Los seis finalistas 1 #2
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Dos años antes, en 2009, la red social Spira se había presentado con un estallido y no había tardado en atraer a todo aquel que se encontrara entre la adolescencia y la treintena, gente a la que Mixi disuadía por su tono cursi y que se resistía a entregar su información personal a páginas como Facebook.

Aunque hubiera entrado tarde en el mercado, el número de usuarios registrados en la plataforma superó con rapidez los quince millones.

En vez de limitarse a imitar los servicios ya existentes, Spira ofrecía una experiencia comunitaria gestionada con cuidado y diseñada para animar a los usuarios a que entraran a diario.

Y lo más importante: todo, desde su logo empresarial hasta el diseño de su página web, junto con los servicios que ofrecía y las compañías a las que se asociaba, tenía estilo y utilizaba tecnología de vanguardia.

Ese año, Spiralinx, la empresa detrás de Spira, había lanzado una campaña de contratación que buscaba reclutar a recién licenciados para ocupar puestos con proyección profesional.

De por sí ya era una noticia emocionante, pero lo que de veras llamó la atención de todo el país fue el inédito salario inicial de 5.

000 yenes al mes. Al tratarse de una empresa emergente con menos de doscientos empleados a tiempo completo, el número de plazas iba a ser limitado, pero eso no había sido óbice para que miles de universitarios de cuarto año —más de cinco mil, según Kogami— se postularan.

Siendo ese el caso, fue normal que el proceso de selección constara de tantos pasos.

El primero fue una solicitud online , a la que siguió un examen en un centro de pruebas, la presentación de una solicitud en papel, superar una primera ronda de entrevistas en grupo, luego una segunda y, por último, una entrevista personal.

Solo habíamos quedado seis.

No era de extrañar que Shima entendiera nuestra situación como un sueño que se había hecho realidad.

Al fin y al cabo, no era ninguna exageración decir que obtener un puesto nos cambiaría por completo la vida.

—¿Tiene una mesa para seis? —preguntó uno de los miembros del grupo, un universitario de rostro muy atractivo, a quien sin duda le iría de fábula si algún día decidía pasarse a la interpretación.

Ver su nombre escrito en la lista de espera, Kuga, bastó para hacer que me diera vueltas la cabeza. Solo con ese apellido tan impresionante, bien podría haberse asegurado ofertas por parte de más de treinta empresas.

—¿Por qué no pedimos algo? —preguntó después de que nos condujeran a nuestros asientos.

Escudriñé la carta. Una parte de mí se preguntó si, en caso de tardar demasiado, los demás cuestionarían mi capacidad para tomar decisiones.

Un postre helado, ¿sería poco apropiado para un escenario de negocios?

Pero, si me limitaba a pedir una bebida, los demás podrían pensar que era demasiado frugal.

—Quien quiera una bebida con alcohol que levante la mano.

En cuanto Kuga dejó de hablar, otro miembro de nuestro grupo se echó a reír a carcajadas. Volví la vista y la fijé en el universitario alto que me había llamado la atención en la calle, quien lucía una sonrisa jocosa en los labios. Me quedé observándole, perplejo por un instante, hasta que...

—A ver..., ¿no estamos muy tensos para un lugar como este?

Los demás, yo incluido, enderezamos la espalda como si estuviéramos esperando turno para que nos entrevistaran; por la forma en que nos aferrábamos a las cartas, se hubiera dicho que eran preciosos diplomas de honor.

—Por favor, que levante la mano quien quiera una bebida con alcohol... ¡Ja! Nadie habla así, ¿verdad?

—No. Has sonado como un miembro del Parlamento.

Nos reímos al unísono. Hasta ese momento no habíamos sido conscientes de la manera tan extraña en que nos estábamos comportando.

—Pidamos con normalidad —dijo; una sugerencia que, por encima de todo, era sensata.

Así que cada cual acabó pidiendo lo que quería de verdad. Mientras el camarero tomaba nota con una sonrisa, Kuga, que parecía estar ya un poco más relajado, sugirió que nos presentáramos. Los demás asentimos con la cabeza.

—Empiezo yo, pues.

Incluso la manera en que levantó la mano pareció extraída de una escena de película.

Su rostro cincelado recordaba al de las estatuas, mientras que sus ojos, de mirada profunda, y sus cejas, más espesas de lo normal, desprendían un encanto señorial.

A la vez, no poseía ese glamur chapado a la antigua que cabría esperar en una estrella del cine de la época Showa.

Por el contrario, transmitía la impresión de ser un hombre moderno y prometedor.

Su nombre de pila, Sota, no hacía más que contribuir a esa impresión.

Sota Kuga. Esa apariencia perfecta, ¿se debía a su nombre de naturaleza superestelar o tenía que realizar un esfuerzo conjunto para estar a su altura?

—Estudio en la Facultad de Gestión Política de la Universidad de Keio —dijo.

Por alguna razón me entraron ganas de aplaudir.

El modo en que hablaba, sus gestos y maneras...

, todo exudaba ese tipo de encanto que te lleva a querer escuchar cuanto esa persona tenga que decir.

Y además era inteligente. Sentir una punzada de envidia habría sido perdonable, pero no tenía nada en contra de Kuga.

No, su carisma era tan grande que me dieron ganas de seguir hablando con él y ganarme su aprobación.

Decidimos seguir con las presentaciones en el sentido de las agujas del reloj, así que el joven alto que había roto el hielo con una ocurrencia unos instantes atrás fue el siguiente en hablar: se llamaba Ryo Hakamada.

—Eres muy alto, la verdad. ¿Cuánto mides? —le pregunté.

—Metro ochenta y siete.

Todos estallamos en vítores, pero él levantó un dedo.

—Metro ochenta y siete, pero solo los días buenos.

Aunque en un primer momento me hubiera intimidado su aspecto similar al de una gran roca, me di cuenta de que en realidad era una persona agradable.

Nos contó que había sido capitán del equipo de béisbol de su instituto y que por entonces dirigía un club de voluntarios.

Le gustaba entrenar en el gimnasio, de ahí la amplitud de su pecho.

—Voy a la Universidad de Meiji. Quizá suene como un musculitos si digo que tengo el espíritu y la determinación para vencer a casi cualquiera, pero creedme, dentro de este cerebro mío también hay materia gris.

Detesto que alguien provoque problemas en el equipo y tiendo a arremeter contra ese tipo de personas.

Pero mis arrebatos salen del amor, así que espero que me los perdonéis.

¿Hablaba en serio? No supe decirlo.

—Eh, no os lo toméis en sentido literal —añadió, relajando la tensión con una sonrisa tierna de oso de peluche—. El mes que viene vamos a marcar un gol por la escuadra con esa discusión grupal.

En el momento en que nuestros aplausos se desvanecían, volvió a aparecer el camarero, que traía un pastel enrollado relleno de nata.

—Ah, es para mí —exclamó la joven que acababa de levantar la mano porque le tocaba presentarse—.

Me llamo Tsubasa Yashiro —dijo con una cortés inclinación de cabeza, la vista puesta en el pastel que tenía delante.

Al levantar la cabeza se pasó una mano por el pelo para acomodárselo por detrás de las orejas y, en ese momento, Hakamada le dirigió una mirada nerviosa, casi titubeante.

—Eres muy guapa, Yashiro —dijo, y echó un vistazo a su alrededor como animándonos a mostrarnos de acuerdo.

Nadie se atrevió a decir nada.

—Gracias —contestó Yashiro con timidez, protegiéndose la cara con una mano para esconder el sonrojo en sus mejillas.

«No, no, no, en absoluto», podría haber objetado ella, pero la cuestión es que sí, era una belleza; tanto que cualquier esfuerzo por negarlo podría haberla abocado a recibir un castigo divino.

Kuga tenía un atractivo excepcional, pero lo de Yashiro era fuera de serie. En mi opinión, podría haber sido sin problemas modelo de portada en una revista de moda. Y, sin embargo...

—Trabajo a media jornada para una cadena de restaurantes..., pero no esta, otra diferente —dijo.

Aunque su color de pelo era algo claro para alguien que estuviera buscando trabajo, si me hubiera dicho que era su tono natural habría estado dispuesto a creerla.

—Me interesan los asuntos internacionales y esa es la razón por la que estudio Culturas del Mundo en la Universidad Ochanomizu. También me gusta mucho viajar al extranjero. El año pasado dediqué cinco meses a explorar cinco países europeos diferentes, así que se me dan bien los idiomas.

En la temporada de búsqueda de empleo, todo el mundo conocía los trucos para presentarse ante los demás, pero Yashiro hablaba con un refinamiento extraordinario.

Mantenía el contacto visual con los cinco de manera equitativa y, cada vez que llegaba mi turno, yo estaba a punto de sonrojarme.

Yashiro tenía labia, se mostraba impecable sin el menor esfuerzo.

Me di cuenta de que, por mucho que fuéramos socios en nuestro objetivo de conseguir ese empleo, nunca llegaríamos a ser amigos de verdad.

Pero, en el momento en que experimentaba esa distancia invisible, ella me dirigió una sonrisa tan cálida que me pilló desprevenido por completo.

—Hum... Eso me ha quedado un poco estirado, ¿verdad? Olvidadlo —dijo con una de esas sonrisas despreocupadas que suelen reservarse para los amigos íntimos.

A continuación, le dio un golpecito en el hombro a Shima, que estaba sentada a su lado, y se quedó mirando la mesa, avergonzada.

Si esa exhibición había formado parte de una estrategia meticulosa, en verdad era una maestra de este juego.

Pero algo me dijo que no era el caso. Más bien tuve la intuición de que pertenecía a ese tipo de personas que levantan murallas cuando entran en modo profesional, así que verla en ese momento con la guardia baja supuso un alivio.