Los seis finalistas 2 #2
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—Quizá parezca una mera repetición de lo que ha dicho Morikubo, pero, si queréis saber mi opinión, Hatano es el más irremplazable de todos. Cada cual tiene sus virtudes y sus defectos, pero Hatano es quien posee la mayor capacidad general y la menor cantidad de fallas.

Me hubiera gustado grabar sus comentarios y conservarlos para siempre, pero me limité a contestar con una leve sonrisa y un agradecimiento en voz baja.

Era un momento clave. Debía conservar la calma, ocurriera lo que ocurriese.

O eso me repetía a mí mismo, pensando aún en cuáles serían los mejores pasos para asegurarme de que me escogieran como finalista definitivo.

Por mi parte, había votado por Shima. Elogié su diligencia y el elevado nivel de sus conocimientos prácticos. Ella pareció satisfecha, pero no se emocionó demasiado.

—Gracias —dijo, dedicándome una cortés inclinación de cabeza.

Tenía que promocionarme, pero cantar mis propias alabanzas no llevaría a que nadie me tuviera en mayor estima.

A la vez, no podía decir nada que rebajara la posición de otra persona.

Era un escenario de una dificultad increíble.

Notaba ya el sudor que se filtraba a mi camisa de vestir por debajo de la americana.

Estábamos todos esforzándonos por decidir el paso siguiente cuando ocurrió.

—Por cierto, ¿eso es de alguien? —preguntó Shima.

—Ah, yo también me lo estaba preguntando. ¿De quién es? —añadió Hakamada.

Todas las miradas se dirigieron hacia la puerta.

Yo tenía a Morikubo delante, así que me lo tapaba con su cuerpo.

En cuanto me puse en pie, no obstante, vi que había algo junto a la puerta: un sobre blanco.

Era tirando a grande, de los que permiten mandar hojas de formato A4 sin tener que doblarlas, el tamaño perfecto para enviar currículos o formularios de solicitud.

Por cómo estaba apoyado contra la pared en vez de tirado de cualquier manera en el suelo, no daba tanto la impresión de que se le hubiera caído a alguien como de que lo habían dejado allí para que lo viéramos.

—¿Es de alguien? —preguntó Kuga, y todos insistimos en que no.

Diciendo que debíamos informar del hallazgo por si se trataba de un documento corporativo de carácter interno, Kuga se puso en pie y fue a recogerlo.

No estaba sellado y, puesto que la solapa colgaba abierta, decidió echar un vistazo.

Frunció el ceño un brevísimo instante, y a continuación comenzó a sacar los documentos que contenía.

Yo estaba a punto de sugerir que, puesto que no pertenecía a nadie, debíamos ignorarlo cuando Kuga extrajo del sobre grande un sobre más pequeño en el que había una etiqueta que llevaba el nombre impreso de «Shogo Hatano».

Parpadeé, incrédulo. Tenía que haberme equivocado, pero no era así. El sobre estaba dirigido a mí, no había error posible. Me quedé paralizado. Entonces, Kuga sacó otro sobre, este con la etiqueta de «Ryo Hakamada».

—Hay un sobre para cada uno de los seis. Os los paso.

Ninguno tenía la menor idea de lo que sucedía, pero el hecho de que hubiera una carta dirigida a cada uno invitaba a pensar que debíamos usarla durante la discusión. Me pareció razonable suponer que las había preparado Spiralinx. Quizá Kogami había olvidado comentarlo durante la presentación.

El sobre que estaba dirigido a mí era blanco y pequeño, del tamaño suficiente para contener una hoja doblada en tres.

En su interior había un objeto liviano pero perceptible.

Poner el sobre al contraluz de los fluorescentes no me proporcionó ninguna respuesta, pero identifiqué la débil sombra de un papel doblado.

Todos mirábamos con expresión perpleja los sobres que nos había dado Kuga.

—Quizá tenemos que usarlos durante la discusión... —sugirió Hakamada con tono relajado.

Sonriendo, Kuga deslizó el dedo por debajo de su sobre para romper el sellado.

Fue una decisión apresurada, en mi opinión.

Quizá llevara su nombre, pero no debería haberlo abierto sin saber lo que contenía.

En cualquier caso, dada la situación singular en la que nos encontrábamos y la confusión que experimentábamos sobre lo que debíamos hacer a continuación, no pude reprochárselo del todo.

De hecho, Hakamada no perdió el tiempo y se puso a abrir su propio sobre.

Si Kuga no hubiera actuado con esa rapidez, yo bien podría haber comenzado también a abrir el mío.

—Hum... —Kuga examinó el papel y su rostro perdió el color.

—¿Qué pasa? —preguntaron varias voces.

Él vaciló, su mirada se disparó por la sala durante un instante. Entonces, con manos temblorosas, colocó con lentitud la hoja desplegada encima de la mesa.

En ella había dos imágenes y, debajo, un bloque de texto sencillo, sin florituras, que parecía haberse compuesto a toda prisa en Word.

Se me quedó la mente en blanco.

El aire de la sala de conferencias se detuvo, como si lo hubieran desconectado de la rotación de la Tierra.

La foto en la parte superior de la hoja mostraba el retrato de grupo de un equipo de béisbol de instituto.

Unos treinta muchachos adolescentes se alineaban en tres filas, era de suponer que en el campo de la escuela.

La primera fila debía de ser la de los jugadores principales que se habían ganado el número; todos llevaban uniforme oficial y parecían ser un poco más altos.

Los miembros de las dos filas posteriores llevaban uniformes genéricos de color blanco con los apellidos escritos con rotulador sobre las camisetas de entrenamiento.

No reconocí el nombre de la escuela que mostraban esos uniformes.

Así que teníamos una escuela desconocida, un equipo de béisbol también desconocido y un retrato de grupo carente de contexto.

Sin embargo, habían dibujado un círculo con rotulador de color rojo en torno a dos caras.

La primera era la de un niño pequeño de la tercera fila, que lucía una sonrisa tímida y el nombre de «Sato» escrito en la pechera.

Al margen de eso, no había nada más destacable en él.

Pero no había posibilidad de error: la otra figura con un círculo rojo, el joven alto que posaba orgulloso en el centro de la primera fila, era Hakamada.

Puesto que se había tomado en sus tiempos de alumno de instituto, la foto debía de tener al menos tres años de antigüedad, pero se le reconocía de inmediato.

Por sí sola, podríamos haberla desdeñado, pues no era nada más que un retrato de su etapa escolar, nada a lo que cupiera darle más vueltas.

Pero fue la segunda imagen, el recorte de un artículo de periódico, lo que hizo que un escalofrío me recorriera la espalda.

El tamaño de la letra permitió que pudiera leerlo sin problemas desde la seguridad de mi asiento.

SOSPECHAS DE ACOSO EN EL SUICIDIO DE UN JUGADOR DE BÉISBOL ADOLESCENTE

El día 24 del mes pasado, Yuya Sato, un alumno de dieciséis años del Instituto Midorimachi de la prefectura de Miyagi, miembro del equipo de béisbol, apareció ahorcado en su domicilio de Ishinomaki.

Según la policía, en la escena se encontró una nota y el incidente se está tratando como un posible suicidio.

El contenido de la nota sugiere que Sato podría haber sido víctima de acoso en el equipo de béisbol.

La escuela y el Consejo Escolar de la prefectura de Miyagi han anunciado que llevarán a cabo una investigación completa .

Debajo del artículo había otro mensaje, sin duda escrito por quien hubiera preparado el sobre.

Ryo Hakamada es un asesino. En el instituto hizo que Yuya Sato, un compañero de clase, se quitara la vida.

(Nota: El documento acerca de Sota Kuga está dentro del sobre dirigido a Kimihiko Morikubo).

Apenas me atrevía a leer la acusación de la página, como tampoco soportaba la idea de ver la reacción de Hakamada.

Ambas eran igual de aterradoras. Pero, con gran turbación, levanté poco a poco la vista del papel.

Si Hakamada se hubiera limitado a esbozar esa sonrisa serena tan familiar y hubiera contestado algo así como «¿Qué es eso?

Hum... Han hecho que parezca un recorte de periódico de verdad», quizá podríamos haber recuperado un ambiente distendido.

Pero su agitación era obvia; se levantó de la silla disparado, como llevado por emociones que escapaban a su control, con gotas de sudor corriéndole por el mentón.

Sus hombros se sacudían con violencia al respirar, y su físico, de por sí imponente, pareció hincharse un poco más, como si hubiera duplicado su tamaño.

No se debía solo a mi imaginación: su rostro también estaba enrojeciendo. No le había visto nunca de esa manera.

—¿Qué demonios es esto? —balbuceó.

No teníamos respuesta. Todos deseábamos devolverle la pregunta: qué demonios era eso.

Hakamada se tomó su tiempo, nos fue mirando de uno en uno con pánico en los ojos y, de repente, se secó el sudor de la frente con la palma de la mano.

—¿Quién...? ¿Quién demonios está detrás de esto?

—¿Es verdad? —inquirió Yashiro, con la firmeza de quien tira de las bridas de un toro embravecido.

—¿Qué?

—Si es verdad lo que dice...

Intuí que Yashiro sentía algo de temor. Se la veía en tensión, era evidente, con los brazos cruzados en una posición de defensa.

Cualquier espectador habría reparado en su nerviosismo, incluso en su miedo, pero había una fuerza en sus ojos, una determinación profunda de no flaquear, pasara lo que pasase.

Hakamada la fulminó con una mirada feroz, de depredador, enroscando el cuerpo como el león que se dispone a saltar sobre su presa. Por la fuerza con que apretaba el puño derecho, este podría haber estado hecho de piedra.

—¿Has sido tú..., Yashiro?

—Yo no he dicho eso. Te estoy preguntando si es cierto o no.

—¿Y qué importa eso?

—¿Qué quieres decir con «qué importa eso»? Si es verdad, me daría asco estar en la misma habitación que tú. Es caer en lo más bajo... Es que no se me ocurren las palabras para describirlo. Esto va mucho más allá de una oferta de trabajo.