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La alarma llevaba un rato sonando.
Transcurrió un minuto largo antes de que alguien hiciera algo. Al final, Kuga la apagó. Tocaba pasar a la tercera ronda de votaciones.
—Son todo mentiras, ¿vale?
Shima no había hecho una pregunta, sino una afirmación. En el silencio de la sala de conferencias, se puso en pie, cogió un rotulador de la pizarra blanca y le dirigió una mirada suplicante a Kuga, como si esperara que se recompusiera.
—Sí, todo mentiras —repetí sus palabras, aunque las noté huecas mientras las decía.
Ella asintió con la cabeza y yo hice lo mismo, como si estuviéramos reforzando nuestras respectivas ilusiones.
Como mínimo, las acusaciones contra Hakamada podrían haber sido un bulo.
Aunque fuera cierto que un miembro de su equipo de béisbol se había suicidado, eso no implicaba por necesidad que él hubiera sido el cabecilla del abuso.
Pero las acusaciones contra Kuga eran una historia diferente.
Los papeles del aborto pesaban demasiado.
No había margen para esperar que fuese un malentendido.
Eso era real.
Morikubo, el responsable de abrir el sobre, no había reaccionado al ver la foto de Kuga.
Yo casi esperaba que se burlara de las acusaciones, que hundiera el cuchillo un poco más...
, pero, en su lugar, se limitó a mirar la mesa con expresión sombría.
Quizá experimentaba una mezcla de culpa y satisfacción que se anulaban entre sí.
Quizá pensó que ya había hecho bastante daño a la reputación de Kuga y no quiso añadir nada.
Pero cabía la posibilidad de que el contenido del sobre le hubiera alterado más de lo que esperaba.
—Eres tú, ¿verdad, Yashiro? —Hakamada se recostó contra la silla, yendo al grano—. ¿Vosotros qué pensáis, chicos? No se me ocurre que pueda ser nadie más.
—Dios, déjalo ya... —Yashiro había dejado de sonreír. Su expresión se ensombreció—. Aunque hubiera sido yo la que reunió el contenido del paquete..., demonios, aunque yo misma hubiera hecho algo escandaloso, no sería ni por asomo tan malo como, no sé, matar a alguien.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Hakamada con una sonrisa desagradable.
—¿Te refieres a Kuga? —espeté antes de poder contenerme.
Hakamada me dirigió una mirada furiosa y afilada, y por un instante estuve a punto de echarme atrás. Pero no era momento de ceder. Señalé las cuatro cámaras de seguridad ocultas alrededor de la sala, detrás de las macetas, cuyas lentes nos enfocaban.
—Lo están vigilando todo —dije—. Lo están grabando todo. Por la gente de Recursos Humanos que nos ha permitido llegar a este punto tan avanzado del proceso, y por nuestro propio bien, no lancemos acusaciones sin fundamento. Y eso te incluye a ti, Yashiro.
Hakamada miró hacia las cámaras, exhaló con lentitud y bajó la vista como si estuviera repasando sus propios actos. Yashiro, mientras tanto, se limitó a cerrar los ojos.
—Votemos.
La voz de Kuga careció de convicción; no se trataba de una decisión, sino de algo que había que hacer.
Se pasó una mano por el cabello alborotado, intentando aparentar que se recomponía.
Pero no había manera de ocultar su palidez.
Sus ojos eran la única parte de su ser que mantenía esa aguda intensidad, todo el resto había extraviado la fuerza habitual, como si hubiera perdido varios litros de sangre.
Y, de esa manera, la votación obtuvo el resultado exacto que deseaba Morikubo.
Tercera votación:
Hatano: 2. Shima: 2. Kuga: 1. Morikubo: 1. Hakamada: 0. Yashiro: 0.
En el cómputo total:
Kuga: 6. Hatano: 4. Shima: 4. Hakamada: 2. Yashiro: 1. Morikubo: 1.
Después de ser la opción más votada en la segunda ronda, con tres puntos, Kuga vio que sus apoyos menguaban.
La única razón por la que no había obtenido un cero fue Shima, quien había declarado, con absoluta certeza, que las acusaciones eran falsas.
Esa convicción, casi una plegaria, había permitido que Kuga mantuviera el liderato, pero aún quedaban tres votaciones.
Las posibilidades de que continuara arriba hasta el final eran escasas en el mejor de los casos.
En teoría, la idea de votar cada treinta minutos no era mala. Yo seguía creyendo en ese proceso, pero solo funcionaría bien si la discusión se desarrollaba con naturalidad.
En cambio, ese sistema de votación se alimentaba como un parásito de nuestro miedo.
Era un círculo infernal. Con cada nueva ronda, el cambio en los números hacía que la incertidumbre creciera, y esa ansiedad solo nos abocaba hacia los sobres.
Pero, cada vez que abríamos uno, el miedo no hacía más que crecer de nuevo.
Los sobres eran un arma en la que pesaba una maldición, algo que nunca debería haber formado parte de ese proceso.
Pero, por mucho que detestara admitirlo, habían logrado ralentizar la inercia de Kuga y me habían permitido tomar impulso.
Sus votos no iban a regresar. Eso quería decir que los siguientes en la fila éramos Shima y yo, los dos con cuatro puntos.
Me avergonzó admitirlo, pero la idea hizo que una fea sensación de entusiasmo recorriera mi cuerpo.
Sin embargo, había pasado algo extraño en esa votación, y nadie lo había señalado aún. Sí, Kuga había perdido sus apoyos, pero Morikubo, quien había abierto la caja de Pandora, había obtenido un voto.
Y era Yashiro quien había votado por él.
¿Una recompensa, quizá? ¿Por haberle seguido el juego a su plan?
La idea me provocó rechazo, pero lo peor fue que no sabía lo que significaba en realidad ese voto.
Hasta Morikubo pareció sorprenderse al verlo, pero no pudo hacer nada al respecto y nadie estaba de humor para preguntar.
Había una tensión demasiado grande en la sala.
Quedaba una hora y media, tiempo más que suficiente para que las cosas empeoraran.
—Retomemos la discusión, Kuga —sugerí.
Pero, antes de que él pudiera contestar, el sonido de un papel al rasgarse atravesó la habitación. Hakamada estaba abriendo su sobre.
—¿Qué haces?
—¿Qué voy a hacer, Hatano? —Presionó para separar el pegamento, se rindió y acabó por romper por completo la parte superior del envoltorio—.
No puedo dejarlo estar. Sé que Yashiro se encuentra detrás de esto, pero no tengo modo de demostrarlo.
Así que ¿qué hacemos? Solo hay una manera de que este proceso sea tan justo como Kuga finge que es —nos mostró el sobre roto en alto—: que los abramos todos.
Fue como si me hubiera pegado un puñetazo en el pecho.
No porque fuera incapaz de entender su razonamiento.
Por el contrario, desde su perspectiva, lo que había dicho parecía del todo lógico y razonable.
Al haber abierto solo dos sobres, el proceso era desde luego injusto.
Si los abríamos todos, volveríamos a estar igualados.
Pero eso implicaría...
—La respuesta no está ahí. Eso está mal.
—Lo entiendo, Hatano. Sé que estás asustado.
Pero para mí no hay ninguna otra opción.
Seamos realistas: Kuga y yo estamos acabados.
No hay forma de recuperarse después de esto.
La única manera de igualar las condiciones consiste en romper las normas para todos.
Cuando alguien hace trampas, el juego no vuelve a ser justo a menos que todo el mundo pueda hacerlas.
Shima lo ha dicho ya: abrir un sobre implica correr el riesgo de que tu propio documento salga a la luz.
Pero para mí ya es demasiado tarde, no tengo nada que perder.
No sé a quién pertenecerá este trapo sucio, pero estoy segurísimo de que no voy a encubrirlo.
Y no me malinterpretes: yo no quería que las cosas fueran así.
Durante un tiempo pensé que sería genial que los seis entráramos juntos en Spiralinx.
No os odiaba a ninguno. De verdad que no.
—¡Si piensas eso no lo abras! ¡Nos hemos pasado todo este tiempo trabajando por un mismo objetivo! ¡Hemos dedicado días, semanas, a conocernos entre nosotros! ¿No es suficiente?
—Está claro que no —espetó Hamada, que se mordió el labio—.
Si te hubiera pasado a ti no estarías tan escandalizado ahora, ¿verdad, Hatano?
Admítelo. Te doy miedo, ¿no? De eso se ha tratado desde el principio.
La persona que os mostré no era mi yo al completo.
De acuerdo, lo acepto. Pero eso quiere decir que el resto también habéis ocultado cosas.
Hay alguien como yo en esta habitación. Alguien como Kuga.
Y, por de pronto, alguien lo bastante asqueroso para haber hecho algo así.
Esa es la verdad acerca de nosotros. Así que voy a abrir este sobre.
Y una cosa: si dentro hay una foto tuya, Hatano, que sepas que lo siento.
Shima intentó detenerle, pero solo tardó unos segundos en abrir el sobre.
El documento que contenía no hablaba de mí.
Exhalé y cerré los ojos con fuerza para que nadie captara el alivio en mi rostro. Entonces, abriéndome paso a través de una maraña de sensaciones de culpa, tristeza y curiosidad morbosa, me obligué a mirar la mesa.
Comparado con los que habíamos visto hasta ese momento, el documento era de una simpleza sorprendente. Solo había dos imágenes en él.
La primera era un retrato profesional de una mujer que lucía un llamativo vestido de color carmesí con escote de hombro a hombro.
Estaba sentada en un sofá de cuero negro, con las piernas, largas y pálidas, cruzadas con elegancia, mirando a la cámara con una sonrisa seductora.
Tenía el pelo de color claro y estaba muy maquillada, pero no había error posible: se trataba de Yashiro.
La segunda imagen se parecía más a la foto del aula del documento de Kuga.
Estaba granulada y era de baja calidad, resultaba evidente que se había tomado en secreto.
Volvía a salir Yashiro, esa vez vestida de manera informal, entrando en un edificio estrecho y mal iluminado en lo que parecía un barrio de bares concurridos.
Tsubasa Yashiro es una puta. Trabaja en un club de anfitrionas llamado Salty, en Kinshicho.