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Los seis finalistas

Los seis finalistas

Por Akinari Asakura

© inepub.com

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—La última parte de la prueba de selección consistirá en una discusión de grupo.

La sonrisa que brotó con lentitud en mi rostro no fue de alegría genuina, sino que supe que cualquier indicio de que fruncía el ceño no sería bien recibido. En lo más hondo de mi ser, deseé soltar un suspiro cansado y recostarme contra la silla para quedarme mirando el techo.

«No te preocupes, en cuanto llegas a la última parte del proceso de selección, el resto no es más que una formalidad. Conocerás a los miembros de la junta y eso será todo. Es como si ya tuvieras el puesto. ¡Felicidades, Shogo!».

Es lo que me había dicho un amigo que se había licenciado el año anterior, pero no podía tomarme su frívolo optimismo al pie de la letra.

Con toda la preparación, estaba listo para una, quizá dos entrevistas contundentes.

Pero que me dijeran en el último momento que en su lugar iba a tomar parte en una discusión grupal...

Bueno, eso me pilló desprevenido. Pero así era Spiralinx.

¿Cómo se lo había tomado el resto de los candidatos?

Sentía curiosidad, pero algo me dijo que no sería inteligente pasear la mirada por la habitación.

Hasta el gesto más pequeño podía acabar con la imagen profesional que tanto me había costado desarrollar.

Durante la hora anterior no me había rascado siquiera la mejilla, ni había relajado los puños cerrados que descansaban sobre mi regazo, pero eso no implicaba que fuera un dechado de autocontrol.

No, era solo que no deseaba renunciar a mi pasaje hacia el éxito por algo tan trivial, sobre todo cuando estaba tan cerca de conseguir aquello con lo que había soñado siempre.

Ese día, Kogami, el responsable de Recursos Humanos, llevaba puesto un traje de color azul marino con zapatos de piel de camello, una combinación que parecía personificar los relajados valores de la empresa.

No es que yo estuviera proyectando nada: su forma de vestir se había vuelto cada vez más informal a medida que el proceso de selección pasaba de una fase a la siguiente.

Tenía la sensación de que, sin prisa pero sin pausa, Recursos Humanos nos dejaba entrever cómo sería la vida diaria en Spiralinx.

Kogami movió ligeramente la mano, como si quisiera recolocarse el anillo, cuando...

—No obstante, la discusión grupal no tendrá lugar hoy —prosiguió, con una sonrisa tímida—.

Está programada para dentro de un mes, el 27 de abril.

Participarán en ella las seis personas que se han reunido hoy en esta habitación y el orden del día consistirá en hablar de proyectos similares a los que Spiralinx está llevando a cabo en la actualidad.

Nos gustaría ver la manera en que los encaran ustedes.

Un representante de Recursos Humanos, uno de los subordinados de Kogami, asintió con la cabeza desde uno de los lados de la sala de conferencias.

De hecho, todo el personal de Recursos Humanos parecía orgulloso de sí mismo.

En cierto sentido eran nuestros mentores, los encargados de conducirnos a través de los rigores del proceso de selección...

, pero a la vez eran los jefes de nivel bajo e intermedio que nos mantenían a raya.

Pegados a la pared hombro contra hombro, formaban ante nosotros resumiendo con su presencia la ardua jornada que habíamos tenido que superar para llegar hasta ese punto.

La sala de conferencias era toda de cristal, así que ofrecía una visión impecable de los empleados de Spiralinx que se afanaban al otro lado.

Daba la sensación de que se tratara de un escaparate, y hacía arder en mi interior el deseo de formar parte, por pequeña que fuera, de dicho conjunto.

Al fondo vi que había otra sala de conferencias, pero esa estaba equipada con juegos de mesa y dardos.

A continuación había una cafetería, gestionada en asociación con una empresa cafetera de alto nivel, y el tablón de anuncios electrónico que, igual que en los folletos, mostraba el número de usuarios registrados de Spiralinx en tiempo real.

Un paso más. Un paso más y podría reclamar mi puesto en ese lugar. Con esta idea en la cabeza, me sequé el sudor de las palmas en los pantalones de traje.

—Tengan la seguridad de que esta última discusión grupal tendrá una estructura diferente a la de las que se realizaron en la primera y segunda rondas de selección —continuó Kogami con voz suave—.

Hemos eliminado ya a más de cinco mil aspirantes para llegar hasta ustedes seis.

Será la última prueba de cámara. Según lo bien que se desenvuelvan, no sería en absoluto descartable que los seis recibieran una oferta de trabajo.

Pero tengan en cuenta que no queremos que se traten con delicadeza, que sientan reparos en comentar las peculiaridades, contextos o limitaciones de los demás.

Nuestro objetivo es conseguir un escenario donde nos comprendamos del derecho y del revés, donde aprovechemos las virtudes del otro y protejamos también sus debilidades.

Estamos hablando de generar una unidad real, un equipo...

Básicamente, queremos ver una verdadera discusión de grupo.

Dicho eso, Kogami comenzó a recoger sus cosas y se dispuso a salir.

—Así que, a partir de este momento, asegúrense de construir el mejor equipo posible. Si lo consiguen, les presentaré una oferta de trabajo a los seis. Tengo muchas ganas de ver que aúnan esfuerzos para formar un equipo sólido.

La oficina de Spiralinx se encontraba en el piso veinte de un gran edificio comercial justo delante de la estación de Shibuya.

Pese al humo de los tubos de escape que había a pie de calle, el aire del exterior me llegó acompañado de un sabor a libertad.

En cualquier otro momento habría respirado hondo, me habría aflojado la corbata y habría empezado a hablar con los demás finalistas...

, pero ese día no. Nos habían encargado una prueba poco habitual, sin duda, pero en esencia las instrucciones decían que debíamos conocernos entre nosotros y formar un equipo cohesionado antes de la discusión grupal.

En otras palabras, el verdadero desafío comenzaba en este momento.

—¿Habéis salido todos bien?

—¿Podéis quedaros?

—Deberíamos charlar un poco, ¿no?

—Deberíamos, sí.

—¿Por qué no vamos a algún sitio?

—Hay un local de una cadena de restaurantes justo a la vuelta de la esquina.

—De acuerdo, vamos.

Fue un diálogo contra reloj, lo completamos en apenas veinte segundos.

Sí, si fracasaba en ese momento el golpe sería fatal.

Alimentado por esa sensación de urgencia, me dirigía hacia el restaurante con el resto cuando me di cuenta de algo: solo reconocía una de las cinco caras, la de la chica que cerraba la fila.

—Shima, ¿verdad? —le dije.

Ella esbozó una leve sonrisa, como si hubiera estado esperando que la abordara.

—Hatano, ¿verdad? Me ha parecido reconocerle en la sala de conferencias, pero no quería mirarle fijamente.

—Lo siento, estaba tan metido en mi pequeño mundo que no me he dado ni cuenta. Sé que no hemos recibido aún una oferta formal de trabajo, pero no me puedo creer que nos hayamos encontrado de nuevo.

—Lo sé. Es agradable ver una cara familiar.

Había conocido a Shima dos semanas antes, durante la segunda ronda de entrevistas, y después, cuando un pequeño grupo fuimos a refugiarnos en un Starbucks cercano, nos pasamos casi una hora charlando mientras nos tomábamos un té.

Entonces comentamos en broma que retomaríamos la conversación en la ceremonia de orientación, y me alegraba de verla.

Me acoplé a su ritmo y le pedí al resto de los finalistas que aminoraran un poco el paso. Shima me dirigió una mirada de disculpa y sacó del bolso una botella de té de jazmín. Después de darle un trago rápido y de enroscar de nuevo el tapón, murmuró:

—Espero que aprobemos los dos, ya que hemos llegado tan lejos.

¿Miró el cielo o fijó la vista en los pisos superiores de algún edificio lejano? Fuera como fuese, le brillaron los ojos.

Era una mujer menuda, de tez blanca y que desprendía un aire de buen gusto; el tipo de persona al que no esperarías ver en exteriores sin un parasol.

Solo había hablado una hora con ella, pero me había bastado para reconocer la feroz determinación, la pulsión vehemente y el intelecto agudo que yacían bajo su porte elegante.

Cuando llegaba el momento de entrar en el mercado laboral, todo el mundo se presentaba a los seminarios, las entrevistas y los exámenes con los mismos trajes negros y con peinados conservadores a juego, casi como si hubieran salido de la misma vieja fábrica.

Pese a ello, que los universitarios improvisaran algo en el último momento a fin de proyectar profesionalidad siempre desprendía una vibración rara.

Los trajes parecían incómodos, el tinte negro del pelo los delataba al instante, tenían los ojos vidriosos...

Eran muchos pequeños detalles. La cuestión es que no representaban bien el papel.

Shima, sin embargo, era diferente. Había nacido para buscar empleo y se comportaba con gran aplomo.

Hablaba con sinceridad, libre de pretensiones..., y eso facilitó que yo bajara la guardia con ella.

—Pasemos los dos esta última prueba —dije.

—Sí. Sería como un sueño, ¿verdad?

Nos detuvimos en un semáforo y el joven que lideraba el grupo dirigió una mirada furiosa hacia la calle.

Los demás se removieron inquietos, dando golpecitos con los pies contra el suelo, ansiosos por seguir adelante.

Los seis, incluido yo, teníamos la espalda recta y la cabeza bien alta, como cañas jóvenes de bambú bañadas por el sol.