1 #3
Me quedé observándolas en un silencio perplejo, bajo la mirada atenta de Yoshie.
—Una vez, el año que mi hermano estuvo buscando trabajo, volvió a casa vestido con el traje de las entrevistas, muy alterado.
No sé en qué empresa había estado ese día, pero se comportó como si hubiera visto un fantasma.
Montó una escena en el salón durante un rato, y después se sumió en un silencio sepulcral y se encerró aquí dentro.
Y entonces... le oí llorar. No paraba. —Inspiró sin apartar la vista de mí—.
No bromeo: de hecho llegué a plantearme si habría matado a alguien.
Cuando le pregunté qué le pasaba, se negó a decir nada.
Después de aquello, apenas salía de su habitación.
Solo para comer, eso era todo. Entonces, sin recibir una sola oferta de trabajo, abandonó la búsqueda de empleo por completo.
Yo lo había olvidado del todo..., hasta que me encontré con esto.
Dentro de la carpeta había una hoja de papel pautado que no alcanzaba el tamaño de una página de libreta, quizá la hubiera arrancado de una agenda.
Había algo escrito a mano. En la parte superior el título decía «Cómputo de votos» y, por debajo, había una lista: Sota Kuga, Ryo Hakamada y el resto.
Todos esos nombres que desearía haber olvidado.
Era un registro de las votaciones de esa reunión.
El conteo de cada candidato estaba anotado con minuciosidad, pero mi nombre aparecía dentro de un círculo rojo que sobresalía como una herida.
«Doce votos. Oferta presentada». Las palabras reflejaban una energía extraña, inquietante, casi como un mensaje que alguien garabatea desesperado justo antes de morir.
En la carpeta también estaba el viejo folleto de contratación de Spiralinx, el que se entregaba a los universitarios por entonces. Lo conocía bien: había leído el mío tantas veces que estaba desgastado.
Me asaltó una oleada de náuseas, como cuando te mareas a causa del movimiento. Mis dedos, que de repente estaban congelados, recorrieron la carpeta en busca de más cosas. Pero no había nada. Solo un bulto extraño en la parte inferior: una memoria USB y una pequeña llave.
—No sé para qué es esa llave —dijo Yoshie.
Me hizo un gesto para que le diera la memoria. A continuación, cogió un portátil del escritorio, la conectó y accedió a sus datos. A juzgar por la rapidez con que se movía, con toda probabilidad sería su propio ordenador, no una de las viejas pertenencias de su hermano.
Dos archivos aparecieron en la pantalla: uno de texto y otro comprimido. El lema del archivo de texto era sencillo: «Sin título». El del archivo comprimido, no obstante, era exactamente el que había visto en la carpeta: «Para Iori Shima, culpable...».
—El ZIP está protegido con contraseña —continuó Yoshie—. Y tiene una medida de seguridad: si se introduce tres veces la contraseña equivocada, los datos quedarán destruidos para siempre. Pero el archivo de texto... —Hizo doble clic en él.
Al cabo de un instante, el mensaje de Shogo apareció en la pantalla.
Quizá pienses que todo esto forma parte del pasado, que a estas alturas carece de importancia. Y es probable que tengas razón.
Pero, aun así, debo afrontar lo que pasó, abordarlo de frente: la delirante, casi increíble secuencia de acontecimientos que tuvo lugar mientras buscaba trabajo, en 2011.
Estos son los resultados de mi investigación.
Ya sé quién fue el culpable, pero en este momento no tengo la menor intención de ir tras esa persona. No se trata de eso.
Solo necesito saber la verdad de lo que ocurrió.
Por mi propio bien.
Shogo Hatano
Antes de poder darme cuenta, tenía la mano tapándome la boca y los ojos pegados a la pantalla.
Leí con detenimiento cada línea, solo me faltó grabar sus palabras en mi cerebro.
Pero, por mucho que me esforzara, no dejaban de escapárseme los detalles.
Me daba vueltas la cabeza. Tuve que leer una misma frase varias veces hasta que logré captar su significado.
Entonces, Yoshie cerró de golpe el portátil.
—Mi hermano se vio envuelto en algo. Es lo que yo interpreto.
—Ya no hacía ningún esfuerzo por ocultar su hostilidad hacia mí—.
Y, según él, la culpable fue usted: Iori Shima.
La nota decía «Oferta presentada», así que debió de pensar que usted trabajaba en Spiralinx.
No esperaba gran cosa, pero decidí llamarla de todos modos.
«¿Podría hablar con Iori Shima?». Me fueron pasando de un departamento a otro hasta que la encontré.
No supe qué decir. Pero quizá la pregunta de verdad sea qué tiene usted que decirle a él.
¿Qué le hizo? ¿Por qué razón le debe una disculpa?
—E-espere...
—No, no voy a esperar. Usted...
—¡No, por favor! ¡Espere un momento! ¡Yo tampoco tengo ni idea de lo que pasa!
Los recuerdos me golpearon como destellos de una luz estroboscópica.
La reunión. La discusión de grupo final.
Los sobres que aparecieron de la nada. La gente que los abrió.
La violencia con la que sus personalidades ocultas se vieron expuestas.
Las acusaciones, las sospechas, el toma y daca.
Y, entonces, al final, Shogo confesó. Dijo que había sido él.
Que era el culpable. Y salió de la habitación.
Lo recordaba con claridad. No había error posible.
Yo acabé recibiendo el mayor número de votos, con lo que conseguí el empleo. Pero esa no era la cuestión en ese momento.
—Hatano... ¿no fue el culpable?
Las palabras me salieron de la boca antes de que pudiera detenerlas, fruto de la conmoción.
—¿Qué?
—Fue él. O al menos es lo que he pensado durante todo este tiempo.
Me puse a contarle lo que logré recordar sobre lo ocurrido durante esa última fase del proceso de selección.
Cuanto más hablaba, más irreal me parecía, como si estuviera describiendo algo que le había pasado a otra persona.
Que mi carrera profesional hubiera comenzado de esa manera, que ese momento hubiera moldeado todo mi futuro...
, me parecía absurdo, como una especie de fantasía.
Me dio la sensación de estar contándole un sueño de la noche anterior, algo endeble e insustancial.
Pero ese juego cruel, orquestado por un grupo de universitarios, había tenido lugar.
Le conté que Shogo había confesado, que había abandonado la habitación.
Al principio, Yoshie me escuchó con evidente escepticismo, como si estuviera esperando a pillarme en una mentira. Pero, a medida que avanzaba, debió de darse cuenta de que no intentaba engañarla y su expresión se fue endureciendo.
Ya sé quién fue el culpable, pero en este momento no tengo la menor intención de ir tras esa persona. No se trata de eso.
Para Iori Shima, culpable...
Me costaba creer que hubiera escrito esas palabras, pero daba la impresión de que, al fin y al cabo, Shogo no había sido el responsable. Y, sin embargo..., ¿por qué implicaba eso que él tuviera que tratarme como si yo lo fuese? ¿Por qué me acusaba a mí de haber hecho algo así?
«¿No fuiste tú, Shogo?».
A duras penas lograba recordar los detalles. Pero estaba segura: ese día, todas las pruebas, todo, había apuntado a Shogo. Había tenido que confiar en las pruebas por encima de la persona.
Al fin y al cabo, una nunca sabe lo que acecha en el corazón de la gente.
Hay muchas personas que sonríen como si fueran unos santos pero están repletas de demonios.
De hecho, la mayoría de la gente se pasa la vida escondida detrás de algún tipo de máscara.
Había aprendido esa lección de primera mano, durante la discusión grupal.
Pero resultaba que Shogo no había sido el verdadero culpable.
Entonces, ¿quién?
—¿Puedo echarle un vistazo? Será solo un segundo —pregunté, estirando la mano hacia el portátil de Yoshie.
Hice doble clic sobre el archivo comprimido de la memoria USB. Como me había dicho, apareció una solicitud de contraseña.
Contraseña: Lo que más le gusta a la persona culpable. (Quedan 2/3 intentos).
—Solo quedan dos intentos.
—Lo siento —dijo Yoshie, bajando la vista—. Por accidente le di a la tecla de intro sin llegar a escribir nada, y contó como un intento.
Era probable que estuviera sellado con algún programa externo de cifrado.
Parecía gratuito: sencillo, pero también resistente a los trucos habituales.
Antes de empezar a pensar siquiera en la pista, puse el ratón en el campo en blanco.
El cursor parpadeante me devolvió la mirada mientras pensaba en cuál podía ser la contraseña.
«Lo que más le gusta a la persona culpable».
Con lo que se referiría a mí, a lo que más le gustase a Iori Shima.
¿Qué era lo que más me gustaba?
Y, lo más importante, ¿qué contenía el archivo comprimido?
Me quedé en silencio, pensando unos instantes. Entonces...
—Si quiere, puede llevárselo —dijo Yoshie—. Al fin y al cabo, era para usted.
Cerró el archivo, extrajo la memoria USB, la metió en la carpeta de plástico y me la tendió.
—Lamento haber sido grosera antes... Si descubre algo sobre mi hermano, cualquier cosa que yo deba saber, por favor, llámeme.
Habían pasado ocho años desde esos sucesos.
La etapa de búsqueda de empleo era historia para mí.
Puesto que ya disponía de trabajo, tenía la sensación de que todo lo relacionado con esa época debía permanecer en el pasado.
Tal y como había dicho Shogo en su mensaje, ya no era importante.
No tenía ninguna razón para involucrarme.
Sin embargo, cogí la carpeta. Y, al hacerlo, tomé una decisión. Iba a encontrar al verdadero culpable por una sencilla razón: porque esa jornada llevaba demasiado tiempo acosándome.
Había intentado no pensar en él. Había decidido creer en la confesión de Shogo sin ponerla en duda. Pero, en cuanto supe que dicha confesión era falsa —en cuanto supe la verdad—, no me quedó más remedio que afrontarlo de nuevo.
El sobre.