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Kimihiko Morikubo
En la actualidad trabaja en una empresa que se dedica a la venta de materiales de envasado. Asegura que Shogo Hatano es inocente... y que yo soy la verdadera culpable.
No me atreví a escribir nada más. Metí el móvil en el bolso con un suspiro.
Le eché un vistazo a la calle, dejé pasar tres coches antes de llamar a un taxi. Le di al conductor el nombre del edificio de Shinjuku donde estaba la sede de Spiralinx y me desplomé en el asiento; dejé que el impulso del vehículo me hundiera aún más mientras avanzábamos.
Todo el distrito financiero estaba repleto de gente vestida de traje negro. Tantas personas, tantos trabajos, tanto espacio donde trabajar en ese mundo... Pensarlo resultaba casi abrumador. Exhalé en silencio, asegurándome de que el conductor no se diera cuenta.
¿Debía llamar a Yoshie? La idea se me pasó por la cabeza durante un segundo, pero la descarté con rapidez. No tenía nada urgente que contarle. En todo caso, llamar a alguien estando de tan mal humor no serviría de nada.
Tomé un trago de té con la esperanza de que se llevara la opresión que sentía en el pecho. Pero entonces, de manera inexplicable, no pude soportar la visión del bonito diseño botánico en la etiqueta, así que la arranqué por la línea de puntos perforados y me la metí en el bolso.
Había acabado de entrevistar a los cinco —incluido Kogami, el antiguo responsable de Recursos Humanos—, pero no tenía la sensación de haber conseguido nada.
No había descubierto nada que pudiera considerar siquiera una pista.
Resignándome, cerré los ojos e intenté recordar las citas que tenía esa tarde.
¿Era brutal la vida en Spiralinx? Es difícil decirlo, pues no tenía nada con lo que compararla.
Por lo general llegaba al despacho a las ocho y media de la mañana y me iba entre las nueve y las once de la noche.
Técnicamente, podría haberse dicho que era una de esas empresas que queman a los empleados.
No obstante, el salario hacía que pareciera razonable, y yo estaba demasiado ansiosa por demostrar que podía ser tan capaz como cualquier otro miembro del equipo para perder el tiempo quejándome.
Fui la única persona de las que contrataron ese año que tenía posibilidades de hacer carrera, aunque también contrataron a algunos licenciados en ciencias e ingenierías para desempeñar cargos técnicos, junto con algunos especialistas en diseño procedentes de centros de formación profesional.
Fuimos en total ocho. Al ser tantos, el periodo de formación fue más corto que el que recibieron mis amigos en otras empresas.
Mi primera tarea fue en el Departamento de Ventas de Spira, nuestro servicio de red social y el buque insignia de la compañía en ese momento.
Consistía en presentar campañas publicitarias a negocios para ayudarles a aprovechar nuestras funciones de comunidad a fin de mejorar la asistencia a sus actos.
En la fiesta de bienvenida, mi jefe me preguntó en qué tipo de proyectos deseaba trabajar. Le comenté una idea que había estado desarrollando antes de unirme a la empresa, y me dio su aprobación inmediata. Dijo que podía comenzar a trabajar en ella al día siguiente.
Estuve motivada desde el primer momento, pero no tenía ni idea de lo que hacía.
Esperaba que alguien me guiara, pero ni un solo empleado disponía del suficiente tiempo libre para hacer de mentor de una novata como yo.
Pensándolo ahora, me doy cuenta de que fue pura negligencia, pero entonces me convencí a mí misma de que las cosas funcionaban así en las empresas líder como Spiralinx.
Me sentía intimidada. No era justo. Fue un trayecto accidentado.
Pero, gracias a esa experiencia, sentí que había sido capaz de pasar de recién llegada a activo valioso para la empresa a mayor velocidad de la que habían previsto los colegas que me superaban en antigüedad.
Al tercer año me trasladaron a la división Linx, que acababan de lanzar.
Linx era una aplicación de mensajería móvil que ofrecía llamadas gratis y era fácil de usar; lo petó de inmediato y sumó cincuenta millones de descargas en su primer año.
No tardó en convertirse en el principal producto de Spiralinx.
En la actualidad es más difícil encontrar un teléfono que no venga con Linx preinstalado que uno con él.
Yo seguía en Ventas, donde me centraba en proponer ideas de paquetes de stickers en colaboración con diversas empresas.
El nombre de Linx provenía del de nuestra compañía, Spiralinx.
Fue irónico porque, mientras la popularidad de Linx se disparaba, Spira había desaparecido del mapa.
Era una plataforma centrada en los jóvenes y, en cuanto estos comenzaron a aburrirse de su atractivo, se acabó.
La popularidad de Linx, en cambio, fue tal que el declive de Spira no preocupó demasiado, y la empresa siguió expandiéndose como un globo enganchado a un compresor de aire de gran potencia.
No tuve la arrogancia de pensar que ese crecimiento se debía a mí. Sin embargo, había algo embriagador en el hecho de trabajar en una compañía que crecía con tanta rapidez. Si Japón era un tren bala, yo viajaba en el vagón delantero.
Hace dos años, nuestra sede se trasladó a Shinjuku y me destinaron al Departamento de Pagos.
Por entonces, el nombre de Spira era más una reliquia que una marca.
Pero, cuando lanzamos SpiraPay, un servicio de pagos por código QR, de repente el nombre volvió a ser relevante.
A diferencia de Linx, su popularidad no estalló de la noche a la mañana, pero SpiraPay se convirtió con rapidez en una de las plataformas de pago líderes en Japón.
Mi equipo se dedicó a los clientes de mayor importancia, como las grandes superficies y las cadenas de supermercados, intentando que pusieran en marcha SpiraPay en la totalidad de la empresa.
Sin embargo, pese a lo absorta que estaba en el trabajo, me descubrí volviendo la vista atrás. Todo comenzó unas tres semanas antes de la entrevista con Morikubo.
Un día en que las circunstancias de mi entrada en Spiralinx —y la discusión grupal que se descontroló— ya habían cobrado los tonos sepia desvaídos de la memoria de antaño, como esa vieja rutina de baile de un recital de la infancia que has olvidado a medias y que a medias recuerdas.
—No le estoy pidiendo una disculpa.
Quizá fuera la dureza de mi tono, pero Maki Suzue encogió el cuerpo y pidió perdón por octava vez. Entonces, al darse cuenta de que acababa de disculparse de nuevo, hizo un gesto de dolor y se deshinchó de manera perceptible.
—Mire, los correos electrónicos son sencillos. Crea una plantilla, copia y pega el contenido y le da a enviar. Lo único que digo es que les dedica demasiado tiempo. Se da cuenta de que va a un ritmo muy lento, ¿verdad?
—Sí.
—Si pierde el tiempo con las tareas administrativas sencillas, no podrá dedicárselo a cosas que de veras requieran de su atención. Así que acelere, ¿de acuerdo?
—Entiendo.
Ese «Entiendo» era el problema. Siempre respondía bien, siempre era afable y cortés, pero daba igual lo que le dijera, pues no aumentaba el ritmo.
Ni siquiera estaba claro que quisiera mejorar.
Yo era consciente de que no estaba en posición de gritarle a la gente, así que intentaba tirar de paciencia, pero notaba que mi sonrisa menguaba un poco más cada vez que salía el tema.
Recursos Humanos me había pedido que le encargara todas las tareas posibles, pues no llevaba mucho tiempo en su puesto de trabajo y aún estaba en la fase de formación.
Yo me había limitado a pedirle que redactara correos inofensivos y rutinarios, pero incluso así estaba perdiendo la paciencia.
—Shima, ¿puedo pedirle un favor?
Dejé el móvil del trabajo sobre la mesa y me volví hacia mi jefe, que estaba de pie ante mí con expresión de disculpa. Ese tipo de peticiones rara vez conducían a algo bueno.
—¿Estaba a punto de hacer una llamada?
—Sí, pero no pasa nada. ¿De qué se trata?
—Al hospital, supongo.
—Sí.
—Ya les llamó ayer. ¿No cree que está siendo demasiado insistente? Ellos tienen su propio ritmo, ¿sabe? No es más que un formulario de preinscripción preliminar... Podría darles un poco más de tiempo.
—Para ellos no es más que otro formulario. No quiero que lo olviden. Para nosotros es importante, pero, hasta donde ellos saben, no es más que otra tarea. Por eso he...
—Sí, sí, lo comprendo. Pero escuche, me han llamado de Recursos Humanos. Necesitan a alguien de nuestro equipo para que haga de entrevistador.
—¿De entrevistador? ¿En contrataciones?
—Para los nuevos licenciados. El mes que viene harán las entrevistas de grupo, comenzarán en torno al día 6, y quieren que cada departamento mande a uno de sus miembros top . Y he pensado en usted.
—Me temo que no puedo.
Aunque lo de los «miembros top » había sido un esfuerzo evidente por dorarme la píldora, tuvo el efecto opuesto. Mi jefe no era mala persona, pero siempre hablaba como si estuviera repitiendo al pie de la letra un libro de autoayuda para directivos. Era difícil confiar en él.
Para tratarse de un hombre en la mitad de la cuarentena, se cuidaba de manera sorprendente y hasta iba a la moda.
Era de complexión delgada, llevaba la barba recortada con pulcritud y unas elegantes gafas redondas; parecía más un diseñador de vanguardia que el típico directivo.
No había nada malo en su aspecto, pero quizá ese fuera el problema.
Tal vez, por tener ese aspecto tan refinado, la ausencia de sustancia por debajo de la superficie resaltaba más que en otras circunstancias.
Dicho lo cual, mi negativa no había tenido nada que ver con mis sentimientos personales. Le había contestado que no podía, no que no quisiera. Ya estaba asfixiada de trabajo.