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—En cualquier caso, está claro que se trata de una mentira maliciosa —dijo Kuga, golpeando con el puño cerrado el sobre que contenía la acusación contra Hakamada—.
Ahora que sabemos lo que cabe esperar del resto de los sobres, no hay necesidad de abrirlos.
Devolvámoslos todos al paquete original y librémonos de ellos.
Las palabras de Kuga —las palabras de nuestro líder— tenían su peso. Todo el mundo estaba de los nervios, como si nos encontráramos al borde de un precipicio sin una barandilla delante. Pero el sendero que nos habían señalado estaba claro y tenía sentido.
Desconocíamos quién había preparado los sobres. El mero hecho de pensarlo hacía que mi cuerpo se pusiera en tensión bajo el temor y la frustración. Pero no importaba quién estuviera detrás, porque sus intenciones ya eran evidentes hasta extremos dolorosos.
La oferta de empleo.
No podía haber otra razón. Habían metido nuestros trapos sucios en esos sobres con la esperanza de que los abriéramos y destruyésemos nuestras respectivas reputaciones.
En ese momento solo se había revelado una acusación, así que no podíamos ver su plan en plenitud, pero una cosa estaba clara: quien hubiera traído los sobres quería hacerse con ese empleo.
Quería llevar el control de la conversación.
Conociendo su objetivo, solo podíamos contraatacar de una manera: destruyendo los sobres.
Si eran todos mentira, podíamos limitarnos a tratarlos como un disparate, tanto si nos los creíamos como si no.
Así, ninguno de nosotros tendría que preocuparse por su contenido.
Eso nos protegería a todos y estropearía el plan del culpable.
La idea de Kuga era de una lógica perfecta. Debería haber funcionado.
—Un momento, Kuga. —La respiración de Hakamada, que había comenzado a calmarse, se volvió pesada de nuevo—. ¿Y el culpable?
—¿Qué le pasa?
—¿Estás de broma? Tenemos que averiguar quién es.
—¿Y entonces qué?
—¿Qué quiere decir que entonces qué? No podemos seguir adelante sin saberlo. Si no lo descubrimos, quizá acabemos dándole el trabajo a la escoria cobarde que ha montado esta mierda. ¿De verdad vamos a permitirlo?
Por un instante, un destello de duda brilló en los ojos de Kuga.
—Averiguamos quién es. Y entonces...
—¿Qué? ¿Le acosamos hasta que se suicide?
Como si hubiera estallado un globo, el ambiente de la sala de conferencias se volvió de repente cargado y sofocante. Nadie se movió.
Hakamada se inclinó hacia delante, miró a Yashiro a los ojos.
—Así que has sido tú... Tú has preparado los sobres, ¿verdad?
—¿A ti qué te pasa? ¿Qué pruebas tienes?
—Ahora que lo pienso, has estado comportándote de manera extraña desde esta mañana. Es muy sospechoso. Eh, ¿vosotros qué pensáis, chicos? Yo digo que fue Yashiro. ¿Quién está conmigo?
—¿Y si fui yo?
—Entonces, ¿no lo niegas? Eso significa que...
¡Bang!
Kuga estrelló la mano contra la mesa e hizo callar a los dos del susto. Después de secarse el sudor con un pañuelo, tomó un trago de la botella de agua y exhaló con fuerza.
—Discutir sobre este tema es una pérdida de tiempo —les regañó con tono áspero—.
Los sobres están llenos de mentiras. No confiamos en ellos.
No los abriremos. Vamos a destruirlos. No buscaremos al culpable.
Retomaremos la discusión original. No hay otra manera.
Así lograremos ganar. En cuanto permitamos que estos sobres controlen la conversación, estaremos en sus manos. ¿Me equivoco?
Silencio.
Nadie habló durante diez segundos. Todo el mundo intentaba dar de manera desesperada con el rumbo que debíamos seguir, pero nuestras ideas se arrastraban bajo la presión.
Pese a la confusión que sentía, me obligué a pensar de manera racional y acabé asintiendo con la cabeza. Shima también lo hizo dos veces. Kuga pareció tomarse nuestra respuesta como si fuera un consenso y asintió con firmeza.
El ambiente era asfixiante, como si estuviéramos quedándonos sin oxígeno.
El aire acondicionado estaba puesto, así que la temperatura debería haber sido agradable, pero todo el mundo sudaba, sofocados bajo el peso del miedo y la tensión.
Sentí deseos de salir fuera un momento, pero no tenía esa posibilidad. Salir implicaba que me descalificaran.
—Bueno, todos, devolved los sobres al sobre grande y...
En el momento en que Kuga estiraba el brazo para cogerlos, un pitido electrónico rasgó el aire con brusquedad.
Su móvil.
Por un instante, nadie recordó lo que significaba ese sonido. Entonces caímos: la alarma de votación. A intervalos de treinta minutos. Mi propia norma.
Nadie podía creer que hubiera pasado ya media hora. Y, a la vez, costaba aceptar que solo hubieran transcurrido treinta minutos.
Aún quedaban dos horas más de aquello.
Kuga dejó el sobre grande encima de la mesa y pasó a dirigir la segunda ronda de votación.
Igual que antes, Shima se ocupó de la pizarra blanca.
Todos levantamos la mano para indicar quién creíamos que era merecedor del empleo.
Los números no tardaron en revelar su crueldad.
Me temblaron las manos al copiar los resultados en la libreta.
Solo habían transcurrido treinta minutos, pero el mundo parecía completamente diferente al que había antes de que aparecieran los sobres.
Segunda votación:
Kuga: 3. Hatano: 1. Yashiro: 1. Shima: 1. Hakamada: 0. Morikubo: 0.
En el cómputo total:
Kuga: 5. Hatano: 2. Hakamada: 2. Shima: 2. Yashiro: 1. Morikubo: 0.
Ni un solo voto para Hakamada.
—Esto tiene que ser una broma...
Fulminó con la mirada a Yashiro y Morikubo, las dos personas que habían votado por él la vez anterior.
Entendí que se sintiera molesto. La razón del cambio era evidente. Ese sobre. Esa acusación infundada e injusta.
Pero también entendí por qué los otros habían cambiado su voto, incluso más de lo que entendía la razón para la rabia de Hakamada.
Aunque todos estuviéramos de acuerdo en descartar la acusación por tratarse de una mentira, era imposible borrarla de nuestra mente.
Y, después de ver la manera en que Hakamada acababa de reaccionar, la acusación anónima parecía más creíble que antes.
—De acuerdo. Es hora de deshacerse de ellos. —Kuga volvió a coger el sobre grande.
Hakamada apretó los puños.
—Aún no. Antes encontremos al culpable. No voy a dejar que esto acabe así.
—¿Y cómo planeas conseguirlo?
Hakamada no encontró respuesta.
Entonces...
—Nos olvidamos de ellos. Los tiramos. Es la única manera. Ahora, dádmelos.
La sala se quedó paralizada.
—Venga.
No hará falta decir que no fue la reticencia a entregar el sobre lo que me llevó a quedármelo. Nada que ver con eso. Fue más bien una intuición, la molesta aprensión ante la idea de que cualquier cosa que hiciera en ese momento pudiera ofender sin querer a Hakamada.
Kuga, que comenzaba a impacientarse porque nadie se había ofrecido a devolverle el sobre, se lo tendió a Morikubo, que estaba sentado a su derecha.
—Mételo —le repitió.
Yo pensé que Morikubo iba a obedecer, pero no lo hizo. No movió un solo músculo. Fue algo antinatural, casi inquietante.
Kuga frunció el ceño, preguntándose si Morikubo no se había dado cuenta.
—Tú primero —le dio pie Kuga de nuevo, con una voz tan débil que apenas se oyó.
—Deja que lo piense un segundo.
—¿Que lo pienses? ¿El qué?
—Ya lo pillo.
—¿Hum?
—¿Estás seguro de que deberíamos destruirlos?
No podía creer lo que acababa de oír. Morikubo suspiró, se quitó las gafas y se puso a limpiarlas con un pañuelo, algo que le había visto hacer muchísimas veces cuando se concentraba.
Cerró los ojos con fuerza, como si estuviera preparándose para algo, y al abrirlos se quedó mirando el sobre que tenía delante, limpiándose aún las gafas con movimientos rápidos e inquietos.
Kuga, que seguía ofreciéndole el sobre grande, tenía aspecto de estar rezando por que sus oídos le hubiesen engañado.
Pero, al asumirlo —que Morikubo sopesaba seriamente si entregarle su sobre—, su decepción estalló.
Dejó que el sobre vacío cayera con un ruido sordo y se quedó mirando a Morikubo, perplejo.
—Tenéis que comprenderlo... —murmuró Morikubo, que seguía mirándose las gafas como si estas pudieran ofrecerle una excusa—.
Ahora mismo no tengo ningún voto, pero debo entrar en Spiralinx.
—Soltó una risa amarga—. Tenía el presentimiento de que iba a pasar algo así.
Intenté sincerarme, pero no soy tan extrovertido como el resto.
La mía no es una de esas compañías de las que la gente disfruta con naturalidad.
Si la votación consistía en escoger a la persona más atractiva para el trabajo, yo siempre iba a sufrir. Era consciente de ello.
No pude contenerme más.
—Entonces, ¿qué? ¿Vas a aceptar este truco sucio?
—Te equivocas, Hatano. Es lo contrario. —La voz de Morikubo sonaba firme, cargada de certeza—. Ese último sobre... solo ha revelado un trapo sucio que había estado ahí desde el principio, ¿no es cierto?
Reprimí mi respuesta. Hakamada estaba fulminando con la mirada a Morikubo, irradiaba furia, pero este se negó a mirarle a los ojos.
—Si las cosas siguen de esta manera, Kuga se quedará con el empleo.
No hay duda —dijo con tono decidido—. Ya tiene cinco votos después de dos rondas.
Si no cambia nada, ganará de manera aplastante.
No sé quién ha organizado esto, pero ahora mismo tenemos una carta que podría poner la partida patas arriba.
No es el momento de mostrarse idealistas sin un objetivo.
Mi sobre se supone que habla de Kuga. En caso de ser así, abrirlo podría ser beneficioso...
, no solo para mí, sino también para vosotros cuatro.
Si aquí hay una jugada que merece la pena, debemos considerar la posibilidad de llevarla a cabo.
¿Qué sentido tiene no ensuciarnos las manos si eso implica que nos quedemos fuera por completo?
Prefiero ensuciármelas un poco ahora y tener la oportunidad de trabajar en Spiralinx durante las próximas décadas.
—Eso sería un error.