Los seis finalistas 5 #6
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Por explicarlo de manera sencilla, era una estafa inmobiliaria, solo que, en vez de propiedades, vendíamos unos horribles chalecos acolchados.

Eran feísimos, algo que se pondría tu abuelo, pero los promocionábamos como si fueran dispositivos de salud de alta tecnología.

A efectos técnicos, tenían imanes en su interior, así que quizá, solo quizá, favorecían la circulación.

Pero quién sabe... Que hubiera pruebas que lo demostraran o no ya no era mi problema.

El caso es que esos trastos se vendían a 3 millones de yenes la unidad.

Hacíamos que los ancianos los compraran...

, pero no para ponérselos. Les sugeríamos que los compraran y se los alquilaran a otros ancianos que los necesitaban de verdad.

Sí, eso es lo que les dijimos: «Hay otras personas mayores ahí fuera que necesitan este chaleco.

¡Cóbrenles 10.000 yenes al mes por alquilárselo y voilà !

Ingresos pasivos». Un dinerillo extra que sumar a sus pensiones.

Suena bien, ¿verdad? Tres millones por adelantado y, a partir de ahí, te empiezan a llegar 10.

000 yenes al mes. No es mala idea. Y, si en algún momento necesitaban un único pago, les asegurábamos que siempre podrían revender el chaleco en el futuro por al menos dos millones.

También se lo tragaron. No podía creer que fuera tan sencillo. Básicamente, les estábamos robando los ahorros de la jubilación, lo que habían ganado a lo largo de toda su vida. Turbio del demonio, pero el dinero más fácil que se pueda ganar.

¿Yo? Mi papel consistía en ayudar con las explicaciones y avalar el discurso de los vendedores.

A ojos de los vejetes, que un alumno de una universidad decente ofreciera su opinión de experto añadía un toque de credibilidad.

Daba igual que hubiera cursado una carrera de humanidades; yo fingía saber lo que me decía y soltaba un poco de jerga pseudocientífica para que sonara legítimo. Los exprimimos hasta dejarlos secos.

Sí, yo era escoria. Un mierda absoluto. Di lo que quieras sobre mí, que no lo negaré.

Tampoco es que tuviera que responder ante las víctimas, no de manera directa. Pasó solo dos veces: una cuando salía del despacho y otra en el campus, cuando se tomó esa foto.

Alguien le dio el chivatazo, ¿o no? Le dijo con exactitud dónde y cuándo encontrarme.

Fue demasiado perfecto. En serio que me pilló desprevenido.

Pero no importa de lo que me acusaran, que tampoco podía hacer gran cosa sobre el dinero.

¿Qué se supone que tenía que decir? ¿«Se lo devolveré»?

Yo no dejaba de repetir: «Lo siento mucho.

No sé qué decirle. No puedo hacer nada».

Todo eso estaba en Facebook, ¿verdad? Así se pusieron en contacto con el anciano que me increpó. ¿Qué, no lo sabes? La persona que dio el chivatazo, el culpable. Había rumores. Alguien quería descubrir mis secretos. Pero da igual. Ya es historia.

Oye, no necesitas ese cupón de descuento, ¿verdad? No creo que vuelvas a comer aquí. ¿Puedo quedármelo? 200 yenes menos es una oferta fantástica. Mejor si lo uso yo y no lo malgastamos.

Y, bueno, ¿no fue increíble, esa discusión grupal? Pensándolo ahora, tengo la sensación de que fue más bien una especie de experimento psicológico raro. O un juego mortal de bajo presupuesto. La manera en que la gente enloqueció por unos sobres estúpidos... Fue ridículo.

Nunca he perdido tanto el tiempo como en la época en que busqué empleo.

Los universitarios mienten como bellacos para impresionar a las empresas.

Y las empresas solo te dicen lo que quieres oír.

Coge la mía, por ejemplo; es un proveedor de envases.

El encargado de la selección de personal era un tipo delgaducho, afable, con gafas.

Parecía un lugar decente en el que trabajar.

Por eso acepté la oferta. Pero, al entrar, me di cuenta de que él era la excepción, no la regla.

La empresa estaba llena de idiotas, era casi un maldito deporte.

¿Y el encargado? Dimitió el mismo año que entré.

Tiene sentido. Quizá fuera el precio que debía pagar por todos los engaños de mis tiempos de estudiante. Me sentí estafado.

Todo lo que me contaron era mentira. «Apoyamos a las mujeres en el ámbito laboral», «Somos una empresa global», «Disponemos de una amplia gama de prestaciones para el personal».

Todo chorradas. Relegaban a todas las mujeres a las tareas de escritorio, diciendo que no estaban hechas para las ventas.

En la entrevista me preguntaron por mi resultado del TOEIC, pero no he usado el inglés ni una sola vez.

Es un negocio doméstico por completo. Y no me tires de la lengua con el día libre por tu cumpleaños.

Allí nadie ha oído hablar siquiera de ello.

La búsqueda de empleo es solo un intercambio sin sentido de mentiras entre universitarios desesperados y empresas deshonestas.

Sigo sin tener la menor idea de las razones por las que contratan a la gente. Y tampoco es que me importe, a estas alturas.

En fin, ¿te has reunido ya con los otros tres? Hum. ¿Y bien? ¿Qué te han dicho? ¿Ninguno de ellos tiene dudas sobre la discusión?

Venga. Ahórrate el paripé. Al menos intenta mantener una conversación de verdad conmigo. He renunciado a la pausa de la comida para estar aquí.