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Morikubo, quien había traído el paquete, no dejaba de encadenar excusas.
—¡No, escuchadme! ¡Puedo explicarlo! ¡Os lo explicaré!
Estaba claro que se había dejado llevar por el pánico, pero es que no cerraba la boca.
Era imposible encontrarle un sentido a lo que decía.
Con cada excusa que balbuceaba, no lograba más que desmontar la anterior.
Cuanto más intentaba explicarse, más enmarañado resultaba su relato.
Su voz resonaba en la sala de conferencias y, con cada arrebato frenético, más nos daba la sensación de estar escuchando los delirios de un drogadicto.
Al final, Hakamada no aguantó más. Sujetó a Morikubo por los hombros y le sacudió con fuerza.
—No me... no me decepciones más, que bastante lo has hecho ya.
Aun así, Morikubo soltó algunas palabras más entre tartamudeos. Pero, al final, como si la mera presencia de Hakamada le hubiera sedado, se calló y pasamos a oír solo su respiración entrecortada.
Entonces, de repente, se oyeron unas carcajadas.
¿Procedían de la habitación contigua? ¿O estaban solo dentro de mi cabeza? Las voces me resultaron familiares, pero por un momento sentí un distanciamiento extraño, como si no tuvieran nada que ver con nosotros. Sin embargo, claro que éramos nosotros... El vídeo seguía reproduciéndose.
«Me alegro de verte».
«Me alegro de estar aquí».
«Vamos a jugar limpio».
En la pantalla, los seis continuábamos en los momentos tempranos y pacíficos que habían precedido a la aparición de los sobres, antes de que la discusión se pusiera en marcha.
Detuve el vídeo. Siguieron unos segundos de silencio pesado y, entonces, como si hubiera estado esperando a que llegara su turno, sonó la alarma.
Era el momento de la cuarta votación.
Irónicamente, desde que habíamos descubierto al culpable, el aire de la habitación parecía mucho más respirable.
No era como si hubiéramos recuperado la normalidad por arte de magia, no se trataba de eso.
Pero al menos habíamos dejado de enfrentarnos a un enemigo invisible.
Eso, por sí solo, ya nos había quitado un peso inmenso de encima.
Deseaba decirle un millón de cosas a Morikubo.
Al mirar su rostro deformado, casi irreconocible, las palabras estuvieron a punto de brotar del fondo de mi vientre.
¿Hasta dónde estaba yo dispuesto a llegar para entrar en Spiralinx?
Al hacerme esa pregunta, me di cuenta de que con toda probabilidad podría soportar bastante.
Si se me hubiera ocurrido una estrategia infalible para asegurarme el puesto, quizá hasta habría estado dispuesto a ensuciarme las manos para conseguirlo.
¿Que no obtuve las notas que quería en los exámenes de la secundaria?
No pasaba nada, ya lo haría mejor en los exámenes previos al bachillerato.
¿Que no entré en el instituto que quería?
Los exámenes de acceso a la universidad lo solucionarían.
¿Que fastidié también los exámenes de la universidad?
Seguía sin ser el fin del mundo, siempre y cuando lograra entrar en una buena empresa.
Pero ¿y si no lograba entrar en una buena empresa?
Más allá de eso, no tenía ni idea. Quizá el miedo que sentía fuera exagerado.
Quizá no importara lo que fuese a pasar, pues la vida sabe arreglarse sola.
Pero en ese momento entendí, y de manera dolorosa, las razones por las que alguien podría pensar que esa era su última oportunidad.
Y comprendí también que ese tipo de ideas pudieran llevar a alguien a lanzarse con todo por el camino equivocado.
Morikubo, inmóvil como un cadáver, se quedó despatarrado en su silla mientras se iniciaba la nueva ronda.
Cuarta votación:
Hatano: 2. Shima: 2. Kuga: 1. Yashiro: 1. Hakamada: 0. Morikubo: 0.
En el cómputo total:
Kuga: 7. Hatano: 6. Shima: 6. Hakamada: 2. Yashiro: 2. Morikubo: 1.
Tal y como Yashiro había anticipado, esa vez nadie votó por Morikubo.
Mientras tanto, el único voto de Yashiro había salido de Hakamada. Si me hubieran pedido que adivinara, habría dicho que no se trataba tanto de una muestra de agradecimiento por haber expuesto al culpable como de su manera de disculparse por haber sospechado de ella en un primer momento.
Shima, por su parte, había vuelto a votar por Kuga.
Pero era extraño porque, cada vez que emitía su voto, parecía hacerlo desde una incomodidad mayor.
La determinación obcecada y el rechazo ciego a enfrentarse a la realidad eran dos caras de una misma moneda.
Se esforzaba al máximo por ignorar que era víctima de la desinformación, como si estuviera avanzando por la cuerda floja y no tuviera opción de dar media vuelta.
Observándola, me di cuenta una vez más del daño que los sobres habían hecho a las personas presentes en esa habitación.
Entonces, desde su estado semicatatónico, Morikubo se obligó a soltar una última declaración desesperada:
—Lo reconozco..., yo he traído el paquete.
—Exhaló con fuerza—. Soy consciente de que antes he perdido los papeles, y lo lamento.
Pero la cuestión es que yo no puse nada en su interior.
No fui yo. Apareció en mi casa con una serie de instrucciones y las seguí.
Es lo que pasó. No tenía ni idea de lo que había dentro...
—Morikubo —Hakamada le interrumpió—, ya es suficiente. Cállate.
Eso fue todo. A Morikubo no le quedaba nada por decir.
Puesto que habíamos encontrado al culpable, lo lógico era que la tensión se relajara; que el miedo, los recelos y la rabia que habían envenenado la sala quedaran purgados en un instante.
Pero yo no era lo bastante ingenuo para creer en ello.
Algunas heridas no pueden curarse. Entre nosotros se había abierto una grieta irreparable.
Como mínimo habíamos solucionado un problema.
Como cuando se desmonta una pared ladrillo a ladrillo, el ambiente de la sala de conferencias regresaría poco a poco a la normalidad. O eso quise creer.
—¿Qué hacemos ahora con los sobres?
La pregunta de Hakamada hizo que la cabeza me diera vueltas. ¿Qué había querido decir con eso? Ya no había nada más que hacer. Se había acabado. Habíamos encontrado al culpable. No había razón para que eso siguiera controlándonos. Debíamos deshacernos de ellos y pasar página.
Pero, al parecer, yo era una de las dos únicas personas en esa habitación que pensaban así; Shima era la otra.
Mientras yo estaba dispuesto a tomármelo como una broma que se había torcido, la discusión se centró en la manera en que debíamos lidiar con los sobres.
—Es evidente que Morikubo ha actuado mal —dijo Hakamada—.
No cabe la menor duda. Pero, en cierto sentido, también nos ha hecho un favor.
Ha expuesto cosas sobre nosotros que, de otro modo, nunca habríamos sabido.
Así que ¿por qué no vamos un paso más allá?
Puesto que se supone que debemos escoger al candidato más capacitado, abramos todos los sobres, tal y como ha sugerido Morikubo.
Si se trata tan solo de rumores, podremos probar que son falsos.
Y, entonces, votamos por el que siga pareciendo que se lo merece. ¿Qué decís?
Era una locura. Pero, antes de que pudiera decir nada...
—Quizá sí que deberíamos abrirlos todos —murmuró Yashiro con expresión tensa.
—En efecto —coincidió Kuga.
—Eso sería lo más justo, ¿eh, Kuga?
—Justo, hum...
Era una idea brutal, pero, a la vez, era quizá la manera más natural de proceder.
De haberme encontrado en su piel, yo probablemente habría dicho lo mismo.
La segunda plaza nos pertenecía a Shima y a mí, no porque fuéramos muy populares, sino porque nuestros documentos no habían salido aún a la luz.
Ese goteo de votos hacia nosotros se debía a la mera suerte.
Todos los que habían quedado expuestos habían visto menguar sus posibilidades de conseguir el empleo. Los sobres se habían convertido en el factor decisivo del proceso de selección.
La conclusión lógica era sencilla: abrir todos los sobres. Era la única forma de lograr que las cosas fueran justas.
Tenía sentido... de una manera salvaje y desgarradora.
De acuerdo. Eso funcionaría. Podíamos abrirlos todos. No me molestó.
Tenía esas palabras en la punta de la lengua.
Al fin y al cabo, no había ningún delito grave sobre mi conciencia, o, al menos, ninguno que me viniera de inmediato a la cabeza.
Claro, existía la posibilidad de que se sobredimensionara algún pequeño error de mi pasado, o de que hubiera olvidado algo terrible que había hecho una vez.
Pero, incluso teniendo en cuenta el peor escenario posible, quizá —solo quizá— abrazar mi propia vulnerabilidad actuaría en mi favor.
Sí, si me abría a alentar una acusación contra mí, la reunión pasaría a fluir mejor.
Quizá tal cosa hasta ayudaría a que mi reputación saliese reforzada.
Pero había una razón por la que no podía aceptar por completo el plan de revelarlo todo: Shima.
Hasta yo —que no había sentido más que temor y asco hacia los sobres— estaba comenzando a aceptar su existencia como parte inevitable de la discusión.
Pero Shima no. Era la única que se negaba a dar el brazo a torcer.
Y claro, quizá le resultara fácil mantenerse fiel a sus principios porque, igual que yo, aún no la habían acusado de nada.
Pero eso no alteraba el hecho de que estuviera luchando por seguir el camino más ético que había.
No quería decepcionarla. Eso tenía que admitirlo.
Y, algo más allá, había otra sencilla verdad: si abríamos los sobres, yo no sería el único en verse acusado. Ella también.
Respiré hondo, puse en orden mis ideas y acabé por hablar, interrumpiendo el debate que mantenían Kuga, Hakamada y Yashiro acerca de qué sobre debíamos abrir primero.
—Sigo pensando que tendríamos que deshacernos de ellos.