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La voz que le interrumpió era temblorosa, estaba al borde de las lágrimas. Se trataba de Shima, que cogió de la mesa la carta acusadora sobre Hakamada y señaló el mensaje de la parte inferior con sus finos dedos.
—Esta nota de aquí, «El documento acerca de Sota Kuga está dentro del sobre dirigido a Kimihiko Morikubo»... ¿A qué pensáis que se debe?
Morikubo dejó de mover las manos.
—¿Conocéis el dicho «Antes de embarcarte en un viaje de venganza, cava dos tumbas»?
Quien diseñó esto se aseguró de que el daño no fuera unilateral.
Si la nota es cierta, sí, Morikubo, tu sobre probablemente contenga algo que difame a Kuga.
Y quizá acabe perdiendo votos. Pero ese no será el final de la historia: tu turno llegará tarde o temprano.
Y, además, quedarás como la persona que lo desencadenó. Eso no ayudará a nadie.
—¿Crees que no lo sé? —Morikubo se puso las gafas al fin y clavó una mirada penetrante en Shima—. Por eso abrirlo es la decisión correcta.
—¿Qué?
—Si abro el sobre, me arriesgo a exponer mi propio pasado.
Tal y como dices, Shima, me convertiré en el centro de atención.
Pero que esté dispuesto a ello demuestra que no tengo nada que ocultar, ¿no?
Básicamente, estaré diciendo que no hay nada en mi pasado por lo que valga la pena acusarme.
En cualquier caso, cuando los abramos todos podremos ver lo que contienen en realidad.
Si resulta que Kuga sigue siendo el mejor candidato, pues bueno.
Quien le apoye podrá seguir votando por él.
Lo único que hago es aceptar el riesgo de introducir más información en el proceso de la toma de decisiones. ¿Qué problema hay?
Su lógica tenía sentido.
Por un instante, me descubrí tomándolo en consideración..., pero entonces negué con la cabeza, intentando apartar esa idea de mí. ¿Cuál era la decisión correcta? ¿Cómo debíamos actuar? No había espacio para pensar. No había claridad.
Pero de una cosa estaba seguro: no podía aceptar una estrategia basada en la malicia.
—Te equivocas —logré decir al fin.
Morikubo me miró con frialdad.
—Estos sobres no están pensados para formar parte del proceso de selección. Uno de nosotros tiene que haberlos traído del exterior. No deberíamos usarlos.
—De acuerdo, Hatano. ¿Me cedes tu plaza? —contestó Morikubo al instante. Al ver que yo vacilaba, se dirigió al resto—: Si todos estáis de acuerdo en dejar los sobres en paz y darme el empleo, no abriré el mío. Pero, si no existe esa opción, entonces voy a abrirlo.
Nadie pudo detenerle.
Deslizó un dedo por debajo del sellado y lo rasgó poco a poco.
Levanté la vista hacia el techo mientras el sonido del papel al romperse llenaba el silencio. ¿Cómo habíamos llegado a eso? ¿Cómo habíamos acabado allí? La respuesta era evidente: alguien lo había organizado. Pero no tenía ni idea de quién podía ser.
Todos conocíamos nuestros respectivos historiales, al menos hasta cierto punto.
Indagar en ellos no sería sencillo, pero distaba mucho de ser imposible.
Lo único que había hecho falta era recabar la información, sellarla dentro de esos sobres y dejarla allí.
Cualquiera habría sido capaz de hacerlo, y eso quería decir que descubrir al autor sería dificilísimo.
Morikubo seguía transmitiendo la misma impresión calma e inteligente. Pero algo no cuadraba. Estaba como poseído. Llevó a cabo el proceso como si fuese una labor cualquiera, pero había un brillo en sus ojos..., algo volátil, algo febril.
Kuga le observaba, la decepción era patente en su expresión. Pero, por debajo, había miedo. Se le había acelerado la respiración.
Shima se sostenía la cabeza entre las manos mientras Hakamada, que observaba el sobre con una rabia muda, a duras penas lograba mantener el control.
En ese momento... no pude creer lo que me mostraban los ojos.
Yashiro sonreía.
Estaba sentada a mi lado, así que yo era quien mejor podía ver su expresión.
Sin embargo, debía de haberme confundido.
Me pasé tres largos segundos observando su perfil, vigilando con detenimiento cualquier pequeño cambio, cualquier ilusión provocada por un truco de la luz.
Pero no. Estaba claro que sonreía. Y era una sonrisa nítida, hermosa, casi de depredador...
, como si estuviera disfrutando de la manera en que las cosas empezaban a desmoronarse, o quizá de la humillación febril de Morikubo.
Y entonces lo recordé.
Justo antes de que comenzara la discusión, Yashiro se había comportado de manera extraña cerca de la puerta. Y el paquete había aparecido en ese punto exacto. En su momento supuse que buscaba algo, pero...
Antes de que pudiera llegar al final de esa idea, Morikubo extrajo una hoja de papel del sobre.
Sin leerla, la desplegó encima de la mesa.
Los seis la miramos, y los seis guardamos un silencio sepulcral.
Había tres fotografías impresas en ella.
La primera era un retrato de Kuga en la playa, posando con una chica más o menos de su edad, ambos haciendo el gesto de la paz.
Estaban cerca, en términos físicos, y, al parecer, unidos en términos emocionales.
Era muy probable que fuera su novia. Tenía el pelo muy corto de color castaño claro y vestía una camiseta, pantalones cortos y chanclas...
, pero no llevaba bañador, aunque era evidente que habían estado jugando en el agua.
Era guapa, el complemento perfecto para Kuga.
Se trataba del tipo de pareja que hace que la gente vuelva la cabeza, que se sienta celosa.
La sonrisa de Kuga en la foto también era diferente, mucho más relajada que cualquier otra que nos hubiera mostrado. En la imagen, con bolígrafo de color rojo, habían escrito las palabras «Sota & Miu» junto con una fecha. Con la misma tinta habían dibujado algunos corazoncitos a su alrededor.
Hasta ahí, todo bien. Igual que la foto del equipo de béisbol de Hakamada.
Pero la segunda imagen... era diferente.
Parecía una foto improvisada en un aula universitaria.
Era una sala grande, quizá lo bastante para acoger a unos quinientos alumnos.
Tenía amplios escritorios y sillas de madera en la típica configuración académica, aunque el diseño fuera más bien moderno.
No podía ser un lugar muy antiguo. El fotógrafo había disparado desde algún punto cercano a las filas de en medio.
En el plano aparecían varios estudiantes, todos de cara a la pizarra blanca, en apariencia escuchando la clase.
Pero había también dos círculos rojos. El primero señalaba a Kuga, sentado con un grupo de media docena de alumnos.
El segundo estaba al otro lado de la sala, muy lejos del grupo de Kuga, y señalaba a una alumna solitaria: la misma chica de la playa.
La tercera foto era un documento escaneado.
No me hizo falta leer los detalles. No quise.
El encabezado en la parte superior de la página ya lo decía todo: «Formulario de autorización para la interrupción voluntaria del embarazo».
Bajo el campo del «Paciente» aparecía el nombre de Miu Harada, y bajo el de «Cónyuge o pareja» decía «Sota Kuga». No necesitamos saber nada más.
Sota Kuga es un monstruo. Dejó embarazada a Miu Harada, su novia. Luego la obligó a abortar y la abandonó.
(Nota: El documento acerca de Kimihiko Morikubo está dentro del sobre dirigido a Iori Shima).
Por alguna razón, ese sobre me había impactado más que el de Hakamada.
Quizá fuera porque tenía a Kuga en un pedestal, le admiraba y le respetaba igual que el fan apoya a un deportista. Me caía bien de veras.
Una parte de mi ser debería haberlo sabido, pero aun así había querido creer en él.
Levanté la vista del papel con la esperanza de ver a Kuga sentado allí, calmado y sereno, tachando el papel de mentira ridícula, desmontándolo con una lógica sólida, antes de dirigirnos una sonrisa confiada y de volver a encauzar la conversación.
Pero vi algo muy diferente.
Kuga se pasó la mano por el pelo. Antes lo llevaba peinado a la perfección, fijado con una gomina fuerte, pero el gesto hizo que se levantara en todas direcciones y le dio el aspecto de alguien que acababa de salir de la cama.
Y su cara..., ese rostro que siempre parecía atractivo de manera natural, la definición misma del universitario modelo...
, ya no era tan natural. Siempre había sido el resultado de un trabajo minucioso, siempre se había sostenido a base de control.
Y, al haber caído la máscara, parecía el de una persona del todo distinta.
Chasqueó la lengua de manera cruda, fea. Y, con una voz que rezumaba frustración reprimida, como el entrenador que maldice al caballo de carreras que no ha cumplido con sus expectativas, espetó a modo de primera reacción:
—A la mierda.
No pude más que quedarme allí sentado, contemplando al desconocido que había ocupado su lugar.
Entrevista n.º 3: Sota Kuga, participante en la discusión grupal
19 de mayo de 2019 (domingo), 14.35
Escenario: El salón de un hotel cerca de la estación de Suitengumae
Te quedaste un rato observándome, ¿verdad?
¿Cuándo? Ya lo sabes. Cuando salió mi expediente.
Pues claro que me di cuenta. La mirada que me dirigiste... de desprecio, decepción, duda... y quién sabe qué más... Fue un pandemonio de emociones. Te sorprendería lo fácil que es interpretar ese tipo de cosas.
Venga, pidamos algo de beber. Tienen varios platos ligeros si no has comido. Creo que hay bocadillos. Oh, esa es la carta de bebidas... Sí, esa de ahí. El sándwich club. Está bastante bueno. Tostadito.
No, no me alojo aquí. Solo he supuesto que, si íbamos a vernos después de tantos años, un lugar así sería agradable. Trabajo en Roppongi, aunque no me paso todo el tiempo en la oficina. De hecho, no voy demasiado a menudo. Se podría decir que soy medio nómada.