Los seis finalistas 5 #7
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Bueno, ahora que la persona culpable ha muerto, ¿has venido a deshacerte de las pruebas?

He pensado muchas veces en esa discusión.

¿Quién podría ser tan chapucero? ¿Es cierto que descubrimos la verdad?

Alguien que llegó a esos extremos para ocultar sus huellas, ¿sería lo bastante idiota para cometer un error así?

A ver, venga, que se tomó el trabajo de llevar un paquete a mi casa solo para mantener su identidad en secreto.

No estoy diciendo que yo dejara de entrar en Spiralinx por ese sobre.

No estoy tan desquiciado. Soy consciente de que no era lo bastante popular para que me eligieran, con ese estúpido juego psicológico o sin él.

Pero quien lo hizo lo puso todo patas arriba, me convirtió en el principal sospechoso. Y por eso, sí, se ganó mi odio.

Así que, al darme cuenta más tarde de que habíamos acusado a la persona equivocada, sí, me dieron ganas de devolver.

¿Qué te pasa? ¿Tienes sed? ¿Quieres que te traiga un poco de agua? No nos pongamos tímidos ahora.

La manera en que se distribuyeron los sobres...

sé que pareció un juego, pero no tuvo solo una voluntad dramática.

No fue para que la discusión pareciera una especie de batalla psicológica.

Fue algo calculado, meticuloso, todo para asegurarse de que la persona responsable de ello fuera la que acabara recibiendo la oferta de empleo.

Piénsalo. Buscas los trapos sucios del resto —quedándote tú fuera, claro— para acabar con su reputación.

Pero una cosa es que se te ocurra un plan y otra por completo diferente es descubrir la manera de presentar la información.

Puedes contar con las cosas más escandalosas que se pueda imaginar: fraude, aborto, hum...

, ¿cuáles eran las otras? Sí, trabajar en un club de anfitrionas y un caso de acoso.

La cuestión es que, si te limitases a decir: «¡Eh, mirad lo que he descubierto sobre vosotros, tíos!

», solo lograrías quedar fatal. Merodeando por ahí, haciendo de detective entre las sombras...

, eso no da buena espina. Aunque lograras arrastrar a los demás por el fango, tu propia reputación recibiría un golpe más fuerte.

Sería como pegarte un tiro en el pie. Algo del todo contraproducente.

Así que las acusaciones tenían que provenir de una tercera fuente...

o, al menos, de una fuente anónima. El culpable tuvo que preparar los sobres.

Pero dejar caer una hoja llena de acusaciones contra todos no funcionaría.

Eso solo llevaría a que alguien dijera: «Tenemos que librarnos de esto antes de que nos estalle en la cara».

Todo el mundo se aliaría y sería el fin.

Por eso tuvo que dividir las acusaciones, metiendo cada una en un sobre por separado y repartiéndolos de manera individual. Pero hay un problema: que también tienes que preparar una acusación contra ti mismo o te arriesgas a convertirte de inmediato en el principal sospechoso.

Pero más tarde me di cuenta de algo. Había otra forma de jugar.

Cuando se me ocurrió sentí una oleada de satisfacción, como si acabara de resolver una ecuación complicada, acompañada de la frustración de saber que me la habían jugado.

Me tiré de los pelos por no haberme dado cuenta antes.

Lo había tenido delante en todo momento, pero nunca lo había considerado.

Probablemente porque a alguien como yo nunca se le ocurriría una estrategia como esa.

El verdadero culpable le dio su sobre a alguien que estaba enamorado de él. Eso habría bastado para evitar que le acusaran.

Por eso en los sobres estaban esas notas donde se decía quién tenía el documento de tal o cual persona.

Al comenzar a abrirlos, el chivo expiatorio acabaría por darse cuenta de que dentro de su sobre se encontraba el documento de la persona por la que estaba colado.

Por supuesto, existía el riesgo de que abriera el sobre antes de que cobrara consciencia del todo, pero eso tenía fácil solución: insistir, desde el principio, en que nadie debía abrir su sobre.

Mantenerse firme. No abandonar esa postura.

Porque, si alguien siente algo por ti, de manera natural se alineará con tu posición.

Y, si esa persona dice algo que suena correcto a efectos morales, más razón para seguirla sin preguntarte nada.

No sé cómo organizaste tu coartada, pero fue una demostración de genio.

Así que felicidades. Lo conseguiste. Obtuviste el trabajo y llevas casi diez años en Spiralinx. ¿Cuánto cobras? ¿Te gusta? ¿Valió la pena pisotear a alguien a quien le importabas para llegar hasta allí?

Seguro que sí. Sí, lo creo. Nunca pensé que tuvieras los arrestos.

Eh, si tienes sed lo dices. Te traeré un poco de agua. Ah, por cierto, la película plástica de esa botella... la produce mi empresa. Pero yo no me encargo de eso. Aunque siempre te gustó el té de jazmín, ¿eh? Llevas años bebiéndolo.

Venga, Shima, fuiste tú, ¿verdad?

Porque está clarísimo que no fue Shogo Hatano.