5 #2
Debieron de sentirse como si alguien hubiera cogido una de las fichas del juego y la hubiese hecho retroceder cinco casillas sin motivo. Hakamada me dirigió una mirada condescendiente, como si yo fuera un niño que no acababa de entender las cosas.
—Eso ya no es una opción, Hatano. Y lo sabes.
—Lo sé. Lo sé. Créeme que sí. Pero...
Tenía que ser sincero. Tenía que decir con exactitud lo que sentía. Si lo presentaba de la manera correcta, ellos lo comprenderían. Tenía que creer que sería así.
—Sigo pensando que deberíamos deshacernos de ellos.
Sí, no os voy a mentir, en parte eso se debe a que no quiero que me acusen.
Quizá sea un acto de cobardía, pero es la verdad.
No tengo ni idea de lo que hay dentro de esos sobres.
Si hay alguna acusación delirante contra mí, pues claro que mi reputación quedará dañada.
Es algo que hemos visto pasar una y otra vez durante esta discusión.
A ver, he trabajado duro para conseguir seis votos, ¿por qué querría tirarlos a la basura?
De modo que sí, lo admito. Tengo miedo. Estoy aterrorizado.
Pero esa no es la única razón por la que me opongo a abrirlos.
Todo este asunto, la discusión que estamos manteniendo, es como si intentáramos dar con la mejor manera de usar un arma nuclear.
Como si dijéramos: «Bueno, me han dado, así que es justo que todos los demás reciban también».
Y lo estamos tratando como si fuera un argumento razonable...
Pero, a fin de cuentas, estas acusaciones, estos sobres, no son más que trozos de papel.
No son más que eso. Y mirad, ya sabemos quién es el culpable.
Ya no tenemos que preocuparnos por entregarle el empleo de manera accidental.
Hemos pasado muchos días juntos, hemos llegado a conocernos.
¿De verdad vamos a dejar que unos trozos de papel anulen todo lo que hemos descubierto sobre los demás?
Solo porque alguien ha escrito algo, ¿debemos creer que se trata del plano general?
Olvidémonos de los sobres. Es lo que hemos acordado al principio, ¿no?
Y, con sinceridad, creo que mi propia sugerencia, la norma de votar cada treinta minutos, es parte de la razón por la que esto se ha salido de madre.
Como los resultados eran tan visibles, la gente ha empezado a pensar que debía hacer algo para mantenerse en liza, por mucho que eso implicara socavar a todos los demás.
Así que, si estás de acuerdo con ello, Kuga, ¿por qué no eliminamos todos los votos?
Por un instante, la habitación contuvo el aliento. Tuve la sensación de que había logrado rebajar la tensión. A Hakamada y Yashiro les cambió la cara.
—Podríamos decir que solo quedan dos votaciones, o incluso una, la definitiva. Si eso os sigue pareciendo injusto... —respiré hondo—, entonces confesaré.
—¿Confesarás?
—Admitiré todos los delitos que haya cometido.
Los otros se quedaron rígidos, preguntándose qué tipo de confesión estaba a punto de realizar.
El problema era que... no tenía nada. Mi mente repasó mis recuerdos a la velocidad de la luz, pero no logré dar con una sola cosa que pudiera considerarse inmoral de verdad. Hasta donde yo sabía, no tenía nada de lo que avergonzarme... Tampoco nada de lo que sentirme orgulloso.
Después de un silencio incómodo y prolongado, Hakamada preguntó al fin:
—¿Qué, tan malo es?
—No, es solo que... —Sacudí la cabeza—. A ver, estoy seguro de que habré hecho algo, pero no soy capaz de acordarme.
Lo peor que se me ocurre es cuando le pedí prestado un videojuego de la Super Famicom a un amigo de la escuela primaria y olvidé devolvérselo.
Dadme un minuto, quizá se me ocurra algo más.
Lo dije en serio, pero la torpeza de esa declaración inesperada hizo que Yashiro se echara a reír a carcajadas.
Y, en cuanto la tensión se rompió, la liberación se propagó entre nosotros como la pólvora.
Kuga soltó una risita. Hasta Shima sonrió.
Hakamada suspiró y se frotó la nuca, negando con la cabeza en señal de derrota.
Y, de esa manera, el peso que teníamos encima se evaporó.
—Tú ganas, Hatano —dijo Hakamada con una sonrisa desenfadada—. No sé cómo lo has hecho, pero has conseguido levantarme el ánimo. Sí. Eres uno de esos tipos.
El ambiente era ligero, como si la carga que se había cernido sobre la sala de conferencias hubiera desaparecido por completo.
Una sensación familiar fue a ocupar su sitio: el aroma de la sala de conferencias que habíamos alquilado para reunirnos, unidos por el objetivo de superar la discusión grupal en equipo.
—Deshagámonos de los sobres. No hay necesidad de eliminar los votos —dijo Hakamada con franqueza antes de cruzar los brazos y suspirar—.
Sí, ha sido un trayecto accidentado, pero cada uno de los votos que hemos recolectado hasta ahora refleja el esfuerzo que le hemos dedicado.
Deberíamos dejarlos tal y como están. Quedan dos rondas de votación.
Son un total de doce votos posibles... No, diez, porque no podemos votar por nosotros mismos.
Quien los consiga todos aún tendrá una buena probabilidad de obtener el empleo.
Pero no os pongáis demasiado cómodos... Si os dormís en los laureles, alguien podría superaros.
En cualquier caso, ¿qué opináis? ¿Te parece bien, Kuga?
Kuga asintió con la cabeza, y Yashiro hizo lo mismo. Shima sacó un paquete de pañuelos de papel del bolso y se secó los ojos enrojecidos. Yo también noté que se me llenaban los ojos de lágrimas, pero las contuve con un asentimiento firme. Morikubo fue la única y notable excepción.
Aun así, habíamos recuperado una especie de orden natural... y, como si de algún modo se hubiera dado cuenta, la alarma se disparó.
Había llegado el momento de la quinta ronda de votación.
Los resultados superaron todas mis expectativas.
Quinta votación:
Hatano: 5. Shima: 1. Kuga: 0. Hakamada: 0. Morikubo: 0. Yashiro: 0.
En el cómputo total:
Hatano: 11. Kuga: 7. Shima: 7. Hakamada: 2. Yashiro: 2. Morikubo: 1.
Al margen del voto que yo había concedido a Shima, todos los demás habían sido para mí.
Había adelantado a Kuga de manera oficial, haciéndome con el liderato en el global de votos. La competición no había llegado a su fin, pero, mientras anotaba los resultados en la libreta, me temblaron los dedos de la emoción.
Había rechazado las ofertas de otras dos empresas para apostarlo todo por Spiralinx, y la discusión había tomado un giro inesperado por completo.
Había habido tantos momentos en los que creí estar acabado...
Me había visto obligado a plantearme cosas que no habría querido ver nunca, a superar obstáculos que no deberían haber existido.
Y, en ese momento, después de todo, la oferta de trabajo parecía estar al fin a mi alcance.
Me imaginé a los empleados de Spiralinx que trabajaban al otro lado de esas paredes.
Estaba tan cerca... Solo un paso más y me aseguraría un asiento en esa oficina.
El salario inicial: 500.000 yenes al mes.
La idea hizo que mi mente comenzara a dar vueltas con cálculos financieros, y tuve que espabilarme.
Era demasiado pronto para bajar la guardia.
—Kuga, guarda esto —dijo Hakamada, pasándole los papeles que antes estaban desperdigados por la mesa y que él había recogido.
En ese momento, era imposible que Hakamada, Yashiro o Morikubo nos superaran.
Esperaba verlos más desolados, pero, si acaso, tanto Hakamada como Yashiro parecían aliviados.
No podían ocultar del todo su frustración, claro, pero también había una resignación calma en sus expresiones.
Hasta daban la impresión de haberse relajado.
Kuga cogió los papeles, los ordenó un poco y estiró el brazo hacia el sobre grande tamaño A4 para volver a meterlos en su interior.
También le di el sobre que estaba dirigido a mí.
Se había acabado. El fin.
O al menos eso es lo que pensé.
Pero, por alguna razón, Kuga se detuvo de golpe.
Y se quedó allí, mirando los papeles que le había pasado Hakamada: las fotos incriminatorias. Parecía cautivado, los ojos fijos en las imágenes, examinándolas una y otra vez. Las de Hakamada, las de Yashiro, las suyas propias. La tensión regresó a su rostro.
Si se trataba de algún tipo de broma que nos tenía como víctimas, era de un gusto pésimo. Y, si no, no debería haber hecho falta seguir comentando el tema.
Hakamada le llamó, pero Kuga no contestó.
Al fin, después de examinar con detenimiento las fotos varias veces, Kuga habló:
—Morikubo —dijo, sin levantar la vista siquiera de los documentos.
Morikubo no había dicho casi nada desde que Hakamada le pidiera un rato antes que se callase. Se había cerrado en banda, como el boxeador que ha perdido las ganas de luchar. Estaba allí, desplomado sobre la silla, envuelto en un aura grisácea, como si fuera un mueble más de la sala de conferencias.
—¿Puedes volver a explicarnos cómo recibiste el sobre?
—Kuga... —le advirtió Hakamada.
—Es importante. Tengo que oírlo de su boca... No lo preparaste tú, ¿verdad? Sé sincero, sin excusas.
Morikubo levantó la cabeza poco a poco, con gesto de dolor, como un viejo ordenador que vuelve a encenderse después de años de abandono. Se frotó la cara con ambas manos antes de contestar al fin:
—Me lo trajeron a casa.
—¿Cuándo?
—Ayer.
Intuyendo que Kuga quería más detalles, Morikubo se sentó un poco más recto.