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Se trataba de una coincidencia terrible, pero no podía hacer nada al respecto. Aun así, me costó ocultar la oleada de culpa que me sobrevino. Me obligué a esbozar una sonrisa tensa de disculpa y esperé a que los demás levantaran la vista de sus agendas.
Entonces, de manera inesperada, comenzaron a llegar buenas noticias.
—Yo tuve una entrevista sobre las dos —dijo Yashiro, la primera en levantar la mano—. Puedo llamar al Departamento de Recursos Humanos de la empresa si queréis que os lo confirmen.
Al instante, Kuga dijo:
—Yo estaba en la universidad. Tenía un seminario, así que el profesor puede responder por mí.
En un santiamén, los dos habían quedado absueltos. Solo necesitábamos una coartada verificada más y el culpable saldría a la luz. Noté que se me subía la bilis a la garganta al mirar a Shima y Hakamada. Uno de ellos tenía que ser el culpable. No había otra opción.
A menos que... No. No, no podía ser. No tenía sentido.
Un segundo después se levantó otra mano.
—Yo también tuve una entrevista —dijo Hakamada con voz firme, cautelosa—. Puedo llamar y es probable que lo corroboren.
En el momento en que esas palabras salieron de su boca, se confirmó la identidad del culpable.
Solo quedaban unos minutos para que acabara la discusión.
Sentí que el frío atenazaba mi cuerpo. No podía ser cierto.
No era posible. Mi mente quiso tirar la lógica y la razón por la ventana, zambullirse de cabeza en una defensa desesperada de la acusada.
Mi lado racional a duras penas logró que me contuviera, pero noté que estaba cerca de mi punto de quiebre.
«Por favor, Shima..., di algo», gritó la voz de mi alma.
Como si hubiera oído esa plegaria silenciosa, ella levantó la mano.
—Estaba en clase, en un seminario. Mi profesor debería poder confirmarlo.
¿Había mentido en un esfuerzo por evitar las sospechas? La idea me reconcomía, pero entonces le eché un vistazo a su agenda y la palabra manuscrita resaltó con absoluta claridad: «Seminario». No mentía. Tenía una coartada sólida.
Gracias a Dios, Shima no era la culpable.
Pero mi alivio fue breve. ¿Por qué tenían todos coartada? Me recosté contra la silla y lo comprendí al fin... Había sido un completo idiota.
Ay.
Al darme cuenta sentí que una alarma contraincendios se disparaba en mi cabeza. Una oleada de pánico me atravesó el pecho. Noté que todas las miradas de la sala se desplazaban hacia mí.
—¿Tú qué dices, Hatano? —preguntó Hakamada con cautela, como si estuviera tratando con un objeto delicado—. ¿Dónde estabas a las dos de la tarde del día 20?
Mis nervios se dispararon. Tenía que contestar con rapidez, pero solo logré balbucear algo sin sentido:
—Hum, sí.
Y me quedé en blanco. Cerré la agenda casi sin pensarlo, como si ocultar la fecha fuera a ayudarme en algo.
El ambiente de la habitación se cargó de recelo.
Tenía que decir algo. ¿Debía asegurar que también había ido a clase?
La idea se me pasó por la cabeza durante una décima de segundo, antes de darme cuenta de que sería una completa mentira. Pero... ¿y si era sincero?
Yo no era el culpable. No tenía más que demostrarlo desde la lógica. Debería haber sido sencillo, pero, por alguna razón, no podía hacerlo. Debía tener el pánico escrito en la cara. No podía pensar con claridad. Las miradas a mi alrededor pasaron de la sospecha a algo peor: la decepción.
—Por ahora —dijo Kuga, la mirada aún fija en mí— vamos a confirmar todas las coartadas. Haremos que cada persona llame a alguien que pueda responder por ella.
Kuga hizo lo mismo que Morikubo un rato antes: puso el móvil en altavoz y marcó un número.
Para que fuera justo, Hakamada se encargó de buscar el número oficial de la universidad.
Cuando atendieron, Kuga pidió que le pasaran con el profesor de su seminario.
Al cabo de un momento se oyó la voz del profesor.
Kuga articuló sus palabras con cuidado, le preguntó si había estado en clase el día 20.
—Sí, claro que estuvo usted allí —confirmó el hombre.
Y, de esa manera, Kuga quedó exonerado.
A continuación, Shima hizo su llamada. Uno tras otro, todos fueron confirmando sus coartadas para el miércoles 20 a las dos de la tarde.
Y, con cada nuevo nombre que quedaba absuelto, yo sentía una asfixia cada vez mayor.
Aquello no estaba bien. Me obligué a ser racional.
A pensar de manera lógica. Pero, cuanto más lo intentaba, más se enredaban mis ideas en una maraña aterrorizada.
Mi cabeza no dejaba de repasar las mismas conclusiones simplistas.
Mi mirada se disparaba de un lado al otro, tenía la garganta seca, cruzaba y descruzaba los brazos como si no supiera qué hacer con ellos.
Estaba perdiendo el control. Y lo peor de todo era saber con exactitud la impresión que estaba transmitiendo: la de ser culpable.
Tenía que retroceder un paso y ser objetivo, pero mi cuerpo y mi mente se negaban a cooperar.
En algún momento, de alguna manera, habíamos cometido un error capital. Yo no era el responsable de todo aquello.
¿Nos habíamos equivocado al asumir que el culpable mismo había sacado las fotos?
Le di vueltas a esa idea en la cabeza durante algunos segundos...
, pero no, no se trataba de eso. Kuga lo había señalado ya.
La distorsión y los puntos negros de las imágenes demostraban que las tres procedían de la misma cámara.
Si el culpable había hecho que otra persona las tomara, la ecuación «fotógrafo = culpable» dejaría de sostenerse.
Pero ¿por qué habría subcontratado el culpable la toma de esas fotos?
No era creíble. Si acaso, habría tenido más sentido que hiciera que personas distintas le llevaran las fotos por separado.
Pero, de haber sido así, ¿por qué se habían tomado todas las fotos con la misma cámara? Habría resultado mucho más sencillo que la persona que proporcionó la información sobre Kuga hubiera sacado la foto de este, y que la persona que denunció a Yashiro hubiese hecho lo propio.
Pero no era eso lo que había pasado.
Lo mirara por donde lo mirase, la respuesta más sencilla era que el culpable hubiera tomado las fotos por su cuenta.
La idea de que hubiera escenificado una coartada tan trabajosa no era realista.
Al fin y al cabo, el hecho de que las tres imágenes procedieran de la misma cámara era algo en lo que solo Kuga había reparado.
Nadie más se había percatado de ello. No había razón para que el culpable llegara a esos extremos.
Lo cual quería decir que...
La respuesta era evidente. Alguien había mentido en su coartada. Era la única explicación posible.
—Uno de vosotros está mintiendo —dije de repente—. Hay otra persona que no tuvo planes el 20. Solo ha afirmado que los tenía.
Ese comentario, imprudente por mi parte, resonó en la sala de conferencias justo cuando la última persona había acabado con la llamada para certificar su coartada.
Tanto Shima como Kuga se habían puesto en contacto con los profesores de su seminario, mientras que Hakamada y Yashiro habían llamado a las oficinas de Recursos Humanos de las empresas con las que habían mantenido sus entrevistas.
Cada uno de ellos había obtenido confirmación por parte de personas en cuya palabra se podía confiar de manera incuestionable.
Y tampoco nos habían proporcionado ellos mismos los números; igual que en el caso de Morikubo, alguien había buscado el contacto antes de realizar la llamada.
No había margen para la duda, no había ninguna razón lógica para sospechar de alguno de ellos.
Y, sin embargo, ¿cómo demonios iba a creerme todo eso?
—Alguien tiene que haber encontrado la manera de falsear su coartada. Sí. Eso es. Tiene que ser eso.
Pero mis palabras tuvieron el mismo efecto que lanzar una piedra a un fantasma: no hubo impacto ni reacción, se desvanecieron en el espacio vacío de la sala.
Si no mantenía la compostura, iban a echarme la culpa.
Me obligué a sonreír, intenté razonar, explicarles la lógica de mis ideas.
Pero fue inútil. Tuve la sensación de ser la única persona de verdad que había en esa sala, como si todos los demás se hubieran convertido en hologramas que no podían oírme; o quizá fuera yo el que no existía.
Los cinco estaban encorvados en el asiento con expresión sombría.
—De acuerdo, Yashiro —dijo Hakamada al fin—. Abre el sobre. Si miramos el documento de Hatano, es probable que encontremos la respuesta.
Antes, cuando Shima había abierto su sobre, nos enteramos de que la acusación contra ella se hallaba dentro del mío. Por proceso de eliminación, eso quería decir que Yashiro tenía el sobre que contenía la acusación contra mí.
Observé en silencio a Yashiro mientras ella deslizaba los finos dedos por el hueco en la solapa y rompía poco a poco el sello del pegamento.
La vista fija, sin decir nada.
Entrevista n.º 5: Kimihiko Morikubo, participante en la discusión grupal
29 de mayo de 2019 (miércoles), 12.19
Escenario: Un restaurante cerca de la estación de Nihombashi
Si dejas que te estafen, la culpa es tuya, joder.
¿Hum? Ah, me refería al plan de inversión en propiedades. La estafa de la que formé parte cuando estaba en la uni.
La gente a la que embaucan con promesas de dinero fácil se lo tiene merecido.
No hay manera de salvarlos. A ver, seamos sinceros...
¿Cómo puedes creer que hay una vía mágica para hacerte rico sin tener que mover ni un dedo?
Pero se lo creen. Ven esa oportunidad dorada y se lanzan de cabeza, sin pensárselo dos veces, como auténticos idiotas.
No pienso compadecerlos. Se lo han buscado ellos mismos.
Oye, ¿me pasas el palillero? No, el palillero entero, ya cojo yo el palillo. Sí, gracias. Déjalo donde estaba. Te lo agradezco.
Todo lo que había en el sobre era verdad. Lo entiendes, ¿no? ¿Qué? No me pongas esa cara de inocencia... Sabes perfectamente a qué me refiero. A ver, no hagas como que no lo sabes, que no te sienta bien.