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No tenía ni idea de sus razones, pero Shogo salió de la sala de conferencias asegurando que su sobre estaba vacío.
De haber sido el culpable, habría sabido con exactitud lo que contenía.
Pero, si no lo era, no había manera de que lo supiese.
Y eso solo podía significar que había algo dentro del sobre.
Desde el momento en que recibí la llamada de Yoshie, una molesta sensación se había adueñado de mí.
Pensaba que quizá habían encontrado el sobre que Shogo se quedó.
Que quizá este contenía una carta en la que se me acusaba de algo.
Que quizá la familia la había descubierto y había decidido ponerse en contacto conmigo. Pero no se trataba de eso.
El sobre seguía desaparecido.
Entonces, ¿qué había en su interior?
Sujeté la carpeta de plástico con fuerza, la guardé en el bolso y me armé de valor. Había llegado la hora de volver. De regresar a la sala de conferencias. A la maldita discusión grupal de 2011.
En el momento de subirme al tren que me llevaría a casa, seguía notando una sensación de amargura en el pecho por el hecho de que Kimihiko Morikubo me hubiera tratado de sospechosa.
No se me había pasado por la cabeza siquiera que, además de Shogo Hatano, alguien pudiera creer que yo era la verdadera culpable.
Sentía una pesadez en el cuerpo, pero en la cabeza era mayor.
Había un solo asiento libre, de los reservados, y por un instante tuve la tentación de sentarme en él. Pero al final me limité a cogerme a la correa de mano, cerré los ojos y esperé a que anunciaran mi parada.
Para comenzar, ¿qué había estado investigando Shogo?
Si tan convencido estaba de mi culpabilidad, ¿a cuento de qué había seguido buscando?
No tenía sentido. Al final, la única manera de aclararlo sería encontrando la contraseña.
Pero averiguar lo que otra persona había pensado que era lo que más me gustaba representaba un problema de una dificultad enorme.
Aún no había usado ninguno de los dos intentos.
No solo no me había atrevido a introducir nada, sino que ni siquiera se me había ocurrido alguna suposición decente.
Salí arrastrándome por las puertas de la estación, sintiéndome más exhausta de lo normal. De camino a casa, agaché la cabeza al entrar en el colmado antes de que cerraran y cogí una ensalada para cenar.
Nada más hundirme en el sofá del salón, todo el cansancio que había estado conteniendo me golpeó como el agua de una presa al romperse.
Noté una pesadez insoportable en los párpados.
Tuve la sensación de que la ensalada, que acababa de dejar sobre la mesa de centro, se encontraba a kilómetros de distancia.
Era consciente de que no podía irme a la cama sin limpiarme el maquillaje.
Lo sabía. Pero mi cuerpo se negó a moverse.
Había pasado ocho años antes. No es que se tratara de un robo o de un caso de asesinato. Por mucho que el verdadero culpable confesara en la actualidad, eso no conduciría a ningún tipo de denuncia. Así que ¿por qué estaba tan desesperado por ocultar la verdad?
Al margen de Morikubo, todos habían aceptado por completo que Shogo era el culpable. Nadie lo había puesto en duda.
Kogami tenía razón: el Departamento de Recursos Humanos me entregó la grabación de la discusión de grupo sin el menor problema.
Hice que la transfirieran a una memoria USB y la vi dos veces.
Además, después de que insistieran en recordarme que se trataba de una «excepción especial», me permitieron también que tomara prestadas las fotocopias de las solicitudes de las seis personas que participamos en el proceso de selección; con los datos personales tachados, claro.
No estaba segura de que fueran a ser de ayuda, pero nunca está de más que haya un exceso de información.
En un principio pretendía leer todo con detenimiento, pero, nada más comenzar, me asaltó una incomodidad insoportable y cerré el documento.
La solicitud de Kuga era al menos tolerable.
Pero Hakamada, que ya se había jactado de ello, había escrito una mentira absoluta sobre su experiencia de liderazgo como encargado de los turnos de un bar y en la dirección de un grupo de voluntarios.
La de Yashiro no era muy diferente: estaba plagada de afirmaciones llenas de confianza sobre sus dotes para la atención al cliente a raíz de haber trabajado en un restaurante familiar.
Morikubo, que había estado involucrado en un fraude, se las daba en su carta de presentación de ser un modelo de virtud.
Incluso presumía de haber sido becario en catorce empresas diferentes, lo cual era una exageración evidente.
Y luego estaba la solicitud de Shogo. La idea de leerla con él ya muerto hizo que me sintiera mal. No me vi capaz. Y ni siquiera quise pensar en mi propia solicitud. Ya sabía que iba a abocarme a un pozo de desprecio hacia mí misma.
En cualquier caso, la referencia cruzada entre la grabación de la entrevista, junto con las solicitudes en papel, no me había acercado lo más mínimo a identificar al verdadero culpable.
La única información novedosa, si se podía definir así, era que el responsable se había servido de Mixi y de Facebook para escarbar en el historial de los demás finalistas, y que había usado taquillas para recibir las fotografías.
Pero saber la manera en que había conseguido la información no me ayudó en nada a descubrir quién había sido.
Había transcurrido casi una década. Cualquier huella dactilar que pudiera haber en esas taquillas habría desaparecido hacía mucho tiempo, e intentar encontrar mensajes en redes sociales con años de antigüedad era una auténtica quimera.
El objetivo de la persona responsable habría sido conseguir la oferta de trabajo. Eso era evidente. En ese caso, retroceder siguiendo esa estrategia debería conducirme directamente a ella. Pero, por mucho que alterara la disposición de las piezas, estas no encajaban.
Las acusaciones contra Kuga y Hakamada eran demasiado demoledoras, y ellos no habían logrado descartarlas tachándolas de rumores infundados.
Yashiro se había plegado ante ella, pero aun así no había mitigado los daños hacia su reputación.
Y Morikubo estaba fuera de toda discusión: había corrido el riesgo de llevar el paquete físico e incluso le habían grabado haciéndolo.
La acusación contra él tampoco era una menudencia.
Si acaso, era quien tenía menos posibilidades de ser el culpable.
Hacia el final de la reunión, el debate se había centrado en un rasgo común a todas las fotos: una distorsión digital y un puntito negro.
Volví a ver la grabación y confirmé los detalles.
Las tres fotos tenían características idénticas, lo cual implicaba que era muy probable que se hubieran tomado con la misma cámara.
De manera inevitable, pues, la clave para encontrar al culpable apuntaba a su coartada para el 20 de abril. Así que yo estaba a punto de revivir los acontecimientos del 27 de abril de 2011 en todo su doloroso detalle.
De los seis, solo una persona carecía de coartada para esa fecha: Shogo. Según esa lógica, debería haber sido el culpable. Pero no lo era.
Si alguien me hubiera preguntado: «Vale, entonces, ¿quién es la segunda persona más sospechosa?», probablemente habría llegado a la misma conclusión que Morikubo. La segunda persona más sospechosa era la que había salido indemne: yo.
Una vibración corta me sacó de golpe de ese estado de semiaturdimiento. El reloj de pared decía que eran las once y media. Cogí el móvil de la mesa. Era un mensaje de una vieja amiga de la universidad.
¡Eh, es que tienes que venir a la cena de la semana que viene! Me he asegurado de invitar a algunos tipos geniales por ti.
Dejé caer el móvil en el sofá y centré mi atención en la ensalada fría comprada a última hora. Frotándome los ojos, me fui a la cocina a por un té de jazmín.
«Iori, si no te pones en serio a buscar a alguien acabarás cenando sola en un apartamento a oscuras durante el resto de tu vida.
Y mira que sería deprimente. No puedes quedarte esperando a que los hombres vengan a ti, ¿sabes?
Tienes que comenzar a hacer un esfuerzo ahora, por tu futuro.
Si te soy sincera, desde que empezaste a trabajar has estado como melancólica».
Eso me había dicho mi amiga dos meses antes.
Yo me había reído y había desestimado la advertencia diciendo: «Para que haya luz solo hace falta ajustar el brillo, ¿no?
Mi casa es perfecta en ese sentido». Pero, pensándolo en ese momento, se me ocurrió que quizá mi apartamento estuviera mal iluminado.
El hecho de que hubiera alquilado un lugar demasiado grande para una sola persona tampoco ayudaba.
Cuando estaba en el comedor, el salón se quedaba a oscuras.
Cuando estaba en el salón, el comedor se quedaba a oscuras.
Cuando me metía en la cama... Bueno, siempre había algún sitio a oscuras.
No iba a fingir que nunca me sintiera sola.
Algunos días lucía el sol y otros días llovía.
Era cierto, a veces deseaba tener algo sólido en lo que apoyarme.
Pero ¿de veras valía la pena mantener una relación solo por eso?
No estaba tan segura. No sentía la necesidad de tener una conexión constante con un miembro del sexo opuesto solo por esos raros días en que necesitaba que alguien me reconfortara.
Además, nunca había conocido a nadie —de un sexo o del otro— en quien confiara lo suficiente para buscar un apoyo de ese tipo.