Los seis finalistas 5 #4
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—¿Y si uno está en blanco? —sugirió Hakamada.

—No —replicó Kuga—. Si, después de abrirlos todos, alguien termina sin acusación alguna, eso equivaldría a una confesión. Tuvo que incluir algo.

—¿Y de qué se trataría?

Siguió un silencio prolongado.

—Me vienen a la cabeza dos posibilidades —contestó Kuga al fin.

En la primera, el culpable incluiría una acusación seria contra sí mismo, pero que pudiera refutarse fácilmente con un contraargumento lógico.

—Lamento ponerte como ejemplo, Hakamada, pero tomemos lo que ha pasado antes contigo —prosiguió Kuga—.

Cuando te han señalado, no has podido rebatirlo como es debido.

No has dejado de repetir que la acusación era falsa, pero carecías de pruebas.

Bien, si el culpable puede presentar una explicación irrefutable, con algún tipo de prueba o testimonio que desmienta al instante la acusación que se le ha hecho, podría salir indemne.

En otras palabras, habría puesto una mentira sabiendo que no tendría dificultades para demostrar su falsedad.

La otra posibilidad era que hubiese incluido algo relativamente menor.

—Cuando abramos todos los sobres, como es natural, compararemos las acusaciones que ha recibido cada cual.

Si el delito de una de ellas es algo trivial, pongamos que una vez esa persona robó un puñado de artículos de cortesía en una habitación de hotel, no bastaría para que albergáramos una duda seria sobre su personalidad.

Podría haber incluido, pues, una acusación que pareciera menor en comparación con las otras.

Repasé las tres acusaciones que habíamos visto hasta ese momento.

Al fin y al cabo, que alguien hubiera sido ya acusado no implicaba que fuera inocente.

Era fácil pensar que todos éramos víctimas, pero, siendo realistas, menos Morikubo, cualquiera podía ser el culpable.

Puesto que habíamos tenido que intercambiar documentos durante las tareas preparatorias, todos conocíamos nuestras respectivas direcciones.

Entregar un paquete en casa de Morikubo no nos habría costado nada.

Respecto a la primera teoría de Kuga —la idea de que el culpable incluiría una acusación que pudiera refutar de inmediato—, ninguna de las tres personas que habían quedado señaladas hasta el momento cumplía con ese requisito.

Hakamada había impugnado su documento, pero sin pruebas.

Kuga, por su parte, no había negado de inmediato la acusación.

Y Yashiro, mientras tanto, había admitido la suya con total sinceridad.

Eso nos dejaba con la segunda teoría: la elección de una ofensa menor.

Todo el mundo tenía sus propios parámetros, por supuesto, pero, observando las acusaciones hasta ese momento, la de Yashiro parecía sin duda la menos condenatoria.

Había mentido al decir que trabajaba en un restaurante cuando lo hacía en la industria del ocio nocturno, pero eso no era ningún crimen.

A fin de cuentas, no había vergüenza cuando el trabajo era honrado.

En todo caso, se podía afirmar que tenía un empleo legítimo.

Lo cual significaba que la persona más sospechosa en ese momento era...

—Adelante, podéis abrir mi sobre —dijo Morikubo, señalando el sobre que Shima tenía en la mano—. Si nos ayuda a estar más cerca de descubrir al verdadero culpable, no me importa.

Habiendo confirmado su inocencia casi por completo, no se podía negar que Morikubo era quien más había sufrido: le habían tendido una trampa y le habían usado como cómplice involuntario.

Tenía sentido que estuviera dispuesto a recibir otro golpe para encontrar al verdadero responsable.

Y, aunque no se pudiera saber lo que iba a salir de eso, abrir su sobre nos proporcionaría al menos más información.

Shima se había opuesto desde el principio a abrir los sobres, insistiendo en que era demasiado peligroso.

En ese momento vaciló, visiblemente indecisa.

Pero, puesto que el propio Morikubo le había dado permiso, no podía seguir negándose...

, no después de que él dejara claro que estaba dispuesto a hacer lo que fuese necesario para descubrir la verdad.

Como si se encontrase a punto de llevar a cabo una ejecución, Shima abrió el sobre con lentitud.

Dentro había una sola hoja. La dejó sobre la mesa.

En ella había dos fotografías impresas.

La primera mostraba lo que parecía una sala de conferencias de gran tamaño, y en ella se desarrollaba una especie de presentación.

En el estrado, un hombre sujetaba lo que parecía un chaleco salvavidas de color negro mientras hablaba al micrófono.

La mayor parte del público tenía el pelo canoso, lo que implicaba que la presentación estaría destinada a personas de la tercera edad.

La pancarta de encima del escenario decía: «Advance Future, Co.

Chaleco de alto rendimiento-Taller para propietarios».

A la derecha del escenario, dos jóvenes observaban el acto.

Como siempre, un círculo de color rojo rodeaba el rostro de uno de ellos.

Ese joven, que lucía una sonrisa forzada y falsa, casi como si fuera una máscara de carnaval, era Morikubo.

La segunda foto se había tomado en lo que parecía ser un campus universitario, con toda probabilidad el de Hitotsubashi, donde Morikubo estudiaba.

En la imagen, un anciano, visiblemente agitado, se encaraba con Morikubo en el momento en que este salía de un edificio de aspecto moderno.

Daba la sensación de que le había cogido desprevenido.

Kimihiko Morikubo es un estafador. Dirige una inversión fraudulenta en propiedades cuyas víctimas son ancianos.

(Nota: El documento acerca de Iori Shima está en el sobre dirigido a Shogo Hatano).

La segunda foto parecía capturar el momento exacto en que una víctima del fraude se había presentado en la universidad de Morikubo para confrontarle.

Había una nueva distorsión en la esquina superior derecha y un punto negro en la esquina inferior izquierda, igual que antes, lo que sugería una vez más que la foto la había tomado la misma persona.

Suponiendo, por supuesto, que todo fuera cierto. Pero, en ese caso, la acusación no era para nada trivial.

A Morikubo se le había desencajado la cara al ver la imagen.

—Ya me había parecido raro que se presentara en la uni... Así que fue para esto, para conseguir esta foto... —murmuró esas palabras con rapidez, casi como si hablara consigo mismo, y entonces nos dirigió una mirada nerviosa al resto.

Es probable que sintiera una urgencia instintiva por reclamar su inocencia, pero se contuvo. Abrió la boca, la cerró de nuevo y bajó la vista hacia el suelo. No teníamos tiempo para más desmentidos exaltados.

Por otro lado, demostrar que la acusación era falsa tampoco parecía una buena jugada, ya que caería de manera directa en la estrategia que Kuga había descrito antes: la idea de que el culpable había incluido aposta información que se pudiera desmentir con rapidez.

Cuanto más convincente se mostrara Morikubo al refutar la acusación, más se arriesgaba a convertirse en sospechoso de nuevo.

El enfoque más seguro consistía en guardar silencio, aceptar la acusación tal y como era, y dejar que los hechos demostraran que no era el culpable.

Con gesto tenso, cogió la hoja y miró las imágenes.

Se le acusaba de estar involucrado en un fraude a gran escala.

Pero la razón por la que ninguno de nosotros se sorprendió fue, irónicamente, que ya habíamos sospechado de él antes.

Primero nos habíamos equivocado al juzgarle.

Luego, cuando quedó claro que no era culpable, nos habíamos apresurado a corregir ese juicio.

Y, en ese momento, cuando aún no habíamos tenido la oportunidad de hacernos a esa nueva impresión de él, se le acusaba otra vez.

No pensé ni por un instante que el de fraude fuera un delito menor.

Pero habían pasado tantas cosas en un plazo de tiempo tan corto que era imposible mantener una opinión sólida sobre el asunto.

Lo único que sabía con seguridad era que el Kimihiko Morikubo que se sentaba frente a mí no era la misma persona que había creído conocer.

—Fue antes de la entrevista. Eso quiere decir... Un momento. —Morikubo asintió para sí, vaciló, y a continuación dijo con seguridad—: Esta foto es del día 20. Del miércoles 20. Fue antes de la entrevista, así que debió de tomarse sobre las dos de la tarde. No tengo la menor duda.

Había salido a la luz una pista importante.

La segunda imagen —que, gracias a la distorsión y al punto negro, demostraba que el culpable se había ocupado de sacar él mismo las fotos— había capturado a Morikubo topándose con un anciano en el campus.

Y en ese momento teníamos la seguridad de que la foto se había tomado el día 20.

En otras palabras, el culpable había sacado la foto ese día y, acto seguido, se había dirigido a la universidad de Kuga a sacar otra. Sus movimientos durante el día del crimen empezaban a cobrar definición.

Como si nos lanzáramos a hacer un examen nada más sonar la campana, todos abrimos las agendas de golpe.

Cada cual estaba en disposición de saber si contaba con una coartada, podíamos demostrar que no éramos los responsables.

Y, si todos teníamos coartada menos el culpable, existía la posibilidad de que le identificáramos por un proceso de eliminación.

Pero, en lo más hondo de mi ser, ya estaba sumiéndome en la desesperación.

Había querido la suerte que no tuviera nada apuntado el 20 de abril. Ni clases, ni actividades del club, ni un trabajo a media jornada, ni entrevistas. Mi agenda tenía la hoja en blanco: me había pasado el día entero en casa.

Si queríamos identificar al culpable, no podía haber ni una sola persona como yo en la sala. La única manera de dar con él era que todos tuviéramos planes que pudieran verificarse.