Los seis finalistas 1 #2
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Nos encontrábamos en mitad de la negociación para que el sector de la salud adoptara los pagos sin efectivo, una venta con fama de ser muy difícil.

En los tratamientos cubiertos por el seguro era raro que se aceptaran incluso las tarjetas de débito y de crédito a causa de los gastos de transacción.

Pero, con la mezcla correcta de descuentos e incentivos, al fin habíamos comenzado a hacer progresos.

Tres de las principales empresas médicas estaban a punto de dar el sí.

Si lográbamos introducirnos en ese mercado, sería un éxito enorme para SpiraPay.

Sencillamente, no tenía tiempo para jugar a las entrevistas, como mi jefe bien sabía.

En ese momento, Suzue nos interrumpió:

—Shima, tiene una llamada.

Le pedí que anotara el nombre y el número para devolver la llamada más tarde. Si dejaba la conversación a medias, mi jefe podría malinterpretar a su gusto mi respuesta.

—Tendrá que buscar a otro. De verdad que no puedo encargarme.

—Ya... Ya me lo imaginaba.

Eso debería haber puesto punto final al tema, pero él se quedó quieto, el ceño fruncido, pensando.

Yo sabía por qué: asignarme esa tarea era la solución más fácil.

No obstante, que se quedase allí de esa manera, esperando a que cambiara de idea, me puso de los nervios.

¿De verdad pensaba que de repente me replantearía mi postura si lo veía lo bastante agobiado?

Le repetí:

—De verdad que no puedo.

Y él acabó por rendirse y regresar a su escritorio. No pude quitarme de encima la sensación de que lo intentaría de nuevo al cabo de unos días. Solo de pensarlo me entró dolor de cabeza.

Aun cuando hubiera tenido tiempo, yo era la peor entrevistadora posible.

Me dirigí al escritorio de Suzue para devolver la llamada. Al acercarme reparé en el exceso de decoración que mostraba su espacio de trabajo, teniendo en cuenta que era nueva. No representaba un gran problema, pero indicaba algo acerca de su personalidad.

En el momento en que me disponía a hablar, vi la foto enmarcada en su escritorio.

—Oh... —dije sin querer.

Ella se volvió.

—Ah, Shima. —Hizo una pausa, siguió mi mirada—. ¿Le conoce?

—Es Haruki Sagara, ¿no?

Yo no había dicho que me gustara o me dejase de gustar, pero eso no fue óbice para que se le iluminaran los ojos como si hubiera encontrado a otra fan.

—¡Le adoro! Sí, la música es genial, y además, ¿no es adorable? Es perfecto..., su personalidad, ¡todo!

—... Ya.

—Y la manera en que habla cuando lo entrevistan... Es tan genuino y...

La interrumpí, sintiéndome un poco malvada:

—La gente parece haberlo olvidado, pero tomaba drogas, ¿verdad? ¿Cómo puede estar segura de que es una buena persona?

—Bueno, sí, pero eso fue hace años.

—Pero pasó. Ni siquiera le conoce... ¿Cómo puede estar tan segura sobre su personalidad?

Fue mezquino por mi parte. Cambié de tema y le pedí el nombre y el número de la persona que había llamado. Me dio la nota, pero le faltaba el nombre de la empresa.

—Oh, lo siento —dijo—. No me lo ha dicho y pensé que la conocía, así que no se lo he preguntado.

Ese. Ese era el problema.

—Asegúrese de preguntar la próxima vez —dije antes de regresar a mi escritorio.

Intenté buscar el número en Google, pero no apareció nada. Comenzaba por 048, que era el prefijo de Saitama, pero yo no tenía relación con nadie en esa zona. El nombre de la persona tampoco me sonaba.

Quizá podría limitarme a ignorar el tema...

Pero Suzue había dicho que le devolvería la llamada.

Después de cuatro timbrazos, alguien atendió.

—Hola, soy Iori Shima, de Spiralinx. Me han llamado antes. ¿Puedo hablar con Hatano?

—¿Usted es Shima?

—Sí, soy yo.

—¿Iori Shima?

—Eso es.

Inquieta de manera inefable, me quedé en silencio.

—Me llamo Yoshie Hatano.

—Encantada de conocerla —contesté de manera automática, pese a la certeza de que no tenía ni idea de quién era.

Estaba a punto de preguntárselo cuando ella prosiguió:

—Soy la hermana de Shogo Hatano.

—¿De Shogo... Hatano?

En un primer momento no asocié el nombre a nada. Me sonó un tanto familiar, pero no logré situarlo. Podría haber sido un personaje de un viejo anime que vi de pequeña, un compañero de clase de la escuela primaria o incluso un amante de una vida pasada.

Me estrujé el cerebro, consciente de que no podía permitirme quedar como una persona grosera. Entonces, Yoshie dijo algo que desencadenó el recuerdo.

—Creo que buscó trabajo con usted.

Y, como si nada, mi cabeza pareció atravesar en un santiamén una distancia sideral mientras me inundaban los recuerdos de ocho años antes.

Shogo Hatano. La discusión grupal. La última entrevista. La sala de conferencias. Los sobres.

Nada más resurgir esos recuerdos, me entró un sudor frío.

No es que hubiera olvidado lo ocurrido...

ni que me hubiera olvidado de él. Me había pasado años intentando apartarlo de mi mente, bloqueando el recuerdo.

Y, en ese momento, todo se desenmarañó. Por un instante me sentí desorientada, como si hubiera perdido el norte y no supiera dónde estaba, o qué año era.

Olvidé incluso que llevaba mucho tiempo trabajando para Spiralinx.

—Mi hermano ha fallecido.

«Mi hermano». Las palabras comenzaron a resonar en mi cabeza, una y otra vez, hasta que acabé por captar su sentido.

—¿Ha muerto?

—Sí. Hace dos meses —dijo Yoshie con tono neutro—.

He estado revisando sus pertenencias en casa y he encontrado algo dirigido a usted: Iori Shima.

He pensado que al menos debía informarla, así que la he llamado a la oficina.

Si le interesa, esperaba que pudiera pasarse por aquí en algún momento.

Pero, si no, puedo deshacerme de ello sin problema.

Llegué al domicilio de la familia Hatano, en Saitama, pasadas las nueve de la noche.

Había querido salir del trabajo antes, pero no habían dejado de llegar peticiones de presupuesto de última hora.

Era consciente de que era tarde para ir de visita —sobre todo en el caso de alguien a quien no conocía—, pero no soportaba la idea de que la ansiedad que sentía se prolongara hasta el día siguiente.

¿Qué demonios me había dejado Shogo?

Apartamento 1401, en el piso catorce de una gran urbanización de Asakadai. La placa decía HATANO .

En el momento en que Yoshie abrió la puerta, la neblina que envolvía mis recuerdos se levantó y el rostro de Shogo volvió a mí con todo detalle. Sus ojos anchos y expresivos, los rastros un tanto angulosos... Todo ello estaba presente allí, en Yoshie, su hermana.

No había altar familiar, pero habían colocado un retrato enmarcado de él con un poco de incienso. Al margen de su corte de pelo, el hombre de la foto era tal cual lo recordaba.

Encendí un poco de incienso y en ese momento sus padres salieron del salón y me dedicaron una profunda reverencia.

—Muchas gracias por haber venido hoy a honrar a nuestro hijo.

Su aflicción era patente, pero no sentían ninguna hostilidad hacia mí. Al parecer no sabían nada. Me había preparado para lo peor, pero al menos por el momento pude respirar aliviada.

Yoshie me guio a la que había sido la habitación de Shogo.

Al encender la luz, al fin contestó a la pregunta que había deseado plantearle desde el principio.

—Murió a causa de una enfermedad —dijo—. No es que hubiera estado siempre mal, ni nada por el estilo. Fue un linfoma maligno. Sé que suena terrible, pero llevaba años sin verle, así que aún tengo la sensación de que no ha pasado de verdad.

—¿Ya no vivía aquí?

—No, se mudó hace años. ¿Conoce Hijiyama, en Hiroshima?

—Me temo que no.

—La verdad es que yo nunca he estado allí, pero he oído que se encuentra cerca de la Cúpula de la Bomba Atómica...

, técnicamente dentro de la ciudad. El caso es que vivía por su cuenta desde que su empresa lo transfirió allí.

Aunque para ser justa debo decir que yo me mudé antes.

Trabajo como funcionaria en el barrio especial de Edogawa, así que dejamos de vivir juntos hará cuatro años.

En fin, que esta habitación lleva mucho desocupada y...

, bueno, como puede ver está hecha un caos.

En efecto, parecía abandonada. Le habían quitado el colchón a la cama y en su lugar había un purificador de aire cubierto de polvo y una bicicleta estática. En el escritorio se amontonaban los libros y junto a él descansaba una papelera que llevaba mucho tiempo sin usarse.

—He estado intentando separar los recuerdos de la basura.

Incluso me he tomado unos días en el trabajo para hacerlo —dijo Yoshie mientras hurgaba en uno de los cajones—.

Y entonces lo encontré... Un momento, sé que está por aquí, en alguna parte.

No es posible que lo haya traspapelado. Puede sentarse en ese cojín mientras miro.

Nunca me había gustado sentarme en los almohadones de suelo, pero no quise parecer grosera e hice lo que me había sugerido. Mientras me agachaba poco a poco me di cuenta de que me temblaban las piernas... y, nada más reparar en ello, el temblor se trasladó a mi pecho. Se me aceleró el corazón.

¿Qué buscaba esa mujer exactamente?

Cuanto más lo pensaba, mayor era mi certeza: tenía que ser eso.

Apuré la taza de té que me había puesto delante, intentando tranquilizar los nervios.

—Aquí está —dijo ella al fin.

Yoshie se sentó frente a mí y me dio una carpeta de plástico transparente que contenía varias hojas de papel. La cogí y, al mirarla, sentí un nudo en la garganta.

—Mi hermano nunca nos dijo nada sobre esto.

Sin que yo me diera cuenta, su semblante había cambiado.

El indicio de una duda destellaba en sus ojos, una sospecha no expresada que hizo que la habitación entera se volviese más sombría.

¿Y si su bondad no había sido más que una trampa que me había tendido de manera minuciosa para atraerme hacia una situación de la que no pudiera escapar?

La primera hoja de la carpeta tenía una etiqueta; con toda probabilidad, obra del propio Shogo. Escritas en rotulador negro de punta gruesa se leían las palabras:

Para Iori Shima, culpable...