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Todos le dedicamos una ronda de aplausos y llegó el turno de Shima, cuya presentación fue casi idéntica a la que yo había oído en el Starbucks un par de semanas antes.
Su nombre completo era Iori Shima, estudiaba Sociología en la Universidad de Waseda y trabajaba a media jornada en Pronto, una cadena de restaurantes.
No presentó ninguna información novedosa, así que aproveché para observar su perfil. Era innegable que era bonita.
Después de Shima me tocó a mí. Medio en broma, me presenté como Shogo Hatano, estudiante de Economía en la Universidad de Rikkyo y miembro de un grupo de senderismo informal que a veces salía a caminar por la ciudad.
Admití de buenas a primeras que no poseía capacidades especiales ni tampoco pasiones profundas, pero que mostraba una curiosidad mayor a la del resto de las personas en lo referente a probar cosas nuevas.
Mi objetivo en la vida había consistido siempre en ser una persona decente.
Lo rematé con fluidez, hilando fragmentos de frases que habían tenido éxito en las entrevistas anteriores.
El último fue un universitario llamado Kimihiko Morikubo.
Con ese aspecto de intelectual —gafas sin montura y mirada penetrante—, supuse que sería alumno de la Universidad de Tokio, pero resultó que estudiaba en Hitotsubashi.
En cualquier caso, estaba en la parte más alta del pelotón.
Era el que menos había hablado desde que llegamos al restaurante y su presentación fue también la más corta, pues se limitó a decirnos su nombre y la carrera que estaba haciendo, y concluyó con un educado «Encantado de conoceros» antes de recostarse contra el respaldo de su asiento, como si no tuviera intención de añadir nada más.
Nadie se atrevió a preguntar. Probablemente, en un esfuerzo por evitar que el humor se echara a perder, el alto Hakamada y la bella Yashiro le dedicaron una exagerada ronda de aplausos.
Un dato rápido: no es raro toparse con alumnos de la Universidad de Tokio cuando sales a buscar trabajo.
Cuando oigo que alguien se presenta bajo esa alma mater , me inunda una tensión peculiar.
Pero el mero hecho de ir a clase en una universidad prestigiosa no implica por necesidad que esa persona sea un joven prodigio.
En la mayoría de los casos, en cuanto empieza a hablar te das cuenta de que es alguien común y corriente, lo cual puede provocar a su manera un extraño alivio.
La razón por la que se me pasó esa idea por la cabeza fue que, entre los seis que habíamos sido elegidos dentro de un grupo de cinco mil candidatos, ni uno solo estudiaba en Tokio.
La formación académica era solo eso: una formación.
Saber que Spiralinx había visto algo en nosotros que trascendía nuestros currículos y que nos había permitido llegar a la selección definitiva hacía que una oleada de alivio me atravesara el pecho.
Después de comentar algunos temas poco comprometidos —«¿Todo el mundo salió del terremoto sin problemas?
», «Me sorprende que no cambiaran el calendario de contrataciones después de un desastre de esas dimensiones», «¿Os enterasteis de que el Departamento de Recursos Humanos de la empresa tal fue engullido por las llamas? »—, al fin entramos en materia.
—Creo que al menos deberíamos hacernos una idea de las cuestiones que Spiralinx podría plantearnos —dijo Kuga—.
Tenemos que llevar preparada una estrategia sólida de debate, sin importar la tarea que nos encomienden ese día.
No será fácil encontrar la información, pero sin ella no podremos diseñar un plan integral.
—Correcto. Quizá deberíamos investigar un poco todos y luego reunirnos de nuevo... —sugirió Hakamada, cruzando los voluminosos brazos.
—Me parece buena idea. —Yashiro asintió con la cabeza—. Creo que lo mejor sería que fijáramos un horario. ¿Qué os parece si nos reunimos los domingos a las cinco de la tarde?
—Me parece bien —coincidieron los otros tres.
Dicho lo cual, creamos una lista de correos y una pequeña comunidad en Spira. También decidimos organizar reuniones preparatorias dos veces a la semana, los martes y los sábados a las cinco de la tarde, desde la comprensión de que no todos podríamos acudir siempre.
La conversación avanzaba a buen ritmo, las decisiones se adoptaban sin esfuerzo. Impresionado por esa rapidez tan poco habitual, no pude dejar de pensar que los otros cinco estaban destinados sin duda a permanecer en la carrera.
—Superemos este último obstáculo. Estoy seguro de que podemos lograrlo —dije sin pensar.
—Exacto. —Kuga asintió con la cabeza—. En un primer momento me ha sorprendido el formato tan poco habitual de la última ronda de selección.
Incluso me he preguntado si era apropiado que nos pidieran que renunciáramos a nuestro tiempo libre.
Pero he estado pensando un poco más y, sinceramente, no se aleja demasiado de cuando nos pidieron que rellenáramos las solicitudes en papel.
Y que nos lo hayan dicho con tanta antelación...
En realidad es un planteamiento bastante justo.
Así que ¡vamos a crear un equipo sólido y a triunfar de lo lindo en Spiralinx!
Para sorpresa de todos, Morikubo, el que menos había hablado durante nuestro primer encuentro, el que no parecía demasiado ansioso por entrar a trabajar en Spiralinx, fue quien más materiales preparó para la reunión siguiente.
—Básicamente, la mayor parte de los ingresos de Spiralinx proceden de las tarifas de suscripción a Spira Premium.
A continuación, la fuente principal son los ingresos de publicidad, que van desde un simple banner hasta anuncios más complejos que se aprovechan de las funciones de comunidad para fomentar la interacción.
He investigado mucho y lo he imprimido todo, pero no me ha dado tiempo a resumirlo ni nada —acabó diciendo en voz baja.
Con sinceridad, reunir toda esa información en un periodo de tiempo tan corto era impresionante. Yo solo había logrado preparar cinco páginas de material, mientras que la pila de papeles de Morikubo tendría fácilmente tres centímetros de grosor.
Kuga había encontrado esa sala de conferencias que se alquilaba en Ueno por la ganga de 500 yenes la hora.
Era una habitación pequeña, de tamaño menor al de diez tatamis, equipada solo con una pizarra blanca, luces, varios enchufes y unas pocas mesas y sillas.
No obstante, para nuestro propósito era más que suficiente.
—No he encontrado mucha información sobre Spiralinx —dijo Yashiro, sacando una pila de papeles de su cartera—, pero he investigado las tendencias de las redes sociales del extranjero.
Incluso he obtenido información directa de algunos contactos que tengo allí.
No sé hasta qué punto resultará útil, pero lo he traducido al japonés, así que será fácil de leer.
—Vaya... —exclamó Hakamada, perplejo.
—Quizá no lo parezca, pero soy muy hacendosa —contestó Yashiro con una sonrisa.
—A mí me pareces la mar de hacendosa —le dije con una risita.
—Creo que he hablado demasiado.
Las risas llenaron la sala, pero la tensión no tardó en cernirse de nuevo sobre nosotros. Todos éramos conscientes de que no estábamos allí para relajarnos.
Kuga miró los seis juegos de documentos que yacían en la mesa mientras se pellizcaba el mentón con los dedos.
—Creo que primero deberíamos organizar todas las notas. La información de Yashiro sobre el extranjero puede ser útil como extra, pero de momento deberíamos centrarnos en los proyectos que Spiralinx tiene entre manos. Lo cual significa que...
—¿Y si dedicamos una hora a repasar el material? —sugerí—. Podemos dividírnoslo, resumir los puntos clave y anotarlos en la pizarra. Cuando hayamos revisado todos los proyectos, podemos clasificarlos según las tendencias que veamos y comenzar a planear la estrategia. ¿Qué os parece?
Kuga asintió de manera contundente y paseó la mirada a su alrededor para asegurarse de que nadie tuviera objeciones.
Eso marcó el pistoletazo de salida y nos pusimos manos a la obra.
Primero, cada uno escribió en la pizarra un resumen del material que había traído.
Después nos dividimos para leer con atención la pila de papeles de Morikubo.
Yo cogí uno de los documentos y, al hojearlo, fue como si se me encendiera una bombilla.
Había muchísima información: comentarios sobre las reuniones de los accionistas, notas procedentes del balance trimestral de la compañía, el libro de una persona cercana a su fundador e incluso artículos aleatorios extraídos de revistas de entretenimiento.
Me sentí abrumado, pero, más allá de eso, la eficacia de Morikubo y su obsesión con Spiralinx me dejaron estupefacto.
No era el tipo de información que se pudiera recopilar de la noche a la mañana; debía de haberse pasado siglos reuniéndola archivo a archivo.
Decidido a no quedarme atrás, me apresuré a mirar los diferentes documentos hasta que...
—¿Me pasas alguno, Hatano? —me llegó la voz de Shima.
Levanté la vista, sorprendido. Solo llevábamos veinte minutos leyendo, pero Shima ya había acabado con el material que le habíamos asignado.
¿Lo había repasado con demasiadas prisas?
Pero cualquier sospecha que hubiera podido albergar sobre la posibilidad de que hubiese tomado un atajo se desvaneció cuando vi los resúmenes en la pizarra, compuestos por titulares concisos y explicaciones detalladas.
—Vaya. ¿Sabes hacer lectura rápida?
—No, nada por el estilo. Es solo que siempre se me han dado bien este tipo de cosas. Ya sabes, señalar los puntos clave y llegar a la médula de un tema... Supongo que podría decirse que tengo una percepción aguda..., aunque suene un poco pretencioso.