4 #2
(Nota: El documento acerca de Ryo Hakamada está dentro del sobre dirigido a Sota Kuga).
Ese momento hizo que todo cambiara, fue como ver una partida de Reversi.
De repente, todas las cosas que me habían parecido extrañas cobraron sentido.
Que tolerara tan bien el alcohol. Que se comportara de forma tan natural en sociedad.
Que fuera la mejor oradora del grupo. Que cada uno de sus movimientos resultara atractivo sin esfuerzo.
Que pudiera permitirse un bolso Hermès siendo universitaria.
Que tuviera tantos contactos profesionales a los que solicitar entrevistas.
Uno tras otro, los puntos se fueron uniendo: del blanco al negro.
—Eso explica muchas cosas.
Fue Kuga quien lo murmuró, dando sin duda voz a lo que todos estábamos pensando. De alguna manera, que lo dijera él hizo que la cosa nos golpeara con más fuerza.
—¿Y eso qué se supone que quiere decir? —espetó Yashiro con voz cortante como el cristal.
—Nada.
—No me vengas con que nada. Escúpelo: ¿qué querías insinuar?
—No importa... En serio. No hay ningún sentido profundo en ello.
Por un instante, Yashiro se quedó allí sentada, con una expresión imposible de interpretar. Entonces, como si hubiera tomado una decisión, esbozó una sonrisa desafiante.
—Es cierto —declaró con frialdad—. Trabajo en un club como hostess . ¿Y qué? Es un empleo a media jornada..., nada importante. No es ilegal. Sí, mentí y dije que trabajo en un restaurante. Pero, al margen de eso, no veo que nadie tenga derecho a juzgarme. ¿Me equivoco?
Sus palabras nos impactaron, pero fue su actitud lo que nos dejó sin aire.
Nadie logró articular una respuesta. El ambiente se volvió aún más pesado, nos arrastró, hizo que perdiéramos de vista el propósito de la reunión.
Se suponía que debíamos elegir al mejor candidato para Spiralinx, pero, en ese momento, tuvimos la sensación de estar intentando averiguar quién representaba la opción menos mala.
—Entonces, ¿qué? ¿También has metido tu propio secreto oscuro? —preguntó Hakamada con voz grave, como si estuviera varios metros bajo el agua, aplastado por la presión.
—¿Perdona?
—Te estoy preguntando si has metido tu propia foto en ese sobre.
—¿Sigues con eso? —Yashiro se rio, burlona—. Venga. Esto solo podría haberlo hecho una persona.
Yo no disponía de ninguna prueba clara, pero, si me hubieran preguntado quién me parecía más sospechoso, no habría podido dar ningún otro nombre.
Yashiro llevaba toda la mañana comportándose de manera extraña.
Era probable que yo fuese el único que había reparado en ello, pero se había quedado unos instantes al lado de la puerta antes de que descubriéramos el paquete, había sonreído cuando Morikubo había abierto el primer sobre e incluso había votado por él, como si estuviera recompensándole por ello.
Pero ese último sobre contenía una acusación contra ella.
Eso complicaba las cosas. El responsable, ¿de verdad se socavaría a sí mismo?
Éramos seis personas y había seis sobres.
Por lógica, eso implicaba que el culpable debía haber preparado un documento contra sí mismo.
Pero ¿por qué? Exactamente, ¿cómo planeaba usar esa situación para conseguir la oferta de trabajo?
Paseé la mirada por la sala, escudriñando los rostros de los demás. Y entonces lo vi: Morikubo tenía en la mano un pequeño trozo de papel, del tamaño de una tarjeta de visita.
Al reparar en mi mirada, se estremeció y lo aplastó cerrando el puño mientras bajaba la vista a la mesa.
—Los sobres no han aparecido de la nada —dijo Yashiro, echándole un vistazo a la puerta—.
Solo hay una persona que podría haberlos dejado ahí.
La puerta estaba abierta antes de que empezara la reunión, ¿verdad?
Y se abre hacia dentro, así que hay un punto ciego al otro lado.
Estaban escondidos ahí, fuera de la vista.
Nadie podría haberlos descubierto antes de comenzar, ni siquiera el personal de Recursos Humanos.
Pero, en cuanto se ha cerrado la puerta, han quedado a la vista.
Quizá haya parecido que salían de ninguna parte al empezar la reunión, pero en realidad estaban ahí desde el principio.
—Eso es evidente —murmuró Hakamada—. ¿Qué intentas decir?
Yashiro suspiró, irritada.
—El culpable estuvo en su casa, reuniendo cuidadosamente material para chantajearnos a todos y preparando estos sobres.
A continuación ha tenido que colarlos en esta sala de conferencias sin que nadie reparara en él.
Eso significa que solo ha tenido una oportunidad de verdad: entrar aquí antes que nadie, encontrar un buen sitio y dejar el paquete.
Así que, cuando se ha enterado de que íbamos a quedar antes en la estación de Shibuya, se ha topado con un obstáculo inesperado.
Ha tenido que pensar algún tipo de excusa para ausentarse.
Lo que Yashiro insinuaba era evidente.
Todas las miradas se volvieron hacia Morikubo, que casi se vio obligado a defenderse.
—Eso es ridículo, no tienes ninguna prueba —murmuró, ajustándose las gafas pese a que estaban ya alineadas a la perfección.
Yashiro se negó a echarse atrás.
—Debo decir que esa pequeña interpretación que has hecho antes ha sido divertidísima.
Todo ese discursito acerca de las razones por las que tenías que abrir el sobre tú mismo, intentando que sonara legítimo...
La mayoría de la gente no hubiera llegado tan lejos.
Ha sido tan excesivo que de hecho te he dado un voto por compasión.
Pero dudo que consigas otro. Bueno, ¿y ahora qué?
Sería mejor que confesaras, ¿o es que piensas seguir haciéndote el tonto?
—Yo... —Morikubo vaciló, la voz entrecortada. Como para sonar más convincente, se aclaró la garganta y se obligó a esbozar una sonrisa llena de rigidez—. Me gustaría que no sacaras conclusiones precipitadas. Esto es una encerrona. Cualquiera podría haber dejado ese sobre en cualquier momento.
—La verdad es que no —replicó Yashiro—. Desde que hemos entrado en la sala, nadie ha hecho nada sospechoso cerca de la puerta.
Si uno de nosotros hubiera intentado esconder algo de ese tamaño detrás de ella, alguien se habría dado cuenta.
Pero, cuando he ido al baño, el sobre ya estaba ahí.
No le he dado muchas vueltas en ese momento porque estábamos a punto de comenzar, ni siquiera he reparado en lo que era, pero, ahora que lo pienso, se trataba del sobre.
Y el único que ha tenido la oportunidad de dejarlo ahí has sido tú, Morikubo.
—Puedes darle todas las vueltas que quieras, pero no dejan de ser meras especulaciones. Sigues sin tener ninguna prueba de verd...
—Han dicho que las cámaras estaban encendidas en todo momento, incluso desde antes de que comenzara la reunión.
—Yashiro señaló la más cercana—. Una es para controlarnos desde la habitación de al lado, pero las otras tres son para grabar.
A juzgar por esos monitores, podríamos comprobar la grabación ahora mismo.
¿Estás seguro de que quieres seguir ese camino?
Morikubo no tenía más que decir: «Adelante». No lo hizo.
Hubo cierta indecisión sobre si debíamos tocar las cámaras —al fin y al cabo, las había colocado el equipo de Recursos Humanos—, pero se trataba de una emergencia.
Comprobar la grabación había pasado a tener prioridad.
Desmonté una, detuve la grabación y desplegué la pantallita que llevaba incorporada.
A continuación, la puse sobre la mesa, donde todo el mundo podría verla.
El aparato tenía pantalla táctil, así que di un golpecito sobre la última grabación.
El vídeo empezó a reproducirse y la primera persona que apareció en pantalla fue uno de los miembros de Recursos Humanos, montando las cámaras.
Tal y como esperábamos, la grabación estaba ya en marcha antes de que nadie entrara en la habitación..., antes incluso de que Morikubo hiciera acto de presencia.
La pequeña pantalla de LCD no era de gran calidad, pero tampoco necesitábamos contar las motas de polvo que hubiera en la mesa. Nos serviría.
El empleado de Recursos Humanos se marchó y la habitación quedó vacía durante varios minutos. Solo se veían la mesa, las sillas en las que Morikubo y Kuga iban a sentarse luego, y la puerta al fondo. No había movimiento. No pasaba nada. Era como un cuadro.
Yo me había encargado de manejar la reproducción. Ante la falta de novedades, comencé a preguntarme si no la habría pausado sin querer. Pero no, el icono de reproducir seguía ahí, en una esquina. Quizá deberíamos haber avanzado a cámara rápida.
Pero no lo hicimos. Seguimos mirando, esperando, los ojos pegados a la pantalla inmutable.
Al cabo de unos minutos me di cuenta de que la mesa se estremecía un poco. No me estaba imaginando cosas. Morikubo balanceaba la pierna.
Entonces, de repente, como si no lo aguantara más, se apartó de la mesa y puso las manos en jarras.
Tenía la cara enrojecida, como si llevara algunos minutos aguantando la respiración.
Al instante dejó escapar un sonido gutural y estrangulado...
, sin duda a un volumen lo bastante alto para que lo oyera la gente de la habitación de al lado.
—¡No, no, no! Esto no... ¡no es lo que parece!
Mientras ese grito frenético hacía que todo el mundo se sintiera incómodo, el vídeo mostró una nueva escena: Kogami invitaba a Morikubo a entrar en la sala.
En la pantalla, Morikubo hizo una inclinación cortés de cabeza y dejó la bolsa en el asiento más cercano a la puerta. Entonces, en cuanto Kogami se marchó, miró a su alrededor, examinando la estancia.
—Puedo explicarlo. Solo... solo escuchadme, ¿vale? ¡Parad el vídeo de una vez!
En la pantalla, Morikubo pasó un largo instante mirando la parte de atrás de la puerta. Entonces, poco a poco, metió la mano en la bolsa y sacó algo que deslizó, con cuidado y premeditación, por detrás de la puerta.
No había posibilidad de error. Ni de duda. Ni de interrogantes.