Los seis finalistas 6
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En cuanto Yashiro sacó el documento, se me cayó el alma a los pies. Estuve a punto de desplomarme de la silla, sentí que el suelo mismo intentaba tragárseme entero.

Solo había una foto.

A diferencia de la versión de mí que se encontraba en la sala de conferencias, la persona de la foto sonreía como si no tuviera ninguna preocupación en la vida. Se había tomado durante mi primer año en la universidad, en la Fiesta de los Cerezos con la que se dio la bienvenida a los nuevos alumnos.

Shogo Hatano es un criminal. Lo pillaron bebiendo cuando era menor de edad en una fiesta de su primer año de universidad.

(Nota: El documento acerca de Tsubasa Yashiro está dentro del sobre dirigido a Ryo Hakamada).

Beber siendo menor de edad era un delito. En sentido estricto, atentaba contra la ley.

Pero, en esa sala, nadie, ni siquiera yo, tuvo que decirlo en voz alta. Todos fuimos conscientes de ello.

Era un delito patético.

Antes incluso de llegar a procesar esa idea, me di cuenta de otra cosa..., y con tanta fuerza que estuve a punto de desmayarme.

La foto.

Salía yo, un poco desenfocado, mostrando una lata de Kirin Lager a la cámara. En cuanto miré a los ojos a mi yo del pasado supe quién estaba detrás de todo.

Oh. De modo que así eran las cosas. Así habían sido en todo momento.

Levanté la cabeza poco a poco, miré al verdadero culpable. No dije una sola palabra, pero la acusación fue evidente.

«Así que has sido tú... Me has tendido una trampa. ¿Cómo has podido? Confiaba en ti. No... Me caías bien. Me caías bien de verdad».

La interpretación había sido impecable..., casi artística. Como si estuviera ante un espejo, vi reflejadas todas mis emociones. Como si el traidor hubiera sido yo. Como si hubiera sido yo quien había quebrado la confianza, la fe. Su expresión fue perfecta, con la dosis exacta de fragilidad.

Una parte de mí deseó decir: «Escuchadme todos.

Sé quién es el culpable. No soy yo». Una parte de mí deseó señalar, acabar con eso.

Pero no lo hice. No pude. Por alterado que estuviera, no era lo bastante ingenuo para pensar que, solo con exponer al verdadero responsable, le daría la vuelta a la tortilla a mi favor.

Era demasiado tarde. Se había calculado cada movimiento para que cupiera esperar que yo no me defendiese.

Cada pequeña pieza del mecanismo se había puesto en marcha para acabar conmigo.

Pensándolo ahora, fue casi una declaración de guerra contra mi persona.

Hiciera lo que hiciese, no había salida.

—Esta foto... —Yashiro señaló la imagen en la que ella aparecía entrando en un anodino edificio—. Lo acabo de recordar. Se tomó el 20. Sobre las cinco menos diez de la tarde, creo.

No supe a cuento de qué Yashiro acababa de recordar la hora exacta, ni por qué se había molestado en decirlo. Pero al fin y al cabo daba lo mismo. Fue la puntilla para mí.

Miramos las agendas. Todo el mundo tenía una coartada para esa hora...

, todo el mundo menos yo. Morikubo y Kuga se habían encontrado para intercambiar unos libros, mientras que Hakamada y Shima estaban trabajando.

Incluso llamaron a sus empleadores para confirmar la coartada. Se había acabado. No tenía escapatoria.

En algún lugar lejano, la alarma señaló que tocaba hacer la votación final.

—Antes de empezar... —Mi voz fue un susurro débil que se apagaba—. ¿Puedo preguntaros algo? Quien crea que soy el culpable, ¿podría levantar la mano?

No quería proceder sin verlo por mí mismo. Sin aceptar la derrota, completa e innegable.

Morikubo y Hakamada fueron los primeros en levantar la mano. Le siguieron Yashiro y Kuga. Y, por último, Shima. Se había acabado. Asentí con la cabeza de manera débil, mecánica, aunque no estuviera en absoluto de acuerdo.

Cuatro pares de ojos cargados de asco y uno cargado de un oprobio elaborado con minuciosidad. Absorbí su peso, tragué el sabor de la desesperación absoluta. No lloré; no por entereza, sino porque estaba demasiado perplejo, demasiado exhausto para sentir pena.

Me obligué a pensar. Quería que se me ocurriera un último movimiento. Algo, lo que fuera, para recuperar un poco el control. Apreté los dientes.

—Eso es. —Cogí el sobre, el que debía contener mi acusación contra Shima—.

Encontré los trapos sucios de todos, preparé estos sobres y los dejé en el buzón de Morikubo.

Me aseguré de que mi propio delito fuera el más leve, para salir de esto en cabeza.

Lo planeé todo. Tal y como habéis descubierto.

Quería dejaros expuestos a todos, pero la verdad es que no encontré nada sobre Shima.

Por mucho que buscara, no apareció nada.

Así que me quedé el sobre para mí. Si no lo abría, nadie se enteraría nunca de que estaba vacío.

Me guardé el sobre en el bolsillo de la chaqueta y, sin esperar, comencé a recoger las cosas: la libreta, la bolsa, todo. Nadie intentó evitar que me fuera, pero no fue por compasión. No estaban dispuestos a mostrarme un último atisbo de misericordia. Tenían su propia prioridad: escoger al ganador.

—Voto por Shima —dije, sin esperar a que levantaran las manos.

No hacía falta que me quedara al recuento final. El resultado era inamovible.

Sexta votación:

Shima: 5. Kuga: 1. Hatano: 0. Hakamada: 0. Morikubo: 0. Yashiro; 0.

En el cómputo definitivo:

Shima: 12. Hatano: 11. Kuga: 8. Hakamada: 2. Yashiro: 2. Morikubo: 1.

«Enhorabuena, Shima. Espero que tengas una carrera maravillosa».

Puse la mano en la puerta. Hice girar el pomo y la abrí... Fue tan sencillo, tan normal, y a la vez, por alguna razón, tan extraño... Como si no hubiera esperado que resultase tan fácil.

Al salir, el aire me golpeó la cara: helado, cortante, fresco.

Liberador. En ese momento me di cuenta de lo asfixiante que había sido el ambiente de la sala de conferencias, de lo atrapado que había estado en ese mundo pequeño y retorcido.

Me ardían los ojos. La tristeza había acabado por alcanzarme.

Resoplando para contener las lágrimas, avancé por el pasillo.

Kogami salió de la habitación contigua.

Tuve la sensación de que quería decirme algo. Incluso abrió la boca, pero a continuación la cerró con idéntica rapidez.

Medio esperé que me atacara. «Te has lucido destrozando la discusión grupal, capullo». Sinceramente, no se lo habría reprochado. Pero al final no dijo nada. Quizá no encontró las palabras adecuadas.

Yo tampoco supe qué decir.

Así que me limité a asentir con la cabeza —sin que acabara de ser una disculpa, ni un agradecimiento, ni una despedida— y seguí avanzando hacia la salida.

En la recepción, me saqué la credencial de visitante del bolsillo y la tiré sobre el mostrador. Entonces entré en el ascensor.

Las puertas se cerraron. En el momento en que comenzó el descenso, las lágrimas se derramaron. Me dejé caer al suelo sin importarme que se me pudiera ensuciar el traje. Y entonces grité. Un sonido crudo, quebrado, que pareció sacudir el edificio entero.

El ascensor siguió bajando. Y siguió bajando. Y siguió bajando.