Los seis finalistas 2 #3
23%

2 #3

—Es evidente que se trata de una mentira —espetó Hakamada, amenazador—. No sé nada al respecto.

—¿No? ¿En serio? Eres tú quien miente. Sales en la misma foto que él.

—Sí, bueno... A ver, claro que le conocí.

—¿Y es cierto que esta persona, Sato..., se suicidó?

—¡Sí, es correcto! Pero si queréis que empiece a hablar de ese capullo...

Hakamada se interrumpió en mitad de la frase, fue consciente de su error en el momento en que las palabras salían de su boca.

Pero fue demasiado tarde; ya las habíamos oído, con claridad cristalina y dolorosa viveza.

Bajo el peso de nuestras miradas recelosas, Hakamada se esforzó por encontrar algo que le permitiera salvar la situación, pero...

—¿Qué acabas de decir? —metió baza Yashiro—. ¿Has llamado «capullo» a una persona que se suicidó?

Puesto que Hakamada se había quedado sin palabras, Yashiro insistió:

—Sí que le acosaste, ¿verdad? Lo llevaste al borde del suicidio.

Y ahora sigues insultándole... Es increíble.

Tú eras el capitán, ¿verdad? ¿Hiciste que todos los demás le acosaran también?

¿O miraste para otro lado mientras lo hacían los otros?

En cualquiera de los dos casos, eres lo peor de lo peor.

En el momento en que Yashiro acabó de hablar, Hakamada le dio un puñetazo a la mesa con tanta fuerza que fue como si una bomba hubiera caído sobre la sala de conferencias.

Todos encogimos el cuerpo por instinto. Después de esperar el tiempo suficiente para que la réplica fantasma se desvaneciera, miramos con cautela a Hakamada.

—Lo siento... He perdido los estribos. Culpa mía.

Tuve la sensación de que ninguno de los presentes estaba dispuesto a aceptar sus disculpas.

En realidad, el hecho mismo de que hubiera golpeado la mesa con el puño pareció proporcionarnos la prueba más contundente de que la acusación era cierta.

Nos resultó demasiado sencillo imaginar que ese mismo puño golpeaba a Yuya Sato.

«Detesto que alguien provoque problemas en el equipo y tiendo a arremeter contra ese tipo de personas». Sí, la afirmación que Hakamada había hecho durante nuestro primer encuentro en el restaurante resurgió en el momento más cruel.

—Es un bulo —dijo Kuga con firmeza, como para estabilizar el ambiente cargado de la sala—. ¿Verdad, Hakamada? —preguntó de nuevo, pero a modo de súplica.

Hakamada se mordió el labio y meditó a conciencia lo que iba a decir a continuación.

—Sí, es mentira... —acabó declarando, después de una pausa anormalmente larga.

Kuga asintió con la cabeza, como si intentara convencerse de ello.

—No debería haber abierto el sobre grande. Lo siento. Olvidemos todos lo que acabamos de ver. Hakamada dice que no es cierto, así que dejémoslo ahí. Si queréis echarle la culpa a alguien, acusadme a mí. Respecto a los otros sobres...

—¡Los sobres! —le interrumpió Shima antes de que pudiera acabar. Tenía los ojos inyectados en sangre y no dejaba de llevarse la mano a la boca para controlar la ansiedad que iba creciendo en su interior—. Los sobres... no pueden ser cosa de Spiralinx, ¿verdad?

Yo había intentado no hacerme esa misma pregunta, pero ella tenía razón.

Spiralinx podía ser una empresa audaz y emergente con tendencia a salirse de lo convencional, pero eso no implicaba que fueran a hacer algo poco ético.

Si, por casualidad, Kogami y los demás se hubieran enterado de antemano del problema de acoso de Hakamada, la solución más sencilla habría sido no contratarle.

No habría existido una razón para mantenerle en la carrera, ni la necesidad de dejar los detalles en la sala de conferencias para que se convirtieran en uno de los temas de la discusión.

Bajé la vista hacia el sobre con la etiqueta de «Shogo Hatano» que descansaba en la mesa ante mí.

¿Qué podía haber en su interior? No era capaz ni de comenzar a imaginármelo.

A fin de cuentas, el sobre dirigido a Kuga había contenido una acusación contra Hakamada.

Solo entonces caí en la cuenta: tenía que tratarse de una acusación contra alguno de los cinco.

Y lo más probable era que un sobre ajeno contuviera una acusación contra mí.

Sintiendo que me faltaba el aire, levanté la vista y miré a los ojos a los otros cinco.

En nuestras miradas había furia y recelo.

Y lo más aterrador era que todas reflejaban el mismo miedo.

A la vez, me di cuenta de que, mientras que cinco personas estábamos atrapadas entre las garras del pánico, una tenía que estar fingiendo.

Fuera quien fuese, el traidor que había llevado ese veneno letal a la reunión se estaba haciendo la víctima.

El culpable estaba entre nosotros.

Entrevista n.º 2: Ryo Hakamada, participante en el grupo de discusión

18 de mayo de 2019 (domingo), 12.08

Escenario: Un parque de Atsugi, en la prefectura de Kanagawa

Vaya. Has venido de verdad. Tengo la sensación de que han pasado siglos.

No has cambiado mucho, ¿eh? ¿Qué? Pues claro que me acuerdo.

He olvidado a todas las demás personas con las que acudí a las entrevistas, pero en esa ocasión fue diferente.

Es imposible que me olvide de vosotros cinco.

Soy consciente de que todo acabó de manera amarga, pero, siendo sincero, eso fue lo que lo volvió tan inolvidable.

A esto se le llama un recuerdo del pasado.

Pero fíjate en mí ahora. He engordado. No pasa nada, no hace falta que te cortes.

A ver, cuando miro fotos de esa época no puedo dejar de reírme.

Siempre he tenido tendencia a ganar peso con facilidad, pero, colega, cuando bajas la guardia los kilos se van amontonando.

Eh, sentémonos en ese banco de ahí. Es el lugar al que suelo venir en este parque.

Al principio siempre tenía que pelearme con algún anciano por él, pero todos se rindieron cuando comencé a venir a diario.

Fue un gran triunfo para mí, ¡ja! Ahora forma parte de mi rutina: una lata de café y un par de bolas de arroz onigiri.

Voy a comer mientras conversamos, si no te importa.

Perdona que haya venido con la ropa de trabajo.

En el almacén todos tenemos que vestir de esta manera, incluidos los gerentes.

Sí, así son las cosas. A veces nos toca mancharnos las manos, así que no hay nada que hacerle.

¿Hum? Oh, sí. También trabajo los sábados...

, sí, y el turno de noche. Cuatro días de curro, dos de fiesta, ese es mi horario.

La verdad es que no se tienen en cuenta ni los fines de semana ni los festivos.

Tardé un poco en acostumbrarme, pero, en cuanto lo haces, no supone ningún problema.

Si acaso, he dejado de salir los fines de semana.

Hay muchísima gente, es de locos. Sobre todo los chavales, que hacen muchísimo ruido.

Ya sabes lo que quiero decir, ¿verdad? A veces vienen a este parque.

Hay un complejo residencial cerca. Cada vez que veo un grupo grande, me doy cuenta de que tiene que ser fin de semana.

De cualquier modo, tampoco tiene importancia.

¿Has venido en tren? ¿O en coche? ¿Un taxi, en serio?

¿Has venido en taxi desde el centro? Vaya...

, alguien se está pegando la vida padre, ¿eh?

Tienes que estar ganando de lo lindo en Spiralinx.

Ja, ja, era broma. No, no me estoy burlando de ti.

La verdad es que te respeto. Siendo sinceros, tú eras quien más se merecía el trabajo.

Los demás..., bueno, digamos que tenían sus problemas.

¿Yo? He estado aquí desde que me licencié.

Sí, distribución. Comencé en el Departamento de Ventas, en la sede de Shimbashi, pero me trasladé a la oficina de Tatsumi unos años después.

Llevo un par..., no, espera, cuatro años ya aquí, en Atsugi.

En gestión de existencias. Yo mismo pedí el traslado, de hecho.

Las ventas son muy duras, déjame que te lo diga.

Estuve a punto de quebrarme bajo la presión.

Por suerte, las cosas ya se han tranquilizado.

Ahora que lo pienso, quizá lo que me llevó al límite fue la búsqueda de trabajo.

Sentía el extraño impulso de no dejar de ascender.

O quizá se debiera al innecesario nivel de ambición que te obligan a tener.

Supongo que la manera más amable de exponerlo es diciendo que me superé a mí mismo.

El típico numerito del «¿Qué tipo de adulto deseas ser?

», o «¿En qué tipo de empresario quieres convertirte?

», me llevó a pensar que debía correr en la vida pese a no tener ni idea del destino al que quería llegar.

A ver, soy deportista, así que me gusta enfervorizarme, ¿verdad?

«Puedo conseguirlo», me decía a mí mismo.

Así que solo presenté solicitudes a empresas importantes, conocidas, que parecían ajetreadas y tenían un propósito en el mundo real.

Pero nunca llegué a entender de qué iba la cosa.

En ese momento no estaba demasiado bien en casa, de manera que es probable que me impusiera una presión extra a mí mismo.

Al final todo más o menos se solucionó: entré en una empresa importante.

Pero, con sinceridad, lo único que deseaba era un salario decente y la posibilidad de volver a casa a una hora razonable.

Sí, durante un tiempo estuve empecinado en trabajar en Spiralinx, pero, cuando me dijeron que acabaría haciendo más de cien horas extras al mes y que me parecería gratificante, creo que eso me destrozó el alma.

Me había convencido a mí mismo de que estar ocupado era algo positivo.