Los seis finalistas 1 #6
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Podría haberle preguntado si quería que quedáramos otra vez, los dos solos.

De hecho, habría sido capaz de hacerlo en caso de que hubiésemos pertenecido al mismo círculo social.

Por suerte o por desgracia, la que ya era mi exnovia y yo habíamos puesto fin a una relación de quince meses en octubre del año anterior, en el momento en que la temporada de búsqueda de empleo comenzaba a volverse más intensa —en sentido estricto, ella le había puesto fin—, así que no habría habido nada deshonesto en mí si hubiera invitado a Shima a salir conmigo.

Sin embargo me contuve, seguramente porque, en mi mente, la veía ya como una especie de socia comercial.

¿Quizá en eso consistiera ser un adulto? Con esa sensación tan vaga, me llevé la lata de café con edulcorante a los labios y bebí un trago.

Por primera vez en mi vida me pareció demasiado dulce.

—Gracias de nuevo por haber trabajado con tanto ahínco durante estas semanas previas a la ronda de selección final de Spiralinx.

Sé que habíamos hablado de ir a comer algo ligero, pero era mentira.

¡En realidad hemos salido a beber! Quien se contenga recibirá un castigo severo, así que ¡aseguraos de empinar bien el codo! Bueno, ¡salud!

A excepción de Kuga, que había enviado un mensaje de antemano para avisar de que llegaría tarde a causa de una entrevista, nos encontramos en el bar izakaya vestidos de manera informal.

Cuando no llevaban los trajes de sus entrevistas, los jóvenes en busca de trabajo eran universitarios comunes y corrientes...

y, cuando un grupo de universitarios se reunía en un bar izakaya, lo normal era que se desatara una fiesta ruidosa y beoda.

Hakamada culminó su discurso inaugural vaciando una jarra de gran tamaño mientras Yashiro apuraba su copa de vino blanco con la misma rapidez.

Morikubo, en cambio, se volvía extrañamente autocrítico cuando bebía, y se había puesto a murmurar lo que parecía una serie de disculpas sin un destinatario concreto.

Yo mismo estaba achispado y no pude evitar reírme de él.

Hakamada no tardó en sumarse a las risas y, unos segundos después, quizá al darse cuenta de lo absurdo de la situación, Morikubo comenzó también a carcajearse.

Todos estábamos un poco exhaustos después de tantas reuniones, así que Kuga había sugerido que mantuviéramos un encuentro más informal en algún momento. Yashiro levantó la mano de inmediato para ofrecernos una recomendación:

—Sé de un lugar genial donde hacen una pizza deliciosa y cerveza artesanal. ¿Qué os parece? Tienen mesas a las que sentarse, no es una sala de tatami, y la comida es fantástica.

La promoción que hizo del restaurante fue entusiasta, pero, una vez allí, los platos que había encima de la mesa, incluidas las pizzas, no concitaron demasiada atención. No era que la comida no fuese buena, sino que estábamos demasiado ocupados bebiendo.

Shima, que siempre había insistido en que no bebía alcohol, no tardó en encontrarse con un decantador lleno de una bebida de color rojo oscuro ante sí. Al instante, prorrumpimos en aplausos, como si alguien acabara de traer una tarta de cumpleaños.

—Tú no bebes, ¿verdad? Pero venga, puedes hacer una excepción con mi sake —dijo Morikubo con expresión seria, lo que nos llevó a los demás a estallar de nuevo en carcajadas.

No es que importara demasiado, pero yo no era de los que se ríen con facilidad. No obstante, después de la primera bebida podía acabar fuera de mí por cosas que ni siquiera me provocarían una sonrisa estando sobrio.

—¡Hoy eres nuestra bebedora designada, Iori! —dijo Yashiro, asintiendo con seguridad—. ¡Vas a necesitar algo más que té de jazmín para sobrevivir a esta discusión grupal! Así que ¡voy a ocuparme yo misma de que bebas! ¡Este decantador es solo para ti, de modo que asegúrate de terminártelo!

Después de acabarse con problemas el primer vaso que le sirvieron, Shima contestó con una débil señal de la paz.

Eso bastó para hacer revivir el espíritu competitivo de Hakamada, que engulló otra jarra de cerveza y se secó la espuma de la boca con un gesto brusco.

—¿No dijiste que tenías una entrevista mañana? ¿Estás seguro de que quieres beber tanto? —le preguntó Morikubo, preocupado.

Hakamada le pasó un brazo por el hombro.

—¡Relájate! Vamos a entrar todos en Spiralinx, así que ¿a quién le importan las demás entrevistas? ¡No beber hoy es un delito grave! ¡Un delito grave, ¿me oyes?!

—¡Eh, guapo! —le llamó Yashiro, ofreciéndole una toallita húmeda.

Después de secarse la espuma de la boca, Hakamada se puso a cantar a pleno pulmón un tema de Haruki Sagara, que había sido detenido por consumo de drogas pocos meses antes. Incapaz de reprimir la risa, empecé a carcajearme de manera incontrolada.

—En serio, ¿tenías que escoger esa canción? Déjalo ya —dijo Morikubo con una risita, aunque la seriedad de su tono era inconfundible.

Haruki Sagara se había convertido en tiempos recientes en la definición misma de la persona non grata .

Todo había comenzado unos años antes, cuando se supo que había provocado un grave accidente de tráfico por conducir de manera imprudente, pero el consumo de drogas había acabado por sellar su suerte.

Era un cantante de baladas con talento, de eso no cabía duda, pero la decepción del público fue más pronunciada a causa de lo mucho que se le había promocionado como ídolo de relumbrón.

Yo no lo había hecho nunca, pero estaba dispuesto a apostar dinero a que, si tecleabas «Haruki Sagara» en Google y le dabas al botón de búsqueda, no obtendrías más que comentarios negativos.

Mientras Hakamada llegaba al estribillo y le metía un lingotazo a la cerveza, Shima se pulió un segundo vaso.

Entonces, antes de que acabáramos de aplaudir, se tomó un tercero.

Estábamos a punto de animarla a que se tomara el cuarto cuando el camarero guio a Kuga, que iba vestido de traje, hasta nuestra mesa.

Debió de sorprenderse al ver hasta qué punto nos habíamos soltado, ya que se quedó allí parado, perplejo, y se le olvidó quitarse la americana. Sin embargo, al posar la mirada en el decantador que Shima tenía delante, esbozó una sonrisa digna del humor general.

—Pensaba que no bebías, Shima. ¿Te encuentras bien?

Ella soltó una tos débil mientras se acababa el cuarto vaso.

—Hoy sí está bebiendo, de modo que todo va bien —contestó Yashiro en su lugar—. Tú también deberías hacerlo, Kuga.

—No insistáis mucho —dijo él mientras se sentaba y aceptaba la carta que le ofrecían.

Apenas le echó un vistazo antes de optar por un refresco de cola, lo que llevó a Hakamada a hacer un comentario sarcástico.

Kuga le dirigió una breve sonrisa de disculpa.

—Al llegar a casa tengo que acabar un trabajo de la universidad, así que tendré que pasar. Por cierto, Morikubo, gracias por el libro del otro día.

—¿Libro? —Morikubo le miró con expresión adormilada—. ¿Qué libro?

—El de McKinsey. Un montón de gente me lo está pidiendo prestado cuando lo acabe, cosa que haré pronto, así que podré devolvértelo sobre el día 20, si estás disponible.

—Ah... —Morikubo se ajustó las gafas y sacó la agenda—. Vale... Tengo una entrevista en Kanagawa a las tres..., por lo que debería quedar libre sobre las cinco.

—Me parece bien.

Puesto que los dos iban a encontrarse de todos modos, sugerí que pasáramos la siguiente reunión para ese mismo día.

Yo no tenía ningún plan concreto, así que, en caso de que les encajara a todos, supuse que probablemente sería más conveniente.

No obstante, Hakamada miró su agenda y murmuró que el 20 no le iba bien...

y, uno tras otro, los demás fueron diciendo que también tenían la agenda llena. Al final descarté la idea.

Cuando le trajeron el refresco a Kuga, todos cerraron las agendas y sugirieron un nuevo brindis. Hakamada fue el único que siguió mirando la suya, y resopló. En un primer momento pensé que el alcohol era responsable de sus mejillas sonrojadas, pero al parecer en realidad estaba llorando.

—Vaya... Lo tengo todo ocupado. —Cerró la agenda y dio un par de golpecitos ligeros sobre su tapa, como para consolarla—. Hemos construido un equipo sólido, ¿eh?

Hubo algo gracioso en ese súbito cambio de tono, pero ni siquiera yo, el alegre bebedor, tuve la falta de tacto de bromear al respecto.

Ocultándonos tras unas sonrisas avergonzadas, todos asentimos con la cabeza mientras volvíamos la vista hacia los respectivos caminos que nos habían conducido hasta allí.

—Vamos a conseguir esas ofertas de trabajo. Todos.

Fue extraño y emocionante oír precisamente a Morikubo decir algo así.

Llegado ese punto, mi embriaguez había dado paso a un arrebato emotivo.

Aún faltaba más de una semana para el gran día, pero un sentido de finalidad había empezado a cernirse sobre nosotros, y yo también descubrí que me dejaba llevar un poco por mis palabras.

Shima era diligente, Hakamada siempre estaba animado y alegre, Yashiro era la persona con la visión más amplia que yo hubiera conocido, Morikubo era un auténtico genio y Kuga poseía unas dotes de liderazgo excepcionales.

Me lo decían las entrañas: todos íbamos a conseguir puestos en Spiralinx.

¡No, teníamos que conseguirlos! Mientras ofrecía ese discurso apasionado tuve plena consciencia de que probablemente estaba quedando como un idiota, pero cuando acabé todo el mundo asintió con gesto grave.

Hakamada fue el primero en dar un paso al frente.

—Bueno, pues brindemos por todos.

Kuga levantó el refresco y, con ello, se recuperó la atmósfera vivaz de unos minutos antes.

Cuanto más bebía Hakamada, más nos inundaba con sus cumplidos, tal y como había hecho yo un momento antes.

No había forma de que lo dejara. Nos quedamos sin respuestas humildes mientras él nos regaba con elogios, así que giramos las tornas y comenzamos a alabarle a él.

Quizá con la esperanza de ocultar la vergüenza, nos sirvió a todos otra ronda de bebidas.