contra mí no habría existido desde el principio.
De todos modos, mi investigación estaba en un callejón sin salida. Intentar averiguar la verdad de un caso que había tenido lugar casi diez años antes en una minúscula sala de conferencias había sido una misión imposible desde el principio.
Me descubrí dedicando cada vez más tiempo a orientar a Maki Suzue y a saber de su obsesión con Haruki Sagara, y poco a poco resolver el incidente del sobre fue ocupando un lugar más bajo en mi lista de prioridades.
No me olvidé de él, pero, en lo más hondo, era consciente de que con toda probabilidad iba a dejar que se disipara.
Me pareció casi inevitable, como cuando ignoras una botella de salsa caducada en la nevera.
Eres consciente de que deberías hacer algo, o bien usarla o bien tirarla, pero en su lugar finges que no reparas en ella y la dejas allí, avanzando lentamente hacia una putrefacción total e irreversible, hasta que está tan pasada que cualquier persona coincidiría en que lo mejor es deshacerte de ella.
Pero no pude permitirme el lujo de seguir ignorándola.
Recibí una llamada de Yoshie, la hermana de Shogo.
—Tengo que pedirle un favor —me dijo.
Yo le había explicado con brevedad que estaba volviendo a investigar el caso del sobre.
Aunque no esperaba una súplica llorosa para que limpiara el nombre de su hermano o restableciera el honor familiar de los Hatano, tenía la esperanza de que eso la satisficiera.
Sin embargo, puesto que su reacción había sido más bien del tipo «Si quiere, hágalo», me sorprendió volver a saber de ella.
Me sorprendió lo suficiente para titubear un poco al responder en el silencio vespertino de la oficina:
—¿Un favor?
—Me comentó que había un vídeo...
—¿Un vídeo? ¿Se refiere a la grabación de la discusión grupal?
—Sí, ese.
—¿Qué le pasa?
—¿Podría verlo?
No dije nada, intentando intuir a dónde quería llegar.
Al cabo de una pequeña pausa, ella añadió:
—No hay tantos vídeos de mi hermano como pensaba. Si existe uno en el que pueda verle moverse, oír su voz, la verdad es que me gustaría verlo.
Por mucho que quisiera, no podía limitarme a pasárselo.
No era más que una grabación del proceso de nuevas contrataciones de la empresa, pero técnicamente seguía siendo confidencial.
No obstante, al mismo tiempo me parecía mal quitármela de encima con alguna excusa burocrática.
¿Debía dejar que lo viera? No estaba obligada a ello, pero, a la vez, tampoco es que Yoshie fuera a hacer nada turbio con él. ¿Valía la pena que rompiera las normas?
Titubeé, gané tiempo con una respuesta vaga mientras intentaba decidir lo que debía hacer.
Al final alcancé un compromiso conmigo misma: haría un montaje eliminando cualquier información delicada y le mostraría una versión reducida.
Quizá algunos momentos inocuos: la entrada de Shogo en la habitación, saludando, comentando algo con una sonrisa.
No tardaría más que unos minutos en crearlo.
Siempre que me cuidara de evitar cualquier tema relativo a la discusión, todo iría bien.
Si la dirección se enteraba, quizá me soltaran una regañina, pero, mientras yo guardara silencio, nunca se convertiría en un problema.
—Si eso le va bien, puedo ayudarle —le dije.
Aunque la oferta no era lo que se dice generosa, el tono de Yoshie se animó un poco al contestar:
—Sí, por favor. Se lo agradecería mucho.
Esa tarde salí del trabajo a las siete y me fui corriendo a casa para montar el vídeo.
En un principio había pensado que podría extraer en torno a unos treinta minutos, pero, a medida que repasaba la grabación, me di cuenta de que los momentos «inocuos» habían sido muchos menos de lo que esperaba.
Después de encadenar todos los fragmentos seguros que pude encontrar, apenas sumaban tres minutos.
Pero no tenía tiempo de dar con otro plan. La cita con Yoshie estaba al caer.
De camino a la cafetería, que se hallaba cerca de mi apartamento, repasé mentalmente una disculpa por la escasa duración del vídeo.
No llegué tarde, pero Yoshie ya estaba allí, sentada a una mesa. Al verme, se levantó un poco e inclinó cortésmente la cabeza.
—Disculpe esta petición tan repentina —dijo.
—Para nada. Lamento no haberle podido ofrecer una respuesta mejor antes.
Ella descartó mis palabras con un gesto de la mano y hundió ligeramente los hombros.
—A mí también me ha pillado por sorpresa.
—¿El qué?
—El deseo de verle en vídeo. —Me hizo un gesto para que me sentara y se puso a hablar como si estuviera pensando en voz alta—.
Llevaba mucho tiempo sin coincidir con él.
No es que fuera mi héroe, ni uno de esos hermanos mayores fantásticos.
Pero supongo que..., cuando te das cuenta de que no volverás a ver a alguien, te entran ganas de reunir todas las piezas de esa persona que puedas.
Incluso aquellas a las que no habías prestado mucha atención antes.
—Hizo una pausa y me dirigió una sonrisa avergonzada—.
Ni siquiera sé por qué le estoy contando todo esto.