1 #5
Después de repasar la documentación tres veces en busca de errores, levanté la vista y vi que Shima se había quedado dormida con la cabeza sobre el escritorio.
Debía de estar tan ensimismada en su trabajo que había acabado al borde de la extenuación.
Una botella vacía de té de jazmín yacía volcada junto a ella, como si la hubiera apartado para dejar espacio a su cabeza.
A su lado había un folleto de la campaña de contratación universitaria de Spiralinx.
«En Spiralinx no dejarás de crecer y te convertirás en una persona nueva».
Lo había leído tantas veces que me lo sabía de memoria. ¿Shima habría estado releyéndolo?
No supe por qué, pero de repente experimenté una emoción abrumadora.
Antes de que pudiera darme cuenta, se me estaban llenando los ojos de lágrimas.
Mi inestabilidad emocional me pareció rayana en lo ridículo.
No pude más que esbozar una sonrisa autocrítica mientras recogía del suelo la manta de Shima.
Eran más de las siete de la tarde y, desde la ventana de la sala de conferencias, que se encontraba en un segundo piso, vi que había una media luna brillante.
Disponíamos de la sala hasta las ocho, así que decidí dejarla que durmiera hasta entonces.
Sacudí la manta con rapidez y se la puse por encima de los hombros.
Se la coloqué con suavidad, así que no había considerado la posibilidad de que se despertara. Sobresaltado, acabé pegando la espalda a la pared.
—L-lo siento, solo te estaba poniendo bien la manta —tartamudeé.
Shima levantó la cara un instante y se apresuró a bajarla de nuevo para esconder su expresión adormilada.
—Pensaba que eras mi hermano... —murmuró, semidespierta.
—Ja, ja... —Me reí, aliviado porque no me hubiera confundido con un rufián—. De nuevo, lo siento.
—No, no, es culpa mía por haber hecho que te molestaras... ¿Qué hora es?
—Las siete en punto... No, y veinte.
—Vaya..., debo de llevar un rato dormida.
Volvió a levantar la cabeza y se quedó mirando el escritorio un buen rato, como si quisiera comprobar sus avances.
Como yo, lo más probable era que estuviera trabajando en los currículos y solicitudes que iba a enviar a varias empresas más.
Tomó un documento, lo revisó por ambas caras, cogió otra hoja y acabó apilándolo todo y empujándolo hacia un extremo del escritorio.
—¿Solicitudes para otras empresas? —le pregunté.
—Sí, he pensado que podía rellenar algunas cartas de presentación.
—Ah, la parte en la que les hablas de tu sentido crítico, ¿no?
—Te estás burlando de mí, ¿verdad? —Se rio con timidez—.
Se me da bastante bien analizarme a mí misma, así que no tengo problemas para que se me ocurran ideas.
Sé con exactitud lo que esperan oír y soy consciente de lo que puedo y de lo que no puedo decir.
Pero, cuando llega la hora de ponerlo por escrito, dudo de mí misma.
—Se tomó un momento para estirar los brazos y sacudirse los restos de sueño, y se volvió hacia la ventana—. La luna está hermosa esta noche.
Una persona más romántica se habría acordado de la historia de Natsume Soseki donde la frase «La luna está hermosa, ¿verdad?» se toma como una confesión de amor, pero, en ese momento, ni se me pasó por la cabeza tal idea. La luna estaba hermosa de veras.
—¿Verdad que sí? Esa tonalidad de amarillo es deslumbrante —contesté, mirando por la ventana—. Vivo y dorado.
—No sé por qué, pero desde que tengo memoria siempre me ha fascinado la luna.
—Sí, sin duda hay algo cautivador en ella.
—Solo vemos una de sus caras, ¿lo sabías?
—¿Hum?
—La luna. Es imposible ver su cara más alejada de la Tierra. Desde que me enteré, a veces me descubro pensando en ello. En el aspecto que tendrá.
—Es una buena pregunta. Estoy asombrado.
—¿A que sí? Si queremos averiguarlo, quizá tendríamos que irnos a vivir allí y descubrirlo por nosotros mismos. —La sonrisa de Shima se desvaneció como se derrite la nieve ligera. Había un débil brillo amarillento en su rostro, bañado por la luz lunar que entraba por la ventana.
Tenía un aspecto tan melancólico que estuve a punto de comentar algo en broma —una broma que, en frío, no era demasiado graciosa—, diciéndole que me recordaba a la princesa Kaguya cuando se acuerda de su hogar en la luna. En ese momento, no obstante, Shima rompió a llorar de repente.
—Perdona, es solo que... No, no es eso. No es por tu culpa, Hatano. Es que, no sé, me siento como abrumada, supongo. —Se detuvo ahí y hundió el rostro en las manos.
Le ofrecí un pañuelo y la observé en silencio mientras se sacudía bajo unos sollozos callados.
No hará falta decir que yo no tenía ni idea de la razón por la que estaba tan alterada.
Mentiría al afirmar que ese súbito giro de los acontecimientos no me había trastornado, pero logré no ceder ante el pánico.
Dicho esto, la única razón por la que pude permanecer tan sereno fue sin duda que mi estado mental tampoco era el más adecuado. Me compadecí de ella.
Como por supuesto sería el caso de todos los estudiantes universitarios de Japón, la carga de tener que buscar trabajo comenzaba a pesarme a medida que se acercaba la segunda mitad de mi tercer curso.
Como era evidente, tenía que encontrar algo.
La presión era de locos, pero las directrices de lo que debía hacer con exactitud me frustraban por su carácter indefinido.
No tenía ni idea de lo que podría conducirme a recibir una oferta de trabajo, ni de lo que podría acabar alejándome de ella.
Por otro lado, era innegable que la ambigüedad me había salvado en algunas ocasiones.
De niño no había destacado nunca —mis notas se encontraban en la media y no sobresalí en ningún deporte—, pero me gusta pensar que me mostraba amigable y considerado, que fui una persona decente cuyas notas nunca causaron sensación.
En ese momento me encontraba por primera vez en una posición aventajada.
Conseguir trabajo suponía un esfuerzo, claro que sí, pero no se me daba fatal.
Por lo que me contaban mis compañeros de clase, mis colegas en la tienda donde trabajaba a media jornada y los demás miembros de mi grupo de senderismo, al parecer me iba bastante bien en comparación con la mayoría.
Aun así, no experimentaba más que una impresión general de que me iba bien.
Era como disparar con una pistola imaginaria contra un enemigo invisible para, a continuación, ver como una puntuación tirando a correcta aparecía en la pantalla: era agradable ganar, claro que sí, pero no le veía ni pies ni cabeza.
Y, por lo común, el dolor de la derrota, que te arrojaban de manera brutal a la cara sin darte explicaciones, se mantenía más tiempo en las profundidades de tu alma que la dicha de una victoria inmerecida.
En la búsqueda del primer empleo no cabía esperar que fueras a ganar todas las batallas. En efecto, para cuando llegué a la ronda de selección final de Spiralinx, ya había recibido cartas de rechazo por parte de numerosas empresas. Sin duda, a Shima le había pasado lo mismo.
Una confianza infundada había arraigado en mí mientras los seis hablábamos en los confines de nuestra sala de conferencias y resguardaba mi corazón como una especie de membrana protectora.
Cada vez que recibía una negativa —lo que les gustaba llamar «una carta de disculpa»—, era como si estuvieran rechazando mi propia humanidad.
Confianza sin fundamento, consuelo sin fundamento y ansiedad sin fundamento.
Aturdido, mareado, alterado sin razón, me enfrentaba a una tarea monumental que con toda probabilidad iba a cambiar mi vida durante las décadas siguientes. Era imposible que lograra conservar la calma.
—Supongo que es normal sentirse preocupado con todo lo que está pasando —le dije.
Ella se limitó a asentir y a realizar una inclinación de cabeza.
Ojalá hubiera podido pasarle el brazo por los hombros con gentileza.
Una parte de mí deseaba estrecharla contra mí y ofrecerle consuelo.
Y en ese momento me di cuenta de que no se trataba de un impulso pasajero en presencia de una mujer vulnerable.
No, lo que me asaltó fue la constatación innegable de que sentía una profunda atracción hacia ella y de que no podía hacer nada al respecto.
Igual que nuestros cuatro compañeros, Shima era una persona excepcional.
Me emocionaba su compromiso con el trabajo y, de manera egoísta, en mi imaginación me compadecía de los esfuerzos a los que se enfrentaba.
Sentía un respeto profundo e inquebrantable hacia ella.
Pero no se trataba solo de eso. Me di cuenta de que en mi interior había algo más para ella, algo que trascendía lo que sentía por los demás.
Me disculpé un instante y salí a la máquina expendedora de fuera.
Por un momento no supe qué comprar, pero, en cuanto vi el té de jazmín, no hizo falta que me lo preguntara más.
A juzgar por la asiduidad con que lo consumía, debía de ser su bebida favorita.
Me hice también con una lata de café caliente y, cuando volví a entrar en la sala de conferencias, ella me recibió con una sonrisa valerosa, y los ojos hinchados y enrojecidos por las lágrimas.
—Lamento mucho lo que ha pasado —dijo—. Espero que quede entre nosotros...
Asentí con la cabeza y le ofrecí la botella de té de jazmín.