Los seis finalistas 5 #3
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—Me lo encontré en el buzón. Un paquete con mi nombre: «Kimihiko Morikubo».

No llevaba sello. No tenía ni idea de lo que era, así que lo abrí.

Dentro estaban el sobre grande y una hoja con un mensaje.

«Este sobre debe usarse durante la discusión grupal de Spiralinx.

Asegúrese de que no le ve nadie cuando lo deje en la sala.

Varios empleados desconocen el plan, así que asegúrese también de que el equipo de Recursos Humanos no lo descubra.

Lo ideal sería que lo dejara en algún sitio visible para los participantes en cuanto comience la reunión.

Se trata de una documentación de la mayor importancia, así que no se la olvide mañana».

Decía eso. Así que me cuidé de llegar temprano y esconder el sobre detrás de la puerta.

Kuga le había escuchado como si se tratara de un testimonio crucial, con la mano sobre los labios y expresión de estar reconcentrado.

Hakamada, por otro lado, negaba con la cabeza, incrédulo.

—Venga, Kuga... Esto es una pérdida de tiempo. ¿De verdad te crees esta mierda? «Asegúrese también de que el equipo de Recursos Humanos no lo descubra»... ¿A quién se le ocurriría aceptar algo así? Solo está poniendo excusas. Es patético. Si vas a mentir, al menos haz que sea medio...

—¡No estoy mintiendo! —espetó Morikubo—. ¡Es lo que pasó!

—Es que ni siquiera tiene sentido. Si vas a mentir, al menos haz que suene realista.

—¿Qué parte de este proceso de selección ha sido realista?

—Como si hubiera vuelto a la vida, Morikubo se inclinó hacia delante en su silla—.

¿Una discusión en la que nosotros mismos debemos elegir a la persona que obtenga el empleo?

Eso es de por sí una locura. De modo que, cuando el paquete llegó a mi casa, sí, pensé que era raro.

Pero entonces me pregunté si no sería la manera de trabajar de Spiralinx.

Igual se trataba de una táctica extrema que una compañía informática vanguardista podría probar.

La nota decía que no lo abriera, así que no lo hice.

De haber sabido lo que había dentro, de haber sabido que lo había organizado uno de nosotros, nunca lo habría traído.

La historia era absurda, cuando menos. Pero, para ser una mentira improvisada en el último momento, tenía un extraño aire de veracidad. Y esa sensación no tardó en propagarse por la sala.

Pero seguíamos exhaustos por tener que dudar de todo. Que lleváramos dos horas encerrados en esa habitación ya era sofocante de por sí, y encima nos habíamos enfrentado a una revelación desgarradora tras otra. Llegado ese punto, mi cuerpo ansiaba un poco de paz antes que la verdad.

Mientras nos preguntábamos qué debíamos hacer con la historia de Morikubo, Kuga devolvió dos hojas a la mesa: las acusaciones contra él y contra Yashiro.

—¿Veis esta manchita? Es sutil, pero está ahí. Y aquí, en la esquina inferior izquierda. Esa manchita negra. Aparece exactamente en el mismo punto de las dos hojas.

Señaló las dos fotografías cazadas al vuelo, la del aula universitaria en la que salía él y la de Yashiro entrando en un edificio. Estaba diciendo que ambas tenían un rasgo en común.

Al mirar más de cerca me di cuenta de que no le faltaba razón.

Las dos hojas mostraban la misma distorsión débil, como de código de barras, en la esquina superior derecha, junto con un punto minúsculo en la esquina inferior izquierda.

Al principio tuve la sensación de que podía ser un problema de la impresora, pero, puesto que las imágenes se habían impreso en lugares diferentes de la hoja, no podía deberse a eso.

Solo había una explicación lógica: ambas fotos se habían tomado con la misma cámara.

Pero ¿qué importancia tenía eso?

—¿Y? —preguntó Hakamada.

Kuga tragó saliva con dificultad y señaló la imagen en la que salía él.

—Esta foto se tomó el miércoles 20 de abril... en la asignatura Ciudades y Medio Ambiente. No cabe la menor duda. Se puede saber por el profesor que está en el podio y las notas de la pizarra. Eso significa que eran las cuatro de la tarde.

—Ve al grano.

—Morikubo no pudo haber sacado esta foto.

En ese momento..., ¡buuum! Como si Kuga le hubiera dado pie, el aire acondicionado emitió un ruido sonoro y retumbante por encima de nuestras cabezas. La súbita alteración en el flujo del aire hizo que las plantas de la sala se mecieran de manera siniestra.

Quizá por no poder tolerar que la conversación hubiera regresado a la casilla de salida, Shima sacó una botella de té de jazmín de su bolso y le dio un trago. Yo respiré hondo.

—Ese día debíamos encontrarnos. Le pregunté cuándo le iba bien, y dijo que a partir de las cinco. Tenía una entrevista. Os acordáis, ¿verdad? Lo dijo delante de todo el mundo el día que salimos a beber.

Yo lo recordaba. Kuga le había pedido prestado un libro de negocios y quería devolvérselo, así que le sugirió una fecha.

Morikubo le dijo que tenía una entrevista y le pidió que se vieran a una hora concreta.

No recordaba la fecha u hora exactas que habían mencionado, pero sí estaba seguro de que la conversación se había producido.

Si Kuga tenía esa certeza sobre sus detalles, la cronología sería sin duda correcta. Morikubo había tenido una entrevista el 20 de abril a las tres. Al menos fue lo que nos dijo en ese momento.

Pero tal cosa no bastaba para absolverle.

Al fin y al cabo, ¿y si lo de la entrevista había sido mentira?

Habría sido muy sencillo falsearlo. Comencé a elaborar una réplica en mi cabeza, pero de inmediato me di cuenta de que carecía de sentido.

La noche de copas había tenido lugar antes de que el proceso de selección se viera alterado...

, antes de que nos convirtiéramos en rivales.

Por entonces no éramos más que miembros de un mismo equipo.

No había razón para que se inventara un horario, o para que tramara algo con lo que socavar al resto.

Entonces se me ocurrió otra posibilidad: ¿y si Morikubo no había sacado la foto? ¿Y si le había pedido a otra persona que lo hiciera? Eso dejaría su coartada sin valor.

Pero ahí entraban la distorsión y la manchita de color negro.

—Estas fotos se tomaron con la misma cámara —dijo Kuga.

—Sí, pero eso no quiere decir que Morikubo sea el dueño de la cámara —replicó Hakamada—. Podría haber hecho que otra persona las sacara o...

Su voz se desvaneció.

La habitación se sumió en el silencio. ¿Por qué?

Pues porque, nada más decirlo, todos nos dimos cuenta de que sonaba ridículo.

¿Quién iría corriendo arriba y abajo, sacando fotos como esas para otra persona?

¿Un padre devoto? ¿Un amigo íntimo? ¿Un espía a sueldo?

Lo miraras por donde lo mirases, era mucho más natural asumir que el fotógrafo era la misma persona culpable.

Y Morikubo tenía una coartada sólida..., lo cual solo podía significar que él no estaba detrás de todo aquello.

Entonces, ¿de quién se trataba?

Llevábamos dos horas dejándonos las uñas para salir a la superficie, desesperados por respirar. Pero, en ese momento, justo cuando creíamos estar cerca, nos arrastraban de nuevo hacia el fondo.

La tensión se volvió más densa, todos comenzamos a respirar de manera entrecortada, como si nos peleáramos por acceder a un suministro limitado de oxígeno.

En cualquier caso, teníamos que comprobar la coartada de Morikubo, que abrió su agenda y nos mostró la fecha de la entrevista, marcada con claridad.

Entonces, delante de todos, llamó al Departamento de Recursos Humanos de la empresa con la que había mantenido la entrevista.

Hakamada, que seguía sospechando de él, se encargó de buscar el número, probablemente para asegurarse de que Morikubo no llamara a algún amigo que se hiciera pasar por un empleado de la empresa.

Morikubo, que estaba harto de ser el principal sospechoso, puso la llamada en altavoz.

Explicó que necesitaba que confirmaran la hora de la entrevista para el justificante de ausencia que le habían pedido en el seminario.

El representante de Recursos Humanos lo confirmó: no había duda de que había estado en su despacho de tres a cuatro.

Por supuesto, yo deseaba saber quién era el verdadero culpable.

Quería exponer al mentiroso que había entre nosotros.

Pero, al contraponerlo con mis posibilidades de obtener el empleo de Spiralinx, de repente ese deseo me pareció insignificante.

Debería haber querido saber la verdad, pero en el fondo no era así.

¿Acaso tenía importancia? Yo solo quería seguir adelante.

Pero no podía decir eso. Porque, sin la menor duda, era exactamente lo que diría el culpable.

Si me atrevía a soltar algo que se pareciera en lo más mínimo a esas palabras, sonaría como que era yo quien le había tendido la trampa a Morikubo e intentaba ocultarlo. Bajo ningún concepto podía hacer eso.

Sabía que yo no era el culpable, así que no hubiera vacilado en otorgarme a mí mismo carta blanca, pero los otros no lo verían igual. Era imposible que me dieran el visto bueno mientras existiera el más leve resquicio de duda. Pasara lo que pasase, no podían correr tal riesgo.

Eso implicaba que debía prepararme yo también.

Nos quedaban poco más de veinte minutos de reunión... y nuestra única opción era encontrar al culpable.

—¿No tendría más sentido sospechar de alguien que no hubiera tenido planes sobre las cuatro de la tarde del día 20?

Dicho eso, Hakamada sacó su agenda y nos invitó a hacer lo mismo a los demás. Todos comprobamos nuestros horarios, pero, al margen de Kuga, que había tenido clase, y de Morikubo, que había acudido a una entrevista, nadie disponía de una coartada sólida. Ese enfoque era un callejón sin salida.

Una sensación de urgencia comenzaba a recorrer la habitación.

—El culpable... —Shima titubeó, el rostro fruncido por el temor y la frustración mientras se obligaba a proseguir—: El culpable se habrá asegurado de incluir también un sobre dedicado a sí mismo, ¿verdad?