Los seis finalistas 1 #7
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Shima acababa de meterse otro vaso de su propio decantador gaznate abajo, entre aplausos acalorados, cuando Kuga me dio un golpecito en el hombro.

—¿Podemos hablar un momento, Hatano?

Debía de haber recordado algo importante, ya que hizo un gesto en dirección al servicio con expresión seria. En ese momento...

—¡Mirad eso! —gritó Hakamada, atrayendo la atención general sobre nosotros—. ¡Se van al baño juntos cuando surge la llamada de la naturaleza! ¡Eso es unión!

No fue demasiado gracioso, pero tampoco pude dejar de reírme. Sí. De dos cosas estoy seguro: el sol sale por la mañana y, cuando me emborracho, me río hasta de lo más estúpido.

Unos minutos de caminata en la brisa nocturna bastaron para que recobrara un poco la sobriedad.

Pasé el torno de la estación de metro con Shima y Yashiro, que volvían a casa en la misma línea que yo. Según la pantalla electrónica, quedaban pocos trenes antes del final del servicio, y eso probablemente explicara por qué la estación parecía estar tan vacía.

Al fin y al cabo, Shima debía de haber bebido demasiado, porque se dirigió directa a los servicios. Nada más desaparecer...

—Te gusta, ¿verdad? Shima, digo —preguntó Yashiro.

La conversación ociosa de antes con Kuga, junto con el zumbido que la bebida me había dejado en los oídos, era justo lo que necesitaba.

Poco a poco, mi torpe mente rumió las palabras de Yashiro y acabó captando lo que decían.

Ese retraso al entenderla me permitió mantener la compostura y evitó que pareciera agitarme de manera manifiesta.

—¿De verdad es tan evidente?

—Hablas demasiado de ella, Hatano. Y siempre la estás mirando con el rabillo del ojo. Pero no sé si la propia Shima se ha dado cuenta. Y dudo que los otros lo hayan pillado.

—Entiendo.

—No pasa nada, supongo. Un romance de oficina antes incluso de que os contraten. Y los dos parecéis encajar bien.

No había posibilidad de error, Hakamada era el que más había bebido, pero Yashiro había quedado segunda por poco.

Al final de la fiesta, Hakamada estaba como una cuba, pero Yashiro seguía tan serena que podría haber ido directa a una entrevista de trabajo sin el menor problema.

Su tez no se había alterado en absoluto.

A lo largo de la velada había mantenido un ojo puesto en lo que bebíamos todos y se había apresurado a pedir nuevos tragos cuando bajaba el líquido de nuestros vasos.

Incluso su manera de servir tenía la fluidez que da la práctica, y parecía una veterana curtida.

Yo estaba deseando saber enfrentarme a los actos sociales con su mismo nivel de sutileza cuando apareció Shima.

El tren no estaba muy lleno, pero los únicos asientos que no se encontraban ocupados eran los reservados. Al no tener más opción, me cogí con fuerza a una correa de mano. Yashiro, no obstante, se dejó caer en el asiento preferente del medio.

—Sentaos los dos —dijo—. No hay nadie que los necesite.

Shima y yo intercambiamos una mirada vacilante, un tanto sorprendidos por la actitud exigente de Yashiro.

Ansiosa quizá por la posibilidad de que alguien pudiera ocupar los asientos, cruzó las piernas y dejó el bolso de piel marrón en uno de ellos.

No puedo decir que yo estuviera muy al tanto de las marcas de moda, pero tenía el conocimiento suficiente para reconocer el nombre de Hermès.

Es probable que fuera la primera vez que veía uno de verdad.

—Eso tiene que pesar, Hatano. Si no te sientas, al menos ponlo aquí —dijo Yashiro, señalando mi maletín.

Sí que pesaba, y la razón era simple: estaba lleno a rebosar con todos los documentos que habíamos usado hasta la fecha en las reuniones.

La cuestión sobre dónde almacenar los materiales había surgido en la primera reunión, y yo me había ofrecido voluntario a responsabilizarme de ellos.

—He alquilado un trastero pequeño mientras busco trabajo, así que, si queréis, puedo llevarme yo las cosas —dije en ese momento.

Eso bastó para que a todos se les soltara la lengua.

—¡Vaya, eres rico!

—¡Es fantástico!

No obstante, no era rico para nada. Y no lo digo solo por modestia: era la verdad.

Quizá los demás se habían imaginado algo del tamaño de un garaje o un establo, pero en realidad se trataba solo de una taquilla con pretensiones que alquilaba por una tarifa fija de 2.

000 yenes al mes. Podía vivir con mis padres, pero mi habitación era pequeña y necesitaba algún lugar donde almacenar las cosas sin engorros.

En esencia, no era que me sobrase el dinero, sino que en realidad necesitaba ese espacio.

Si alguno del grupo era rico no se trataba de mí, sino más probablemente de Yashiro, con ese bolso Hermès que se balanceaba con los movimientos del tren.

Por supuesto que el maletín era pesado, pero sentí una extraña reticencia a dejarlo sobre el asiento.

—No pasa nada, estoy bien —insistí justo cuando los móviles nos vibraron a la vez.

Era un correo de Spiralinx, y su contenido bastó para dejarnos a los tres sin palabras.

Tema: Cambios en la ronda final de selección del 27 de abril.

Aquí Kogami, responsable de contrataciones de Spiralinx.

Gracias de nuevo por haber asistido a la última reunión el otro día. Le escribo para informarle de que ha habido un cambio en el proceso de selección para la discusión grupal programada para el miércoles 27 de abril.

A la luz de los daños provocados por el Gran Terremoto del Este de Japón del mes pasado, y teniendo en cuenta la actual situación operativa de la empresa, lamentablemente se ha tomado la decisión de limitar el cupo de contrataciones para este año a un único puesto.

Como resultado, el tema de la discusión grupal pasará a ser el siguiente: «¿Cuál de los seis candidatos que quedan es el que más merece esta oferta de empleo?

». Tenemos pensado presentar una oferta laboral al individuo que los seis candidatos hayan escogido al final del debate.

Nuestras más sinceras disculpas por avisarle con tan poca antelación.

Le agradecemos su comprensión y su cooperación.

El corazón me martilleaba en el pecho y eran mil las cosas que deseaba decir.

Habían transcurrido ya dos semanas del terremoto cuando Spiralinx nos presentó por primera vez la idea de la discusión grupal.

En ese momento podrían haber insinuado al menos que el proceso de selección quizá se viera alterado.

Y, por mucho que la cuota de contratación se hubiera reducido a un puesto, no había necesidad de hacer que fuéramos nosotros los que decidiésemos quién se merecía el trabajo.

En su lugar, podrían haberse ahorrado la discusión grupal y haber mantenido entrevistas individuales.

Nunca había oído hablar de un proceso de selección tan estúpido.

Me pareció deshonesto, por no decir injusto.

Había un montón de cosas que no me cuadraban, pero ¿cómo podía discutírselas?

Ninguno de nosotros estaba en condiciones de hacerlo.

Éramos licenciados universitarios en busca de empleo, no sabíamos nada acerca del mundo real y, además, estábamos tratando con Spiralinx, una de las empresas más innovadoras y exclusivas de todo Japón.

Hasta donde yo sabía, lo que me parecía una práctica amoral bien podía ser algo habitual en el mundo adulto, o al menos entre las principales empresas tecnológicas de Japón. ¿Y si todo esto respondía a la norma?

Levanté la vista del móvil y vi que Yashiro ya no estaba sentada en el asiento reservado.

Con una expresión nacida de la práctica en la cara, y como si hubiera estado allí en todo momento, se cogía a una de las correas de mano con el bolso Hermès colgado del hombro.

Shima y yo intercambiamos una breve mirada de vergüenza al darnos cuenta de que habíamos dejado de ser colegas o aliados para convertirnos en enemigos.

Aun así, nos dedicamos una sonrisa forzada, como si no pudiéramos aceptar del todo la realidad de ese asunto.

—Maldita sea —murmuré.

—Maldita sea. —Shima asintió con la cabeza.

—Esta es mi parada. Nos vemos —dijo Yashiro con un tono tan indiferente que bien podría haberse dirigido a unos desconocidos.

No pudimos más que quedarnos allí parados, perplejos, observando su figura alejarse mientras las puertas del metro se cerraban a su espalda.

La sensación de aturdimiento se prolongó unos cuatro días.

No era un simple caso de bajón o rabia, emociones que habría comprendido con facilidad, sino de algo que no había experimentado jamás.

Era como si todo hubiera llegado a un final súbito, como si alguien me hubiera arrancado la batería y no quedara en mí más que una emoción intensa, inexplicable y desplazada.

Los seis habíamos dejado de ser colaboradores para, por inconcebible que pareciera, convertirnos en rivales, y no soportaba la idea de desarrollar una estrategia con la que reclamar mi derecho por encima del resto, consciente de lo mucho que ellos deseaban ese puesto.

¿Qué sentido había tenido todo ese esfuerzo, todo el tiempo que habíamos dedicado a construir algo —o nada— juntos?

Ese vacío debió de resultar evidente para cualquier persona que me observara.

—¿Has acabado con la búsqueda de empleo? —me preguntaron mi madre y mi hermana por separado.

—No, no, para nada —contesté—. No he hecho más que empezar.

En el fondo, no obstante, la sensación de pérdida, ese agujero abierto en mi pecho, era imposible de ocultar.

Entonces, casi sin darme cuenta, el estado de confusión mental llegó de repente a su fin el jueves 21 de abril.

Mi padre tenía contactos —según él, modestos pero sólidos— en una empresa de tamaño medio que se dedicaba a la fibra química, así que les habló bien de mí y agradecí que ellos contestaran con una oferta preliminar de empleo.

Cuando me pidieron que acudiera a firmar la carta de aceptación, desempolvé el traje de las entrevistas y me subí al tren.