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Nos condujeron no a la sala de conferencias tipo pecera que habíamos usado la vez anterior, sino a un espacio más pequeño y recluido, de paredes blancas.
No había ventanas y estaba insonorizado.
Sin duda se usaba con propósitos diferentes a los de la sala de paredes de cristal.
En el centro había una mesa redonda y blanca de gran tamaño, con seis sillas también blancas dispuestas a su alrededor.
Morikubo, cuya tensión era perceptible, estaba ya sentado en la silla más cercana a la puerta.
Después de saludarnos con brevedad, todos ocupamos nuestros asientos.
Por un momento me pregunté si la posición de cada uno en la mesa afectaría al resultado final...
, pero aparté esa idea de mi cabeza al darme cuenta de que con toda probabilidad estaba pensando demasiado.
En cuanto me acomodé, respiré hondo y paseé la mirada por la estancia.
A lo largo de las paredes había algunas macetas con plantas para añadir algo de color a ese ambiente estéril, como de hospital.
Entre ellas habían colocado de manera discreta cuatro cámaras montadas en trípodes, sin duda para grabar la discusión.
Había una pizarra blanca y varios rotuladores, pero nada más en lo que respecta a equipamiento.
»El método de selección queda por completo a su discreción.
Por favor, procedan con el debate de la manera que les parezca mejor y tomen la decisión en consecuencia.
Mientras no salgan de aquí, tienen la libertad de usar los móviles para ponerse en contacto con el mundo exterior o buscar información en internet.
El resto de las normas las determinarán ustedes de manera colectiva.
Sin embargo, y esto es importante, absténganse por favor de usar métodos azarosos como echarlo a suertes o jugar al piedra, papel o tijera para tomar la decisión.
Queremos trabajar con alguien que haya sido elegido después de una discusión minuciosa y reflexiva.
»Hay un total de cuatro cámaras instaladas; de ellas, tres están grabando.
La que se encuentra cerca del techo es para que podamos monitorizarles desde la habitación contigua.
Se lo dejaré claro: les grabamos solo a efectos de documentación, o para usarlo como prueba en el improbable caso de que tenga lugar algún tipo de actividad ilegal.
Pueden estar tranquilos, ya que no usaremos la grabación para descalificar a posteriori al candidato escogido.
Debía de tratarse de una costumbre que tenía, porque, tal y como le había visto hacer la vez anterior, Kogami juntó las manos para recolocarse el anillo del dedo. Entonces, con un asentimiento de cabeza concluyente, como para asegurarse de que no había olvidado nada, añadió:
—En ese caso, la discusión grupal se iniciará dentro de cinco minutos, en cuanto salga de la habitación. Si alguno tiene que ir al servicio, este es el momento.
Todos nos pusimos en pie y nos dirigimos al lavabo.
Teniendo en cuenta que nos esperaba una sesión de dos horas y media, era evidente que queríamos ocuparnos de nuestras necesidades de antemano.
Por alguna razón, no obstante, Yashiro, que estaba delante de mí, se detuvo cerca de la puerta y examinó el suelo como si buscara algo.
—¿Qué se te ha caído? —le pregunté.
—No..., nada, nada.
Sin mirarme a los ojos se dirigió al servicio. Estaba agitada, nerviosa, en un marcado contraste con los encuentros que habíamos mantenido antes.
No es que yo fuera indiferente a ese cambio en su personalidad, pero en ese momento mi propia supervivencia era la prioridad número uno para mí.
Yashiro era una de mis rivales. Al haber rechazado todas las ofertas de trabajo que me habían llegado, no podía permitirme ni el más mínimo fallo de concentración.
Como es natural, yo también estaba nervioso, pero no iba a permitir que la situación me superara.
Cuando volvimos todos del servicio, Kogami nos preguntó si teníamos alguna duda. Al ver que nadie levantaba la mano, jugueteó de nuevo con su anillo y dijo:
—En ese caso, les veré dentro de dos horas y media. Buena suerte.
En cuanto la puerta, que había estado entreabierta desde que regresamos del lavabo, se cerró con un clic, la habitación se sumió en un silencio mucho más profundo de lo que había anticipado.
Tuve la sensación de que éramos las únicas seis personas que quedaban vivas en el planeta, tiradas en nuestra propia burbuja.
Dos horas y media constituían un plazo de tiempo largo, sobrecogedor.
Y, lo más importante, sabíamos demasiado sobre los demás para sentir la necesidad de entablar conversación de manera apresurada.
Ponernos a parlotear sobre lo mucho que queríamos ese empleo o lo mucho que creíamos merecerlo no haría más que debilitar nuestra posición a ojos del resto del grupo.
Todos soltamos una risita nerviosa, casi sin sentido.
Entonces, como para confirmar que la puerta estaba cerrada de verdad, inspiramos de manera colectiva y pusimos la discusión en marcha con cautela, con la misma lentitud que uno emplea para preparar el desayuno un domingo por la mañana.
—Bueno, ¿por dónde empezamos?
El primero en hablar había sido, claro, Kuga.
—Creo que votar al final sería la manera más directa de decidirlo, pero si alguien tiene otras ideas...
—Yo tengo una sugerencia, si no os molesta —dije, antes de explicar la idea que se me había ocurrido—: Puesto que disponemos de mucho tiempo, ¿qué os parece si votamos cada treinta minutos?
Podríamos comenzar votando ahora mismo y volver a hacerlo dentro de media hora...
, por lo que habría seis votaciones en total.
La persona con el número máximo de votos al final debería recibir la oferta de trabajo. ¿Qué os parece?
—¿Por qué deberíamos hacerlo de esa manera? —preguntó Hakamada.
—Todos podemos intentar vender y justificar nuestro caso, pero no podemos hablar a la vez.
Me parece que la persona que lo haga en último lugar tendrá una desventaja injusta.
Yo podría decidir por quién voy a votar en las primeras dos horas, pero entonces alguien podría apelar a mis emociones y hacer que cambie de parecer durante los últimos treinta minutos.
Creo que no deberíamos permitir que pase eso.
Al aumentar el número de votaciones, podemos establecer un sistema más ajustado para tomar decisiones mayoritarias. Creo que sería lo...
—¿Justo? —me interrumpió Hakamada, esa vez con una sonrisa juguetona.
Asentí con la cabeza, y mi propia sonrisa pasó al rostro de Kuga.
—Sí que parece justo —dijo, otorgando su sello de aprobación—. ¿Qué pensáis el resto? —preguntó mientras se volvía hacia los demás.
—Es una buena idea —contestó Shima, con una sonrisa alentadora.
Morikubo y Yashiro no se mostraron muy entusiasmados, pero los dos aceptaron poner en práctica mi sugerencia.
Asentí con firmeza en dirección al grupo.
En realidad, la razón por la que había propuesto múltiples rondas de votación no era solo que me pareciera el enfoque más justo...
También quería asentar una presencia sutil pero regular en el curso de la discusión.
Suponía que Kuga se encargaría de dirigir la reunión, así que debía establecer mi propia posición como una especie de estratega, tal y como me había definido Hakamada, y aprovechar todas las oportunidades que encontrara para hacerme notar.
De lo contrario, no tendría la menor opción.
Kuga puso la alarma del móvil para que sonara cada treinta minutos, ajustando el ritmo ligeramente para que la última votación no coincidiera con el final de la reunión, y entonces nos dio la señal para que procediéramos a votar por primera vez.
Se decidió que levantaríamos la mano para votar por alguien que no fuéramos nosotros mismos y que Shima, que era quien se había sentado más cerca de la pizarra blanca, tomaría nota de los resultados.
«Gane quien gane al final, estoy seguro de que esa persona será la elección adecuada».
Creía en las palabras que le había dicho a Kogami antes y, en su mayor parte, la primera ronda de votaciones se alineó con mi afirmación.
Primera votación:
Kuga: 2. Hakamada: 2. Hatano: 1. Shima: 1. Morikubo: 0. Yashiro: 0.
Anoté el resultado en la libreta.
Kuga y Hakamada habían sido los más votados, con dos votos cada uno. Los de Kuga salieron de Shima y de Hakamada, que elogió su excepcional capacidad de liderazgo.
—Tiene carisma, el que hace falta para dirigir a la gente —dijo—. Para seros sincero, no hay esperanza, no puedo competir con él. Es como que quiero seguirle allí donde vaya. Es algo que da testimonio de su personalidad, supongo. Es impresionante.
Los comentarios de Shima siguieron la misma línea.
Los votos de Hakamada procedieron de Morikubo y de Yashiro.
—No hay duda de que los seis somos personas fantásticas —repuso Morikubo, angustiado de manera evidente, mientras se secaba el sudor de la frente con un pañuelo—.
Pero, si Kuga no estuviera aquí, Hakamada podría ocupar su puesto.
Y yo podría ocupar el de Yashiro. Los roles de Shima y de Hatano también son flexibles, así que cualquier otra persona podría desempeñarlos.
Pero Hakamada es irremplazable. Otros tienden a postularse, pero Hakamada siempre mantiene un ojo puesto en la visión de conjunto e intenta mantener un buen equilibrio. Cuenta con mi apoyo.
—Vas a hacer que me avergüence —objetó Hakamada mientras se rascaba la nuca con fuerza, con lo que la sala de conferencias estalló en carcajadas.
Yashiro, que había mostrado una expresión sombría desde que salimos de la estación de Shibuya, acabó relajándose un poco para explicarnos las razones de su voto:
—Sin duda, Hakamada es el más fiable de todos.
Me entusiasmó que Kuga hubiera votado por mí.